Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.
CAPÍTULO VII
No estaba para nada contento. Y no iba a disimularlo. No había palabras que pudieran expresar lo mucho que lo detestaba. Aunque se odiaba más a sí mismo que a Sadiq. No podía sacarse de la cabeza esa imagen desgarradora que había visto un par de noches atrás.
Se preguntaba en qué condiciones estaba. Apenas había conseguido dormir por culpa de ello. Tenía una enorme necesidad de estar a su lado, pero debía soportarla lo más que pudiera. No iba a volver a meter a Antonio en tal lío, después de lo ocurrido.
Pero de ese mismo modo, tampoco planeaba acercarse en lo más mínimo a Sadiq. Lo había echado al sofá y no le permitía que se aproximara demasiado. Cuando salió de la ducha, se encontró una enorme sorpresa: Todo estaba empacado a la perfección.
—¿Pero qué carajo es todo esto? —indagó Lovino. No sabía qué estaba pasando o qué era lo que estaba pasando por la cabeza del turco.
—Nos vamos, Lovino —dijo el turco sin dar más explicaciones, en tanto buscaba su tarjeta para pagar la estadía en aquel lugar.
Por supuesto, aquel comentario no le hizo gracia al muchacho.
—¿A dónde, mierda? —preguntó ofuscado.
—De regreso a la capital. Espero que esta vez, te comportes —le reprendió, sin dedicarle una mirada. No podía dejar de lado el enojo que le había provocado en aquella oportunidad.
—Pues tú eres el que debería aprender a comportarse, imbécil —murmuró por lo bajo.
Sadiq pretendió no haberlo escuchado. Al igual que trataba de no pensar en lo que había estado haciendo Lovino esa noche. Aunque debía ser un tonto, para no percatarse de lo que seguramente había hecho con ese hombre.
Lovino se levantó de la cama y caminó directamente hacia al balcón. ¿Qué rayos estaba haciendo Antonio? ¿Cómo estaba? Estaba seguro que esta vez sí había logrado que el español lo odiara. Lo cual tal vez era lo mejor dadas las circunstancias.
No tenía ganas de irse del pueblo. Sin embargo, si de ésa manera conseguía que el español se olvidara de él, entonces era lo correcto. Quería patalear, quería desprenderse del turco, quería aferrarse a lo que tenía allí. Pero ya le había causado demasiados problemas…
—Lo siento, idiota. Algún día… —Se secó las lágrimas, para que Sadiq no se diera cuenta de las mismas.
En otro lado del susodicho pueblo, tanto Emma como Francis intercambiaron miradas. ¿Cómo era posible que estuviera pensando en él después de lo que le había sucedido? Estaba en muy malas condiciones y aun así, estaba dispuesto a ir detrás de Lovino. Su determinación era visible, a pesar del dolor que le era ponerse de pie.
Además, había estado durmiendo por casi un día entero. Aunque quisiera hacer algo al respecto, tal vez era algo tarde.
—¿Acaso eres tonto o qué? —le regañó el francés quien empujó al español de vuelta a la cama —. No puedes ir así.
—¿Por qué no? —preguntó éste —. Tengo que traerlo de vuelta como sea. Ese hombre no es para él.
—Porque no. Deberías preocuparte más por ti mismo que por ese muchacho. Al menos, deberías esperar un par de días —explicó Francis, al darse cuenta de que no había forma de convencer a su amigo de olvidar a Lovino.
Antonio se recostó, más por resignación que por otra cosa. Sabía que no contaba con esos días, tenía un mal presentimiento terrible. No podía dejar que el italiano se fuera del pueblo, otra vez. No, no iba a atravesar nuevamente por eso por culpa de alguien quien ni siquiera ser merecía a Lovino.
Pero, ¿qué iba a hacer? Si ignoraba en dónde se hospedaba. Y era evidente que ni Francis ni Emma le iban a permitir que se levantara de ahí. Ah, ¿acaso se le tenía prohibido ser feliz? No quería pensar de esa manera, pero los últimos acontecimientos no habían sido muy prometedores.
Emma no sabía qué hacer para animar a su amigo mientras que Francis maldecía lo que había sucedido esos últimos días. Si el muchacho no se hubiera presentado a la boda, nada de esto hubiera pasado. Todos seguirían con su vida tal y como estaba en ese momento.
—Si ustedes dos no me apoyan, entonces… —Antonio cortó con el silencio que había rodeado el dormitorio —. Entonces, lo haré solo. No me importa —respondió.
—Te dará igual, lo que te digamos, ¿no es así? —razonó la belga.
—Aunque tuviera que arrastrarme —comentó mientras que tosía un poco. Se levantó y empujó a Francis hacia un lado. Con dificultad y agarrándose de su costado derecho, caminó hasta la escalera.
Si tuviera que ir semidesnudo, lleno de vendas y gasas, era lo que iba a hacer. Primero, iría a ver a Feliciano, pues sabía que era el único que podía darle esa información. Quizás era una estupidez hacer lo que pretendía, pero no le importaba. Debía velar por el bienestar de Lovino y con lo acontecido, notó que Sadiq no era el más indicado.
Para su fortuna, no tuvo que ir demasiado lejos. Ludwig estaba tomando su café de todas las mañanas. Quizás él tenía algo que comentarle. Cualquier información sobre el paradero de Lovino sería gratamente recibido.
—¡Ludwig! —exclamó el español y se apresuró.
El alemán estaba leyendo tranquilamente el periódico de ese día, cuando alzó la mirada. De buenas a primeras, no reconoció a Antonio. Estaba demasiado impresionado con el desastre que estaba hecho.
—¿Qué rayos te pasó? ¿Te caíste de un quinto piso o algo por el estilo? —preguntó y enseguida dejó de lado el diario. Le causaba mucha más curiosidad saber cómo Antonio había conseguido lastimarse de esa manera.
—Un pequeño percance, eso es todo —dijo sonriente. La verdad era que no quería darle demasiada importancia y esperaba que el resto hiciera lo mismo.
A pesar de que no estaba muy de acuerdo con lo que acababa de decir, decidió escuchar qué era lo que tenía por decir el español. Estaba ligeramente sorprendido por el buen espíritu que estaba demostrando. Es decir, la mayoría de la gente se quedaría en la cama y quejaría de su mala suerte, pero evidente eso no era parte de la forma de ser de Antonio.
—¿Sabes dónde puedo encontrar a Lovino? Necesito… Necesito hablar con él en cuanto antes —explicó como si se tratara de un asunto de vida o muerte.
El alemán se tomó su tiempo.
—Creo que en ese hotel, cerca de la entrada al pueblo…
Ni siquiera terminó de hablar, cuando el español se levantó. Ludwig arqueó una de sus cejas, ¿qué era lo qué estaba planeando hacer Antonio?
—¡Gracias! Nos vemos más tarde —dijo sin pensar en cómo siquiera llegar hasta el otro extremo del pueblo. Simplemente sabía que debía llegar hasta allí, a como diera lugar.
Tal vez porque sintió bastante lástima por el aspecto del español, el alemán se levantó y se fue tras de él. Es decir, no podía permitir que se fuera caminando hasta allí. Y a pesar de que el afecto por Lovino no era precisamente mucho, quiso hacer un esfuerzo por esos dos. Dejó la plata por la bebida y salió de inmediato.
—¡Antonio! —le gritó en medio de la gente que transitaba por allí.
Éste se dio media vuelta. Miró por todas partes y cuando se dio cuenta, tenía a Ludwig parado frente a él.
—Te llevaré hasta allí —se ofreció y empujó al hispano hasta su cafetería —. Al menos, ponte una camisa…
—¿De veras? ¡Muchas gracias! —Le abrazó al alemán y fue en busca de algo de vestimenta. A decir verdad, si Ludwig no le decía acerca de ese detalle, hubiera ido así como estaba por la calle.
—Sí, sí… —Le apuró, pues no quería arrepentirse de su decisión.
Por su lado, Lovino estaba bajando del dormitorio del hotel, en tanto Sadiq pagaba por los gastos. Le resultaba demasiado tentador escaparse en ese preciso instante, pero ya sabía cuál sería la consecuencia de dicho acto. Se sentía como un prisionero, excepto que esto lo había hecho por voluntad propia.
Ya las maletas estaban en el taxi. Simplemente no había querido abordarlo aún, ya que deseaba disfrutar un poco más de esa libertad fingida que tenía. Se recostó por el sofá, ¿cómo había conseguido meter la pata de esta manera tan…? ¿Épica? ¿Estúpida? En fin, ahora debía lidiar con el resultado de ello.
—Vámonos, podrás dormir en el avión —le recriminó el turco, al darse cuenta de que Lovino parecía estar en otro mundo.
—¡No me digas qué mierda hacer! —exclamó, mientras que caminaba directamente hacia el vehículo. Trató de hacerlo con la mayor prisa posible para no tener que ni siquiera tocarle.
En cuanto se acomodaron y Sadiq quiso pasar su brazo por el hombro del italiano, éste le dio un golpe y se acorraló en una esquina. Su mirada se dirigía hacia afuera, sin prestar atención a lo que el otro pudiera estar diciendo o no. ¿Qué más le daba?
El vehículo arrancó. Lovino sabía que estaba haciendo algo completamente estúpido y absurdo. Sabía que el lugar donde debía estar era ése y no la gran capital. Sabía que iba a hacer mucho más infeliz allá. Pero, ¿qué se suponía qué podía hacer para solucionar todo? Sólo conseguía tener un dolor de cabeza y nada más.
Justo en ese momento, Antonio salió del vehículo del alemán. Se había tardado demasiado entre discutir con Francis y tratando de ponerse algo que no le doliera demasiado. En fin, lo importante era que ya estaba allí.
Entró a la recepción y de inmediato fue con quien estaba atendiendo el lugar. Su primera impresión fue que se trataba de un lugar bastante elegante, probablemente no tendría el dinero para siquiera alquilar una noche. En fin, no era momento de estar contemplando el lujo de otros.
—¿En qué puedo ayudarle, señor? —preguntó aquella persona.
—¿Me puede decir en qué habitación está Lovino Vargas? Sé que es información que no puede darme, pero es una urgencia. En verdad, lo es —explicó, esperando convencer al empleado acerca de su desesperación.
Éste no estaba muy seguro de qué hacer. Antonio no iba a moverse de allí hasta que le dijera algo, aunque fuera pequeñísimo. Simplemente necesitaba saber de Lovino.
—Ah, lo siento. Se acaba de ir… —respondió, al recordar a ese muchacho que estuvo recostado por el sofá y quien discutió con aquel turco.
—¡¿Cómo qué se acaba de ir?! Debe haber un error… —El español se rehusaba a creer lo que había escuchado. ¿Cómo era posible qué se hubiera ido tan rápido?
—No, señor. Hace unos diez minutos, quizás —Volvió a responder.
¿Y ahora qué iba a hacer? No tenía forma de contactarlo. Había tirado su móvil por el balcón de su casa y no sabía en dónde se quedaba, una vez que llegara a la capital. Algo debía hacer para que no ocurriera eso. Tenía que perseguirle de alguna manera. Pero, ¿cómo impedir que eso sucediera?
Repentinamente, sus ojos verdes brillaron. Sí, había una manera. Era alocada y no estaba muy seguro de que funcionara. Además, para ello, necesitaba la ayuda del alemán y no creía que éste estuviera dispuesto a hacerlo. Sin embargo, era la única solución que había por el momento.
Antonio se despidió del encargado y fue hasta donde Ludwig estaba esperando. Estaba leyendo alguno de los libros que solía llevar cuando estaba demasiado aburrido, cuando esperaba a Feliciano o algo por el estilo.
—¡Necesito pedirte un enorme favor! —exclamó desesperado el español, a la vez que le tomaba de la mano.
—¿Eh? ¿Cuál es? —preguntó. Era obvio que tenía algo que ver con Lovino, ya que no estaba a su lado. Respiró profundamente, ya que no estaba muy seguro de querer saberlo.
Sin embargo, Antonio no le dio oportunidad de preguntarle acerca del italiano. Simplemente tuvo que quedarse callado mientras que éste le explicaba lo que tenía en mente. A medida que le iba comentando acerca de su idea loca, la expresión de Ludwig iba cambiando de una seria a una dubitativa.
—¿Qué dices, eh? —preguntó entusiasmado el español —. Sé que es una idea disparatada, pero eres el único que puede ayudarme. Ni siquiera Emma o Francis pueden hacerlo —le suplicó.
Ludwig comenzó a sudar. ¿Qué iba a hacer? Tenía otras ocupaciones, pero por otro lado, estaba seguro de que Feliciano le reprocharía el rechazar la petición de Antonio. Estuvo pensándolo por largo rato. Aquellos ojos verdes centelleaban, era casi imposible decirle que no.
Suspiró, esto era una excepción, una enorme excepción. Dejaría de ir a trabajar solamente por ésta vez, ya que se trataba de una especie de urgencia.
—Está bien, te llevaré —dijo finalmente, para alivio de Antonio.
—¡Entonces, vamos! —exclamó entusiasmado.
Pensar que esto comenzó como un borrador para un LitPol que no salió xD
Ando buscando un foro o grupo de face para rolear. Si alguien quiere invitarme, se lo voy a agradecer eternamente. También busco alguien que quiera hacer las portadas para este fic y para Cafetería.
¡Gracias por leer~!
