Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.
Advertencia: Contenido explícito.
Capítulo XIII
Sin embargo, antes de que Lovino pudiera continuar, Antonio lo agarró entre sus brazos. Estaba tan contento de que estuviera allí, que la verdad era que simplemente quería tenerlo cerca de él. Lo que realmente deseaba, era aprovechar el momento que ahora tenía con el italiano.
La historia podía ser dejada para más tarde, fue lo que pensó el español, ya que había escuchado lo suficiente.
—¡¿Qué se supone qué estás haciendo, imbécil?! —le reclamó enojado y sorprendido, a la vez.
—Bueno, lo que pasa es que… —Las manos del español estaban muy cerca del cinturón del otro, explorando de manera traviesa la camisa del otro —. Hace rato que no estamos juntos, Lovino —explicó susurrando.
—¡Pero te estaba contando…! —objetó. Pero no pude terminar con su réplica, ya que el otro le besó suavemente en el cuello.
—Lovino, va a hacer un año desde que nos acostamos —comentó éste —. Supongo que me puedes contar lo que te dijo tu abuelo más adelante, ¿verdad? —preguntó sin sacar las manos encima del italiano.
Enseguida, el muchacho terminó sentándose sobre el dueño de casa. Las manos del español se fueron mucho más al sur del cuerpo del italiano, sobre su trasero. Esto hizo que Lovino se pusiera rojísimo.
—¡Maldito pervertido! —reaccionó gritando. Aunque no estaba demasiado enojado con ello, en realidad. Simplemente le había tomado un poco de sorpresa.
Por más que pretendiera no querer recibir nada del otro, por lo menos hasta que terminara de contarle su historia, era imposible por dos sencillas razones: La primera, porque a pesar de su condición, Antonio era mucho más fuerte que él y la segunda, porque disfrutaba de la manera en que lo acariciaba de esa manera tan cariñosa.
Aunque no pensaba admitirlo en voz alta, francamente extrañaba cómo el español lo tocaba. No era demasiado agresivo pero tampoco demasiado tierno como para aburrirlo o para vomitar arco iris. Simplemente era perfecto, tal y como lo había sido, antes de abandonarle por su cuenta.
Ahora, Lovino se hallaba sentado en el regazo de Antonio, mirándose frente a frente. Agarró el rostro de aquel y se acercó a sus labios. Le resultaba irresistible darle un beso, esos labios le estaban llamando y no podía soportar la tentación.
Posó sus dos brazos alrededor del cuello del español, mientras éste exploraba con su lengua el interior de la boca del otro. A esas alturas, ya ni les importó que la puerta estuviera abierta o que alguien fuera capaz de entrar a aquella habitación. Lo único que importaba era el otro.
—No sabes cuánto tiempo esperé por esto… —le susurró el hispano, luego de separarse momentáneamente del otro.
—Lo siento —comentó avergonzado pero el otro no le permitió que se viniera abajo. Le levantó la cabeza y le regaló una sonrisa sincera, para indicarle de que eso ya no importaba.
Le arrebató de la camisa en cuestión de minutos. Lovino estaba empapado de sudor, en parte porque había salido corriendo desde que llegó al pueblo hasta la cafetería de aquel y porque hacía bastante calor dentro de la habitación del español.
Antonio sonrió ligeramente. Había deseado tener al mucho desde hacía muchísimo tiempo, sobre todo, desde aquella noche que el turco se había aparecido para reclamar lo que era suyo. Pero ésta vez, no iba a haber ninguna interrupción.
—¿Estás seguro qué…? —Aunque realmente estaba de humor para continuar, le preocupaba un poco los puntos del español. ¿Y si se abrían mientras estaban en medio del acto? No quería ser responsable de tal cosa.
Eso no significaba que no deseaba al español en lo absoluto. De hecho, había estado pensando en ello desde hacía un buen tiempo y no veía la hora de estar a solas con él. Era una cuestión más bien de que no quería lastimar al otro, más de lo que ya había hecho.
Sin embargo, el dueño de aquel lugar asintió. Hasta pensaba que esto le haría sentirse mucho mejor. Volvió a posar sus labios encima de los del italiano, mientras que recorría el torso desnudo de aquel con sus manos.
Lovino estaba ligeramente agitado por la forma en que Antonio exploraba su cuerpo. Luego, éste comenzó a jugar con el cinto del otro, a la vez que observaba de reojo su reacción. Arrojó el cinturón de cuero al piso y lentamente bajó el cierre de su pantalón.
Acto seguido, hizo que el otro se recostara a su lado y de inmediato levantó las piernas de aquel. Por supuesto, Lovino estaba completamente ruborizado para entonces. Hacía tiempo que no veía a Antonio de ésa manera y para ser totalmente sincero, le agradaba y bastante.
—Sólo dime si quieres qué me detenga —comentó el hombre de los ojos verdes, mientras que besaba raudamente el torso desnudo del otro hasta llegar a la altura de su vientre. Allí, se quedó jugando por un rato, rozando con su lengua y con uno de sus dedos, hasta que el otro necesitara decir algo al respecto.
El muchacho intentó aguantarse las ganas. No iba a suplicar, no iba a rogarle que fuera más allá de los límites de su ropa interior. Todavía tenía el orgullo que estaba por delante de todo y si tenía que soportar la creciente excitación, era a lo que estaba dispuesto a hacer. Hasta se le ocurrió buscar alguna imagen en su cabeza, para evitar que el otro obtuviese lo que estaba buscando.
Sin embargo, el español hizo una movida más atrevida. Sin sacarle la ropa interior que todavía cubría a aquel, recorrió delicadamente el contorno del miembro del italiano, que ya estaba erecto.
—¡Maldición, Antonio! ¡Si tanto quieres…! —Se mordió los labios, al percatarse de que finalmente había exclamado justamente lo que el otro estaba buscando.
—No es si yo quiero. Si tú quiero y veo que tu cuerpo lo desea —dijo suavemente a la vez que sonreía triunfalmente.
—Haz… Haz lo que quieres —contestó Lovino, mirando hacia otro lado. Se cruzo de brazos, tratando de desmotivar al otro, pero su forma de encapricharse solamente conseguía que Antonio estuviera más emocionado.
—Como gustes —comentó el español, siempre con el espíritu en alto.
Inesperadamente para el muchacho, éste había rozado su lengua por la punta de su miembro, lo que provocó un sonoro gemido del otro. Lovino se dio cuenta de que para esas alturas, era imposible resistirse.
¿Para qué intentar hacerlo? Antonio encontraría la forma de volverle loco y no había nada que pudiera hacer para evitarlo. Y después del viaje por el que había tenido atravesar, sentir al español tan cerca de él, experimentando ese placer del que se había olvidado por largo tiempo, era… Era el paraíso.
Cada beso, cada roce que hacía con la punta de lengua, cada movimiento que el otro hacía con su muñeca, le hacía recordar la excelente decisión que había tomado al quedarse allí, a pesar de todo. Cerró sus ojos, a la vez que dejaba que Antonio se adueñara por completo de su cuerpo.
—Te amo, Lovino —dijo de repente Antonio. Al fin, después de las lágrimas derramadas, del tiempo que los había separado y todos los malditos inconvenientes por los que habían tenido que atravesar, era suyo y solamente suyo.
Un movimiento de caderas fue suficiente para escuchar aquel gemido de Lovino. El sudor le caía por la frente y sentía un poco de dolor en el lugar donde lo habían operado. Pero no le importó. Nada se comparaba a lo que estaba experimentando en ese momento.
—Yo también… —respondió Lovino en medio de jadeos y le dio la impresión que se le iluminó la cara. Y era así, si había algo que le encantaba escuchar de la boca del italiano, eran esas palabras.
Por supuesto, mientras estaban los dos ocupados en la cama, retozando y disfrutando sin otra preocupación, había un pequeño detalle del que se habían olvidado por completo: El hecho de que había gente abajo y que tal vez, podían escucharlos.
Subió la escalera sin mucha prisa. No quería ver nada de nada. Solamente asegurarse de cerrar la puerta del dormitorio y luego regresar en cuanto antes. Deseaba que Francis estuviera allí para hacer el trabajo por ella. Pero supuso que lo mejor que podía hacer era apurarse y regresar de inmediato.
Emma estaba desesperada y avergonzada al mismo tiempo. Así que lenta y delicadamente, fue a cerrar la puerta de arriba antes de que algún cliente se quejara. Con los ojos mirando hacia el piso, cerró la puerta y regresó a atender a los que estaban esperando.
—Ay, estos dos me van a matar… —comentó a la vez que buscaba la forma de subir el volumen de la música —. Me alegro que se hayan reconciliado, pero ¿tienen que hacer tanto escándalo? —Tomó una bocanada de aire e intentó olvidar el asunto.
Antonio se detuvo por un momento al haber escuchado cómo la puerta se había cerrado. Esto avergonzó todavía más a Lovino, quien había tenido sus dudas al respecto. El muchacho empujó al español y se sentó sobre la cama, a la vez que secaba el sudor de la frente.
—Genial —comentó un poco molesto el italiano.
—¿Eh? ¿Por qué estás molesto? —preguntó ingenuamente el español, quien intentó continuar besándolo en el cuello. Sin embargo, en ese mismo instante, sintió como si algo le hubiera pateado en su costado derecho y se tiró a la cama. Dejó escapar un quejido de dolor, pero en cuanto vio la cara del muchacho, sonrió.
—No es nada —comentó a pesar de que aguantaba las ganas de gritar por el desgarrón que acababa de sufrir.
Lovino miró hacia arriba y luego se levantó, no muy sorprendido con lo que le había pasado al hispano. Claro que estaba preocupado y esa era la razón por la cual no había querido hacer nada hasta que se recuperara por completo.
—Eres un idiota —dijo mientras levantaba su ropa del suelo —. ¿Qué hubiera pasado si te abría la herida o algo por el estilo, imbécil? —le reclamó —. Además, parece que alguien entró mientras, mientras… —Se rehusó a terminar la frase.
—No me puedes culpar, Lovino —comentó éste mientras que se tocaba su costado —. ¿Acaso no puedo desear estar contigo? —le preguntó —. Además, no es tan grave… —le agarró del brazo para que no se fuera de su lado.
El muchacho se limitó a suspirar. Bueno, él también había estado con ganas de estar con él. Y si no hubiera sido por ese tonto de Sadiq, las cosas hubieran sido otro cuento. Sin embargo, éstas eran las circunstancias bajo las cuales se encontraban y no había nada que podía hacer.
—Te traeré un calmante y luego te contaré lo que me dijo el abuelo. Te va a interesar —explicó el muchacho. Se puso los pantalones y fue a buscar en la cocina del piso, donde se suponía que debían estar los medicamentos.
Por supuesto, Lovino seguía pensando en quién los había pillado en pleno acto. ¿Y si había sido…? En fin, se apuró en buscar el calmante y llevárselo al español.
Luego de que el otro tomó la pastilla, se acostó a su lado. Acarició suavemente el cabello del hispano, quien había cerrado sus ojos por un rato. Aunque intentaba hacerse del fuerte, la verdad era que todavía estaba algo cansado. Pero como no quería que Lovino estuviera preocupado, hacía el esfuerzo de disimular.
—No es nada —comentó de repente el español —. De veras, estoy bien, Lovino.
—¡Maldición, Antonio! Si te sientes mal, me lo dices y ya, imbécil —se quejó —. Soy completamente capaz de cuidarte, estúpido —comentó, pues se sentía con todas las ganas para ayudar al otro.
—La última vez que dijiste eso, te escapaste —dijo por accidente Antonio y luego se mordió los labios. Nunca había sido de esos de echar en cara las cosas así de fácil, pero esta vez se había pasado de la raya. Por lo que antes de que Lovino reaccionara mal, decidió arreglarlo —. Pero sé que no lo harás esta vez.
—Vaya fe que me tienes, idiota —replicó y luego bostezó —. Voy a dormir un rato —dijo y cerró los ojos.
Antonio prefirió dejar las cosas cómo estaban. Rogaba que el otro no se hubiera enfadado de verdad y que simplemente el sueño le hubiera ganado.
En realidad, solamente estaba haciendo tiempo para pensar en cómo explicarle lo que su abuelo le había pedido a cambio del dinero.
