Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.
Capítulo XVI
El español miró una vez más hacia atrás, hacia su querida tienda. Realmente, estaba entristecido por toda la situación. Sabía que era absurdo ponerse mal por algo material, pero era todo lo que tenía. Le había costado bastante construirla e inaugurarla, ya que lo había hecho con toda la ilusión del mundo. ¿Y ahora se suponía que debía abandonarla?
Respiró profundamente. No podía renunciar a algo que le había costado tanto esfuerzo, tanto sudor derramado… No iba a darse por vencido con algo que había sido su sueño y que aún lo era. No hasta que se le agotasen las opciones para salvarla.
Además, no sabía si Lovino lo entendería de verdad. Siempre lo había tenido todo, así que… En realidad, no podía enojarse con él por eso. Sin embargo, necesitaba alejarse por un tiempo, para poner sus ideas en orden. Quizás luego podría explicárselo al muchacho.
Antonio recorrió el pueblo entero mientras que trataba de pensar en alguna solución. No quería cargar con ese problema a Lovino, pero no sabía cómo decirle que tendría que buscar un nuevo trabajo y ahorrar para poder abrir su tienda de nuevo. Eso significaba que Lovino también tendría que aportar, porque con un solo sueldo era imposible mantenerse dos personas, sobre todo, con el gusto tan delicado del italiano.
Sacudió su cabeza. La idea de que el muchacho trabajara era realmente absurda, por muchas razones. La primera, era un maldito haragán. No se lo imaginaba haciendo un gran esfuerzo para nada. En segundo, ¿qué clase de empleador contrataría a alguien con el carácter que tenía su chico? A él, le parecía adorable pero otros, tal vez, no lo verían así…
En tercer lugar, para conseguir trabajo, tendrían que ir a la gran ciudad. A pesar de que amaba el pueblo donde vivían, el lugar era tan pequeño que no creía posible que pudieran conseguir un empleo que los pudiera mantener a flote.
—¡Ah! ¡¿Pero qué demonios voy a hacer?! —exclamó molesto y desesperado. Tenía ganas de entregarse y darse por vencido, pero sabía que esa no era una opción. Eso no iba a solucionar ninguno de sus problemas.
Se hallaba sentado sobre un banco de la plaza central, muy cerca de donde le había dado el primer beso al italiano. Estaba empezando a creer que sólo le daba más y más problemas a aquel. ¿Acaso era incapaz de hacerle feliz? Porque eso era lo único que le importaba.
Y ahora que lo tenía exclusivamente para él… No quería perderlo, de nuevo. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Acaso eso era imposible que estuviera a su lado? No… Estaba completamente seguro de que Lovino era para él. Respiró profundamente, para poder mantenerse calmado.
Y ahí fue cuando escuchó una voz extrañamente conocida…
—¡¿Qué demonios haces lloriqueando en medio de una plaza?! —Al español le dio una sensación más de regaño que otra cosa. No podía ser él. Era imposible que fuera él. Quizás su consciencia le estaba reprendiendo y sonaba justamente como él. Ésa era la única explicación que tenía.
Sin embargo, sólo por precaución, ya que no podía pegarse el lujo de ser asaltado y perder el resto del dinero que le quedaba, levantó la mirada. Abrió como platos sus ojos verdes, porque francamente no estaba seguro de lo que estaba viendo.
Allí, altivo, con su pipa en la boca, su cabello rubio en punta, su cicatriz a un lado de la cabeza… No podía ser otro más que él. Por supuesto, no entendía qué demonios hacía ahí o cómo lo había encontrado en plena oscuridad. El día estaba mejorando cada vez más, pensó el español.
—No estoy lloriqueando —replicó de inmediato el español, mientas que se secaba rápidamente los ojos.
—No me engañas, idiota —respondió. Enseguida, sin invitación, se sentó al lado del hispano, quien estaba bastante anonadado —Te conozco demasiado bien como para vengas a mentirme de esa manera —comentó mientras que seguía fumando.
Sin embargo, Antonio no sentía las ganas de hablar de eso con él. O al menos, no en ese momento. Además, estaba realmente curioso por saber qué estaba haciendo allí. Hacía un buen tiempo que no lo veía. La última vez… Habían decidido terminar su relación y el holandés había abandonado el pueblo, por motivo de trabajo.
—¿Qué…? —Intentó poner en orden sus ideas, para no sonar como si estuviera ebrio o algo así. Estaba tan confundido y tan curioso, que no sabía por dónde empezar. Suspiró y luego pudo hablar finalmente —¿Por qué has regresado? Pensé que estabas muy a gusto en la capital —Sus ojos se abrieron de par en par y después apoyó una de sus manos sobre el hombro del otro, porque no estaba seguro de que fuera real.
El otro se tomó su tiempo antes de comenzar a hablar. A pesar de que el español no le había contestado su pregunta, asumió que lo haría más tarde. Miró la luna blanca que iluminaba el cielo y respondió:
—Vine a visitar a Emma, tarado —Dejó escapar el humo —Y a hablar contigo —Esto lo dijo en un tono de voz mucho más bajo.
—¿Eh? —Antonio rió nerviosamente al escuchar esas últimas palabras. Lo último que necesitaba era otro enredo amoroso. Ya había pasado suficiente con Lovino como para meterse en otro lío, así que antes de que pasara algo de lo que pudiera arrepentirse, se levantó —¿Sabes? Recordé que tengo cosas que hacer así que… —Le dio la espalda para ponerse en marcha hacia su tienda, a pesar de que aún no había conseguido solución a sus problemas financieros.
—Me voy a quedar en lo de Emma —le dijo con su voz grave, antes de que el otro pudiera distanciarse demasiado de él —. Sé que tienes problemas de dinero, idiota. Tú sólo te has delatado —le comentó sin moverse de lugar y sin desprender su mirada del español.
Sin embargo, éste no dijo nada. Sólo se despidió con una señal y caminó rápidamente hacia su tienda. ¿En qué demonios estaba pensando para regresar de esa manera? En el peor momento de su vida, tenía que aparecerse. Se lo iba a comentar sin falta a la belga, aunque no estaba seguro si debía decírselo a Lovino o cómo éste reaccionaría si supiera que su ex estaba rondando por el pueblo.
Mientras tanto, en la cafetería, Lovino estaba sentado en la mesa más próxima de la puerta. No le importaba qué tanto debía esperar, sólo quería que Antonio regresara. Emma intentaba animarle un poco, luego de haberle contado la situación del otro.
—Le daré dinero del abuelo y ya está. Ese imbécil se preocupa demasiado —resolvió mientras que apoyaba su rostro por la mesa. Ya estaba siendo tarde y quería ir a dormir. Sin embargo, no planeaba irse a la cama hasta que Antonio estuviera ahí a su lado.
—Lovi, no creo que esa sea la solución —comentó la rubia. Sabía que el italiano tenía todas las buenas intenciones del mundo al decir eso, pero eso sería un enorme golpe al orgullo del español. A pesar de que no se notara, incluso alguien como Antonio lo tenía muy presente y era algo que debía ser respetado.
—¿Por qué no? Tendría nuevas máquinas y podría tener su tienda —Lovino miró por largo rato a su compañera, porque no entendía exactamente cuál era el problema —No tiene nada malo —aseguró.
Emma respiró profundamente. ¿Cómo iba a explicar un asunto tan delicado a alguien que nunca le había faltado nada, a alguien que simplemente pedía y se le concedía cualquiera de sus caprichos? No culpaba a Lovino de ser así, esa había sido su crianza y sería bastante difícil cambiarle.
Sin embargo, no era de ésas que se daban por vencidas con la gente. Mucho menos con el novio de su mejor amigo.
—A ver, a Antonio le costó mucho esfuerzo y dedicación conseguir todo esto —Comenzó a explicar, esperando que el otro le estuviese escuchando atentamente. Le agarró de la mano y sonrió, antes de continuar hablando —. Tuvo que trabajar en muchas cosas para poder ahorrar el dinero suficiente para pagar todo. Y a eso hay que añadir que pidió un préstamo y los bancos no son precisamente comprensivos —Tomó un poco del café que había sobre la mesa. Luego miró hacia afuera, pues le parecía que el español se estaba tardando demasiado.
El muchacho quiso protestar pero no tenía palabras. Es decir, supuso que Antonio tuvo que hacer malabares para poder abrir su propia tienda, la única en todo el pueblo. Eso lo entendía. Lo que le molestaba, en realidad, era no saber cómo podía ayudarle a salir a flote.
En ese preciso instante, Antonio entró a la tienda. Por la expresión en su rostro, parecía que acababa de ver un fantasma. Técnicamente, el holandés era como un fantasma de su pasado, así que su expresión era la correcta. Intentó recuperar el aliento antes de hablar. Necesitaba hablar con Emma en ese mismísimo instante, por supuesto, a solas.
—¡¿En dónde estabas, maldito imbécil?! —le reclamó Lovino, quien rápidamente se levantó de su asiento y fue al encuentro de su novio. Ciertamente, podía ver que estaba muy preocupado. ¿La situación era así de mala?
Aunque al hispano le alegró ver a su chico tan preocupado por él, no podía hablar de esa persona con él. Al menos, todavía no.
—¿Por qué no vas a preparar la cama mientras que hablo un rato con Emma? —le pidió.
Lovino no supo qué responder. Le dio la impresión que detrás de esas palabras, le había dicho: "Los adultos tienen que hablar". Aparentemente, no era tan maduro como para que le contara sobre sus asuntos. Se enfadó, no le gustaba que le dejara de lado de esa manera tan… Lo que sea. Simplemente no le agradó.
—Vete a la mierda —le replicó y se subió al dormitorio, como si fuera un niño al que le acababan de castigar. Tenía ganas de escuchar la conversación, pero estaba demasiado sulfurado como para poder sentarse en las escaleras tranquilo y oír. Así que no le quedó otra que obedecer e irse a la cama. Sin embargo, cuando viera a Antonio, lo iba a confrontar.
Tanto el español como la belga se rieron al escuchar las palabras del muchacho. Ya estaban prácticamente acostumbrados a tal trato, así que realmente no les importó. Era el momento de que el primero le comentase a la segunda sobre la persona con la cual se había encontrado por accidente.
Antonio sentó en el mismo lugar que había ocupado Lovino hacía un buen rato. Emma sabía qué la cara de preocupación que tenía era distinta a la que había puesto anteriormente. Estaba casi temblando, sólo que lo estaba disimulando. Quizás para que el italiano no se diera cuenta de ello. Pero a ella no se la podía engañar tan fácilmente.
El dueño del lugar estuvo un buen rato pensando en lo que iba a decir. Era su hermano, después de todo. Ya le había puesto más de una vez en una posición incómoda y no quería volver a hacerlo. Sin embargo, la situación lo requería.
—No sabía que Vincent iba a estar por aquí —comentó finalmente, después de varios minutos en completo silencio. No quería que luciera como si se lo estuviera reclamando o algo así, aunque le hubiera gustado tener alguna información al respecto, quizás para prepararse o algo así.
—Sí, lo siento —se lamentó la muchacha quien sabía muy bien acerca de la historia que ambos compartían. Simplemente se le había escapado. O quizás no lo había considerado importante mencionarlo, ya que no quería Antonio se estresara más de lo que ya estaba —Me avisó un par de días atrás que vendría al pueblo. Y tal vez haya mencionado que quería verte… —Honestamente se sentía bastante culpable por ello. No era de mantenerle secretos a su amigo.
Después de aquel incómodo silencio que rodeó a los dos, Antonio esbozó una sonrisa. Bueno, las cosas ya no podían empeorar, sólo mejorar. Eso fue lo que quería creer en realidad. ¿Cómo rayos iba a balancear con todo? Francamente, no lo sabía. Sin embargo, estaba completamente seguro de que lamentarse no iba a ayudarlo en lo absoluto.
—Tenemos mucho trabajo qué hacer, ¿eh? —comentó riéndose un poco Antonio, porque francamente la risa era lo único que le quedaba.
—Sí, tienes mucha razón —Emma intentó mostrarse tan positiva como aquel. Sin embargo, lidiar con su hermano y el español no iba a ser precisamente muy sencillo.
Además, Lovino no iba a quedarse con los brazos cruzados…
Casi tres meses después, conseguí la idea para terminar esta historia. Sólo diré que la clave estarán en Vincent y Sadiq (que volverá a aparecer).
¡Gracias por leer~!
