Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.


Capítulo XV

Antonio se quedó callado por un buen rato mirando a Emma. ¿Qué podía ser tan urgente para qué tuviera venir a todo lo que daba hasta su encuentro? Se levantó de inmediato y apenas puso un pie, cuando pudo oler el humo que parecía provenir de la cocina.

—Estoy seguro que no es nada —comentó el español con una enorme sonrisa y enseguida fue hacia la cocina de la cafetería. Aunque podía oler ese apestoso olor, no le dio mucha importancia.

No dudó un segundo más y partió hacia allí, a pesar de que se suponía que no debía hacer ningún esfuerzo físico. Sabía que debía darse prisa y cuando puso un pie allí abajo, se dio cuenta del pequeño problema. Se rascó la nuca, pues nunca había visto que eso pasara. Se preguntó desde hace cuánto que la máquina funcionaba así de mal.

La rubia se limitó a suspirar, pues estaba segura de que lo que iba a ver en unos pocos minutos, era para motivo de preocupación. Se dio la vuelta para poder seguir a su amigo, cuando se dio cuenta de que Lovino no se estaba moviendo.

—Vamos —le pidió con una adorable sonrisa y le agarró de la mano.

Si bien Lovino se sobresaltó un poco, intentó parecer lo más normal posible. Continuaba molesto y todavía tenía algunas ideas que le revoloteaban por la cabeza. Sin embargo, estaba haciendo lo mejor de sí para no explotar y hacer una estúpida escena dramática.

Para cuando la belga y el italiano llegaron a la cocina, Antonio estaba tosiendo un poco debido al humo que desprendía el horno.

—Ah, Emma. Pensé que era algo más importante, algo así como, el tipo que viene a cobrar el impuesto —se rió y luego le dio una palmada al equipo que se estaba quemando. Miró a la rubia quien realmente estaba muy preocupada.

—¡Maldito bastardo! ¡¿Quieres quemarte la jodida palma de la mano o qué mierda pretendes?! —le reclamó el italiano. En realidad, no quería volver a ver a Antonio en el hospital y ésa era su manera de hacerle saber lo mucho que le importaba.

La belga se limitó a suspirar y luego se dio media vuelta, sólo para observar la reacción de Lovino. Era obvio que no era la única que estaba reacción por de más. Pero no podía lidiar con ambos a la vez. Tenía que darle prioridad a Antonio, pues ése era el asunto más importante.

Además, estaba segura que el único que podría calmar y tranquilizar a Lovino, era Antonio.

Se acercó al español, para ver si podía hacerle ver la gravedad de la situación. Tenía que demostrarle que su preocupación iba más que esos humos que echaba la máquina en cuestión.

—Antonio, el asunto es que… —La rubia dejó escapar un suspiro. Sabía que no era el momento más adecuado para hablarle acerca de ello. Se sentía bastante culpable. Pero había hecho lo mejor que había podido y supuso que ya era hora de un cambio —. El horno anda muy mal. Ya hace unas cuantas semanas que funciona de ésta manera —Miró directamente a los ojos verdes del otro.

Aunque ciertamente ése era un gran problema, Antonio no se preocupó demasiado. De hecho, todo lo que hizo fue sonreír y luego abrazarle a su amiga. De algún modo u otro, iban a encontrar una solución y volverían a cocinar los ricos dulces de siempre.

—¿Por qué no me avisaste de esto antes? —interrogó el dueño del lugar. Sabía que la muchacha no le habría escondido aquella información con mala intención.

—Bueno… —Le agarró por el brazo y sonrió —. Es que con tantos líos, no quise molestarte más.

Lovino se sintió un tanto aludido cuando Emma dijo eso, pero prefirió mantenerse callado. Incluso él sabía que ése era un pésimo momento para comenzar una pelea.

Claro, esto no le agradó en lo más mínimo a Lovino, quien estuvo a punto de sacar a regañadientes al español de ahí. Sabía que era realmente estúpido ponerse celoso de esa forma, pero era algo que no podía evitar. Siempre había tenido cierta aversión por la relación que esos dos mantenían. Sin embargo, para poder controlarse, se dio media vuelta y esperó a que se terminaran de abrazar o lo que fuera que estuvieran haciendo.

De inmediato, el muchacho sintió la mano firme del español que acariciaba su hombro. Era como si supiera que estaba pensando en él.

—¿Ocurre algo, Lovino? —le preguntó éste mientras que le abrazaba por la cintura. Si existía alguien le hacía sentir mejor, ése era el italiano. Aunque ahora tenía una nueva preocupación, le bastaba con tener al otro cerca para poder sentirse aliviado. Mientras que estuviera a su lado, nada podría afectarle.

—No, para nada, idiota —Se giró para mirarle directamente al rostro. Le acarició suavemente la piel y en un impulso, le dio un tierno beso en la boca.

La muchacha les dio la espalda para no interrumpirles. Decidió que mientras que esos dos andaban en su mundo, debía llamar a algún técnico para que viniera a revisar el equipo y la instalación eléctrica.

—Gracias —dijo Antonio luego de separarse un poco del italiano. Solamente había querido estar un rato con él, pero aquel beso le había hecho feliz.

Esa tarde, llegó el electricista para desconectar todo los aparatos. Aunque Antonio todavía se estaba recuperando, miraba con mucha atención lo que aquel hacía. Era en lo único en lo que podía concentrarse, en realidad. Sabía que si no reparaba todo eso, no iba a tener a su clientela de vuelta y no quería estar dependiendo del abuelo de su chico.

Emma estaba a su lado, le había agarrado firmemente del brazo para que no se cayera en caso de que se sintiera mareado. El olor era bastante molesto y por ello, habían tenido que abrir todas las ventanas y puertas. ¡Agh! Era tan terrible que incluso estaban usando tapabocas para que no lo inhalaran por allí.

Lovino estaba sentado lejos de ellos, ya que no le importaba mucho el asunto. Sabía que era grave y todo eso, pero no entendía exactamente por qué había tanto revuelo. Si hubiera sido Antonio, hubiera mandado cambiar todo de una vez, sin armar tanto desastre. Suspiró, estaba comenzando a ponerse impaciente.

De repente, el español se dio la vuelta y miró a su chico. Le dio una suave sonrisa y de inmediato, regresó a concentrarse en el asunto de la cocina. Lovino miraba y miraba el reloj. Todo lo que quería hacer era comer en ese momento, ¿cuánto tiempo más tendría que esperar?

Antonio se había percatado de la impaciencia del otro, y claro que quería apresurar las cosas. Esperaba que el técnico le diera alguna buena noticia, para poder dedicarse enteramente al muchacho. Comer una rica pasta y beber un poco de vino no le vendría para nada mal.

—¿Se va a poder reparar, verdad? —preguntó el hispano mientras que se acercaba al especialista. No era que fuera tacaño o algo por el estilo, si no más bien tendría que hacer un viaje a la ciudad más cercana para poder adquirir una máquina como ésa.

El técnico se quedó observando un buen rato sus alrededores. Los otros equipos del lugar también estaban en malas condiciones. Se secó el sudor que caía por sus ojos y luego fue junto al dueño del lugar. No estaba muy seguro de cómo se lo iba a decir, pues de inmediato notó ese brilló de esperanza en sus ojos.

—Bueno, señor… —Comenzó a hablar mientras que continuaba observando el equipamiento —. Yo creo que lo mejor sería que remplace todo lo que tiene aquí. Si no es el horno, será otra cosa más. Francamente, le sería más sencillo cambiar todo de una vez —explicó el experto.

Antonio casi se desmayó tras escuchar la sugerencia del hombre. ¿De dónde iba a conseguir tanto dinero? Sabía que no le quedaba otra que usar el dinero que debía ir para sus gastos médicos y utilizarlo para sus nuevas máquinas. De lo contrario, se quedaría sin los escasos ingresos que estaba percibiendo. O peor aún, tendría que cerrar la tienda e intentar conseguir algún trabajo que lo ayudara a mantenerse en pie.

Emma lo agarró del brazo y le acarició el rostro, pues se había puesto pálido y estaba sudando demasiado. Ella también estaba muy preocupada por lo que le acababa de decir el otro. Nunca había sido su intención que la tienda cerrara. No le había pasado por la cabeza que algo por el estilo podría ocurrir.

—¡Te prometo que encontraremos alguna solución! —exclamó la belga, intentando ser lo más positiva que podía ser. Aunque, sinceramente, no estaba segura de cómo iban a pagar todo eso.

Además de cambiar los equipos, también tenían que pagar a los técnicos para que instalaran todo. Habría tanto gasto que Antonio estaba comenzando a marearse por la cantidad de números que se le arrojaban. ¿Cómo iba a afrontar todo eso solo? Antonio tuvo que sentarse para no caerse ahí mismo.

—Le dejo el presupuesto aquí, señor —El técnico se lo dejó sobre la mesa donde solían atender a los clientes —. Si tiene alguna pregunta, no dude en contactarnos —. Se retiró para poder dejar a esos dos conversar sobre el futuro de la cafetería.

Después de que el hombre se hubiera retirado, Lovino se acercó. Le gruñía bastante el estómago y quería ir a preparar la cocina. Estaba a punto de reclamar, como siempre acostumbraba, cuando vio el rostro apesadumbrado del español. No entendía qué rayos había pasado, pero fuera lo que fuera, había conseguido esfumar su sonrisa.

—¡¿Qué demonios pasa, Antonio?! Hace un segundo, estabas súper contento… —Éste se sentó a su lado e intentó mirarle directamente a los ojos verdes. Sin embargo, Antonio estaba escondido detrás de sus brazos, como si eso pudiera solucionar su problema.

Lovino lo sacudió varias veces para llamar su atención, pero el otro no le prestaba atención. De hecho, se dejaba hacer como si nada le importara. La mera idea de perder su tienda por culpa de no tener el dinero suficiente, le había hecho decaer demasiado. ¿Qué iba a hacer luego? ¿Cómo iba a reponerse? ¿Cómo iba a mirar a Lovino a los ojos y decirle que todo estaba bien, cuando la realidad distaba de todo eso?

No era un pesimista, nunca lo había sido. Incluso cuando vio a aquel muchacho con otro, había tenido la confianza para recuperarlo. Pero, esta vez… Esta vez, las circunstancias eran completamente distintas. ¿De dónde se suponía que iba a sacar tanto dinero? Y no era algo que quería decírselo a Lovino.

Aunque no creía en ocultarle las cosas a su pareja, ¿cómo se suponía que le iba a decir qué necesitaba dinero o de lo contrario, tendría que cerrar su tienda? ¿Con qué cara se lo diría? Además… Además, se suponía que iba a ser él quien se ocuparía del italiano, quien le mantendría sin tener que pedir ayuda a nadie más.

Se levantó de muy mala gana. No le miró ni al muchacho ni a su amiga. Necesitaba pensar en algo y pronto. No quería pedir dinero a nadie, mucho menos a la familia de su novio. ¿Qué pensaría el abuelo si se le ocurría proponérselo? ¿Qué sólo estaba con su nieto por su fortuna y nada más? Esa no era precisamente la imagen que quería mostrarle.

—¿Antonio? —preguntó la rubia, quién se acercó lentamente a su amigo. Intentó posar su mano sobre su espalda, pero éste se movió bastante rápido. No pensó nunca que esto le iba a afectar tanto.

—Voy a dar un paseo —Esbozó una sonrisa falsa y se puso su chaqueta encima. No quería quedarse allí por nada del mundo. Necesitaba aire fresco y meditar un poco acerca de la situación en la cual se hallaba.

—¡¿A dónde mierda crees qué vas?! —Lovino no conseguía entender qué era lo que pasaba por la cabeza del español, pero estaba determinado a saberlo. No iba a dejar que se fuera antes de que le pudiera dar alguna explicación —. Has estado de un humor de perros desde que ese gordinflón se marchó. ¿Hay algo qué me quieras decir, maldito bastardo? —indagó molesto.

No sabía qué era, pero tenía la impresión de que Antonio no le estaba contando lo que había pasado. Por supuesto le irritaba ver que el otro no confiaba lo suficiente en él como para explicarle la gravedad de la situación. Sospechaba que tenía algo que ver con el horno, así que decidió decírselo de frente.

—Si es por culpa de ese maldito horno, ¿por qué no te compras otro y ya está? ¡Demonios, te complicas demasiado la vida! —exclamó. Lamentablemente, acababa de tocar la vena sensible, la razón por la cual el hispano estaba tan preocupado.

Antonio no respondió. Se guardó la billetera en su bolsillo y se fue hasta la puerta, sin dirigirle la mirada a Lovino. Sin embargo, éste no desistió y le persiguió. No iba a dejar que le ignorara, simplemente porque se le daba las reverendas ganas.

—¡Hazme caso, maldito bastardo! —reclamó el muchacho, mientras que cerraba con fuerza el puño. Quiso ir detrás de él pero la belga lo detuvo.

—Necesito… Necesito pensar —comentó y cerró la puerta.


¡Gracias por leer!