Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.


Capítulo XX

Lovino realmente no podía creer lo que acababa de suceder. Realmente no podía comprenderlo. Pero ahí estaban. Habían decidido, o mejor dicho, Antonio había decidido que se quedarían en la casa de ese hombre extraño. Aunque realmente quería objetar al respecto ya que no sentía precisamente cómodo con el rubio, no podía hacer nada más que aceptarlo. Al fin y al cabo, tenían que dormir en algún lado.

—Bueno, eso no fue tan difícil. Al fin has entrado en razón, Antonio —comentó el hermano de Emma tras escuchar su determinación, ciertamente complacido. Pensó que tendría que golpearle la cabeza contra la pared para que dejara de ser tan cabeza dura y escuchara su idea.

—No es que… No es que realmente quiera —aclaró rápidamente el español, para que el otro no interpretara su decisión como se le diera la gana —Pero sería grosero si rechazara tu oferta —explicó en una voz más baja, ya que realmente le daba vergüenza admitir que su ayuda era realmente bienvenida. En cuanto pudo, desvió su mirada y se sentó.

Los cuatro se quedaron un largo rato en silencio. Lovino trataba de calmarse y aceptar lo que acababa de suceder. No le gustaba para nada, pero ciertamente era la mejor y única opción que los tenían.

—Gracias, Emma —dijo repentinamente, mientras que se escondía debajo de la mesa, dejando solamente entrever sus ojos. No quería que viese lo sonrojado que estaba. No podía ser tan desagradecido, pensó, ya que después de todo, les había hecho un enorme favor en conseguirles un techo en donde descansar.

Ella se limitó a sonreír y de inmediato, le dio un codazo a su hermano para que tuviese la iniciativa de hablar. Había algo más, pero se suponía que sería el rubio quien hablaría sobre eso. Estaba demasiado regodeado en la desgracia del español, por lo que el golpe que le acababa de propinar la belga, le había arrastrado a la realidad.

Tosió un poco para pretender que eso no le había afectado. O por lo menos, no le había afectado tanto como en verdad lo hizo. Sacó un par de boletos de su bolsillo y se los entregó al español. Éste sólo los miró, sin atreverse a tocarlos, hasta que el otro explicara de qué se trataba. Ni siquiera sabía si se los estaba regalando o si los cobraría en el acto. Lo conocía demasiado bien como para saber que el holandés nunca daba nada gratis. Aunque quizás había una ligera esperanza ya que Emma se encontraba a su lado.

—Nos vamos en dos días. No me importa qué asuntos tengan, pero deben terminarlo para ese día. No voy a esperarlos —dijo duramente.

—No se preocupen, los boletos son mi último regalo para ustedes —comentó la mujer con una gran sonrisa y de inmediato, sin importarle la reacción que pudiera tener su hermano, le agarró la mano de Antonio —Realmente quería hacer algo por ustedes. Siento no haber podido ser de más ayuda —explicó con bastante tristeza. De hecho, estaba conteniendo las lágrimas, para que nadie se preocupara por ella.

Tan rápido como esas palabras salieron de sus labios, Antonio se esforzó para sonreír. En ese momento, se dio cuenta de lo mal agradecido que estaba quedando con ella. Había su amiga más fiel, la mejor que pudiera haber pedido, así que decidió cambiar de actitud. Al mismo tiempo, le dio un codazo a Lovino para que se comportara y mostrara que realmente valoraba el esfuerzo que había hecho su amiga.

—Emma, nunca podré terminar de agradecerte todo lo que has hecho por mí y Lovino. Tendría que reencarnarme varias veces antes de poder pagarte todo —comentó con una enorme sonrisa y luego se paró, para dirigirse a donde estaba ella y brindarle un fuerte abrazo. Cada palabra que había salido de su boca era la más pura verdad —Así que no te preocupes por nada, ¿vale? —Le secó las lágrimas que estaban descendiendo por el rostro de la rubia —¿Cierto, Lovino?

Éste se sonrojó cuando lo llamó y se limitó a asentir con la cabeza. No servía para esa clase de escenas sentimentales. Aunque sentía prácticamente lo mismo. A pesar de que inicialmente la había llamado "pechugona" y se había puesto celoso por ella. Sin embargo, había pasado demasiado tiempo desde aquel incidente y ya lo había olvidado. Había tardado pero había comprendido que Emma era una amiga realmente valiosa para su chico.

—Así que no deberías pensar en que no haya sido suficiente porque realmente has hecho muchísimo —repitió, para que asegurarse de que se sintiera mejor —Ya encontraremos la manera de llevarnos bien, ¿no es así, Vincent? —Sabía que no era una buena idea preguntarle algo, pero ya que se trataba de su hermana, supuso que colaboraría un poco.

—Sí, sí —Fue lo único que se dignó a contestar. A pesar de mostrarse un tanto indiferente, estaba escuchando cada palabra que se decía.

—Muchas gracias, Antonio —Le dio una tierna palmada en la mejilla y luego miró la hora. No pensaban quedarse tanto, ya que pensó que quizás Lovino y Antonio aún tendrían que discutir un poco más del asunto.

El holandés se puso de pie, ya que se dio cuenta de que era el momento de irse de allí. Por supuesto, no dejó de mirar en ningún momento al español. No confiaba de todo en él, además de que había dejado de lado sus diferencias por el momento, ya que no quería discutir enfrente de Emma.

—Vámonos, Vincent —Se arregló un poco el cabello y se miró a través del cristal para asegurarse de que el rímel no se le hubiera ocurrido demasiado —Entonces, ya saben. En dos días tienen que estar listos —Les guiñó el ojo y se retiró de ahí, seguida por su hermano. Éste se limitó a bufar y a hacer una seña con la mano, a modo de despedida.

En cuanto se cerró la puerta, Lovino fue a llavearla y puso todos los seguros, habidos y por haber, para cerciorarse de que nada parecido a aquello volviese a ocurrir. Luego se recostó por la misma y respiró profundamente, aliviado de que eso terminase de una vez por todas. Aunque sabía que aún quedaba mucho por hacer.

—Bueno, creo que el asunto de la casa ya la hemos resuelto —murmuró Antonio, para tratar de hacer un poco de conversación entre ambos —Ahora tenemos que empacar —Nunca había pensado que pronunciaría tales palabras pero no le quedaba otra. El viaje era en cuarenta y ocho horas. No había tiempo que perder.

Por supuesto, eso no significaba que no estuviese triste. Tendría que abandonar todo lo que conocía para emprender una nueva vida, la cual no traía consigo un éxito asegurado, en una ciudad que no conocía. Suspiró. Menos mal que tenía cierto espíritu aventurero en él o de lo contrario, eso no podría llegar a suceder. Tenía que irse, simplemente esa era la cuestión y no podía pegarse el lujo de tener dudas al respecto.

—¿Realmente estás de acuerdo con eso, idiota? —preguntó Lovino, interrumpiendo los pensamientos del otro.

—Bueno, no nos cobrará nada. Tendremos techo y comida hasta que levantemos cabeza —explicó el español. En realidad no lo había mencionado siquiera, pero supuso que así sería. Ya Vincent debería sufrir de un alto nivel de tacañería como para cobrarles, a sabiendas de su situación —Así que… Sí, estoy de acuerdo —respondió finalmente con una gran sonrisa en su rostro.

Si él realmente creía eso, entonces confiaría en su palabra.

A la tarde, comenzaron a guardar todo para preparar su equipaje. Lovino pensó que le resultaba irónico que tuviese que regresar a la capital para mejorar su situación, siendo que su partida había sido el origen de todos los problemas que había tenido con Antonio. Sin embargo, ahora estaba con él e iría a vivir con él. Así que, en teoría, no debería haber ningún problema.

Miró sus pertenencias, las cuales estaban desparramadas por todo el dormitorio. Ahora detestaba su desorden. Mil veces, el español le había dicho que guardase todo en el lugar donde correspondiera y no le había hecho caso. Respiró profundamente, ni siquiera sabía por donde empezar.

Luego se fijó en lo que estaba haciendo Antonio. Lo hacía con tal facilidad, ya que sólo tenía que sacar su ropa de las gavetas y nada más, que comenzó a enojarse por ello. Quería que tuviese problemas, así en cuanto se fue hacia la cocina, agarró todo lo que estaba en su maleta y lo tiró por el suelo. Ahora estaban iguales, pensó.

De inmediato, regresó a lo que estaba haciendo. Empezó a guardar su ropa interior en la maleta, toda enrollada y mal puesta, ya que no quería perder más tiempo en ello. Esa aparente paz del dormitorio rápidamente fue interrumpida cuando el español regresó y vio el desastre que Lovino había provocado.

—Pero, ¿qué…? —preguntó aunque sabía que no iba a conseguir ninguna respuesta adecuada a lo que había ocurrido. Sus ojos se fijaron en el obvio responsable del desorden, pese a que éste se estaba haciendo del desentendido.

—¡Ponte a trabajar y no digas nada, idiota! —exclamó sin fijarse nada más que en sus propias vestimentas. Aunque, muy a escondidas del otro, esbozó una diabólica sonrisa ya que había cumplido con su objetivo de irritar al otro. O al menos, había pensado que lo había logrado.

Sin embargo, cuando estaba convencidísimo de lo que lo había conseguido, un par de brazos lo agarraron por la cintura y el mentón del español se apoyó sobre el hombro del italiano.

—¿Qué mierda estás haciendo? ¡Suéltame, idiota! —gritó, a pesar de que sabía que resistirse era bastante inútil.

—Si querías que te ayudara a empacara, podías haberlo pedido —murmuró muy cerca del oído del italiano, quién sintió una especie de escalofríos.

—No necesito tu ayuda, bastardo —respondió en un tono un poco más calmado y sumiso.

Después de mantenerse en esa misma posición por un largo rato, Antonio se separó y comenzó a doblar en forma la ropa del italiano, con una sonrisa alegre. Incluso empezó a tararear, ya que le había parecido un poco graciosa la manera en que Lovino le había solicitado su ayuda. Y si bien parecía una tarea extra, lo hacía de muy buena gana, ya que lo estaba haciendo con él.

—¿Ves? Por algo te dije que debías guardar todo en orden —comentó el español, no para reprocharlo, sino que simplemente había conseguido demostrarle que a veces tenía la razón. Sin embargo, su sonrisa no lo duró mucho, ya que el italiano le arrojó un calcetín a la boca.

—¡Cállate, idiota! —exclamó, ya que no quería escuchar eso. Ya tenía suficiente con tener que empacar tantas cosas, de nuevo.

Llegada la noche, ambos estaban más que exhaustos. Había sido un día realmente largo. Sin embargo, antes de poder finalmente tirarse a la cama y dormir, había un asunto sin resolver. Debían llamar a Feliciano y a Ludwig para comentarles la noticia. Después de todo, no hubiera ocurrido nada de nada, si no fuera gracias a su ayuda. Sencillamente, no podían dejarlos de lado.

Explicarles todo lo que había sucedido y como habían llegado a esa situación, había sido bastante complicado. Pero ya que Feliciano ofreció hacer un almuerzo de despedida para ambos, prometieron que una vez que se encontraran, todas las dudas que pudieran tener serían resueltas.

Antonio estaba más que seguro que el alemán le regañaría por su mal manejo del presupuesto. Pero, aparte de eso, supuso que solamente les darían su apoyo incondicional como siempre lo habían hecho.

Había una segunda llamada que el español creyó conveniente realizar. No estaba seguro bajo qué términos había terminado su amistad. Sin embargo, a pesar de todo, tenía que hablar con él. Porque, durante la ausencia de Lovino, él había sido quien le había brindado su hombro para recostarse, quien había intentado, de un modo u otro, ayudarle a ponerse de pie, a superar el dolor.

No podía olvidarse así como así. Quizás era el momento de dejarlo todo de lado y retomar la amistad que se había visto entrecortada.

Si bien Lovino no se mostraba muy a gusto con aquella decisión del español, tampoco podía hacer algo al respecto. Después de todo, ellos eran amigos mucho antes de que empezara a salir con él. Así que, para no enfadarse o algo semejante, prefirió retirarse de la habitación y buscar algo con que distraerse.

—Espero que atienda —murmuró Antonio mientras que aguardaba con el tubo del teléfono.

Al cabo de un rato, parecía que no había nadie y cuando se disponía a colgar, escuchó la voz del francés.

—¿Antonio? —preguntó del otro lado. Éste parecía realmente asombrado por la llamada, como si no pudiera creer que el español quisiera hablar con él. Aunque, claro, no podía desperdiciar la oportunidad de conversar con su gran amigo.

—¡Francis! —exclamó contento de poder oír su voz —Espero… Espero no estar interrumpiendo nada —añadió rápidamente. Esto iba a ser un poco incómodo pero no podía dejarlo de lado. Había lamentado dejar de hablar con él y aunque esto era una especie de despedida, deseaba de todo corazón, poder empezar de nuevo.

Hubo un silencio por un largo rato hasta que el francés decidió hablar nuevamente.

—No, no estaba haciendo nada importante. ¿A qué se debe tu llamada, Antonio? —Francamente le parecía todo muy surrealista.

—Quería avisarte que… Me voy —Fue todo lo que se animó a decir hasta ese momento. Ya esperaba que el otro le regañara, que le dijera que Lovino no era para él y que estaba cometiendo una tontería para dejarlo todo atrás.

No esperaba menos de parte del francés, e inclusive podía imaginarse todos los reclamos que le haría en ese momento. Sin embargo, no se arrepentía de haber marcado su número. Estaba contento de por lo menos haber escuchado su voz.

Sin embargo, no pasó nada de lo que él había creído.

—Ah, sabía que esto sucedería —comentó tras dejar escapar un suspiro —Algo me decía que no te quedarías aquí —añadió. Le resultaba extraño, pero había tenido esa sensación desde el momento que había visto a Lovino regresar al pueblo. Y no sabía qué pensar al respecto, porque aunque quisiera detenerlo, eso sería egoísta. Además, no le cabía ninguna duda que la felicidad del español se hallaba donde estuviese el italiano.

—¡No es lo que piensas! Las cosas me han ido mal financieramente y es el último recurso que me queda —explicó. No le gustaba hablar sobre su fracaso pero tenía plena confianza en el otro.

—¡No te pongas así! —rió. En realidad, para esas alturas, todo el pueblo se había dado por enterado sobre las noticias de la cafetería del lugar y obviamente, Francis no iba a ser la excepción —Espero que al menos tomemos un par de copas antes de irte, ¿eh?

En ese momento, Antonio le comentó acerca del almuerzo del día de mañana. Aunque tenía sus dudas, Francis aceptó ir, debido a que el otro se lo había suplicado varias veces. Era la última vez que todos estarían juntos, así que debía asistir sí o sí. Ambos se despidieron, ansioso de encontrarse una última vez.

Tras colgar, el dueño del lugar suspiró. Mañana sería su última día en aquel lugar que tanto apreciaba e iba a aprovecharlo a toda costa.


El capítulo 21 es el final. Lo subo el siguiente viernes.

Gracias por leer~