Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.
CAPÍTULO IX
Ambos estaban demasiado ocupados en su propio mundo. Si hubiera caído algo a su alrededor, ni siquiera se hubieran dado cuenta de ello. Antonio estaba simplemente extasiado por haber encontrado a Lovino, como un golpe de suerte. No dejaba de observar el rostro del muchacho y de acariciarlo.
La expresión del italiano era completamente opuesta. Estaba triste, llorando. Sabía que el español no debió haber ido hasta ahí, ¿cómo demonios se iba a despedir de él? Cada segundo que pasaba, quería aferrarse a él y quedarse sin importarle nada más en el mundo.
—Ven conmigo, Lovino. Vivamos juntos de una vez por todas… —le suplicó el hispano mientras que le agarraba firmemente de la mano. No iba a irse de ese aeropuerto sin el muchacho. Tendrían que apuntarle con un arma, y aun así…
—Después de todo lo que te hice, ¿todavía me quieres? —le preguntó éste, inseguro. La verdad era que no podía siquiera creer cómo Antonio podía ser tan terco. Cualquier otro ya le hubiese mandado a la mierda, pero aquel hacía exactamente lo contrario.
Antonio no dudó más y pese a que le dolía la muñeca, le levantó el rostro y le dio un profundo y dulce beso en los labios, de esos que sólo se reciben muy pocas veces en la vida, de esos que cualquiera envidiaría por la cantidad de cariño que involucraba.
—Vamos a casa… —El español se levantó y le tomó de la mano al italiano.
Sin embargo, había alguien que les iba a impedir eso. El turco estaba tan sólo a unos pocos metros, tratando de encontrar a Lovino. Ya había pasado demasiado tiempo en el baño, ni que fuera una mujer coqueta. Revisó su reloj, no podía demorarse demasiado.
Después de abrirse paso y de soltar un par de insultos a ciertos personajes, vio al muchacho de rulo irse con alguien más. Por supuesto, la expresión de Sadiq fue cualquiera menos de alegría. Se apresuró en agarrarle, por nada del mundo iba a dejar que se fuera así nada más.
—¡Espera un momento! —gritó éste —. ¡¿A dónde crees qué vas?! —le reclamó, sin permitir que Lovino diese un paso más.
Tanto el italiano como el español se voltearon de inmediato. El primero sabía que se estaba olvidando de algo y ahora se percató de qué se trataba. Una vez, debía enfrentarlo. O eso se suponía. Sin embargo, lo que sabía completa seguridad era que no iba dejar que se llevara a Lovino a la capital.
—¿Y ahora qué? —preguntó molesto Lovino. No se dio cuenta hasta después de unos minutos de que pretendía irse sin darle ninguna explicación al turco.
—¿Cómo qué "ahora qué? —repitió Sadiq, cada vez más enojado —. ¿Acaso estabas pretendiendo irte sin decirme nada al respecto? —se quejó, olvidándose por un momento que Antonio estaba al lado del muchacho y que no le soltaba.
Estaba increíblemente irritado. Aunque ahora todo tenía más sentido. Comprendió inmediatamente por qué estaba tan distante, por qué se rehusaba hasta a tocarle, a rozarle. Respiró profundamente, pues en cualquier momento perdería la paciencia.
—¡Pues te dije que no me quería ir, idiota! No sé por qué te sorprendes… —comentó Lovino, mientras que de reojo observaba al español.
—¡Yo pensé que esto era lo que querías! ¿No le habías pedido a tu abuelo por trabajo? —Sadiq no entendía nada, estaba verdaderamente confundido. Quería una explicación para todo esto. Parecía que aquel pueblo solamente pretendía hacerle sufrir.
Lovino murmuró algunas groserías. Honestamente, hubiera sido mucho más fácil si hubiera conseguido escaparse antes de que el turco los encontrara. Sin embargo, sabía que lo mínimo que podía hacer era darle unas cuantas explicaciones.
—Yo quiero estar con Antonio, idiota —dijo el muchacho, con firmeza —. No puedo irme contigo.
—¿Esto es realmente lo qué quieres, Lovino? Irte con ése… —No sabía que adjetivo utilizar para describir a Antonio, así quedó allí, señalándolo —. ¿Lo has pensado bien?
—¡¿Acaso crees qué soy un estúpido?! —se quejó, pero el español intervino.
A pesar de que quería llevárselo consigo, Sadiq tenía un buen punto. No quería que aquel se arrepintiera de su decisión, luego de unos cuantos días.
—Tiene razón, Lovino. Aunque me encantaría llevarte conmigo, esto es algo que deberías pensarlo bien. No quiero que seas infeliz conmigo —le explicó el hispano. Le resultaba raro tener que estar de acuerdo con el turco, pero esas eran las circunstancias en las cuales se encontraban.
Lovino sintió como si todo le estuviera dando vueltas. Tenía a esos dos hombres, enfrente de él, esperando por una respuesta. Aunque en otro momento, hasta le parecía más que apropiado que se pelearon por un ser tan especial como lo era él, preferiría huir para no tener que pensar.
¿Qué debía hacer? Miró a Antonio y luego al turco. Se suponía que era una opción bastante elegir. Pero… ¿qué iba a suceder si las cosas no funcionaban otra vez con el español? Claro que se moría por estar con él, pero no tenía ninguna certeza de que sería lo más adecuado.
Sin embargo, al ver su rostro y su enorme sonrisa no tuvo más dudas. Se abalanzó sobre el español, olvidándose por completo del otro. Sabía que eso era lo correcto, lo que debió hacer desde un principio. Antonio le levantó la mirada y le susurró:
—Al menos, dale una explicación —. Si bien estaría feliz de tener a Lovino de vuelta, las cosas debían hacerse bien. No se sentiría para nada bien si se lo arrebataba tan descaradamente. Así que le dio un empujón al italiano para que se parara frente al turco.
—Bueno, no esperé que esto terminara así… —A pesar de estar realmente molesto, Sadiq no estaba muy seguro de cómo reaccionar. Sí, debió haber esperado que ello sucediera. Sin embargo, lo había sentido como un gran golpe a su orgullo.
Por supuesto, el ambiente era bastante tenso e incómodo. El español se aferraba de los hombros de Lovino, para que éste no tratara de escaparse. Antonio se puso en lugar del turco y eso era lo que le pediría, si le hubiera dado la espalda.
—Yo… No quiero irme contigo —afirmó el italiano mientras que miraba al piso. ¿Por qué ahora le resultaba tan difícil enfrentarse al turco, siendo que en otros momentos no lo había dudado? Tosió un poco y luego miró directamente al hombre —. Pertenezco a este pueblo, no a esa maldita ciudad. Y no estoy enamorado de ti —le aclaró.
—Lo supuse… —murmuró para sí mismo. Quizás se había engañado a sí mismo por demasiado tiempo. En fin, ¿qué era lo qué podía hacer más? Su puño le temblaba. Le daba rabia, porque sabía que no debieron haber ido al pueblo —Pues si te vuelve a dar una patada en el trasero, no estaré ahí para consolarte —replicó el turco finalmente y se dio media vuelta.
Allí mismo le dejó sus respectivas maletas y se retiró. En realidad, volvió a mirarle a esos dos y antes de partir, decidió decirles una cosa más.
—¿Sabes? Fue la idea de tu abuelo todo esto. Solamente quería que fueses feliz y que no te faltara nada —Se encogió de hombros —. Supongo que eres un desagradecido —. Dicho esto, se fue.
En ningún momento, Lovino pensó en eso. Se suponía que debía reunirse con su abuelo a la vuelta de su viaje. Pero no le dio mucha importancia. De algún modo u otro, aquel debería entender su decisión.
—Entonces, ¿ya estás listo? —le preguntó Antonio, a la vez que agarraba las valijas del italiano. Enseguida se percató de lo pesadas que éstas eran —¿Qué has metido aquí? ¿Yunques? —indagó sorprendido.
—Qué gracioso —comentó sarcásticamente el italiano y comenzó a caminar —. Entonces, ¿nos vamos o qué?
—Sí, Ludwig nos está esperando en el estacionamiento —contestó el hispano, sin pensar demasiado en las consecuencias de aquellas palabras.
—¡¿El macho patatas está aquí?! —preguntó indignado —. Debí haber tomado el avión… —se dijo para sí mismo, resignado.
Antonio estaba demasiado contento como para quejarse. La verdad era que con el dolor que estaba experimentando, desearía estar sobre su cama y no moverse de allí. Sin embargo, no iba a dejar que un par de puntadas al costado le arruinaran su felicidad.
El alemán, por su lado, estaba leyendo su libro. Ya había pasado un buen rato desde que el español había ido tras Lovino. Se preguntó si había tenido éxito o si había fracasado. Esperaba que fuera lo primero, pero conociendo a su cuñado… No tenía demasiadas esperanzas.
Estaba tan sumido dentro de su lectura, que le tomó al español varios golpes contra la ventanilla para que se percatara de que ya estaban allí. El rulo que se asomaba por detrás del hispano le hizo darse cuenta de que Lovino estaba a su lado.
Salió enseguida del vehículo para ayudar de inmediato al español. Sabía que no estaba en condiciones para alzar esas valijas así que se las arrebató de inmediato y las puso en la maletera.
—Antonio, ¿estás bien? —cuestionó Ludwig. Antonio se agarraba de su costado, como si tuviera algún profundo dolor. Arqueó una de sus cejas, pues estaba seguro de que había algo raro.
—¡No, no es nada! —negó el español —. Aunque hace demasiado calor, ¿no te parece? —Se secó el sudor de la frente.
El alemán no estaba muy convencido de aquella respuesta, pero no podía hacer nada más. Tras un brusco y rudo saludo con el italiano, los tres se embarcaron a regresar al pueblo.
Antonio se recostó por el regazo del muchacho, estaba agotado por alguna razón. Lovino se limitó a acariciarle el rostro y un poco más. Recién ahora, se había dado cuenta de que el español estaba empapado. Pensaba quejarse, pero no podía hacerlo después de tal esfuerzo.
—No hagan nada pervertido ahí atrás —les recomendó el alemán. Aunque sabía que era casi inútil decirlo con lo poco que Lovino le escuchaba.
—Tu cara me quita todas las ganas —le replicó el muchacho y después, se concentró en mirar el paisaje que les rodeaba.
Al principio, creyó que estaba tomando una siesta, por lo que no le dio mucha importancia. Quizás estaba demasiado cansado y de cierta manera, lo encontraba adorable. Sin embargo, cada vez estaba sudando más y le costaba bastante respirar.
—¡¿Qué demonios te pasa?! —Lovino no tenía la menor idea de cómo actuar frente a esa situación. Sacudió varias veces al español, tal vez solamente le estaba tomando el pelo —. ¡Esto no es para nada gracioso, imbécil!
Los gritos de aquel alertaron a Ludwig, quien paró bruscamente.
—¿Qué está sucediendo? —preguntó y se dio vuelta. Antonio estaba demasiado pálido como para su gusto y Lovino se desesperó —. Vamos al hospital, ahora mismo —determinó y pisó el acelerador.
El muchacho no sabía qué hacer, estaba completamente desconcertado. A pesar de lo mal que estaba, igual había ido detrás de él. Si alguna vez había dudado de los sentimientos del español, ahora se habían disipado por completo. ¿Qué tan loco estaba como para arriesgarse de esa manera?
Nunca le había visto en tan mal estado, todo lo supo hacer en ese momento fue abrazarle lo más fuerte que pudo.
—¡Eres un tonto, un tonto! —exclamaba mientras que sujetaba al español contra su pecho.
Después de llegar al hospital, Ludwig lo llevó entre sus brazos, ya que el italiano estaba demasiado impresionado para hacerlo. Por supuesto que salió corriendo tras de él. No pensaba moverse ni un solo segundo de su lado. Ahora estaba dispuesto a apoyarle en todo momento.
El problema se debió a que la venda se había comenzado a deshacer y la sangre estaba brotando de la herida. Antonio se había rehusado a recibir atención médica días atrás, pues estaba más pendiente de lo que ocurría con Lovino. Por supuesto, el haber esperado tanto tiempo por ello, traía sus consecuencias.
Antes de que fuera internado, Antonio abrió sus ojos. Al primero que encontró fue al muchacho quien estaba sollozando por culpa de la preocupación.
—Ah, no deberías preocuparte demasiado —le comentó, restándole importancia como siempre lo hacía —. Aunque admito que te ves lindo —sonrió.
—¡¿Cómo demonios dejaste que esto pasara, imbécil?! —le reclamó molesto e irritado. Aunque a cualquiera le resultaba evidente que tenía más miedo que otra cosa.
—Quería verte primero… —respondió. Después, la enfermera hizo a un lado a Lovino para llevarlo a terapia intensiva.
En un par de horas, Feliciano estaba allí, para apoyar a su hermano mayor. Él trató de apaciguarle a su nervioso hermano, pero parecía que cualquier cosa que le dijera, le irritaba todavía más. Además, le daba algunas palmadas por la espalda.
—No te preocupes, hermano. ¡Ya verás que todo saldrá bien! ¡Ve! —exclamó con entusiasmo. Era tal vez el único en toda la sala que tenía mente positiva.
—¡¿Cómo quieres que esté?! —Lovino tenía ganas de echar todo contra el suelo, de lo enojado que estaba. No se había imaginado que estaba tan mal después de la golpiza. No podía dejar de echarse la culpa, si tan sólo se hubiera quedado con él… Sacudió su cabeza, era un reverendo imbécil.
En ese preciso instante, el francés se hizo presente. Había dejado de lado su florería y una bella chica, con tal de llegar hasta el hospital. En verdad, estaba bastante desconcertado. Miró por todas partes, en busca de alguna explicación. Sabía que no debió haberle permitido salir de esa manera de su cama.
—Peor, ¿qué le pasó? —Estaba realmente preocupado por el estado de su mejor amigo. Después, se percató de que Lovino estaba ahí, sentado y desesperado.
Francis se irritó al ver la reacción del italiano. La verdad era que sí tenía la culpa. Si no se hubiera presentado durante la boda, nada de esto estaría ocurriendo. Y si hubiera hecho frente al turco en su momento, Antonio no tendría que estar bajo esas circunstancias.
—Me extraña que no hayas huido —murmuró el francés. Para su suerte, Lovino estaba demasiado ensimismado para darse cuenta de otra cosa.
En verdad, no podía dejar de mirarlo.
Aunque tenía unas tremendas ganas de decírselo, sabía que éste no era el momento. Se sentó bien alejado de él, pues sabía que en cualquier momento lo iba a soltar y no estaba seguro de qué se iba a desatar.
—Mierda, ¿por qué demonios se está tardando demasiado? —reclamó el impaciente muchacho.
En eso, se abrió la puerta por donde había entrado el español. El médico principal, un cubano con rastas, salió. Lovino fue el primero en levantarse y corrió junto al profesional.
Cada uno de los que hallaban allí, estaban realmente pendientes de lo que el hombre diría.
—Les traigo noticias…
Intriga, intriga y más intriga.
¡Gracias por leer!
