Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya sin ánimos de lucro.
Capítulo XVII
Luego de estar hasta a la una de la madrugada, conversando con Emma y decidiendo qué sería lo mejor, Antonio entró muy lentamente a la cama. Había sido un día agotador. Quería dormir y descansar hasta que los problemas se solucionaran por arte de magia. ¡Lo que daría porque eso fuera posible! Pero ésa era la cruda realidad.
Miró a Lovino antes de cerrar sus ojos. No quería pedirle nada más. Pero era obvio que, si quería seguir adelante, tenía que trabajar. En realidad, ambos debían hacerlo. Y francamente, no se imaginaba a Lovino haciéndolo. No porque no fuera capaz, sólo que… Siempre había sido un chico consentido.
Dejó escapar un suspiro. No iba a traer problemas a la cama. Quería dormir lo más cómodamente posible y por supuesto, sin reñir. Le dio un beso muy suave en la mejilla y se acostó.
A la mañana siguiente, Lovino durmió hasta bien entrada la mañana. De repente, recordó que iba a confrontar al español para que le dijera lo que había sucedido. Estaba casi seguro de que algo le estaba ocultando y quería saber qué era. No le importaba el precio o lo qué tuviera qué hacer para que le revelara lo que fuera que le estaba ocultando.
Si bien era cierto que no había sido un buen novio hasta ese momento, quería demostrarle que podía serlo cuando se proponía. Tan sólo quería que confiara en él y que le dijera las cosas en claro. Tal vez, incluso podría sorprenderle con alguna idea o dos para salir adelante del embrollo.
Tras salir del baño, fue al comedor. Sin embargo, pudo escuchar una voz grave, que no conocía, que provenía desde el piso de abajo. Bajó muy lentamente, se sentó en las escaleras y luego miró para ver de quién se trataba: Un hombre alto, quizás un par de años mayor que Antonio a lo sumo, de cabellos rubios como los de Emma y puntiagudos.
¿Por qué alguien así estaba en el piso del español? Bueno, en el piso de ambos. Ahora que vivía con el hispano, supuso que lo compartirían todo. Aunque ese "todo" solamente incluyera las pertenencias del mencionado. Por ello, pensaba que era una obligación de aquel que le dijera qué estaba pasando.
Sin embargo, antes de confrontarlo, decidió escuchar por un rato la conversación que se estaba llevando a cabo en la cocina de la cafetería. Después de todo, detestaba a los extraños y no quería acercarse a ese hombre tan extraño que estaba allí.
—No era necesario que vinieras hasta aquí, Vincent —dijo con voz temblorosa el dueño del lugar. Nunca se ponía nervioso con el holandés. La verdadera razón de sus nervios era que Lovino entrara en cualquier momento y malinterpretara la situación, cosa que era muy posible que ocurriera.
—Emma me había dicho que habías abierto una cafetería y que ella te ayudaba —se limitó a decir, mientras que observaba todo con mucha curiosidad. Quería conocer el lugar que su ex prometido había abierto —No está nada mal —murmuró más para sí.
Una de las razones por las cuales había decidido revisar dicho lugar, era para ver bajo qué condiciones trabajaba su hermana menor. Al menos, a sabiendas de que no iba a escuchar su opinión de todos modos, podía darle un vistazo o dos.
Antonio deseó eso. Que no estuviera nada mal. Que esas palabras fueran ciertas. Pero lamentablemente, no era así.
—Está… cerrado —respondió después de unos largos minutos de silencio. Él sentía que había sido todo un fracaso, aunque no pensaba decírselo ni a Lovino ni al holandés que ahora estaba parado frente a él —Por supuesto que momentáneamente —rió de inmediato, para dejar en claro que el asunto no era de mucha importancia.
No obstante, a Vincent no le podía engañar. Estuvieron años y años juntos. ¿De verdad pensaba que lo engañaba de esa manera? Además, las finanzas se le daban demasiado bien como para saber cuándo algo andaba bien o mal. Respiró profundamente. Sabía que, como su hermana adorada no estaba allí, podía ser brutalmente sincero con él.
—No tienes un centavo, ¿verdad? —No necesitaba una respuesta porque ya la sabía de antemano. Pasó su dedo por cada una de las máquinas de la cocina. Pudo ver que la gran mayoría eran obsoletas y era obvio que el español necesitaba cambiarlas con urgencia —Interesante —Volvió a murmurar para sí.
Los enormes ojos del italiano se abrieron de par en par. ¿Qué significaba eso de que no tenía un centavo? ¿Y por qué revisaba todo de esa manera? ¿Era otro inspector del Gobierno o qué? Lentamente, su rulito fue asomando, mientras que bajaba un par de escalones más. Necesitaba oír más antes de entrometerse.
—¡Vincent, no digas cosas así! —exclamó mientras que continuaba sonriendo, aunque ahora estaba tan colorado como sus amados tomates —Claro que tengo dinero. ¿Qué te hace pensar lo contrario? —comentó y luego le mostró su billetera. Pero cuando la abrió, sólo salieron algunos papeles que había guardado y sus documentos personales.
Hubo un rato de tensión entre ambos, hasta que Antonio empezó a recoger todo lo caída, rogando que el otro no se hubiera percatado de ello. Lovino miró muy atentamente, y al igual que el holandés, vio que aquel no llevaba un solo billete encima consigo. Vociferó unas cuantas groserías por lo bajo, no confiaba en él. O por lo menos, no lo suficiente para decírselo él mismo. Emma se lo había contado, pero había esperado que ella exagerara o algo por el estilo.
Se alejó un poco de su visitante. No quería hablar de eso con él. Tampoco quería que estuviera allí en un primer lugar, pero no era tan descortés como para no recibirlo. En fin, sólo deseaba que se fuera lo más pronto que pudiera ser. No se sentía cómodo con él y mucho menos ahora, que tenía muy bien en claro cuál era su situación económica. Estaba casi seguro de que se burlaría de él, ya que aquel era un excelente administrador de su dinero.
—Irás a trabajar a la capital, ¿no es así? —preguntó repentinamente el rubio. Esto sorprendió tanto al español como al "espía" que lo escuchaba todo desde la otra pared.
Lovino se dejó caer al suelo. ¿A la capital? No, no y más no. ¿Por qué tendrían que ir hasta allí? No quería ver a su abuelo en lo absoluto. Y estaba seguro de que no podría huir de Sadiq, en aquel lugar. Habiendo tantas ciudades a lo largo y ancho del país, no había necesidad de ir a ese sitio que tanto aborrecía, de donde había conseguido escapar luego de mucho jaleo y problemas.
Iba a ser lo que tuviese que hacer, para que a Antonio no se le ocurriera hacer tal cosa. Volvió a mirar hacia la cocina y miró a los dos, muy expectante de lo que su pareja contestaría.
—Supongo —Se encogió de hombros —En realidad, esperaba hallar algo en las cercanías para no tener que abandonar todo esto —contestó honestamente —Quizás algo que me tome un par de horas de viaje en tren. Pero aún no he planeado nada —rió. Se suponía que aquel día iba a comenzar a organizar su currículum, pero la visita de aquel hombre lo tomó por sorpresa completamente.
De repente, una tercera voz habló, una que hasta ese preciso instante no se había escuchado: —¡No preguntes esas cosas, Vin! —le reclamó la voz femenina. Aparentemente, también estaba con ellos, pero por algún motivo u otro, no había intercedido hasta ese momento.
—No te preocupes, Emma. Era sólo una pregunta y eso es todo —El español trató de restarle importancia a ello. Aunque, francamente, esa cuestión le puso en jaque. El holandés había dicho algo en voz alta que él mismo andaba preguntándose en su interior. En fin, simplemente sonrió y decidió que no le daría mucha importancia.
El rubio se limitó a bufar. Esperó un momento más, miró las dos manos del hispano y comentó algo que casi mató de un infarto al italiano y la razón, por la cual, haría un escándalo en los siguiente minutos.
—No usas más el anillo —murmuró y las miradas de los dos hombres se encontraron.
Antonio la desvió de inmediato y se movió al otro lado de la habitación. De todas las tonterías que pudieron haber salido de la boca de su ex, tenía que reclamarle el anillo. Quería… En realidad, no sabía qué rayos deseaba en ese momento, desde arrojarle el horno industrial hasta estirarle del maldito cabello. No solía ponerse así de nervioso, pero ése era un tema en particular que no tocaba para nada. Hacía tiempo que lo había mandado al archivo de cosas que nunca debieron suceder.
—¿Qué? ¿Creías qué iba a esperarte o algo por el estilo? —le recriminó.
Por su lado, Lovino no conseguía comprender qué estaba ocurriendo o de qué estaban hablando. Es decir, aquel nunca le había dicho que estuvo comprometido con alguien más. ¿Por qué no se lo había mencionado? Porque una cuestión así de importante, no se la oculta a tu pareja. Su mente estaba trabajando a mil por horas.
—No es el momento para conversar de esto, chicos —intervino Emma, porque ya presentía lo que se venía: Una tormenta. Y eso no era necesario, con todo el desastre de la cafetería.
La belga tuvo un terrible flashback. ¿Cuántas veces había presenciado enfrentamientos entre ambos? Y siempre, terminaba ella no pudiendo escoger un bando. O siendo presionada por ambos para que fuera la mediadora del asunto. Dejó escapar un suspiro, había creído que eso ya se había acabado años atrás… Esto era el colegio todo otra vez.
—¿Por qué…? —Se mordió las uñas mientras que trataba de que se le ocurriera alguna idea para que eso no pasara a mayores —¿Por qué no te voy a mostrar mi nuevo apartamento, Vin? No creo que sea necesario que nos quedemos más tiempo. Antonio tiene que hacer el inventario y seguro que necesita estar solo —Habló con una voz bastante temblorosa por culpa de los nervios y luego agarró al recién llegado al pueblo del brazo, para sacarlo de allí.
El español jugaba distraídamente con el polvo acumulado de una de las máquinas. Se sintió aliviado de que ella lo sacara de tal aprieto. La próxima vez, pretendería estar enfermo o algo por el estilo para no recibir esa visita tan desagradable. Sólo quería que se fuera de allí, de una vez por todas.
Sin embargo, antes de retirarse, el rubio volvió a mirar al hispano.
—¿Sigues conservando el anillo? —le preguntó y esperó allí un buen rato. Pero Antonio no contestó y Emma ya lo jalaba con bastante fuerza para retirarlo de aquel lugar.
Apenas salieron de allí, ambos fijaron su mirada en el chico semi-desnudo quien se hallaba sentado en el piso. El holandés sintió un particular interés en él. Entre las cosas que no esperaba hallar en la tienda del español, ése italiano del rulito y con calzoncillos de estampados de tomate, entraba en el primer lugar.
Por lo visto, ni siquiera se había percatado de su presencia. Vincent se acercó muy de cerca y fue allí cuando Lovino pegó el grito del siglo. El holandés tuvo que dar un par de pasos hacia atrás, para no quedarse solo. Por supuesto, Antonio corrió de inmediato en cuanto escuchó la voz del italiano. Y al mirar la escena, se dio cuenta de que la definición de incomodidad la representaba el ambiente al cual entrado.
—¡¿Por qué carajos te acercas de esa manera, imbécil de mierda?! —exclamó el menor de entre todos, mientras que lo señalaba y se escondía en la esquina. Había estado tan ensimismado con sus pensamientos, que el verlo tan de cerca lo desconcertó. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que se había encerrado en sus ideas?
—¿Quieres calmarte un poco, Lovino? —El dueño del sitio se acercó muy lentamente a su chico para poder agarrarle de la mano y darle un par de palmadas o abrazarlo.
—¡Tú me debes explicaciones, maldito bastardo! —Su dedo apuntó a Antonio, de tal manera, que se aseguró de mantenerse a distancia. Sin embargo, a Lovino no le interesaba demasiado su pareja en ese momento. No. El asunto que ahora le molestaba era ese rubio de metro ochenta que lo inspeccionaba como si fuera un maniquí de exhibición. Lo fastidiaba en verdad con esa cara de engreído, ¿quién rayos se creía que era para mirarlo de esa forma tan despectiva?
—Volveremos a hablar, Antonio. Aún existen un par de cuestiones que debemos tratar —explicó antes de darse media vuelta —Vamos, Emma. Quiero ver ese apartamento tuyo —le pidió y salió del lugar.
La muchacha se limitó a sonreírles de manera nerviosa y siguió tan rápido como pudo a su hermano mayor.
Fue así que Lovino y Antonio se quedaron completamente solos. El primero, por supuesto, quería unas cuantas explicaciones. Pero vio en el rostro de su chico, que estaba realmente agotado y estresado. Aunque nunca le había importado demasiado, quería demostrarle que podía comportarse de manera madura cuando quería.
Le acarició muy suavemente la mejilla y se levantó.
—Vamos, idiota. Tenemos trabajo qué hacer.
Gracias por leer~
