Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.
Capítulo XI
Lovino no sabía qué pensar acerca de la escena de la cual estaba siendo testigo. No estaba ni siquiera seguro de cómo reaccionar ante eso. Se quedó anonadado.
—¿Oh? ¿Así que decidiste aparecer? —le preguntó el francés al percatarse de la presencia del italiano. Se desperezó y luego se sentó encima de la cama.
—¡¿Qué carajos haces tú aquí, imbécil?! ¡¿Por qué estás en la misma cama con Antonio, maldito franchute?! —Estaba tan enojado que se le arrojó encima, sin pensar demasiado. No sabía qué le iba a hacer, estaba consumido por la rabia y la furia.
—¿Pues tú que crees? —le replicó Francis, sin darle mucha importancia a la reacción del muchacho. De hecho, estaba completamente tranquilo.
—¡Más te vale que no le hayas puesto un dedo encima! —le amenazó.
Como consecuencia del griterío, Antonio se despertó. De buenas a primeras, no comprendió muy bien qué se suponía que estaba ocurriendo. Se limpió los ojos y luego se puso de pie. Ahí vio a los dos en el piso. El español no estaba muy seguro de qué decir, sentía cómo si estuviera interrumpiendo algo.
Sin embargo, trató de separar a Lovino de Francis. Principalmente, porque quería saber qué había estado haciendo el primero, como para no comunicarse con él. Estaba ansioso por escuchar su explicación.
—¡¿Qué está haciendo aquí ese maldito aprovechado?! —Fue lo primero que salió de la boca del muchacho.
—Te lo explicaré, pero primero quisiera qué me digas a dónde has ido. Lovino, he estado preocupado todo este tiempo —dijo el español, serio. Honestamente, éste estaba confundido acerca de cómo debía sentirse, si feliz porque estaba allí nuevamente o enfadado por el hecho de que Lovino aparecía y desaparecía según le apetecía.
Había pasado por tantas cosas que no sabía por dónde empezar. No esperaba semejante bienvenida.
—Te lo diré en privado —dijo haciendo referencia hacia el francés. La verdad era que le molestaba muchísimo que estuviera allí y no planeaba decir nada más hasta que el rubio se largara.
Después de pensarlo por un buen rato, el español accedió. Si quería saber lo que había ocurrido y la razón por la cual había desaparecido de esa manera, entonces no le quedaba otra.
—Francis, ¿te importaría…? —No quería hacerle de lado de esa manera, pero deseaba muchísimo escuchar la historia del recién llegado.
—Como quieras. Estaré abajo, si me necesitas —comentó Francis y luego le miró al muchacho con mucha desconfianza.
Después de que la puerta se cerrara, Lovino se sentó sobre la cama del español. Estuvo un buen rato buscando algo de su bolsillo. Sabía que lo tenía por allí, simplemente debía encontrarlo. Se volvió a levantar y después de un buen rato, lo halló. De inmediato, se lo entregó a Antonio.
—Toma… —le dijo sin animarse a mirarlo directamente a los ojos.
Era un pedazo de papel rectangular. A primera vista, no lucía muy importante. Antonio pensó que se trataba de alguna broma o de alguna basura que Lovino le había querido dar sólo para molestarlo. Sin embargo, cuando lo revisó con más detenimiento, se quedó boquiabierto.
—Lovino, tú… —El español no estaba seguro de qué decir. Si las sorpresas continuaban de esa manera, le daría un ataque. Francamente, nunca había visto una cifra tan grande en toda su vida. Estaba prácticamente babeando al ver tanto dinero.
—Yo… Al ver la cuenta, quise ayudar, imbécil —comentó con algo de timidez.
Enseguida Antonio recordó que todavía le debía las explicaciones, así que se acercó al muchacho. Sabía que enojarse con él no serviría demasiado, pues no obtendría nada de nada. Así que decidió optar por otro camino, uno más calmado y tranquilo.
—Lovino, ¿de dónde has sacado todo ese dinero? —Todavía estaba demasiado impresionado con la cifra, pero intentaba concentrarse en su chico. Le agarró de la rodilla para llamar su atención.
—¿De verdad, importa? Sólo tómalo y ya —contestó como si quisiera olvidar por lo que había pasado durante esos días.
—No. Si no me lo dices, lo romperé. No puedo aceptar dinero, si ni siquiera sé de dónde proviene —le amenazó. Por supuesto, no sería tan sencillo deshacerse de esa cantidad, pero si eso le enseñaba a Lovino, entonces lo haría.
Esto de inmediato provocó una reacción. El muchacho le agarró de ambas muñecas, le había costado tanto trabajo que no podía ver que el mismo se le fuera así de rápido. Así que antes que el español hiciera alguna estupidez, Lovino abrió la boca.
Después de alejarse de Feliciano y asegurarse de que ya estaba fuera del alcance de la vista del español, fue a buscar un teléfono público. Aún lamentaba el haber tirado su móvil por ahí, pero no había nada que podía hacer al respecto en ese momento.
Después de tragar saliva, Lovino marcó el número. Estaba muy impaciente, a tal punto que movía su pie como si tuviera un tic. Rogaba por hallar a su abuelo o de lo contrario, no sabía qué iba a hacer. Era una situación muy pero muy complicada y en verdad, requería de la ayuda de aquel hombre.
—Buenos días. Se ha comunicado con la empresa "Dueño del Mediterráneo". ¿Qué necesita? —preguntó la secretaria del otro lado.
—Soy… Soy Lovino Vargas. Necesito hablar urgente con el abuelo —dijo de manera acelerada.
—Ya enseguida le comunico con el señor Marco Antonio —respondió la chica y de inmediato, una canción comenzó a sonar del otro lado. Si bien era una muy relajante, sólo ponía más nervioso a Lovino.
Cuando estuvo a punto de colgar y buscar otra manera de conseguir el dinero, alguien habló del otro lado.
—¿Lovino, eres tú? —indagó la voz de un hombre maduro.
—¡Abuelo! —exclamó éste —. Necesito pedirte un favor —comentó sin perder el tiempo.
—¡Ah, ya hacía tiempo qué quería saber de ti! —respondió éste, sin hacer mucho caso a lo último —. He hablado con Sadiq y me ha dicho que se han tomado un tiempo de la relación…
—¡¿Qué ha dicho qué?! —Esto hizo enojar muchísimo al italiano. De todas las tonterías que pudo haber salido de la boca de su abuelo, ésa era la más grande de todas. Luego, intentó calmarse —. Ya hablaremos de eso, luego. Ese imbécil…
El hombre rió. Era evidente que su nieto continuaba siendo el mismo de siempre, lo cual le alegró.
—En fin, abuelo. Necesito… Necesito que me des algo de dinero —Esperaba que su abuelo accediera. Nunca había deseado tanto algo de su abuelo como en ese preciso instante.
Hubo un silencio del otro lado. Lovino comenzó a sudar bastante. ¿Le iba a cortar en ese mismo instante? ¿Le daría el regaño de su vida? Nunca había tenido tantas dudas respecto a su abuelo en ese preciso instante. Cualquier cosa podría suceder en ese momento.
—Toma el primer avión hacia la capital, Lovino. Hablaremos mejor si estás enfrente de mí —dijo de repente el hombre. No parecía molesto o nada por el estilo. Es más, lucía como si fuera una excusa para ver a su nieto.
En ese preciso instante, Antonio le cortó la narración al italiano. Por supuesto, esto no le hizo mucha gracia al inspirado muchacho.
—¿Me estás diciendo que agarraste un avión, así nada más? —Éste no podía creer lo que estaba escuchando del otro.
—No, me fui en un maldito barco, imbécil —le contestó Lovino, un poco irritado por la pregunta del español. Simplemente quería terminar de contarle por todo lo que había atravesado y así olvidarse de toda esa travesía de una vez por todas.
—No es necesario que contestes así, Lovino —le reprendió —. Sólo que me resulta un poco difícil pensar que tomaste así el avión, sin consultarlo con nadie más.
—Pues eso fue lo que hice —le contestó mientras cruzaba sus brazos —¿Me dejas terminar, imbécil?
—Sí, sí…
Después de llegar a la ciudad, Lovino fue inmediatamente a la oficina de su abuelo. Eran casi las seis de la tarde y estaba más que agotado. Sin embargo, estaba determinado a hacer lo que fuera necesario con tal de poder darle una mano al español.
Todavía podía recordar la cara de decepción que había puesto al ver la cuenta del hospital, así que debía apresurarse. Entró a la empresa de su abuelo y no le importó lo que la recepcionista le dijo. Simplemente se subió al elevador y fue a entrar a la oficina donde se suponía que estaba aquel hombre.
No le importaba si alguien estaba con él. No le interesaba si estaba en medio de una reunión importante. Simplemente abrió la puerta, como si se tratara de su propia casa. Acto seguido, caminó directamente hacia el escritorio.
—¡Abuelo! —exclamó Lovino, anunciando su llegada.
—¡Lovino! —respondió éste, dándose la vuelta. No tardó en ir a darle un fuerte abrazo. No esperaba que su nieto le prestara atención a sus peticiones, ya que normalmente no le interesaba. Le resultaba obvio que Lovino iba muy en serio acerca del dinero.
—¡Me estás ahorcando! —se quejó el muchacho y después fue liberado por su abuelo.
—Estoy tan feliz que hayas venido, ¿de verdad? —Una enorme sonrisa se esbozó en su rostro —. ¿Quieres cenar a ése restaurante que tanto te gusta? ¡Seguro que tienes mucha hambre!
Aunque esa idea le tentaba demasiado al muchacho, no quería perder tiempo. Quería regresar de inmediato al pueblo, con o sin el cheque, pero por lo menos, con alguna respuesta por parte de su abuelo.
—Necesito que me digas si podrás darme el dinero o no —dijo en tono tajante.
—Conversemos allí, ¿te parece? —Éste no sentía ninguna prisa, quería aprovechar la oportunidad para hablar con su querido nieto.
Lovino decidió aguantar todo el trayecto. Esperaba no tener que esperar por más tiempo.
Luego de ordenar, el abuelo miró seriamente a su nieto. No entendía por qué necesitaba de dinero, nunca lo había pedido de esa manera. Evidentemente, no podía dárselo así nada más, por mucho que le quisiera.
—¿Para qué necesitas el dinero, Lovino? ¿No te habrás metido en drogas o algo por el estilo? —indagó éste.
El muchacho se quedó callado por un buen rato. No había pensado en la excusa qué iba a darle a su abuelo, pues no creyó que se lo preguntaría. Si le decía que era para Antonio… No, no podía arriesgarse. Alguna mentira ya se le ocurriría.
—¡No me estoy drogando! —exclamó enseguida, ofendido por tal pregunta.
—¿Entonces? Siempre me has contado tus problemas, Lovino. Dime de qué se trata —le pidió éste.
En aquel momento, Lovino respiró profundamente. A decir verdad, estaba agotado pero estaba luchando para continuar con la historia. Estaba muriéndose de sed y de agotamiento, así que se tumbó por la cama del español sin tener pensarlo demasiado.
—Lo siento, idiota. ¿Puedo seguir más tarde? —preguntó mientras cerraba sus ojos.
Aunque insistiera, le daba un poco de lástima. Antonio se recostó cerca de él, acariciando su cabello con delicadeza. Le daba la impresión de que realmente se había estado esforzando durante esos días que había estado ausente. Quería estar enojado con él, pero le resultaba casi imposible.
A la mañana siguiente, cuando Antonio abrió sus ojos, vio que Lovino no estaba a su lado. Miró por todas partes, ¿eso había sido un sueño? No podía serlo, había sido demasiado real. Entonces, ¿a dónde se había ido? Se levantó y de inmediato, escuchó que alguien estaba gritando groserías mientras que subía por la escalera.
Antonio se acercó más y allí, vio que Lovino estaba luchando por subir con una bandeja llena de dulces acompañados de café. No sabía si reírse de la situación, ya que lucía como si en cualquier momento se le caería todo o agradecerle por aquel gesto.
Se apresuró en regresar a la cama.
—Te traje el desayuno, idiota —dijo al llegar. Inspeccionó el lugar con la vista, asegurándose de que el cheque todavía estuviera allí.
Antonio pretendió despertarse recién. A pesar de que Lovino parecía estar con el mismo humor de siempre, le dio la impresión de que había algo distinto en él. Fuera lo que fuera, le agradaba de cierto modo.
El español se desperezó y sonrió ampliamente al muchacho. Éste le dejó la bandeja sobre la cama, para después acomodarse a su lado.
—Cociné un poco y me sobró. Así que, espero que te gusten —explicó Lovino sin darle demasiada importancia. Aunque en realidad, estaba muy pendiente de lo que el otro pensara.
—No debiste molestarte —Se le iluminaron los ojos al ver todo lo que estaba a su alcance. Antes de comer, le agarró de la mano al muchacho —¡Muchas gracias, Lovino! —exclamó contento.
—Después de que comas todo, te contaré el resto de la historia —replicó Lovino.
Es probable que llegue a los veinte capítulos. O los que fueren necesarios para desarrollar adecuadamente la trama.
¡Gracias por leer~!
