Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.


Capítulo XIX

A pesar de que finalmente había conseguido relajarse, después de tanto estrés y problemas seguidos, Antonio saltó como si tuviera un resorte cuando Lovino le pidió tal cosa. Es decir, aunque lo adoraba, el muchacho no era precisamente el ser más trabajador y esforzado del mundo. Y su carácter no era uno que atraía a cualquiera para contratarlo ahí mismo.

—Lovino, ¿qué se supone qué harás? —preguntó escéptico.

Intentó imaginar a Lovino como mesero de algún lugar, o asistente o quizás haciendo como cajero en supermercado. En todas, ya podía imaginarse que no duraría más de una semana, debido a su temperamento explosivo y el trato especial que solía dar a los extraños, además de su extenso vocabulario, digno de Cervantes

—Digo, verás… —Cuando se percató de cómo eso había sonado, intentó arreglarlo sin mucho éxito. Estaba tan confundido que realmente ni siquiera estaba seguro de qué estaba hablando.

—¿Por qué mierda preguntas eso? —Sí, ya sabía que era bastante inútil. No era necesario que se lo recordara — ¡Algo encontraré! —exclamó enfadado —Agarraré lo que sea. Quiero ayudarte, imbécil —Cruzó sus brazos. Quería darle una mano, pero parecía que el otro no quería aceptarlo.

El español se quedó callado. Aparentemente, Lovino estaba siendo obstinado con la idea en cuestión. No sabía qué pensar de ello, sinceramente. Por supuesto que le agradecía que fuera tan atento con él y que tratara de aportar algo. Sin embargo, aún tenía sus dudas. Su mayor temor era que una vez que llegaran a la capital, el italiano cambiara de opinión. O peor, que se fuera con alguien que le ofreciera una mejor vida, por así decirlo.

Sus ojos se posaron sobre el cuerpo desnudo del muchacho. ¿Qué iban a hacer? Ojalá el sexo le hubiera dado la solución mágica a sus problemas. Pero se sentía egoísta el arrastrar a Lovino en sus problemas de dinero. Y de repente, mientras que se perdía en esos pensamientos, el italiano le agarró de la mano.

—¿Me amas, cabeza de tomate? —Lovino lo miraba con el entrecejo fruncido.

—¡¿Qué clase de pregunta es ésa?! —El español se sobresaltó ante la supuesta duda del otro. Creyó que había hecho más que suficiente para demostrárselo. Aparentemente, no.

—¡¿Qué si me amas?! —preguntó nuevamente, con un dejo de irritación.

—¡Claro que sí! ¡Te amo de aquí a la Luna! —No entendía aún por qué le había hecho tal pregunta. ¿Acaso quería llegar a algún lado con todo esto?

Lovino estaba a punto de darle un tortazo en la cara. Se había enamorado de un cabeza hueca, ciertamente. Respiró profundamente, para no perder la paciencia tan rápido. Se puso de pie, a pesar de estar un poco adolorido y se quedó a unos escasos centímetros de distancia del español.

—Pues si me amas, harías lo que fuera por mí, ¿cierto? —Estaba un poco cansado, pero de un modo u otro, tenía que hacerle entender al español su punto. Aunque eso significara perder tanto tiempo.

—¡Claro! Vamos, Lovino… —Quería preguntarle qué quería decir con todo eso. Es decir, no tenía sentido que le hiciera tales preguntas después de todo lo que habían atravesado juntos. Pero antes de poder preguntárselo, se le adelantó.

—Entonces, déjame hacer algo por ti, maldito bastardo —contestó determinado a que el otro aceptara su propuesta —Parece que eres tú el que no cree cuando te digo que te amo y que estaré a tu lado sin importar qué —Bajó bastante la voz al decirlo, ya que estaba muy apenado. No obstante, cada palabra la decía desde el fondo de su corazón.

Antonio suspiró, porque no estaba seguro de cómo reaccionar. Estaba perplejo. Completamente perplejo por las palabras del italiano. Y luego, sonrió. Sonrió como no lo había hecho desde hacía tiempo. Le dio un fuerte y cariñoso abrazo, casi al punto de asfixiarle. De hecho, el rostro de éste se fue poniendo cada vez más colorado, sin que el español lo notara.

—Me estoy… —Lovino luchaba para poder respirar en medio de aquel abrazo casi mortal de su pareja —Asfixiando… —murmuró mientras que intentaba salir de sus brazos.

—Entonces, nos iremos del pueblo —comentó para luego soltar al muchacho de entre sus brazos —Aunque… No sé ni dónde nos quedaremos o cómo iremos —respondió, ignorando por completo el hecho de que el italiano intentaba recuperar el aliento y tosiendo un poco.

Lovino lo miró con cara de fastidio porque apenas se había preocupado por su estado. Sin embargo, de inmediato recordó lo distraído que a veces era, así que terminó por no reprocharle nada en lo absoluto. Sin embargo, el problema de dónde se quedarían y cómo irían hasta allí, todavía subsistía.

—Maldición. Un problema tras otro —respondió el italiano, en tanto buscaba su ropa interior. De todas maneras, si querían progresar y obtener una buena cantidad de dinero, tendrían que ir a la capital, donde los trabajos eran mejor remunerados que en aquel pequeño pueblo.

La solución al problema de la estadía vendría esa misma tarde. Aunque de la persona menos esperada.

Los dos estaban mirando un periódico de la capital, ya que se vendía en todos los puestos del país, leyendo los clasificados y las ofertas de trabajo. Había muchísimas, tantas que no estaban seguros por dónde comenzar. Sin embargo, al menos eso quería decir que encontrarían algún puesto en cuanto se pusieran en la caza de laburo. Claro que había que considerar que la cantidad de gente en aquella ciudad, sería mucho, mucho más grande de lo que podían imaginarse.

Mientras que leían las páginas, dos personas ingresaron al lugar, lo que asustó a ambos. Antonio estaba completamente seguro de que había cerrado bien las dos puertas de abajo, así que no tenía sentido de que alguien pudiera entrar tan tranquilamente. Sí, lo único que faltaba era que le asaltasen. Pero el español no iba a permitir eso.

—¿Quién anda ahí? —preguntó en cuanto terminó de bajarse de la escalera. Había agarrado un bate que mantenía cerca de él, debajo de la cama. Si se trataba de un intruso, entonces le daría con toda su fuerza. Lo que menos quería era que alguien le robara lo que le quedaba.

—¡Soy yo, Emma! —exclamó. Ella tenía una llave extra del local, para poder trabajar desde temprano sin tener que molestar al español. Alzó la llave para que, en cuanto encontrara a Antonio, se lo pudiera mostrar y restregar en la cara. Claro que venía con compañía. No se había olvidado del desastre en el cual se hallaban por lo que había venido a conversar con él al respecto.

El hispano se bajó y fue a buscar a la belga, siempre con Lovino por detrás de él. Éste último se asomaba por detrás, para asegurarse de que todo estaba en orden. Aunque pensó que si era Emma, no había razones por las cuales temer. Incluso podría aportar alguna idea a su nuevo objetivo. Una tercera mente pensante era más que bienvenida, pensó. Sin embargo, cuando entró a dónde la clientela solía comer y servirse, se halló con una sorpresa. Una sorpresa de 1,80 cm para ser más precisos.

El rubio estaba allí con su cabellera en punta, tan serio como lo había visto esa mañana. A Lovino no le hizo mucha gracia que estuviera allí. Es más, no comprendía qué estaba haciendo allí. Se mantuvo a una distancia prudente, detrás de Antonio, pues le tenía cierto miedo. No respeto, si no temor. Aquel tenía un aspecto que intimidaba a cualquiera, ya sea conocido o desconocido.

—¿Qué haces aquí, Vincent? —Fue la primera pregunta que le surgió al español, quien estaba tan igual de confundido que Lovino. Esperaba que aquel le diera una buena razón para estar allí y no solamente para regañarle y hacerle acordar asuntos que ya estaban enterrados en el pasado.

—Emma me contó todo sobre tu situación económica, idiota —replicó como si fuera lo más obvio del mundo.

Rápidamente, las miradas de los dos ocupantes del piso de arriba se fijaron en la belga, quien se puso bastante nerviosa. Pero tenía una buena razón para lo que había hecho. Se sintió un poco acosada por la forma en que ambos la miraban, mas sabía que el enojo se les pasaría al rato. Sólo era cuestión de que decidieran darle una oportunidad y dado las circunstancias, no tenían otra más que prestarle atención.

—Todo tiene un por qué —explicó, buscando una manera para que ambos accedieran a escucharle. Por supuesto, Antonio aceptó de inmediato. Nunca había dudado de las intenciones de su mejor amiga y ahora no lo haría.

Aunque hubiese metido en su embrollo a ese hombre que parecía respirar fuego y a punto de embestirlo con esas "cornamentas" rubias que tenía. No estaba seguro de cómo alguien que aparentemente estaba enojado con él, podría ayudarle. Y no iba a negarlo, prefería que quedase al margen de todo esto. Sin embargo, si Emma creía que podía darle una mano, entonces la escucharía. Al fin y al cabo, no tenía otra salida por el momento.

—¿Vas a confiar en ese tarado? —preguntó Lovino sin importarle que el otro pudiera escucharle. Aunque le temiese, no tenía ningún problema en expresar su opinión sobre él —Seguro que va a querer jodernos o algo así, idiota —añadió, sin sacarle la mirada encima del holandés.

—Sólo escuchemos lo que tienen que decir, Lovino —Quizás no sería tan malo, a pesar de las dudas que lo estaban invadiendo. Temía que dijeran que Vincent le iba a prestar a dinero o algo semejante.

Si de algo estaba realmente seguro era de que aquel amaba los billetes y era bastante tacaño. Así que, si conseguía algo así, estaba más que seguro de que lo cobraría con altos intereses o a un precio casi inalcanzable.

—Supongo que ya han decidido ir a la capital, ¿no es así? —preguntó la mujer. Ya lo había discutido anteriormente con Antonio, así que supuso que tal tema ya había sido hablado. Esperaba que Lovino hubiese conseguido convencerle, ya que la última vez había dejado en claro que prefería buscar otra posible solución en lugar de emigrar.

—Sí —comentó con cierta tristeza el mayor. Ya no tenía sentido lamentarse, así que en lugar de parecer que estuviese muy poco conforme con ello, prefirió sonreír. Ahora que lo pensaba bien, quizás sería una gran oportunidad conocer tal lugar. Además, quería conocer el sitio donde Lovino se había criado. Tal vez, podría comprender un poco mejor su forma de ser.

Claro que aún estaban con el dilema de no saber en dónde quedarse. Lovino había dejado bien en claro que no quería pedirle a su abuelo. Quería demostrarle que de un modo u otro, podía campanearse sin necesidad de ir corriendo detrás de la falda de aquel hombre. Esto implicaba que necesitaban de alguien más que viviese en aquella enorme ciudad. Pero, ¿quién? Tampoco era cuestión de ir a vivir debajo de un puente.

—Bueno, creo que tengo la solución para su problema —comentó intentando sonar algo misteriosa. Si bien no estaba segura de cómo se lo iban a tomar, era la única opción con la cual contaban.

Pero antes de que Antonio o Lovino tuviesen la opción de preguntar, alguien se les adelantó con la respuesta.

—Ustedes dos se van a quedar conmigo —respondió de repente Vincent, quien finalmente hablaba desde su llegada. La forma en que lo había dicho sonó como si fuera una orden que se les estaba imponiendo a ambos.

¿Quién se sorprendió más? Difícil de determinar. Lovino se levantó abruptamente de la mesa, casi echando su silla en el camino. Estaba con el entrecejo fruncido y señaló al más alto, realmente enfurecido. No podía creer lo que acababa de decir.

—¡Prefiero dormir en una caja antes que vivir con este imbécil! —Estaba tan enojado, que la mano con la cual le señalaba, estaba temblando. En verdad, todavía no podía creer lo que acababa de anunciar.

Mientras que Antonio estaba en silencio, aun decidiendo cómo reaccionar. No creía que convivir con su pareja y con su ex fuera una buena idea. Ya se imaginaba todo lo que iba a suceder, principalmente por el hecho de que ambos tenían temperamentos explosivos. Podía visualizar la clase de guerras en las cuales se encontraría, si es que accedía a que eso sucediera.

—Ah, agradezco tu amabilidad, pero… —Pensó en las palabras adecuadas, porque no quería ofender a su mejor amiga. Sabía que le habría pedido al holandés, a modo de favor personal. Sin embargo, esa era una opción que no podía ser tomada en cuenta —Pero creo que será mejor que sigamos buscando otras opciones —Aunque solamente tenían esas.

—¿Y cuáles serían esas opciones? Veo que sigues siendo tan idiota y tonto como siempre —Habló el holandés. Tampoco estaba feliz por su ofrecimiento, mas dada la situación de aquel, pensó que eso era lo mínimo que podía hacer. Además, no sería como si estuviera dándole dinero —Ustedes harán lo que quieran y yo lo mismo —explicó —No te pondré una cadena alrededor del cuello. Igual, si no te decides ahora, estarás muriéndote de hambre el mes que viene.

—¡Eso a ti no te interesa, cabeza de cepillo! —A Lovino no le importaba las razones que el otro daba. En lo absoluto. El hermano mayor de Emma le daba mala vibra y punto —¡Díselo, bastardo! —le reclamó a su pareja.

Emma ya había previsto que esto iba a ocurrir. No obstante, quería apelar al sentido común de su amigo. ¿Qué más podrían hacer? Esa ayuda era imposible de rechazar y todos los presentes sabían que era así.

Sin embargo, Antonio se quedó pensando en las palabras del holandés. Tenía razón. Si no iba a la capital y conseguía un buen trabajo que lo mantuviera, estaría todavía peor. No quería admitirlo, pero era probablemente la única opción que tenían. Respiró profundamente, porque probablemente más adelante se arrepentiría de ello.

Se frotó la frente. Porque sabía que el tiempo corría y no se detendría solamente porque tenía dudas. Las dudas no iban a poner pan sobre su mesa.

—Espera, Lovino —Le agarró de la mano —Dijiste que harías lo que fuera para ayudarme a salir de esto, ¿cierto? —le cuestionó ante la mirada atenta de los dos hermanos.

El muchacho se quedó sin palabras. Se puso completamente colorado, porque no creyó que preguntaría eso enfrente de otras personas. Pero dado que los ojos verdes del español estaban encima de él, sabía que no tenía otra opción que responder.

—¡Por supuesto, imbécil! —Infló sus mejillas después de contestar, como si fuera un niño pequeño al que acababan de humillar. Además, se acababa de percatar del porqué de dicha pregunta. Quería rebatirlo pero no podía hacerlo. Continuó con la misma expresión, sin decir nada y sin mirarle a los otros dos que se encontraban allí.

—Entonces, ya está decidido —respondió Antonio, al mismo tiempo que miraba a los ojos verdes del rubio.


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