Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.
Capítulo XVIII
El mayor se quedó asombrado y boquiabierto, ya que luchaba por poder decidirse. No sabía cómo explicarle quién era el holandés o por qué se había puesto de esa manera. Es decir, nunca había creído que regresaría por él, así que por ello, no había planeado hablar de él. Además, siempre creyó que si se lo contara, el italiano le mandaría a la mierda por eso.
Así que… Suspiró. Mientras que subía la escalera, pensó en lo que iba a hacer a continuación. La experiencia le había enseñado que debía ser muy cuidadoso con lo que decía o dejaba de mencionar al italiano.
Aunque eso no dejaba de lado el hecho que estaba asombrado por la actitud que había demostrado en ese momento. Había creído, desde el momento que lo había visto espiando, que el griterío que armaría sería tal que se escucharía por todo el pueblo. Sin embargo, el muchacho se quedó callado. No estaba seguro si lo prefería así.
Habían regresado a la planta alta, donde Lovino se preparaba para meterse a la ducha y luego conversarían de la situación económica del hispano. Bueno, éste era el plan que tenía el muchacho. Y una vez que estuviera inmerso en el agua, pensaría en todo lo que había pasado.
—¡Lovino! —exclamó antes de que éste se internara al baño. Sentía como si un bicho lo estuviera picando y necesitara hablar del asunto.
—¿Qué quieres, maldito idiota? —preguntó. Aunque ya presentía de qué se trataba. De todos modos, quería dejarlo para más tarde. Mejor, si pretendía que aquel rubio malhumorado no existía.
—Yo… ¡Sé qué debí hablarte de él! —respondió desesperado y agarró ambas manos de su chico. Cerró sus ojos, esperando que Lovino le diera un regaño o peor aún, que se desprendiera de él y le pegara una bofetada. Sin embargo, conforme los segundos pasaban, el muchacho no daba señales de enojo o celos, lo cual extrañó muchísimo al español.
El menor se limitó a suspirar. Francamente, no sabía qué quería el español que dijera. No iba a ponerse a gritar como histérico o armar un escándalo, si eso es lo que pensaba. Claro que le hubiera gustado tener una idea sobre el hermano de Emma, pero dada la situación en la que se hallaban, creyó que no había necesidad de drama. Por lo menos, hasta que hallaran una salida para el problema del dinero.
—Lo que debiste hacer, pedazo de idiota, es decirme que no hay dinero —le reclamó con el entrecejo fruncido —Si no quieres que le pida al abuelo, ¡perfecto! ¡Mejor! —exclamó —¡Pero me proteges demasiado, bastardo! —le recriminó, ya que estaba cansado de que le tratara como un niño pequeño que no entendía nada del mundo.
Esto sorprendió al español y soltó las manos de aquel. No entendía qué había pasado con el niño mimado y caprichoso que solía ser. ¿Lucía tan patético? ¿Acaso Lovino sentía lástima y pena por él? No… O sea, estaba en una situación mala. Pero no creía haber llegado al fondo. Suspiró. No quería pensar en ello, a decir verdad.
Lovino bufó y se encerró en el baño. Se duchó un largo rato. Claro que le irritaba que no le hubiese comentado el hecho de que ya estuvo comprometido con alguien más y obviamente estaba enfadado. Pero, teniendo en cuenta en los aprietos que Antonio estaba metido, no podía darse el lujo de darle la espalda por algo que había quedado en el pasado. O esperaba que se hubiera quedado allí.
El agua tibia corría por su cuerpo, mientras que el muchacho se encerraba en sus pensamientos. ¿Qué podría hacer para colaborar con el español? Bueno, la opción de su abuelo quedaba descartado. Ya le había pedido dinero antes y pensó que quizás el mayor le volvería a recomendar que fuera con alguien con más dinero o con alguien menos problemático. Y no pensaba darse por vencido con el español después de todo lo que habían tenido que pasar para estar juntos.
Así, la ducha le había dado una idea. Si no podía pedir dinero, entonces tendría que salir a trabajar. El niño mimado del abuelo saldría de su burbuja e iría a buscar alguna labor que fuera remunerada. Sabía que el español no iba a aceptarlo tan fácilmente. Apreciaba que lo quisiera cuidar de ésa manera, realmente sí que lo hacía. Pero no podía permitir que fuera para siempre y menos con la situación actual.
Sólo sabía una manera para que aquel aceptara su propuesta. Era quizás un aprovechado, pero no podía quejarse. Después de todo, debía hacer algo por su chico.
Después de salir y vestirse, se dirigió a desayunar. Allí parecía que el mayor estaba haciendo algunas cuentas, así que muy lentamente se acercó a él por detrás. Estaba tan concentrado que no se había percatado de la presencia de Lovino.
—Quizás si hago ajustes aquí… —se dijo a sí mismo mientras que hacía algunas cuentas con la calculadora y leía un papel que para el italiano estaba escrito en chino, de lo incomprensible que era.
—¿Qué haces, bastardo? —indagó y en un solo instante, todos los papeles terminaron volando por los aires, del susto que le había pegado al español.
Éste se volteó de inmediato y para su suerte, solamente era su chico. Por un segundo, había creído que el holandés había vuelto a entrar a la casa. Mientras, Lovino se sentó a su lado para poder devorar su desayuno, ya que estaba muerto de hambre desde que se había levantado y no había podido hacerlo debido a su trabajo de "espionaje".
En fin, su mente giraba exclusivamente en la comida y nada más. Por más que quisiera hablar de otra cosa, aquellos panqueques lo distraían por completo. Además, necesitaba de energía para lo que pretendía hacer más adelante.
—Ay, Lovino. Me has dado el susto del año —comentó, mientras que dejaba escapar un suspiro de alivio. Ordenó todos sus papeles e intentó retomar el presupuesto que estaba haciendo.
Seguía sin poder descifrar de donde iba a sacar el monto que necesitaba cubrir por el momento. Quizás era por el cansancio y el agobio, pero no se le ocurría nada en lo absoluto. Necesitaba una idea y debía ser pronto, las cuentas no podían quedarse sin pagar. Y aunque no quería pensar en ello, cabía la posibilidad de que aquel que ahora estaba sentado a su lado, se fuera con alguien que pudiera darle todos sus caprichos. Y él quería ser esa persona, realmente quería serlo.
—Rayos… —repitió. Se rascó la nuca y se recostó por la silla, cansado. Aunque preferiría estar cocinando o algo por el estilo, sabía que debía atender ese asunto urgente. Cómo detestaba los números.
Lovino observaba muy atento a cada reacción, a cada movimiento de su pareja. Esos detalles como los tics en la ceja, que revisara una y otra vez los papeles y que murmurara cosas en voz baja, que no conseguía comprender, estaban poniendo al italiano cada vez más nervioso. Sabía que debía hacer algo al respecto, así que dejó de lado lo que estaba comiendo, se levantó y luego golpeó con fuerza la mesa, para hacer que el español dejara de ensimismarse.
Los días y las semanas no habían sido amables con el español. Así que, debía… Sentía que era su obligación recordarle que él estaba ahí, pasara lo que pasara. Una decisión impulsiva, sí. Pero era lo que él creía correcto.
—Lovino, me desordenas todo… —se quejó al ver cómo los papeles se movieron cuando aquel impuso su mano sobre la mesa.
Sin embargo, al muchacho no le importó en lo absoluto. Le importaba un carajo el hecho de que no hubiera dinero, tampoco le importaba que alguien del exterior viniera a reclamarle como suyo. Nada. Eso no existía en su cabeza, por el momento. Todo lo que quería hacer en ese momento, era hacer que el hispano se distrajera aunque fuera por unos diez o veinte minutos.
—Vas a levantar tu maldito trasero de esa jodida silla, vas a ponerte a caminar y me vas a follar como nunca lo has hecho —Le amenazó y se fue hasta el dormitorio a toda prisa. No sabía si a Antonio le serviría, si su nivel de estrés bajaría o si alejaría su mente de los problemas
Lo que el otro no vio, dada la velocidad a la que había hablado, era lo rojo que estaba. Nunca había sido tan directo como en ese preciso instante. ¿Acaso ése era su intento de darle ánimos? Rió. Lovino conseguía sorprenderle, a pesar de todo. Sabía muy bien que era estúpidamente irresponsable prestarle atención, pero… Lo dejó todo.
Ni siquiera era capaz de recordar cuando habían tenido sexo la última vez. No era que pensara en ello constantemente. No obstante, a veces le parecía que se olvidaban de ello. No. Eso no debía suceder. Eran demasiado jóvenes como para estar comportándose a la manera que lo hiciera una pareja de casados, la cual lleva años y años juntos.
Lovino se hallaba sentado sobre la cama, mirando hacia afuera. No estaba seguro de lo que haría a continuación pero no podía y no quería retractarse. En cuando escuchó que Antonio entraba, las miradas se encontraron. No sabía cómo empezar exactamente, nunca lo había hecho antes. Siempre… Siempre lo había hecho Antonio. Sin embargo, quería demostrarle que en verdad lo quería y podía hacer de todo por él, sin que se lo pidiera.
Se levantó, corrió las cortinas y en cuanto se percató de que el otro estaba sentado sobre la cama, Lovino se subió a su regazo, con las piernas abiertas, una a cada lado del español, mirándolo fijamente. Su corazón latía a todo lo que daba. Ambas manos tocaban las mejillas del mayor.
—Lovino, no es necesario que hagas todo esto… —dijo Antonio, no porque no lo apreciara, sino porque podía ver y sentir lo nervioso que estaba.
—¡Cállate, pedazo de idiota! —exclamó molesto, con el entrecejo fruncido. Respiró profundamente, para poder coger un poco de valentía.
Entonces, lo besó. Lo besó como nunca antes lo había hecho, con mucha pasión, pero sobre todo, dejando todo de sí en el mismo, como si fuera el último de su vida. Los ojos verdes de Antonio se abrieron de par en par, agradeciendo aquel gesto tan cariñoso por parte de él.
Rápidamente, la camisa del español terminó sobre el piso, las caricias se repartían por todas partes, suspiros se escapaban de ambos. Los nervios de Lovino, si bien aún continuaban allí, fueron dejados a un lado y fueron reemplazados por ese impulso de estar lo más cerca de aquel que ahora se había convertido en más que un novio, en más que una simple pareja. Para él, era un compañero al que no planeaba abandonar por nada del mundo.
El muchacho terminó muy cerca del cierre del pantalón del español. Éste estaba en una jodida contradicción: Si bien no quería obligarle a hacer nada de lo que él quisiera, ciertamente tenía deseos de que continuara. Se quedó ahí tendido, observando atentamente a las acciones del italiano. Sólo cerró sus ojos por unos escasos segundos y fue ahí cuando sintió la lengua del muchacho…
—¡Lovino! —exclamó, como si le estuviera reclamando por no haberle avisado. Pero aparte de su nombre, no pudo decir nada más. Los jadeos que le provocaba el muchacho debido al roce de su lengua, no le permitían pronunciar palabra entendible.
Momentos después, Lovino estaba sobre el español. Se relamió los labios, mientras que observaba el rostro del segundo. Le encantaba, fascinaba que estuviera así, por su culpa. Quizás era lo que aquel necesitaba, liberar la tensión acumulada por culpa de aquellos problemas.
Levantó las caderas, para poder sacarse la ropa interior. Las manos recorrían el pecho de Antonio, con bastante delicadeza, simplemente para ver, experimentar la agitación del mayor. Lovino estaba realmente nervioso pero… Dejó el pudor para otro momento. Se suponía que existía tal confianza entre ellos. O al menos, quería demostrar a Antonio que confiaba plenamente en él y esperaba que aquel aprendiera a hacerlo.
Entonces, bajó, sin mucha prisa, las caderas. Gemidos. Uno de dolor e incomodidad. El otro de placer. Ni siquiera era necesario hablar. Ambos se entendían más que bien. Podían disfrutarse, sin tener que hacer comentarios incómodos, decirse palabras entrecortadas o que simplemente no venían al caso. Sólo con mirarse a los ojos, podían comprender a la perfección lo que el contrario pensaba o deseaba.
Era una especie de juego del cual ya conocían las reglas. Una de las ventajas de estar tanto tiempo juntos y después de tantas prácticas. Y a pesar de ello, lo disfrutaban incluso todavía más que la primera o la segunda vez. Ya no existía esa incomodidad de tener que aprender lo que al otro le gustaba o le molestaba.
Las manos de Antonio estaban sobre las caderas de Lovino, indicándole el ritmo exacto. Éste se moldeó prácticamente y se adecuó. Sus caderas se movían, de arriba abajo, moviéndose a una velocidad
Más gemidos. Cada vez más intensos, más sonoros. A ninguno de los dos le importó que pudieran ser escuchados por otras personas. ¿Qué interesaba el mundo en ese instante? ¿O el dinero que no había? ¿O aquel hombre que había aparecido en donde no se le había llamado? Absolutamente nada. Cero. El mundo, en ese preciso instante, giraba en torno a lo que ocurría en esa cama y nada más.
Y luego el glorioso orgasmo al que todos desean alcanzar, pero que no todos pueden obtener. Antonio jadeó y levantó su voz, la cual resonó por toda la habitación. Era… Era como llegar a la cúspide, mientras que se dejaba llevar por aquel momento. Sintió como todo el estrés de su vida cotidiana se liberaba en su totalidad, en el interior de Lovino.
Al cabo de unos minutos, éste último estaba postrado en la cama, al lado del mayor. Había logrado su objetivo. Bueno, una parte del mismo por lo menos.
—No sé qué ha pasado, Lovino —murmuró luego de un rato en silencio, en el cual ambos trataban de recuperarse. Antonio estaba mucho más relajado, evidentemente, al punto que pudo volver a sonreír como acostumbraba a hacerlo. Incluso dejó escapar un "guau", de lo asombrado que estaba.
—No digas nada, idiota —respondió éste, dándole la espalda. Ahora debía aprovechar el momento. Quizás más tarde se le presentaría algún problema u obstáculo. Así que debía hacerlo tan rápido como podía.
Mientras que Antonio hablaba de cosas que Lovino no conseguía comprender, ya que ni siquiera le estaba prestando atención, decidió que era momento de decírselo de una vez por todas. Era su pareja, después de todo.
—Entonces…
—Vamos a la maldita capital, idiota —El italiano cortó fuera lo que el otro estuviese diciendo, de una vez.
El español se levantó y se apoyó sobre sus dos manos, para mirar fijamente al muchacho. No entendía qué quería decir con eso. O si entendía, prefería hacerse del tonto. No esperaba que tal propuesta saliera de su boca en un momento como ése.
—Buscaremos trabajo —Se encogió de hombros, aunque aquella transición sería realmente difícil para él. Sin embargo, estaba seguro, completamente seguro de lo que estaba diciendo en ese momento.
El cómo irían se resolvería de una manera inesperada…
Gracias por leer~
