Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.


CAPÍTULO VIII

Antonio en verdad estaba desesperado. No sabía si siquiera iban a llegar a tiempo, pero al menos debía intentarlo. Sí, definitivamente debía hacerlo. No podía permitir que Lovino se fuera con ese hombre… Y lo que más le molestaba, ¡qué no fuera capaz de darle explicación alguna!

Era difícil saber quién en ese auto estaba más nervioso: O Antonio quién deseaba desde lo más profundo llegar a tiempo o Ludwig quién se sentía un tanto presionado en llegar rápido al aeropuerto. Ciertamente, no era una situación muy agradable qué digamos.

—¡Vamos, Ludwig! ¡Pisa el acelerador! —exclamó el español, quien no dejaba de mirar para adelante y de vez en cuando, le echaba una mirada al reloj. Sabía que no había mucho tiempo.

—¡¿Qué crees qué estoy haciendo?! —le contestó bastante nervioso.

Antonio se calmó. No se había percatado de lo que estaba haciendo, hasta que el alemán le reclamó. Sin embargo, era una emergencia y no podía tardarse demasiado. Se preguntaba si Lovino aún estaba en el aeropuerto. Deseaba fervientemente que así lo fuera.

Mientras tanto, el turco y el italiano estaban manteniendo una discusión. Sadiq había tratado de abrazarlo y Lovino intentaba alejarse de él. Es más, todo el recorrido se había mantenido lo más distante posible de aquel. Le molestaba, le disgustaba. Pero sabía de que debía soportarlo por Antonio.

—¡¿Al menos, quieres darme tu mano?! —le reclamó el mayor. Quizás le estaba pidiendo demasiado, aunque de todas maneras quería algo del muchacho.

—¡No! Mantente alejado de mí, imbécil —Al salir del taxi, se olvidó de todas sus maletas. Simplemente quiso adelantarse lo más rápido que pudo. Además, de esa manera, no tendría que pensar en lo que estaba dejando, una vez más.

Claro que no quería hacerlo, preferiría irse corriendo hasta la cafetería de Antonio y no salir nunca más de allí. Era una idea estupenda, grandiosa, incluso la mejor que había tenido durante su vida. El problema era qué no sabía cómo deshacerse de Sadiq de una vez por todas. O asegurarse de que éste no le volviera a perseguir de esa forma.

Por su lado, el turco no sabía qué hacer al respecto. Estaba entre harto y decepcionado. ¿Por qué Lovino no podía verlo? Es decir, había tratado de complacerlo desde el momento que lo había conocido. Pero cada vez más le resultaba evidente que no podía competir con el español.

Estaba empezando a plantearse si el alejarlo de aquel sería para mejor o peor, ya que Lovino parecía no tener ninguna intención de olvidarlo. De todas maneras, eso lo tenía que conversar con él de algún modo, sin que el otro le saltara por encima como lo hacía desde los últimos días.

No hace falta decir lo incómodo que estaba el italiano en el aeropuerto. Todos lucían contentos y felices, emocionados por el viaje que iban a hacer. Por supuesto, lo que él sentía en ese mismo instante, distaba muchísimo de eso. Era una sensación completamente distinta.

Ahora era cuando estaba comenzando a arrepentirse de haber arrojado su móvil por el balcón de Antonio. Al menos, le podría avisar en dónde estaba y el porqué de aquella partida. O aunque fuera, escuchar una vez más su voz y saber si estaba bien, después de esa horrible noche.

Sinceramente, eso era lo único que ocupaba su mente. Intentaba disimular que todo estaba bien pero la preocupación no podía sacársela.

Pero lo peor estaba a punto de venir. Si tan mal había estado cuando le había dejado la carta, ¿cómo se pondría ahora que ni siquiera le había avisado, sin despedirse o nada que se le pareciera?

—Mierda… —murmuró por lo bajo.

En ese momento, el turco le colocó una mano sobre su hombro, sacándolo de sus pensamientos. Lovino no dijo nada, simplemente le miró mal y nada más. Ni siquiera se alejó, como lo hacía. Estaba demasiado ensimismado como para poder reaccionar apropiadamente.

Quizás tendría el tiempo para hablar con Antonio, al regresar a la capital. Sí, eso sería lo primero que haría.

—¿Estás listo para el viaje? —indagó Sadiq. Éste decidió omitir o al menos pretender que no había visto esa expresión de tristeza en el rostro de Lovino. Sí, eso era lo que debía hacer.

—¿Tú qué crees, imbécil? —le respondió de muy mala gana.

Después de presentar sus tíckets a la encargada, fueron a esperar. Lovino movía su rodilla de arriba para abajo, ansioso. No podía quedarse más allí y cada minuto que pasaba, era minuto que se arrepentía de su decisión. Tenía unas tremendas ganas de escaparse de allí.

—Ya pronto le olvidarás —dijo repentinamente Sadiq —. Una vez que estemos allá, te darás cuenta de todas las oportunidades que tienes… —explicó sin percatarse de la ira creciente del otro.

—¡Tú no sabes nada! —exclamó con tal fuerza que el resto de los que transitaban por allí se les quedaron viendo. Por un segundo, ellos fueron el centro de atención —¡¿Y ustedes qué mierda están viendo?!

El turco le jaló para que volviera a tomar su asiento y no hiciera una escena. Claro, si es que eso ya no contaba como un numerito.

—¿De verdad crees que deberías quedarte en ese pueblucho de cuarta? Sólo he pasado unos pocos días y sé qué es terriblemente aburrido —comentó. Francamente, por más que intentaba comprender la visión de Lovino, no lo conseguía.

El italiano se limitó a refunfuñar. Era y le parecía inútil intentar siquiera explicarle lo que le pensaba. Pero si de algo estaba completamente seguro, era que no le gustaba la capital en lo absoluto. Se había aburrido de aquel sitio en poco tiempo y prefería ese pequeño lugar antes que ese bosque de concreto.

De repente, hubo un anuncio por el altavoz: Debido a ciertos problemas técnicos, el viaje a la capital se verá demorado por unas horas. Lamentamos las molestias y gracias por su compresión.

—¡Qué día más increíble! —El italiano se cruzó de brazos, sin poder creer la suerte que estaba teniendo. ¿Por qué la fortuna jugaba con él de esa manera? No creía ser capaz de aguantar más al turco y sus fallidos intentos de hablar.

Cerró sus ojos. Tal vez, podría olvidarse de todo por un buen rato. Dejar de lado el hecho de estar al lado de Sadiq y fantasear con cualquier otra cosa. Daría lo que fuera por no estar ahí sentado en ese horrible asiento y en lugar de eso, estar recostado en la cama de Antonio. ¡Ah, cómo extrañaba estar ahí! Simplemente tirado, mientras que el español le acariciaba.

No era necesario siquiera estar haciendo algo. Estar a su lado era todo lo que deseaba. Al menos, una vez más.

Por su cuenta, Antonio ya se había bajado del vehículo de Ludwig. Vio el enorme aeropuerto. Era mucho más grande de lo que se había imaginado y por un momento, se sintió desalentado por eso. ¿Cómo iba a encontrar a alguien como Lovino con cientos de personas pasando por allí?

Quizás no lo había pensado bien. Quizás debió haberlo pensado mejor. Eso le desalentó todavía más. ¿Acaso era tan inútil? Tal vez, sí era cierto que Sadiq era mejor que él…

—¿Qué se supone qué estás haciendo? —le reclamó el alemán quien estaba sentado en el vehículo. Pensaba quedarse allí hasta que el español regresara con Lovino o al menos, hasta que hubiera terminado lo que tuviese que hacer. Esperaba no haber tenido que hacer un viaje inútil.

—Ah, no lo sé —se lamentó.

—¡Ve por él! —exclamó el rubio, quien sabía que se arrepentiría después de eso —. Tú eres el único que podría encontrarlo —. Era el último de quién se podría esperar ánimos. Es más, bajo otras circunstancias, hubiera hecho que el español desista de su idea. Sin embargo, sabía que no podía dejar que se vaya con las manos vacías, después de todo lo malo que había pasado.

Antonio se dio vuelta y observó a Ludwig. Realmente estaba sorprendido. Sacudió su cabeza, ¿qué estaba haciendo? ¿Cómo podía estar dudando en un momento como ése? ¡Debía apresurarse si no quería arrepentirse más adelante!

—¡Muchas gracias, Ludwig! —exclamó mientras que corría hacia una de las entradas principales.

El rubio se preguntó si había hecho bien en darle esos ánimos. No quería verlo otra vez derrumbado, como en aquellos meses que habían pasado.

Ciertamente, Antonio no tenía la mejor pinta del mundo. Las vendas comenzaban a deshacerse y estaba con bastante dolor. Sí, Francis se lo había advertido anteriormente de que no estaba en condiciones de tal locura. Sin embargo, no le interesó. Estaba a dispuesto a soportarlo con tal de encontrar a Lovino.

Había tantas caras que no sabía dónde mirar. Esperaba que aún estuviera esperando por abordar el avión.

—¡Lovino! —exclamó. Pero no tuvo ninguna respuesta, evidentemente gracias al bullicio que había. Tomó una bocanada de aire y prosiguió con su búsqueda. En algún lugar, debía estar. Y no iba a salir de aquel edificio hasta que lo hallara. Además, estaba seguro de que Lovino no se iba a quedar tranquilo. Lo conocía demasiado bien como para saber que en algún sitio, estaría armando un escándalo o mandando todo a la mierda.

En ese instante, el italiano abrió sus ojos. Estaba seguro de que había escuchado su nombre, varias veces. Se paró y miró por todas partes. ¿Acaso la impaciencia lo estaba volviendo loco? Juraría que había oído la voz de Antonio, pero tal vez eran simplemente ilusiones.

—Voy al baño… —Refrescarse la cara era lo único que podía hacer. Además, necesitaba alejarse del turco, aunque fuera por unos cuantos minutos.

—¿A dónde crees qué vas? —le reclamó Sadiq.

—¡Al sanitario! —le gritó irritado y se dio media vuelta.

No podía creer que fuera tan insoportable. Ni siquiera escuchó lo último que le dijo. Ni siquiera le importaba. Estaba harto de ese hombre. Estaba tan enojado que no estaba fijándose por donde estaba yendo.

—Maldito bastardo, lo único que sabe hacer es molestarme —se quejó —. Esto es un infierno, un maldito infierno —dijo mientras que caminaba, sin importarle demasiado cómo el resto le estaba mirando.

¿Coincidencia? Antonio justo estaba caminando hacia donde Lovino se estaba dirigiendo y tampoco estaba prestándole mucha atención por donde iba. Estaba más interesando en ver las caras de los demás. Repentinamente, chocó contra alguien.

—¡¿Por qué demonios no te fijas por dónde mierda caminas?! —le reclamó el italiano.

—Lo siento, en verdad… —Se disculpó el español.

Se quedaron callados al darse cuenta de quién era el otro. Ni Lovino ni Antonio supieron qué decir en ese momento. La cara del primero enrojeció mientras que el segundo comenzó a esbozar una enorme sonrisa. Era quién había estado buscado esa mañana. ¡No podía creer la suerte que tenía!

—¡¿Qué…?! —El muchacho no supo qué responder en ese mismo instante. Estaba impresionado por tantas cosas: Por el hecho de que Antonio estuviera frente a él, por lo mal que lucía, por la sonrisa que iluminaba su rostro… Estaba completamente anonadado.

Antonio no dudó ningún segundo y abrazó con fuerza al italiano. ¡Estaba tan contento de encontrarlo que no sabía cómo expresarlo! Simplemente estaba agradecido de haber llegado a tiempo y de que todavía estuviera por allí. No había palabras que pudieran describir la felicidad del español.

—¿Cómo tú…? —Tenía varias preguntas para Antonio. Sin embargo, lo primero que pasó fue que las lágrimas comenzaron a caer de sus ojos. No sabía que estaba en tal mal estado y se sentía culpable por eso —. Yo… yo… —No podía pronunciar nada.

—¡Vine a buscarte! ¿Acaso creíste que iba a dejar que te fueras así nada más? —explicó mientras que acariciaba al italiano. Quería disfrutar de cada instante, de cada minuto que estaba transcurriendo.

—¡Lo siento, lo siento! —dijo el muchacho en medio de sollozos y aferrándose al hispano. La verdad era que no creyó que lo volvería a ver y mucho menos a que fuera a ir por él.

Después de un rato en silencio y de estar abrazados, Antonio decidió darle otra mirada al muchacho. Le secó las lágrimas, aunque pensó que se veía bastante adorable. Al fin, demostraba un poco de sus sentimientos.

—Lovino, ¿por qué insistes tanto en separarte de mí? —le preguntó, mientras que le agarraba firmemente de la mano —¿Acaso no soy lo suficiente para ti? ¡Si te amo con mi alma entera! —le comentó.

Lo único que pudo hacer el italiano fue mover su cabeza en negativa.

—Ya te he causado demasiados problemas… —admitió con la cabeza baja. No se animaba siquiera a mirarle al español. No podía hacerlo, ya que sabía que había sido su culpa.

Sin embargo, Antonio no estaba preparado para abandonar por esa razón al italiano.

—¿Y qué? Con tal de estar contigo, haría lo que fuera —Levantó la cabeza del muchacho y le miró a los ojos —. A menos que tú no me quieras como yo, entonces dejaría que fueras feliz con alguien más—explicó. Claro que estaba nervioso, no sabía qué le iba a responder Lovino. Era tan impredecible que capaz le soltaba una tontería. Pero confiaba en que sus instintos eran los correctos.

El muchacho se mantuvo callado por un rato. Luego, comenzó a golpear el pecho del español como niño pequeño.

—¡Eres un tonto! —comentó mientras lo hacía. Se suponía que no iba a volver a ver a Antonio y ahora estaba allí —¡Eres un reverendo tonto! ¡Claro que te amo!

Solamente había un pequeño detalle que ambos estaban obviando…


Me tardé un poco, pero ya está. ¡Espero que lo disfruten!

¡Gracias por leer~!