Un saludo muy atento para todos ustedes, amigas, amigos, quienes continúan pendientes de esta historia, que hoy llega a su final.
Un especial agradecimiento a las personas que se tomaron el tiempo de dejarme sus comentarios a lo largo del fic. Mil gracias por darme a conocer sus valiosas opiniones.

En este, el final de Venganza Implacable, me tomo la libertad de dedicar el fic en su totalidad, a Nancyricoleon, Znta y Amigo. Muchas gracias por acompañarme durante todos los capítulos, con sus lecturas y reviews. Muchísimas gracias por su continuo apoyo.

Gracias a todas y todos por su muy grata compañía. Espero que hayan pasado agradables momentos de lectura.

Les comento que la presente actualización está dividida en tres secciones. En la primera está el capítulo final. A continuación se encuentran los créditos, que representan un pequeño homenaje, con el debido respeto, como una muestra de gratitud de mi parte, para todos quienes se tomaron el tiempo de dejarme un review. Y luego, en la tercera y última sección está el epílogo.

Bueno, como después ya no habrá más notas, aprovecho este encabezado para despedirme deseando que les vaya excelente en todo.

¡Feliz lectura!


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Capítulo 24: fisura.

A treinta kilómetros de Tokio, en un pequeño parque de la cuidad de Saitama, Megumi permanecía sentada sobre el verde y lustroso césped que cubría el suelo del lugar. Tenía la espalda apoyada en el tronco de un árbol y sostenía entre sus trémulas manos un cuaderno bastante particular. Su portada parecía estar hecha de cuero, tinturado de un color rosa muy suave y con letras doradas, un nombre estaba grabado allí... Tendo Akane.

La noche anterior, en el hotel, había recibido un paquete, un obsequio de parte de Nabiki. Con desgano, Megumi lo había abierto y al ver que se trataba del cuaderno que años atrás le había regalado a Akane para que lo usara como diario, en primera instancia había tenido el pensamiento de desecharlo. Sin embargo, por alguna razón se había dejado llevar por la curiosidad y lo había hojeado un poco, sin imaginar siquiera lo que estaba a punto de descubrir. Al leer las páginas finales del mismo, los ojos se le habían abierto de par en par y el corazón le había dado un vuelco. En aquellos escritos, se había encontrado con una historia totalmente diferente a la que Satoshi le había contado poco antes de terminar con ella y marcharse de Tokio. Sin poder dar crédito a las letras que la menor de las Tendo había plasmado en aquellas hojas, Megumi las había repasado una y otra vez. En vano había tratado de convencerse de que todo eso era falso. Inútilmente había buscado razones lógicas para concluir que Akane había escrito puras patrañas.

¿Por qué escribiría mentiras en su diario? ¿Con qué fin haría algo así? se había preguntado Megumi y por más que lo había pensado, no había hallado respuesta alguna para aquellas interrogantes. Enormemente desconcertada, sorprendida y con una creciente duda apoderándose de su ser, inmediatamente había partido rumbo a Saitama, pues sabía muy bien el sitio exacto en donde actualmente se encontraba viviendo Satoshi. Tenía que hablar con él de esto, no podía quedarse con la incertidumbre.

Ansiosa, incluso hasta un tanto desesperada, con el corazón latiéndole a toda prisa, se había dirigido a la residencia del joven y una vez allí, lo había interrogado y haciendo uso de la fuerza había logrado arrancarle la verdad de lo sucedido entre él y Akane. Dicha verdad le había caído como un balde de agua fría. Al escuchar la confesión de Satoshi, Megumi había sentido como si un millar de flechas le atravesaran el pecho de lado a lado. Durante un buen rato se había quedado como petrificada, inmóvil, sin poder asimilar lo que su ex novio le había dicho. Presa de un dolor inmenso, gruesas lágrimas de amargura habían empezado a escapar de sus ojos. Antes de que el llanto se volviese más profuso, había salido corriendo hasta llegar a aquel parque, donde bajo la sombra de uno de los árboles del sitio, se había dejado caer y consumir por el profundo pesar que la embargaba. Durante toda la noche, había llorado sin parar. Ensimismada en su dolor, con el peso de la verdad y sobre todo, de la culpa que en adelante llevaría a cuestas hasta el final de sus días, no había notado que un nuevo día había iniciado.

El tiempo había transcurrido inexorable, el sol estaba ya en su punto más alto y la joven continuaba inconsolable, pero solo sollozaba y gemía de dolor, sin lágrimas, pues de tanto llorar los ojos se le habían secado, estaban muy hinchados, enormemente irritados, inyectados de sangre. Tenía la boca y la garganta secas, los labios partidos y un rictus de dolor en el rostro.

— Lo siento... lo siento, Akane — susurró entre gemidos, terriblemente desolada, pues sabía bien que aunque le pidiera mil veces perdón de rodillas, nada cambiaría. De ninguna forma podría borrar todo el mal que le había causado. Estaba consciente de que ahora, a pesar de haberse enterado de la verdad, las cosas nunca volverían a ser como antes, Akane jamás se lo perdonaría; es más, ni ella misma y probablemente ni siquiera los dioses podrían otorgarle el perdón, luego de tantas atrocidades, perversiones y demás cosas que había hecho al transitar por el oscuro camino del rencor y la venganza.

En eso, el diario de Akane resbaló de sus temblorosas manos y se precipitó contra el suelo. Megumi se apresuró a recogerlo, pero se detuvo al notar que del interior del mismo había caído una foto. La levantó y al contemplarla, un sentimiento muy fuerte de añoranza se apoderó de ella. Deseó ser otra vez niña y revivir todas aquellas experiencias maravillosas, compartir de nuevo gratos momentos en compañía de su mejor amiga, tomarse muchas más fotos junto a ella, en las que se reflejara la desbordante alegría que experimentaban, lo mucho que se divertían juntas, lo felices que eran.

A la mente de Megumi vinieron tantos recuerdos, momentos que ella y Akane habían compartido. Recordó cuando la menor de las Tendo se había presentado ante ella por primera vez; también las veces en las que la había defendido de los niños que la molestaban. En la escuela primaria, debido a que sus padres jamás la habían ido a recoger, sus compañeros habían decidido llamarla "la huérfana". De eso se habían valido la mayoría de ellos para burlarse diariamente, pero no habían durado mucho tiempo haciéndolo, pues gracias a las palizas que recibían de parte de Akane, pronto se les había quitado las ganas de molestar a Megumi.

Al recordar esto, por un breve instante los labios de la joven dibujaron una tenue sonrisa. Cerró los ojos lentamente, apretó la foto fuerte contra su pecho e imaginó que aún tenía ocho años y que en aquel parque no estaba sola, sino con su amiga Akane y justo en este momento la estaba abrazando y la escuchaba decir "te quiero mucho, hermana Megumi".

Lejos de allí, en Nerima, a unas cuantas cuadras del dojo, Ryoga se encontraba totalmente fuera de control. Sujetaba fuertemente a Akane de la muñeca, tanto que la había hecho gritar del dolor. Incapaz de dominar los sentimientos negativos que turbaban su razón y al ver que estaba lastimando a la chica que amaba, el desafortunado muchacho se sumió en una enorme desesperación. Cerró los ojos de golpe y cuando los abrió, grande fue su sorpresa al verse envuelto por una densa oscuridad. Todo a su alrededor estaba en penumbras y sumido en un aterrador silencio. De pronto, sintió frío, mucho frío, uno muy atroz que le calaba hasta los huesos.

Confundido, desconcertado, sin entender que es lo que estaba sucediendo ni donde se encontraba, gritó exasperado varias veces el nombre de su amada, pero no obtuvo respuesta. Con el ritmo cardiaco acelerado y la respiración agitada, dio varias vueltas mirando hacia todos lados, tratando de divisar algo, hasta que finalmente, a lo lejos, dentro de tanta oscuridad, vio un pequeño punto luminoso, que en cuestión de segundos se hizo más grande, emitiendo una luz cada vez más potente que terminó por deslumbrarlo. Instintivamente, Ryoga se cubrió los ojos con el antebrazo y cuando se los descubrió, notó que la oscuridad había desaparecido.

Una vez que centró bien la mirada, vio que se encontraba en medio de una habitación pequeña, de paredes blancas. No salía de su asombro, cuando sintió que a sus espaldas, alguien lo miraba fijamente. Enseguida se volteó y entonces pudo constatar que no estaba solo en aquel lugar. De pie frente a él, se encontraba un hombre alto, de más o menos metro noventa de estatura, fornido, de espaldas anchas, con el cabello largo hasta los hombros y una fina barba cortada impecablemente. Ryoga lo reconoció de inmediato, era el tipo al que veía en sus pesadillas, Tsuchigumo Akihiko.

— Imposible, tú eres... — musitó el joven, pero no terminó la frase, al ver asentir a aquel hombre.

— El tiempo se te está agotando — lo escuchó decir.

— ¿De qué hablas? — inquirió el joven Hibiki, frunciendo el entrecejo.

— Si no haces algo pronto, perderás la cordura irremediablemente.

— ¿Por qué dices que voy a perder la cordura? ¡Explícate! — protestó Ryoga y elevando cada vez más el tono de su voz agregó — ¿Qué está ocurriéndome? ¿Dónde estoy? ¿Qué demonios es todo esto?

— Son demasiadas preguntas juntas, ¿no crees?

— ¡Y tengo muchísimas más, pues no entiendo nada! — exclamó Ryoga, apretando los puños, desesperado, lleno de frustración. Luego añadió — ¿qué está pasando aquí? ¿Dónde estamos? Si sabes algo, será mejor que me lo digas ya.

— Cálmate muchacho — el rostro de Akihiko adquirió una expresión severa —ahora mismo estamos en el inframundo.

— En el infra... ¿Inframundo? — repitió Ryoga balbuceando. Víctima de la impresión, palideció de inmediato y dio un par de pasos hacia atrás.

Akihiko no dijo más, tan solo se limitó a mirarlo fijamente.

La palabra inframundo, hacía eco en el cerebro del joven, quien no podía creer que estuviese muerto. Se negaba a creerlo. Estaba seguro de que jamás podría resignarse y aceptar su nueva condición.

— ¡No puede ser! Estoy... estoy m-muerto... ¡Maldición! ¡No! ¡No!

Empezó a caminar de un lado a otro, visiblemente perturbado ante tal revelación. Se llevó las manos a la cabeza y comenzó a pronunciar un sinnúmero de palabras ininteligibles. Akihiko no dejaba de mirarlo atentamente, hasta que de repente, se echó a reír.

Las carcajadas del hombre, sacaron a Ryoga de sus cavilaciones.

— Idiota — murmuró entre dientes, al tiempo que le lanzaba una mirada asesina.

— Tranquilízate muchacho, no es cierto, no estamos en el inframundo — confesó Akihiko, conteniendo la risa— tranquilo, solo bromeaba.

El joven casi se fue de espaldas al escuchar aquello.

— Lo siento, lo siento — se disculpó — perdón, pero no pude contenerme... deberías haber visto la expresión de tu rostro.

Nuevamente estalló en risa.

— ¡Idiota! — esta vez Ryoga lo gritó a todo pulmón y caminó hacia Akihiko dispuesto a darle una paliza por payaso.

— ¡Espera! ¡Espera! Cálmate y te explicaré todo.

— ¿Sin bromas?

— Así es, sin bromas.

Todas las inquietudes que Ryoga tenía en ese momento, pudieron más que la molestia que sentía, por lo que se dispuso a escucharlo atentamente una vez más. Sin embargo, en ese preciso instante, algo le sucedió. Repentinamente comenzó a experimentar miedo, dolor, una profunda agonía, terror y pánico. Sintió una fuerte presión entre las sienes. Rápidamente ese dolor aumentó hasta el punto de hacerse casi insoportable. El chico perdió el equilibrio y se vio obligado a poner una rodilla en el suelo. Sentía que iba a morir. Entonces Akihiko se le acercó y con su dedo índice le tocó la frente. Inmediatamente el dolor desapareció, junto con el temor y el pánico. No obstante, aún sentía una enorme angustia.

— ¿Qué fue eso? — inquirió Ryoga, reincorporándose.

— Fueron los efectos de las energías malignas.

— ¿Malignas? Pero.. ¿qué lugar es este?

— Tu mente.

— Mi... ¿mi mente? — repitió incrédulo.

— Sí y es la verdad... esta vez no se trata de una broma, estamos en tu mente... esta pequeña habitación, es una barrera que he levantado, para apartar las energías oscuras que intentan controlarte.

— ¿Energías oscuras? — Ryoga agachó la cabeza — ¿tan mala persona soy?

— No se trata de eso... todo es debido a que tocaste aquella enorme puerta, en la isla de los Asakawa.

Ryoga alzó la vista y lo miró con gesto interrogante. Akihiko prosiguió con su explicación:

— Cuando la tocaste, absorbiste una parte de mi energía espiritual... pero también asimilaste una enorme cantidad de energías oscuras, que son las que ahora intentan apoderarse de tu cuerpo, mente y espíritu.

Por fin Ryoga empezó a comprender la situación en la que se encontraba. Ahora entendía por qué esos sentimientos que lo abrumaban parecían no ser suyos. En eso, sintió que el piso se sacudía fuertemente.

— Debes darte prisa, la barrera no resistirá mucho — acotó Akihiko, señalando una de las paredes de la habitación, la cual estaba ya bastante resquebrajada, a punto de caerse a pedazos.

— ¿Y qué se supone que debo hacer? ¿Cómo hago para deshacerme de esas malas energías?

— Bueno, yo intenté expulsarlas, pero solo conseguí sacar de tu cuerpo una pequeña parte... no tengo la fuerza suficiente para hacer lo mismo con lo demás... así que lo único que puedes hacer es... — Akihiko calló de golpe y miró a Ryoga con tristeza.

— ¿Qué pasa? ¡Vamos, dime ya! ¿Qué hago?

— Debes morir.

Ante estas dos palabras, Ryoga abrió la boca en gesto de sorpresa. Los ojos se le abrieron desmesuradamente y un escalofrío le recorrió la espalda. Sintió que todo su cuerpo se paralizaba. No esperaba tal respuesta. Ingenuamente había pensado que Akihiko le daría una solución muchísimo menos drástica.

El joven Hibiki sintió miedo, mucho miedo. No era un cobarde, ni una persona de carácter débil, pero todo esto era tan repentino, demasiadas cosas que le estaban sucediendo, tan complejas, que le era inevitable el sentir que estaba a punto de quebrarse mental y anímicamente. Además, nunca antes había pensado en la muerte, pues siempre la había visto tan lejana. Consideraba que era un guerrero fuerte tanto física como mentalmente, que había progresado bastante, pero que aún le falta mucho camino por recorrer.

— Tiene que haber otra forma — espetó Ryoga con la voz a punto de quebrársele. No deseaba morir; había tantas cosas que quería hacer, tantas metas que cumplir. Mientras más pensaba en eso, más temor sentía. De solo imaginar que ya no volvería a ver a Akane, el corazón se le encogía y se le hacía un nudo en la garganta.

— Lo siento muchacho, pero no hay otra alternativa, solo muriendo te liberarás de esas energías.

Ryoga apretó fuertemente la mandíbula y con su puño golpeó un par de veces el piso, tratando de liberar un poco la tensión y frustración que sentía en ese instante. Era demasiado lo que Akihiko le pedía, pues no solo debía morir, sino que debía quitarse la vida. ¡Tenía que suicidarse!

— Morir no es para nada divertido, yo lo sé bien, pero si sigues con vida, la oscuridad te consumirá, te convertirás en un ser maligno, lastimarás a muchas personas y tu primera víctima será esa chica, Akane.

— Akane — repitió el joven, poniéndose de pie, al tiempo que se recriminaba mentalmente. Con toda la información que había recibido, se había olvidado por completo de la situación en la que estaban ella y él en el mundo real. Abrumado por esas malas energías, la estaba lastimando y al paso que iba, ella sin duda terminaría siendo su primera víctima.

—¡Ryoga! — gritó Akihiko al ver como las paredes de la habitación se venían abajo. La oscuridad inundó por completo el lugar, dejándolo como estaba al inicio, en penumbras.

El joven Hibiki sintió que una ola de energía fría y oscura lo inundaba y hacía estremecer todo su cuerpo. Parpadeó varias veces; sintió como gruesas gotas de sudor resbalaban por su frente y su corazón latía como si hubiese corrido una maratón. Poco a poco, la vista se le fue aclarando y pudo ver que Akane estaba muy cerca de él, con un gesto de dolor en el rostro. Notó también que aún la estaba sujetando de la muñeca con terrible fuerza.

— ¡Suéltame, Ryoga! ¡Por favor! — le pedía la chica — ¡me estás lastimando!

En la mirada de ambos, se podía ver reflejada la angustia. Por un lado, Akane no entendía por qué de un momento a otro, su amigo había cambiado tanto. Parecía otra persona, se estaba comportando totalmente diferente a como usualmente era. Nada tenía sentido, pero más allá de lo extraña que era la situación y pese al dolor que sentía en la muñeca, ella se contenía, pues no deseaba agredirlo. Confiaba en que pronto él la soltaría y volvería a ser el joven honorable al que tanto apreciaba y quería.

Ryoga por su parte, lleno de aflicción, intentaba retomar el control de su cuerpo, al menos por unos segundos. Tenía que hacerlo pronto, antes de que su mente también fuera perturbada completamente por esas energías. Haciendo enormes esfuerzos, con los niveles de adrenalina al máximo, debido a la tensión del momento, durante un cortísimo intervalo de tiempo pudo retomar el mando de sus extremidades. Apenas liberó el brazo de Akane, se apartó de ella, dando un gran salto hacia atrás.

— No te acerques — advirtió, al ver que la chica quería aproximarse nuevamente a él.

— ¿Qué te sucede? — inquirió Akane, con un tono de voz que denotaba una profunda preocupación.

Aunque no estaba ya muy consciente que digamos, Ryoga pudo sentir esa preocupación y agradeció para sus adentros el haber tenido la suerte de conocerla y haber podido ser su amigo. No quería despedirse de ella, pero tenía que hacerlo. Esta sería la última vez que la vería, pues para salvaguardar el bienestar de ella y de muchas otras personas, debía terminar con su vida. Para evitar que aquellas malas energías lo dominaran y lo convirtieran en un ser maligno, tenía que ponerle fin a su existencia y ya sabía de qué manera lo haría.

— Estúpidas energías malignas — dijo Ryoga para sí — voy a usar todos esos sentimientos negativos que han puesto en mí, para destrozarlas... hoy más que nunca, siento mucha ira y depresión... será el más grande y potente rugido del león de la historia.

De un ágil salto se alejó aún más de Akane y empezó a concentrar la energía para su técnica, a la vez que dejaba que la furia y la desolación lo consumieran. En pocos segundos una enorme columna de energía lo rodeó. Todo ese poder descomunal concentrado, ascendió y posteriormente, con la fuerza de la gravedad se precipitó a gran celeridad sobre Ryoga.

—Es todo... ya estás a salvo, Akane — musitó, cerrando lentamente los ojos.

Desesperada y no menos desconcertada, la menor de las Tendo corrió hacia allá, dispuesta a evitar que el chico fuera aplastado por todo ese poder. Pero a mitad de camino, la energía llegó al suelo e hizo explosión. La detonación fue tan potente, que Akane fue lanzada hacia atrás y rodó por el piso varios metros.

Segundos después, un tanto aturdida y adolorida, se reincorporó y vio como la explosión había dejado un enorme y profundo cráter en el suelo. En el centro del mismo yacía el cuerpo de Ryoga. Estaba tendido boca abajo, con la camisa hecha jirones. Sin más, se arrojó al agujero, sacó al joven de allí y lo recostó de espaldas sobre la calzada; le posó una mano en la frente, mientras que con la otra le levantó ligeramente el mentón. Acercó su oído para escuchar su respiración. Horrorizada notó que no estaba respirando. Entonces, comprendió que no podía perder más tiempo. Debía reanimarlo, tenía que darle respiración boca a boca. Apenas lo pensó, un fuerte sonrojo apareció en sus mejillas. No pudo evitar ponerse nerviosa. Sacudió la cabeza un par de veces y trató de concentrarse. La situación era de vida o muerte, no era momento de apenarse. Le tapó la nariz, tomó aire y lo soltó en la boca de Ryoga. Cuando sus labios hicieron contacto con los del chico, nuevamente se sonrojó. Fue inevitable, las manos le temblaron, se distrajo un poco, pero casi enseguida volvió a centrarse en el procedimiento. Repitió el proceso por cerca de un minuto, hasta que Ryoga finalmente reaccionó. Akane sonrió con alivio al verlo respirar por su propia cuenta, pero el chico aún estaba inconsciente. Con sumo cuidado lo levantó, lo cargó en su espalda y se dirigió a toda prisa hacia el consultorio de Tofu.

Al mismo tiempo, en casa de los Tendo, Happosai, Genma y Soun se preparaban para ejecutar su técnica conjunta, a la que llamaban HappoGenSou.

La armadura pensó que ellos estaban protegiendo a Ranma, así que se les acercó blandiendo la espada, con la firme intención de destrozarlos y evitar que siguieran obstruyéndole el camino. En vista de esto, el maestro le arrojó varias bombas Happo dai karin. Todas impactaron en su objetivo, pero no le causaron daño alguno. No obstante, el humo que despidieron al explosionar le quitó visibilidad, situación que Genma y Soun aprovecharon.

Presurosos se aproximaron a su oponente y comenzaron a correr alrededor de él, ambos en el sentido de las agujas del reloj. En cuestión de segundos, superaron los trescientos kilómetros por hora. Sin dejar de correr, concentraron su aura de batalla, lo que provocó que se hicieran más grandes, casi llegaron a triplicar su tamaño. Esto causó que disminuyera la velocidad que llevaban, pero al poco rato, nuevamente la alcanzaron.

Inútilmente, la armadura intentó salir de aquella especie de tornado que se había formado en torno a él. Como no logró hacerlo por los costados, se despegó del suelo, e intentó escapar por arriba. Alcanzó ochocientos metros de altura, pero al ver que la columna de viento se extendía mucho más allá y se volvía más angosta, decidió volver al piso.

Entretanto, Akane ya había llegado al consultorio del doctor, quien de inmediato se había puesto en la tarea de atender a Ryoga. No quería dejarlo solo, pero ya había perdido demasiado tiempo. Debía ir al hotel en busca de Ranma.

— Vete tranquila, él estará bien, lo prometo — aseveró Tofu.

— Muchas gracias doctor, cuídelo mucho, confío plenamente en usted.

Dicho esto Akane abandonó el consultorio y cuando se disponía a tomar un taxi para ir al hotel, vio con gran asombro, que un tornado había aparecido a solo unas cuadras de allí. Sin poder creer lo que sus ojos veían, se los restregó un par de veces. Parpadeó en repetidas ocasiones, pero la visión seguía siendo la misma. Miró con más atención y notó que el tornado estaba muy próximo a su casa.

Muy preocupada corrió de regreso al dojo. Cuando estuvo lo suficiente cerca, pudo comprobar que se había equivocado, el tornado no estaba próximo a su casa, sino más bien en su casa. La joven detuvo la marcha de inmediato. Sus hermosos ojos marrones se agrandaron de la sorpresa, al ver el sobrecogedor panorama que se abría ante ella. Se quedó anonadada.

El ambiente era bastante tétrico. El oscurecido cielo de Nerima se iluminaba a intervalos por el resplandor de los rayos, que eran acompañados por el estrepitoso ruido de los truenos. Debido a las densas nubes que impedían el paso de los rayos del sol, la temperatura había caído drásticamente. Y por si eso fuera poco, estaba también el colosal tornado, que no era muy ancho, apenas de dos metros de diámetro, pero tenía una altura que superaba el nivel de las nubes. Pese a que Akane estaba a cierta distancia del mismo, podía escuchar claramente el rugir del viento, que giraba vigorosamente, actuando como un gigantesco ventilador, causando que el clima se volviese más frío todavía.

Sin salir de su asombro, la chica se dispuso a continuar la marcha hacia el dojo, pero se detuvo de golpe cuando un rayo zigzagueó y el sonido retumbante del trueno hizo eco en sus oídos, estremeciéndola de pies a cabeza. Parecía el bramido de una temible feria, de esas que habitan en lo profundo de los bosques y emiten sonidos guturales que le erizan la piel hasta al más valiente.

No muy lejos de allí, Happosai permanecía de pie en el patio, muy cerca del tornado. El aire agitado violentamente por la velocidad a la que corrían Soun y Genma, había levantado una gran cantidad de partículas de polvo que habían oscurecido la columna de viento; debido a esto, el maestro había perdido de vista a la armadura, pero aún podía sentir su aura maligna. Durante un breve instante dejó de mirar al frente y alzó la vista para echarle un fugaz vistazo al cielo. Luego comenzó a lanzar varias de sus bombas Happo dai karin gigantes directo hacia el tornado. Guiadas por el viento, dichas bombas empezaron a ascender describiendo una trayectoria en espiral.

Por su parte, Genma y Soun relajaron sus auras, volvieron a su tamaño normal y de un fuerte salto, salieron del vórtice de viento que habían creado.

— Hágalo ya maestro, el tornado no durará mucho tiempo — señaló el padre de las jóvenes Tendo, con el ansia reflejada en su rostro.

Happosai asintió. Sacó una bomba Happo dai karin hecha especialmente para esta técnica, la encendió y la lanzó en dirección al tornado.

Acto seguido, los tres patriarcas se cubrieron los rostros con ambos brazos y se prepararon para lo que sobrevendría.

Segundos después de haber ingresado en el vórtice, la pequeña bomba hizo explosión, desatando una reacción en cadena sobre las demás bombas Happo dai karin gigantes que el maestro había lanzado anteriormente y se encontraban girando allí. Una tras otra fueron explotando, convirtiendo la columna de viento en una columna de fuego y humo rojizo. La potente onda expansiva azotó de frente a los patriarcas y estuvo a punto de derribarlos y hacerlos rodar por el suelo. El ruido sordo de las explosiones sacudió toda la casa, las ventanas que daban al patio volaron en pedazos, mientras que las otras solo se resquebrajaron. Los árboles del patio se agitaron violentamente y algunas de sus ramas se desprendieron y salieron volando por los aires.

— Pronto, hay que entrar a la casa — advirtió Happosai.

Sin perder más tiempo, entraron presurosos y se dirigieron a la sala. Al verlos, Nodoka, Kasumi y Nabiki se levantaron. Justo en ese preciso instante, Akane también llegó y enseguida fue interrogada por la esposa de Genma.

— ¿Qué sucedió, hija? ¿Por qué regresas tan pronto? ¿Y Ranma?

— Vi que un tornado había aparecido en nuestro patio, así que regresé tan pronto como pude... lo siento, tía — dijo la joven, bastante apenada. Luego añadió — me preocupé mucho y quise cerciorarme de que estuviesen bien.

— Descuida, estamos bien y seguramente Ranma también.

Akane asintió. Luego, volteó a ver a su padre para preguntarle que estaba ocurriendo, pero Genma intervino diciendo:

— Pronto, colóquense en cuclillas, y permanezcan en esa posición.

— Cúbranse bien los oídos, ya viene — afirmó el maestro.

Sin comprender muy bien lo que estaba sucediendo, o más bien, lo que iba a suceder, las mujeres obedecieron. Los patriarcas también adoptaron la misma posición y aguardaron.

En el patio, el tornado había desaparecido. Lentamente, el humo empezaba a dispersarse, al inicio dejando entrever solo una silueta. Poco después, el polvo casi terminaba de asentarse y finalmente se podía divisar con claridad a la armadura. No había sufrido daños, ni una sola de las piezas que la conformaban había resultado afectada. Simplemente estaban cubiertas de tierra y bastante calientes a causa del fuego de la explosión.

Dirigió la mirada hacia sí mismo y con los guantes se quitó un poco del polvo que tenía encima. Después miró brevemente en todas direcciones y comenzó a caminar, pero no había dado ni un paso siquiera, cuando de pronto, el patio se iluminó en llamarada y millones de voltios en descarga cerrada le cayeron encima.

Toda la casa fue sacudida violentamente por la poderosa explosión, originada por la caída de un rayo en pleno patio. La onda sónica liberada por el trueno que lo siguió, hizo estallar las pocas ventanas que habían permanecido ilesas luego de la explosión de las bombas. El sonido que se produjo fue tan fuerte, que lo escucharon incluso a varias cuadras de distancia.

De la casa de los Tendo, el patio fue el que llevó la peor parte. El césped en el sitio en donde había caído el rayo, estaba carbonizado. La hierba alrededor de aquel sector estaba prendida en llamas, al igual que los árboles, o lo que quedaba de ellos, pues habían explotado y volado en pedazos. Las paredes que daban al patio estaban quemadas. De la fuente, no quedaba nada, ni el agua, la cual había sido evaporada por el rayo. El ambiente tenía un fuerte y horrible olor a quemado.

El rayo no le había dado tregua a nada ni a nadie; la armadura no había tenido oportunidad, la descarga le había impactado de lleno. Este era el fin del HappoGenSou, una poderosa técnica que ejecutada a escalas más grandes, era capaz de arrasar con ciudades enteras. A través del tornado se generaba una corriente de aire frío ascendente, la cual posteriormente se calentaba rápidamente por medio de las explosiones de las bombas, produciendo cargas de electricidad estática que se iban acumulando a medida que el aire caliente subía, creando así una especie de túnel, para que en el interior de éste, se produzca la descarga de la electricidad acumulada, causando la caída de un fulminante rayo.

Al cabo de unos minutos, aún bastante aturdidos, mareados, con una terrible jaqueca y un molesto zumbido y dolor en los oídos a causa del tremendo ruido al que habían estado expuestos, los patriarcas y las mujeres se dirigieron al patio y allí se toparon con el desalentador cuadro que el relámpago les había dejado.

— ¡No puede ser! — exclamó Soun cayendo de rodillas.

— Imposible — musitó Happosai al ver las piezas de la armadura regadas por todo el patio. Ninguna había sufrido daños.

— ¡Mi jardín! ¡No!— lloriqueó Soun.

Al escuchar lo que su discípulo decía, el maestro entornó los ojos y le propinó un fuerte coscorrón.

— Pero... ¿por qué me golpea, maestro? — se quejó.

— Bobo, deja de preocuparte por tu jardín y mira — lo regaño Happosai señalando las partes de la armadura.

— Increíble, de qué estará hecha esta armadura — se preguntó Genma, mirando fijamente las piezas que habían soportado perfectamente el impacto del rayo.

— Quién sabe, Saotome, pero de alguna manera el tipo se las arregló para salir con vida y escapar — comentó Soun, sobándose el sitio en donde el maestro lo había golpeado.

Akane los miraba con gesto interrogante. Tenía muchas preguntas sin respuesta, pero ahora mismo su prioridad era Ranma. Como ya había comprobado que todos estaban bien, caminó hacia la salida para dirigirse a Tokio, pero se detuvo en seco al escuchar a sus espaldas la voz de su prometido.

— ¡Ya estoy aquí, maldito fantasma! — exclamó el chico y con un tono de voz más bajo agregó — o lo que seas.

Todos lo miraron doblemente sorprendidos, porque había aparecido repentinamente en medio del destrozado patio y además había gritado fantasma.

— Vaya, veo que lo vencieron — murmuró Ranma inspeccionando el lugar con un poco más de detenimiento.

El rostro de Akane se iluminó al verlo y todas sus preocupaciones se desvanecieron en ese preciso instante. Lo mismo le sucedió a Nodoka, quien corrió a abrazarlo.

— ¡Hijo! ¡Hijo! — gritó llena de júbilo, apretándolo fuerte contra su pecho.

Nabiki esbozó una media sonrisa y dijo:

— La boda no se llevó a cabo, ¿verdad?

— Así es, Megumi se marchó de repente, pero su abuelo me dijo que alguien más peligroso me estaba buscando.

— En efecto, un tipo loco, con una armadura extraña — manifestó Happosai.

— Pero nosotros lo vencimos — exclamaron Soun y Genma al unísono, sacando pecho, orgullosos.

— Aunque logró escapar... pero bueno, el punto es que lo derrotamos, ¿cierto Tendo?

Soun asintió varias veces, sonriendo triunfante.

— Sí, veo que lo derrotaron — dijo Ranma — pero nadie escapó, pues no había nadie debajo de esa armadura.

Ante las miradas de desconcierto de los presentes, el joven Saotome se vio obligado a contarles, aunque a breves rasgos, todo lo que Asakawa Showtaro le había platicado acerca del samurái Tsuchigumo Akihiko. También les platicó todo lo acontecido entre Megumi y Kanori, pero se abstuvo de mencionar lo de la nota que Akane le había escrito. No dijo nada respecto a eso.

— ¿Escuchó, Tendo? Acabamos con un poderoso ser de ultratumba, somos los mejores.

— Concuerdo totalmente con usted, somos los mejores, hicimos lo que ningún otro guerrero pudo hacer en el pasado.

— Creo que merecemos un descanso, ¿no le parece?

— Sí, ¿qué tal si nos relajamos con un poco de té?

— Me parece bien — contestó Genma — Kasumi, por favor, tráenos té y unos dulces también.

— Enseguida, tío y después de atenderlos, me pondré a limpiar todo este desastre.

— Espera, hija — pidió Soun — de cierta forma, esto fue por causa de Ranma.. creo que debe ser él quien haga la limpieza.

— ¿Qué? Pero si yo no...

— Es cierto — lo interrumpió su padre, haciéndolo tomar entre sus manos una escoba — ese fantasma, espíritu o lo que haya sido, vino por ti, así que te corresponde limpiar este desorden.

— Oye viejo, eso no es justo — protestó.

— Gracias Ranma, aquí te dejo el recogedor.

— K-Kasumi — balbuceó el chico.

— Y unas bolsas para la basura y los escombros.

— También tú, ¿Akane?

La chica sonrió divertida al ver la expresión que tenía el rostro de su prometido.

— Y el dinero de las reparaciones, ¿también lo va a cubrir Ranma? — preguntó Nabiki.

— Sí, tendrá que salir de sus mesadas — sentenció Soun.

— ¿Eh? — los ojos de Ranma casi se salieron de sus órbitas. Con temor le preguntó a la mediana de las Tendo cuántas mesadas tendría que sacrificar.

— Haciendo un breve cálculo, yo diría que ya nunca más recibirás mesada.

— Tienes que estar bromeando.

Nabiki negó con la cabeza.

— ¡No puede ser! — Ranma puso el grito en el cielo — por qué me tiene que pasar esto a mí.

— Deja de quejarte y comienza ya, hijo, mientras más rápido inicies, más pronto terminarás — le dijo Genma, palmoteándole la espalda.

Ranma suspiró con resignación y muy a su pesar, no le quedó más remedio que empezar a barrer.

Entretanto, en el consultorio, Ryoga volvía en sí. Con la cabeza hecha un torbellino, permaneció recostado durante un buen rato con los ojos cerrados. Paulatinamente los recuerdos recientes empezaron a clarificarse y entonces se levantó de golpe, como impulsado por resortes. Se giró hacia un costado y descubrió a Tofu, mirándolo atentamente. En eso, sintió un fuerte mareo que lo obligó a recostarse nuevamente. Confundido, Ryoga repasó las imágenes de los últimos acontecimientos. Akihiko le había dicho que para librarse de las energías negativas debía morir, pero aún estaba con vida y ya no sentía nada en su interior tratando de manipularlo. Todo había vuelto a la normalidad, estaba seguro de que otra vez él tenía el control tanto de su cuerpo como de su mente y corazón.

Lleno de desconcierto, hizo el amague de querer levantarse, pero Tofu no se lo permitió.

— Un momento, Ryoga, Akane me pidió que cuidara de ti, así que no voy a permitir que abandones la camilla, hasta que te recuperes por completo.

— ¿Akane?

— Sí, ella fue quien te trajo hasta aquí, para que yo te atendiera.

Ryoga agachó la mirada. La había lastimado, pero aun así, ella se había preocupado por él y lo había llevado al consultorio.

— Perdón, Akane — dijo para sí. Aunque todos sus actos habían sido a causa de las energías oscuras que lo habían poseído, el joven no pudo evitar sentirse miserable.

— Relájate y descansa — le escuchó decir a Tofu.

El joven alzó la vista y al ver la jeringa que el doctor sostenía entre sus manos, preguntó:

— ¿Y eso? ¿Es para mí?

— Según recordarás, la anterior ocasión, apenas te sentiste mejor, escapaste... esta vez me aseguraré de que eso no vuelva a suceder.

— Lo siento, aquella vez... no quise golpearlo, fue sin querer.

— No te preocupes, eso ya está olvidado.

— Gracias doctor y espero que lo de hoy también lo olvide.

— ¿Eh? — Tofu ladeó la cabeza en gesto interrogante.

Veloz como el rayo, Ryoga le arrebató la jeringa, tomando totalmente por sorpresa al doctor, quien nada pudo hacer para detenerlo. Para cuando se dio cuenta ya estaba recostado en la camilla, a punto de caer en un profundo sueño, a causa del sedante que el joven le había inyectado.

— Perdón, doctor... gracias por todo y adiós.

En casa de los Tendo, Akane se debatía entre permanecer en su habitación o salir a ayudar a su prometido con la limpieza del patio. Temía que él aprovechara el momento para sacar a flote el tema de la nota. A pesar de que hace poco, cuando les había platicado lo sucedido entre Kanori y Megumi, este no había dicho nada acerca de la nota, Akane no estaba segura de si él la había leído o no. Pensaba que tal vez, sí la había leído, pero por alguna razón, no había comentado nada al respecto, quizá porque simplemente lo que allí estaba escrito no significaba nada para él. Otra vez las mismas inseguridades de siempre, los mismos miedos, la asaltaban.

Sin dejar de pensar en ello, con sumo cuidado, evitando pisar los trozos de vidrio, la chica se acercó a la ventana, para echarle un vistazo al patio, o más bien, a su prometido. Cuando lo tuvo a la vista, notó algo más, algo que le heló la sangre de inmediato. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, a causa de la impresión. En ese instante, sintió como si el corazón se le detuviera de golpe. De tan solo imaginar el cruel destino que le aguardaba a Ranma, el pánico y una creciente desesperación se apoderaron de todo su ser. Terriblemente angustiada y en un intento desesperado por salvarle la vida, gritó con todas sus fuerzas:

— ¡Cuidado, Ranma! ¡Detrás de ti!

El grito de Akane hizo eco en los oídos del joven, quien rápidamente se giró y entonces... quedó estupefacto. Muy próximo a él, con espada en mano, se encontraba la gigantesca armadura. Atrapado en un instante que pensó que se alargaba indefinidamente, la observó con detenimiento, casi sin poder creerlo. Hace poco había visto como las piezas de la misma permanecían regadas sobre el incinerado suelo del patio y ahora la tenía justo en frente, ensamblada y dispuesta a aniquilarlo.

Asombrado vio como la katana bajaba hacia él, deslizándose a unos centímetros del suelo para alcanzar sus piernas. Dio un salto para esquivar el golpe. El arma continuó su trayectoria pasando de largo debajo de sus pies, pero en una fracción de segundo cambió bruscamente de dirección y comenzó a desplazarse hacia arriba. Aún en el aire, el joven tuvo que girar su cuerpo para evitar que la katana lo partiera en dos verticalmente. Ranma apretó la mandíbula furioso, pues el arma había pasado a tan solo milímetros de su cuerpo. Había sentido claramente como cortaba el aire muy cerca de él.

Cuando sus pies tocaron tierra nuevamente, tan rápido como pudo levantó las manos por sobre su cabeza, consiguiendo detener la katana que amenazaba con partirle el cráneo. La sujetó entre sus palmas haciendo enorme presión, pero la potencia de golpeo de la armadura era tan grande, que Ranma no fue capaz de mantenerse en pie y tuvo que apoyar una rodilla en el suelo.

Súbitamente la armadura le imprimió más fuerza a su ataque, provocando la formación de un cráter en el sitio donde el chico tenía asentada la rodilla. Éste sintió como la espada avanzaba, resbalando a través de las palmas de sus manos, aproximándose lenta e inexorablemente hacia su cabeza. Con el corazón acelerado y la adrenalina de la batalla corriéndole por las venas, el joven apretó más fuerte a la katana, forzando los músculos de sus brazos, tal vez como nunca antes lo había hecho. Sus brazos comenzaron a temblar dramáticamente debido al terrible esfuerzo al que los estaba sometiendo.

Con el pasar de los segundos, el cráter que se había formado en el suelo bajo los pies de Ranma, se agrandó más, tanto en diámetro como en profundidad, producto del choque de fuerzas entre los combatientes.

El sonido que hacía el suelo al crujir y el grito que había lanzado Akane, alertaron a los patriarcas, quienes un poco desconcertados, sin imaginar siquiera lo que les aguardaba en el patio, se dirigieron hacia allá. Nodoka, Kasumi y Nabiki los siguieron. Al poco rato también Akane los alcanzó.

Con estupor, vieron que la vida de Ranma pendía de un hilo. Si por un instante la fuerza de la armadura se imponía, el chico no tendría oportunidad y sería herido de muerte. Sin dejar de mirar, Akane apretó los puños, tratando de contener la frustración y la impotencia. Desgraciadamente debido a la posición en la que se encontraban ambos peleadores, no era prudente intervenir; si lo hacía, podría empeorar las cosas para su prometido.

Por su parte, el joven Saotome estaba consciente de que no sería capaz de resistir así mucho más. Tenía que hacer algo pronto, pues el sudor que se estaba acumulando en sus palmas, estaba actuando como lubricante, reduciendo la fricción con el acero de la hoja de la katana, permitiéndole a ésta, resbalar y avanzar con mayor facilidad. Además los brazos le estaban empezando ya a quemar. Era como si voraces lenguas de fuego le estuviesen consumiendo las extremidades de adentro hacia afuera. Sentía que en cualquier instante, los músculos se le rasgarían como hojas de papel.

Finalmente Ranma decidió usar la fuerza de la armadura a su favor, para salir del estancamiento en el que se encontraba. Sin soltar el arma, se lanzó hacia atrás, haciendo que su oponente cayera junto con él. Cuando su espalda hizo contacto con el suelo, la punta de la katana se clavó en la tierra a centímetros de su cabeza. Liberó la espada, apoyó las manos en el piso, encogió ambas piernas y las extendió de golpe, impactándole a la armadura en pleno pecho e impulsándola cuatro metros hacia arriba.

Lo lógico en ese momento era pensar que la armadura caería sobre Ranma, por efecto de la gravedad. Así lo pensó el joven, por lo que sin perder tiempo, rodó por el suelo varios metros, para quedar fuera de su alcance. Luego hizo una pirueta y se reincorporó, creyendo que por fin estaba a salvo, aunque sea momentáneamente... pero se equivocó. La armadura no cayó, se mantuvo suspendida en el aire hasta cuando vio que el joven se detuvo y se puso de pie. Entonces concentró energía en sus pies y se lanzó hacia él a toda velocidad, como una mortal flecha de acero.

Ranma no pudo reaccionar a tiempo. Al girar por el suelo había perdido de vista a la armadura y para cuando se dio cuenta, ya la tenía a menos de un metro de distancia. Consternado, vio como el deslumbrante filo de la katana se le aproximaba.

Akane que había seguido los movimientos de ambos sin perder detalle, corrió hacia ellos. Rauda como una centella, se lanzó contra Ranma, chocando enérgicamente su cuerpo contra el del joven, consiguiendo así apartarlo de la trayectoria de la katana. Ambos cayeron pesadamente a metros del lugar en donde la armadura aterrizó violentamente destrozando el suelo y levantando una gran nube de tierra.

Los jóvenes prometidos trataron del levantarse, pero no pudieron mantener el equilibrio y cayeron de nuevo. El fuerte choque los había dejado bastante mareados y con la visión borrosa.

Todos los presentes quedaron asombrados. Nadie, ni siquiera el maestro había podido ver el movimiento que Akane había realizado. Lo había hecho con tal rapidez, que ningún ojo había sido capaz de captar dicho desplazamiento.

— ¿Es este el resultado de su entrenamiento? — inquirió Happosai.

Genma asintió.

— Saotome, ¿qué clase de técnica le enseñó a mi hija?

— Una que reúne lo mejor del Umisen-ken y el Yamasen-ken, otorgándole a Akane la habilidad de moverse a velocidades inimaginables y una fuerza de golpeo gigantesca.

— Sorprendente — comentó Soun boquiabierto.

— Sí, y más sorprendente es el hecho de que Akane la aprendió en tan solo unas semanas.

— ¡Esa es mi hija! — gritó emocionado, con lágrimas en los ojos.

— Sin embargo, todavía no la domina completamente —añadió Genma, pero esto ya no fue escuchado por Soun, que seguía saltando de un lado para el otro, celebrando el enorme progreso que su hija había tenido en tan corto tiempo.

— Gracias... Akane— susurró Nodoka, mirándola con gratitud. Si no hubiese sido por ella, su hijo ahora estaría...

La señora apartó esos pensamientos y centró la vista en los patriarcas. Los vio acercarse lentamente a la armadura.

— Tendo, maestro Happosai — dijo Genma echándoles una fugaz mirada — los chicos se han vuelto muy fuertes, no podemos quedarnos atrás.

Soun asintió y dijo:

— Hay que mostrarles que aún les falta mucho para que nos alcancen.

Dicho esto, los tres se pararon frente a la armadura en actitud desafiante, pero ésta ni siquiera los miró. Su objetivo principal en este momento era Ranma, ya luego acabaría con el resto del mundo, así que sin dejar de mirar al chico, de una sola patada envió a los patriarcas a surcar los cielos de Nerima.

— ¡Es todo suyo muchachos! — gritó Genma mientras se elevaba y perdía en lo alto del firmamento junto con Happosai y Soun.

Con los puños apretados, Akane su puso de pie y le lanzó una mirada de furia a la armadura. Ranma también se levantó, pero sin dejar de mirar a la menor de las Tendo.

— Tonta, no vuelvas a arriesgarte así — la regañó.

La joven detectó molestia en el tono de voz de su prometido. Lo volteó a ver y notó que la miraba con el ceño fruncido.

— ¡De nada! — le gritó furibunda — cretino malagradecido.

— Mira bien tu brazo izquierdo — le dijo Ranma secamente.

Ella obedeció y vio que la manga de su blusa había sido cortada. Se revisó el brazo para verificar si la había herido la katana, pero no, por fortuna solo la tela había sido cortada.

— Ranma — musitó, comprendiendo finalmente por qué él se había molestado tanto.

Alzó la vista y para su sorpresa, el chico ya no estaba junto a ella. Lo buscó con la mirada y alcanzó a ver que se alejaba saltando por los techos de las casas, seguido muy de cerca por la armadura.

Hecho una furia, Ranma se llevaba a su peligroso oponente fuera de casa de los Tendo, hacia un terreno baldío. Allí podrían continuar con su enfrentamiento sin comprometer la vida de nadie más. Lo último que deseaba era que Akane o alguien de su familia fueran lastimados por tratar de ayudarlo. La ira que sentía en ese momento era para consigo mismo, pues no había podido evitar que su amada, la persona a la que más quería proteger en el mundo, arriesgara su vida por él. Lleno de coraje, apretó la mandíbula. De ninguna manera permitiría que algo como lo sucedido en el monte Fénix se repitiera. Estaba consciente de que la armadura era mucho más fuerte que él, pero de alguna forma tendría que vencerla, pues según le había dicho el abuelo de Megumi, las intenciones de la misma eran acabar con todos y cada uno de los seres humanos, así que si él caía, simplemente sería el primero en morir, pues luego le seguiría toda la humanidad. Su madre, Akane, sus amigos, todos... perecerían irremediablemente.

— No, no lo permitiré— dijo con firmeza, colocando sus pies sobre la hierba del terreno baldío. Finalmente había llegado al sitio en donde sostendría, quizá la más difícil de todas sus batallas.

Con decisión, Ranma clavó sus ojos en la enorme figura que tenía en frente. A como diera lugar, a cualquier precio debía derrotarlo, aún a costa de su propia vida.

— Bien conti... — no pudo concluir la frase, pues vio que la armadura se le aproximaba a toda marcha. En menos de un segundo terminó con la distancia que los separaba, levantó la katana por encima de su cabeza para tomar impulso y luego la bajó con fuerza descomunal. En ese instante, lo único que pudo hacer Ranma, fue apartarse de su camino, dejando que la espada se clavara en la tierra. Con violencia su contrincante la desenterró y ahora la agitó horizontalmente.

El joven Saotome consiguió desviarla, golpeando con sus manos la parte plana de la espada. La armadura insistió en sus ataques, con más fuerza y velocidad, pero el chico se defendió de forma magistral; a la velocidad del truco de las castañas, golpeaba el acero de la hoja y la cambiaba de trayectoria. Así se mantuvo durante varios minutos, al cabo de los cuales notó con horror que su cuerpo no le estaba respondiendo como era debido. Más de un mes había estado sin entrenar y ahora esa inactividad le estaba pasando factura.

El tiempo siguió avanzando y la batalla se encarnizó más. La armadura atacaba incansablemente a Ranma, quien retrocedía simplemente defendiéndose. No podía hacer más, su contrincante no le daba ni un respiro. Con el cuerpo empapado en sudor, respirando agitadamente a causa del tremendo esfuerzo físico, apenas y conseguía evitar los golpes y sablazos; en ocasiones ejecutaba las paradas a ciegas, guiado nada más que por su instinto. Era impresionante la celeridad con la que la armadura movía su katana, a veces realizaba movimientos que Ranma era incapaz de ver.

Así las cosas, tarde o temprano llegaría el momento en el cual su instinto fallaría o la suerte dejaría de sonreírle y entonces sería alcanzado por el mortal filo de la katana. Consciente de esto, Ranma decidió cambiar el rumbo de los acontecimientos. Mientra peleaba, había pensado con detenimiento y había concluido que el Dragón volador no tendría efecto alguno, ya que el aura de batalla de la armadura era gélida. Entonces, solo le quedaba una cosa por hacer.

Esquivó otro de los ataques de la armadura, dando un gran salto hacia atrás y quedó a diez metros de distancia. En vista de esto, la armadura extendió su brazo izquierdo para lanzarle la estaca, pero antes de que lo haga, Ranma sacó del interior de su camisa un par de bombas de humo que Kanori le había obsequiado y se las lanzó. Apenas hicieron blanco, explotaron creando una densa cortina de humo que le quitó completamente la visibilidad a su rival. Sin embargo eso solo duraría unos segundos, que tendría que aprovechar al máximo para poder llevar a cabo su plan de forma exitosa.

Cruzó los brazos a la altura de su pecho y en repetidas ocasiones, ejecutó su técnica conocida como el huracán del tigre, pero extrañamente todos esos ataques no los dirigió hacia su oponente, sino hacia el cielo.

Cuando el humo se dispersó, la armadura pudo ver que Ranma se aproximaba describiendo una espiral. Dejó que se le acercara para poder atacarlo con la katana, pero antes de que pudiera asestarle un golpe con ella, el joven lanzó su puño derecho hacia arriba y salió volando por los aires, succionado por el tornado que se había formado debido al choque entre el aura fría de la armadura y la energía caliente del huracán del tigre, que estaba dispersa en el aire.

Una vez que alcanzó la parte superior del tornado, a casi veinte metros del suelo, emitió una ráfaga de energía fría, provocando que la enorme cantidad de energía caliente del huracán del tigre que estaba dispersa, fuera violentamente succionada dentro de dicha ráfaga y se precipitara sobre la armadura.

— Despídete fantoche — gritó Ranma desde lo alto — ¡Hiryu Korin Dan!

La armadura alzó la vista y vio que una enorme esfera de energía, una especie de huracán del tigre de enormes proporciones, estaba a punto de caerle encima. Rápidamente levantó la espada para con ella absorber todo ese poder y luego devolvérselo a Ranma, pero apenas entró en contacto con el orbe, el arma se quebró en múltiples esquirlas. En ese punto era demasiado tarde ya para tratar de eludir el ataque, así que la armadura no pudo evitar que ese cúmulo de energía la impactara de lleno. La esfera explosionó liberando una onda expansiva que destrozó los muros que rodeaban al lote baldío y sacudió el suelo con violencia. El humo generado por la detonación se elevó en forma de un hongo gigante que llenó de pánico a los moradores del sector. Primero el tornado, luego el rayo y ahora esto, muchos pensaron que el fin del mundo había llegado.

En casa de los Tendo también sintieron como el piso se movía y divisaron a lo lejos el hongo de humo.

— No puede ser... ¡Ranma! — exclamó Akane apretando las manos contra su pecho.

— Qué habrá sucedido, espero que esté bien — expresó Nodoka con aflicción.

La chica frunció el ceño y apretando los puños, dijo:

— Ya no puedo más, no puedo quedarme aquí sin hacer nada mientras él pelea sólo contra ese monstruo... tengo que ayudarlo.

— Espera por favor, hija.

— No trate de detenerme, tía Nodoka.

— No lo haré... tan solo quiero entregarte esto.

La señora depositó su katana en manos de Akane.

— No es la mejor espada, ni la más resistente, pero tiene mi voluntad y mi más ferviente deseo... el deseo de que vuelvan a casa, sanos y salvos.

— Así será, tía, lo prometo.

Nodoka asintió y vio cómo la chica se alejaba a toda prisa saltando por los techos, rumbo al lugar en donde su hijo se estaba jugando la vida.

Mientras, en el lote baldío el humo aún cubría el lugar, limitando la visión de Ranma, quien no podía distinguir absolutamente nada a más de un metro de distancia. Con una rodilla apoyada en el suelo realizaba respiraciones profundas, tratando de recuperar el aliento. Había invertido gran parte de su energía para realizar el Hiryu Korin dan, por lo que su aura de batalla había decaído bastante. Tanto física como mentalmente estaba ya muy desgastado. Con la palma de su mano derecha se retiró el abundante sudor que resbalaba por su frente. El cansancio comenzaba a hacer mella en su cuerpo, los músculos se le estaban empezando a acalambrar y un creciente dolor se estaba apoderando de sus articulaciones.

Impaciente, el chico esperó a que el humo se disipara, para ver si todo su esfuerzo no había sido en vano. El corazón le latía rápido, tanto por el cansancio como por la ansiedad de conocer el resultado de su último ataque.

El tiempo transcurrió lentamente, o al menos así lo sintió Ranma, hasta que por fin el humo se desvaneció por completo y entonces pudo ver con claridad. La hierba que cubría toda la superficie del terreno formando una especie de alfombra verde, ahora estaba calcinada. Un cráter de aproximadamente cuatro metros de profundidad se había formado en el sitio donde el orbe de energía había chocado con la armadura y posteriormente hecho explosión.

Con dificultad, Ranma se puso de pie y caminó hacia el cráter. Al llegar al borde se detuvo y miró hacia el interior. Justo en el centro descubrió a la armadura que permanecía humeante, recostada boca abajo, cubierta de polvo. El joven la examinó con la mirada y grande fue su sorpresa al ver que uno de sus dedos metálicos se movía. Sorprendido agitó la cabeza y parpadeó varias veces, pensando que se trataba de un truco que le estaba jugando su mente cansada, pero para su desgracia, lo que veía no era más que la realidad.

Segundos después, la armadura se puso de pie y de un salto salió del cráter para quedar frente a frente con Ranma. Durante un breve intervalo de tiempo, ambos se vieron fijamente en completo silencio, hasta que de repente el joven sintió un fuerte dolor en su rostro; se echó hacia atrás, pero luego volvió a enderezarse, escupió sangre y miró desafiante a su adversario.

La armadura intentó asestarle otro puñetazo en el rostro, pero esta vez Ranma consiguió reaccionar a tiempo. Él también lanzó su brazo hacia el frente y entonces los puños de ambos guerreros se estrellaron con fuerza, generando una potente onda de choque que agrietó y destrozó el suelo bajo sus pies. Ranma sintió como su cuerpo se resentía ante el impacto, pero no cedió ante el dolor. Dio un salto hacia atrás para tomar impulso y se lanzó al ataque.

Una y otra vez arrojó centenares de golpes sobre la armadura, pero sin ningún efecto. Lo único que había conseguido era lastimar sus nudillos y fatigarse más de lo que ya estaba. En respuesta a esos ataques, la armadura levantó una pierna y con ella golpeó el vientre del chico, quien salió volando cinco metros hacia atrás. Adolorido se levantó del suelo, viendo con temor a su oponente. No se parecía a ninguno que hubiese enfrentado antes. Era un monstruo indestructible, un ser abominable que no se detendría hasta hacerlo añicos.

Ranma se encontraba demasiado débil, pero su orgullo de artista marcial no le permitía mostrarse endeble ante su enemigo. Con las pocas fuerzas que le quedaban siguió atacándolo, pero todos sus ataques fallaron. Otra vez la armadura lo envió al piso de una patada en las costillas. El chico escuchó el crujir de sus huesos. Tomándose del costado e ignorando el intenso dolor, impulsado por su fiero instinto de supervivencia y su formidable determinación, se reincorporó y se mantuvo de pie tambaleante.

Como toro de lidia, la armadura se abalanzó sobre Ranma, esquivó su puño y le dio un terrible codazo justo en la boca del estómago. El chico se dobló y cayó de rodillas al suelo, sin aire, pero su verdugo no le dio tregua, lo tomó de los cabellos y empezó a caminar con parsimonia, arrastrándolo dolorosamente hasta el lugar en donde se encontraba el mango de su destrozada katana. Lo recogió y volviéndose hacia Ranma, le preguntó:

— Me odias, ¿cierto?

El hijo de Nodoka lo miró con el rostro contraído por la rabia y el dolor.

— Muéstrame ese odio que te consume, adelante... déjame sentirlo.

De repente, Ranma sintió como un escalofrío le recorría todo el cuerpo. Sus párpados se cerraron lentamente y entonces se vio sumido en una aterradora oscuridad.

Al mismo tiempo, el mango que sostenía la armadura, fue rodeado por un halo de color púrpura y luego, como por arte de magia una nueva hoja apareció de la nada. La antes destrozada katana, ahora estaba como nueva. La armadura emitió un gruñido, una especie de ruido gutural, giró su arma y colocó la punta de la misma en dirección al corazón del joven Saotome.

— ¡Ni siquiera lo pienses, maldito!

La voz de Akane retumbó en la cabeza de Ranma. Apenas la escuchó, abrió los ojos de par en par y comenzó a buscarla con la mirada.

Por su parte, la armadura ni siquiera volteó a verla. La ignoró por completo y sin más, lanzó su espada hacia adelante para enterrarla en el pecho del joven, pero el arma jamás llegó a su objetivo. Akane la había detenido con la katana de Nodoka.

— No te atrevas a lastimarlo — le advirtió la chica con un tono de voz amenazador.

La armadura no contestó. Con un hábil giro liberó su espada y arremetió contra el muchacho, ataque que nuevamente fue frustrado por Akane, quien en esta ocasión no se limitó solo a bloquear. Levantó su pierna derecha, para golpearle en el yelmo. La armadura no tuvo más opción que liberar a Ranma para con su antebrazo bloquear esa patada. Al mismo tiempo, liberó su katana y la agitó horizontalmente. Ágil como una pantera, la joven se agachó esquivando el mortal sablazo, tomó a Ranma y de un salto se colocó lejos del alcance de aquel monstruo de maldad, cuidando de no quedar a más de siete metros para que no los ataque con la estaca.

— ¿Estás bien? — Akane lo miró con preocupación.

—Sí, gracias a ti... me salvaste — admitió Ranma — en verdad, te lo agradezco, pero debes irte ya, el tipo es demasiado poderoso.

Molesta, la joven le increpó:

— No me tomes por una inútil, yo también soy una artista marcial.

— ¡Y tú no me malinterpretes! — vociferó — yo solo me preo... no quiero que te pase nada, es todo.

— Entonces ¿piensas continuar peleando tú solo, así, cansado como estás?

Ranma la cargó en brazos y haciendo un esfuerzo sobrehumano, saltó cinco metros hacia un costado, esquivando un nuevo ataque de la armadura. Una mueca de dolor apareció en su rostro a causa de sus costillas fisuradas.

— Aún me queda mucha energía — le dijo, forzando una sonrisa y tratando de contener su agitada respiración.

— ¡Hum! — bufó la chica bajándose de los brazos de Ranma — pues quieras o no me quedaré a pelear.

— ¿Qué dices?

— Lo que oíste y más te vale cerrar la boca y descansar... de lo contrario yo misma te noquearé.

— ¿Eh?

— ¡Deja de fingir! ¿Crees que no me he dado cuenta?

— ¿De qué hablas?

— Estás tan cansado que dar un simple salto como el de antes, te costó horrores... apenas y puedes mantenerte en pie.

— Bueno, es que tú pesas demasiado.

Akane le dio un coscorrón en la cabeza y con su dedo índice le tocó el costado. Enseguida Ranma se dobló de dolor.

— Quédate aquí y si tanto quieres pelear, descansa y repón energías — dijo la joven, poco antes de chocar su espada con la de la armadura.

Ambos contendientes se enfrascaron en una danza mortal. Sin quitarles los ojos de encima, Ranma intentó pararse pero sus piernas le fallaron y cayó de rodillas. Llevado por la furia y más que nada por la impotencia, golpeó el suelo en repetidas ocasiones, lanzando maldiciones. Después, jadeante, alzó la vista y miró con atención el combate. Asombrado, vio como Akane repelía con facilidad los ataques de la armadura.

En pocos minutos, las espadas chocaron miles de veces. La menor de las Tendo estaba a la altura del enemigo, frenando sus golpes y contraatacando. La armadura rugió con ferocidad y se lanzó con su katana al frente, siendo nuevamente detenida por Akane, quien le respondió con un certero golpe de puño en el yelmo, haciendo retroceder a su oponente, pero solo un par de pasos. Casi enseguida avanzó otra vez lanzando golpes y estocadas. La chica detuvo cada una de las embestidas, manteniendo la guardia con sus músculos en tensión. La hoja de su katana refulgía de cuando en cuando, a la luz de los relámpagos que rasgaban el oscurecido cielo de Nerima.

Ranma trataba de no perder detalle de los movimientos que hacía Akane, pues en ocasiones por más que se esforzaba, sus ojos no eran capaces de captarlos. Casi sin parpadear miraba sus ágiles, gráciles y a la vez letales movimientos. Emocionado, admiraba la destreza con la que su prometida se desenvolvía en el combate. En ese instante sintió que se quedaba aún más prendado de ella, sintió que se enamoraba todavía más de lo que ya estaba, si es que eso era humanamente posible.

Después de una hora intensa, la joven empezaba a mostrar signos de cansancio, no así la armadura que seguía lanzando frenéticos ataques. Con mucho coraje y haciendo gala de una enorme fuerza de voluntad, pese al tiempo que había transcurrido, Akane trataba de mantener el ritmo con el que había iniciado la lucha, pero esa labor cada vez se hacía más pesada. Poco a poco la diferencia de poder se hizo más notoria y la armadura comenzó a imponerse.

De pronto, sucedió algo que dejó estupefactos a los jóvenes prometidos. La armadura permitió que una de las estocadas de Akane la impactara. Cuando entró en contacto con el yelmo, la katana de Nodoka se partió en dos. La joven retrocedió visiblemente desconcertada. Respirando apresuradamente, con la frente perlada por el sudor, miró a su adversario con gesto interrogante. Ranma también lucía bastante confundido. Ninguno era capaz de encontrar el motivo por el cual la armadura había sostenido esta contienda durante tanto tiempo, si simplemente hubiese podido pararse y dejar que la katana la alcanzara, pues al final de cuentas parecía que nada podía atravesarla, nada podía dañarla.

Ninguno de los muchachos imaginaba siquiera cuál era ese motivo. ¿Por qué había sostenido esta lucha aparentemente inútil? Se preguntaban y por más que lo pensaban, no hallaban una respuesta coherente para esa interrogante.

Y es que desde un inicio, la armadura había notado la fuerza de Akane y había concluido que no era conveniente recibir golpes que vinieran directamente de ella, pues existía la posibilidad de que con un golpe de puño o una patada, la chica llegase a comprometer alguna pieza de la armadura, así que lo mejor era permitir que atacara con la katana, hasta que sus fuerzas decayeran. Una vez que la viera cansada, entonces la desarmaría y la aniquilaría.

Este había sido el plan de la armadura, había esperado pacientemente a que la chica se debilitara y ahora ya solo le faltaba la última parte para culminarlo con éxito. En un pestañeo, recorrió cinco metros, quedando a solo dos pasos de Akane. Extendió su brazo izquierdo hacia el frente y le apuntó con la estaca, la cual pronto fue envuelta por un aura púrpura.

La joven abrió los ojos como platos, mucho más desconcertada de lo que ya estaba. Según tenía entendido, la armadura solo usaba la estaca cuando su objetivo se encontraba a más de siete metros de distancia, no obstante ahora pretendía atacarla con eso, a pesar de que estaban frente a frente. Confundida, Akane flexionó las piernas y las separó ligeramente, preparándose para lo que estaba por suceder.

Inesperadamente la armadura giró su brazo y lanzó la estaca en otra dirección.

Fracciones de segundo después, Akane se dio cuenta finalmente de la verdadera intención de la armadura. El blanco de la estaca no era ella, sino Ranma. Desesperada, con el alma en un hilo, se dio vuelta y avanzó hacia el sitio en donde estaba su prometido. Con la adrenalina al máximo, corrió a toda velocidad, pero el destino caprichoso y cruel, le impidió llegar. No había recorrido ni tres metros, cuando al dar el siguiente paso, parte de la pierna derecha se le enterró en el suelo, frenándola de golpe. Ofuscada como estaba, no había medido bien la fuerza con la que pisaba. Con los ojos llenos de lágrimas y el corazón destrozándosele lentamente, tuve que simplemente hacer vista, mirar horrorizada el triste final del hombre al que tanto amaba.

Ranma no tuvo tiempo ni siquiera para ponerse de pie. La estaca se movía a una velocidad endemoniada, haciendo que esquivarla sea una tarea casi imposible.

— Rayos — murmuró, con el pánico enmascarado en una media sonrisa que se dibujó momentáneamente en sus labios. Cerró los ojos y sintió como el aire delante de él se agitaba y le azotaba el rostro.

— Todavía no nos hemos casado, así que no te vayas a morir.

Ranma no tuvo que abrir los ojos para saber de quien se trataba.

— M-Megumi — balbuceó Akane. Había pasado de la angustia al alivio y luego al desconcierto en un santiamén.

— Esta cosa sí que es rápida — comentó la nieta de Showtaro, viendo como la estaca había quedado a milímetros de su pecho. Concentró toda su energía en la mano con que la sujetaba y la apretó con gran fuerza hasta que la rompió en mil pedazos. Al mismo tiempo, un rayo púrpura atravesó a la armadura de pies a cabeza y la sacudió violentamente, haciéndola caer de bruces al piso.

Akane aprovechó esto para desenterrar su pierna y corrió hasta donde su prometido. Apenas llegó se aferró a él, abrazándolo con fuerza.

— Creí que te perdía — le dijo con la voz a punto de quebrársele.

— Estoy bien, tranquila — Ranma apoyó su barbilla sobre la cabeza de la joven y correspondió al abrazo con la misma intensidad. Era agradable abrazarla así. Era como ser acariciado por los rayos del sol, luego de haber caminado durante días bajo un intenso frío.

— Perdón que interrumpa su idilio, pero debemos derrotarlo lo más pronto posible.

Los jóvenes prometidos se separaron enseguida y la miraron con una mezcla entre desconfianza y confusión. Ciertamente que hace instantes nada más, le había salvado la vida a uno de ellos, pero no por eso podían fiarse. Era Megumi después de todo, seguramente algún motivo oculto debía tener para presentarse en aquel lugar, fingiendo apoyarlos.

— ¿Qué pretendes? — preguntó la menor de las Tendo.

— Ayudarlos a vencerlo — contestó Megumi clavándole sus azules ojos — yo... ya lo sé todo.

— ¿De qué hablas?

— Sé la verdad de lo que pasó entre tú y Satoshi.

— ¿Eh? ¿Quién es Satoshi? — interrogó Ranma de inmediato, frunciendo el entrecejo.

Akane lo hizo callar con un gesto.

— Cómo es que...

— No importa cómo me enteré — la interrumpió Megumi — el punto es que no tengo ya la menor duda de lo que pasó... por eso he venido hasta aquí, para disculparme y redimirme un poco con ustedes, contigo... Akane.

— ¿Alguna de ustedes puede decirme quién es el tal Satoshi?

— ¡Cállate Ranma! — le gritaron en coro.

El muchacho levantó las manos en señal de rendición y retrocedió ante la intimidante orden que había recibido de parte de las chicas. El ambiente entre ellas se había puesto bastante tenso.

— ¿Crees que disculpándote borrarás todo lo que nos hiciste? Estuviste a punto de matar a las personas que más quiero, ¡nos hiciste vivir un infierno!

— ¡Lo sé! Y lo siento, de veras lo siento mucho.

— Te ofrecí mi amistad sincera, te traté como a una hermana, pero parece que nada de eso tuvo algún valor ti, en la primera oportunidad me diste la espalda, desconfiaste, no creíste en mí... fuiste muy ingrata Megumi.

— Así son todos los humanos, ingratos por naturaleza — declaró la armadura reincorporándose.

Los jóvenes la miraron furiosos.

— No importa cuánto hagas por ellos, de a poco van dejando atrás todo eso... aunque al inicio lo valoren, al final lo echan al olvido para siempre — hizo una breve pausa y con un tono de voz más siniestro agregó — por eso y por muchas otras razones es que deben ser erradicados... están llenos de fallos, no son dignos de caminar por este planeta, son solo... basura.

Megumi agachó la cabeza y exhaló un profundo suspiro.

— No sé si la humanidad entera sin excepción se comporte así, sin embargo en lo que respecta a mí, debo admitir que sí... he sido una ingrata — lentamente alzó la vista y mirando fijamente a Akane añadió — ustedes, los Tendo, me tendieron la mano, me dieron su cariño, su amor, me hicieron sentir lo que es un verdadero hogar y yo... yo en cambio les di la espalda, preferí escuchar y creer en las palabras de un desconocido... fui una tonta, me equivoqué y no sabes cuánto lo siento... sé que no me alcanzará la vida para arrepentirme de todo lo que hice, pero hoy quiero al menos redimirme un poco ante ti, por eso te lo pido, por favor, déjame pelear a tu lado, permíteme proteger a la que por años consideré mi familia.

Akane observó con detenimiento el rostro de la joven Asakawa y al hacerlo, notó que lo tenía muy demacrado. Enormes ojeras, ojos muy hinchados, mejillas enrojecidas, prueba de que no había dormido casi nada y además había estado llorando durante largo rato, pero más allá de todos esos signos, descubrió que la mirada de Megumi había cambiado radicalmente, ya no era fría ni siniestra, ya no reflejaba la oscuridad del odio y la venganza. Su mirada había vuelto a ser como la de la Megumi del pasado, de aquella joven amable, risueña, de buenos sentimientos, que con facilidad se había ganado el corazón de los Tendo.

— Si es lo que quieres, adelante — dijo al fin, sin dejar de mirar a Megumi.

Pese a que había sonado bastante sincera, Akane estaba consciente de que no podía confiar completamente en ella. Todo esto era muy repentino y no dejaba de causarle desconfianza. No tenía certeza de nada, no sabía si todo lo que había dicho era verdad o si ocultaba alguna oscura intención bajo ese perfecto disfraz de arrepentimiento. En vista de esto, decidió que por ningún motivo bajaría la guardia ante ella.

— Esta vez no te decepcionaré — la escuchó decir — daré todo de mí y los tres juntos, acabaremos con esta armadura, que parece estar más demente que yo.

— ¿Tienes algún plan? — le preguntó Ranma, mirándola con enojo y algo de escepticismo.

— Tengo uno — contestó — pero para llevarlo a cabo, necesito que hagas la técnica con la que quisiste matarme allá en la fortaleza.

— ¿Matar? — repitió Akane desconcertada.

— Sí, cuando le dije que habíamos pasado la noche juntos, se molestó como no tienes idea, dijo que jamás me perdonaría por haberlo convertido en un traidor, pues a quien ama con todo su corazón...

— Mi técnica no funcionará — repuso el chico presuroso, interrumpiendo justo a tiempo las comprometedoras palabras que habían estado a punto de salir de la boca de Megumi — tu abuelo dijo que esa cosa puede absorber cualquier ataque concentrado de energía.

— Si funcionará, ya que tu técnica crea un cúmulo de energía de alta densidad que no podrá asimilar.

— ¿Estás segura?

— Completamente... cuando me la mostraste pude verla muy de cerca, además quedó grabada en video y la analicé con detenimiento... créeme, la armadura no será capaz de absorberla, aunque...

— ¿Aunque qué? — preguntó Akane intrigada.

— No sé si esa técnica pueda destruirla — confesó Megumi.

— ¿Quieres decir que existe la posibilidad de que la técnica de Ranma no pueda vencerla?

Megumi asintió.

— Sin embargo, ahora mismo es todo lo que tenemos — manifestó.

Los jóvenes se miraron en silencio durante unos breves instantes. No pudieron evitar sentir preocupación pues no había la certeza de que con esa técnica lograrían vencer a la endemoniada armadura. Pero tal como había dicho Megumi, no tenían más opciones a su disposición. Era eso o sentarse a esperar la muerte.

— Yo confío en Ranma — soltó de repente la joven Tendo — el siempre encuentra la manera de derrotar a sus oponentes, estoy segura de que esta vez no será la excepción.

El muchacho la miró enternecido. Pese a lo complicada y peligrosa que era la situación, su prometida no se mostraba atemorizada. Al contrario, en su mirada se podía ver una gran determinación. No había temor alguno en ella y además había dicho que confiaba plenamente en él. Aquellas sinceras palabras habían logrado alcanzar el corazón de Ranma, transmitiéndole tranquilidad e incrementando aún más la seguridad que tenía en sí mismo.

— La haré añicos — aseguró el hijo de Genma con la frente en alto, en actitud resoluta.

— Ese es el espíritu — señaló Megumi— por eso es que te amo tanto, Ranma, mi amor.

Akane le dedicó la peor de sus miradas. Al sentir el peso de aquella amenazadora mirada, Megumi se dio vuelta y dijo:

— Bien, entonces comencemos ya... Ranma concéntrate en tu técnica, Akane y yo evitaremos que la armadura te mate mientras reúnes la energía.

— Tardaré cerca de media hora en hacerlo.

— Descuida, la detendremos el tiempo que sea necesario — dijo la menor de las Tendo con gran determinación.

Megumi se adelantó un par de pasos y manifestó:

— Sé que no son las mejores palabras para este momento, pero deben saber que todos quienes la han enfrentado, han perdido la vida.

Al escuchar esto, Akane y Ranma cruzaron miradas. En ese instante, un mismo pensamiento pasó por la mente de los jóvenes prometidos: "no importa lo que suceda... ¡yo te protegeré!"

— ¡Ahí viene!

La voz de Megumi los sacó de sus pensamientos.

La armadura se acercaba a extraordinaria velocidad. Durante estos últimos minutos no había atacado, hasta reponerse de la pérdida de energía que había sufrido por la destrucción de su estaca. Ya recuperada, ahora sí, veloz como el viento avanzaba con la espada en frente.

—¡Retrocede! — gritaron las chicas al unísono. Ranma obedeció y se alejó casi cien metros. Apenas se detuvo, comenzó a reunir energía en la palma de su mano derecha.

Por su parte, Akane y Megumi salieron al encuentro de su enemigo. La joven Asakawa lanzó una estocada que la armadura esquivó dando un salto de dos metros, para luego caer sobre los rostros de las chicas. Allí apoyó sus pies, dio un nuevo salto y a toda prisa marchó hacia donde estaba Ranma.

— Infeliz — protestó la chica Tendo adolorida.

— ¡Oh no! ¡Mi amor! — profirió Megumi viendo como la armadura estaba a punto de alcanzar la posición del chico.

— ¡Deja de llamarlo así! — le exigió Akane muy molesta, al tiempo que empezaba a correr.

Ambas emprendieron veloz carrera, pero Megumi llegó primero ya que no estaba tan cansada como la hija de Soun. Rebasó a la armadura y se colocó en frente con la guardia en alto.

La armadura soltó tajos y sablazos sobre la chica, pero ésta los bloqueó con presteza. Al ver que Megumi era una excelente esgrimista, decidió desarmarla. Con eso en mente se lanzó de nuevo al ataque. Amagó una estocada hacia el cuello y cuando presintió que la joven iba a detenerla, retiró su katana, dejando que el arma la alcanzara. Pero las cosas no salieron como esperaba, pues al chocar con la armadura, la katana de Megumi no se rompió.

— Idiota, mi katana no se romperá tan fácil — le dijo, al tiempo que saltaba evitando una estocada horizontal que iba directo a sus piernas. Apenas sus pies tocaron suelo, dio otro salto y le asestó una patada en el yelmo, lanzado a la armadura hacia un costado y haciéndola rodar por el suelo varios metros.

— ¡Y el público enloquece! — gritó Megumi levantando los brazos triunfante.

Como impulsada por resortes la armadura se reincorporó, liberó su aura de batalla y arremetió contra Megumi, con todas sus fuerzas. El ruido de las espadas chocando hizo eco en todo el lugar. Durante casi diez minutos la chica fue capaz de resistir los frenéticos e incesantes ataques de la armadura. Luego le pasó lo mismo que a Akane y Ranma. Víctima del cansancio, ya no pudo mantener el ritmo y poco a poco fue acorralada por las embestidas de su adversario.

La armadura empujaba con fuerza su katana, mientras Megumi resistía, hasta que su espada finalmente se partió en dos. Un tanto atemorizada, retrocedió un par de pasos, esquivando una mortal estocada que pretendía decapitarla. Al mismo tiempo la armadura estiró la pierna descargando un terrible golpe en la cintura de la joven, que sintió que los huesos se le quebraban y lanzó un grito agónico de dolor. Tambaleante, se mantuvo en pie decidida a continuar la lucha, pero no pudo bloquear ni un golpe más. Sin ningún tipo de contemplación la armadura le propinó un feroz puñetazo en el rostro, que le cubrió la vista de sangre y dolor, enviándola directo al suelo.

La armadura levantó su katana para tomar impulso y atravesar el tórax de la chica que permanecía de espaldas en el suelo. En ese momento, Akane intervino para salvarle la vida. Con los movimientos de un felino llegó hasta donde Megumi, la tomó del brazo y la lanzó por los aires, lejos del alcance de la espada, que se enterró casi completamente en el suelo.

Akane pensó en sacar provecho de la situación e hizo el ademán de querer acercarse para atacar, pero desistió cuando vio que de un solo movimiento la armadura había conseguido desenterrar la espada. Apenas la sacó, la movió de lado a lado queriendo cortar el cuello de la chica, que logró retroceder unos pasos para ponerse a salvo. Los siguientes ataques que recibió, fueron tan rápidos y tan seguidos que apenas logró pensar y más bien actuó por instinto. Trató de mantenerse firme, sin ceder mucho terreno, pero la armadura incrementó la velocidad de sus ataques y casi derriba a la chica de una veloz estocada en el pecho que a duras penas consiguió detener cruzando los brazos arriba, impactándolos con la metálica muñeca de la armadura, frenando así el avance de la katana, pero luego no pudo evitar recibir un rodillazo en el estómago y posteriormente una patada en el vientre que la lanzó seis metros de espaldas contra el suelo.

Con las chicas fuera de combate, la armadura se fue directo hacia donde Ranma.

— ¡Cuidado, mi amor! — gritó Megumi desde el suelo con impotencia, viendo como el joven era sujetado por la armadura.

Ranma se tensó al sentir sobre su cuello el metal frío del guante de la armadura. Los metálicos dedos se cerraron alrededor de su garganta como pinzas de acero, cortándole rápidamente la respiración. La energía que había reunido en su mano se desvaneció. Sentía que estaba a punto de caer en el oscuro mundo de la inconsciencia, eso si es que antes la armadura no le quebraba el cuello y lo enviaba directo al otro mundo, sin escalas.

Bastante adolorida, Akane se reincorporó como pudo y al ver a su prometido manoteando desesperado, tratando de liberarse del agarre de la armadura que le estaba provocando asfixia, frunció el ceño, agachó la cabeza y apretó los puños con fuerza. Su aura de batalla se liberó violentamente, cubriendo todo se cuerpo de un halo de color rojo fulgurante.

— Estúpido fantasma... ya te dije que... ¡que no lastimaras a mi prometido! — exclamó Akane con los ojos incandescentes de rabia.

Presa de la creciente furia que se había apoderado de ella, a toda marcha corrió hacia allá dispuesta a destrozar a la armadura, por haberse atrevido a ponerle una mano encima a Ranma, a su prometido.

Su movimiento fue tan veloz que ni siquiera Megumi lo pudo ver. Debido a la descomunal velocidad a la que se movía, en los sitios en los que pisaba, el suelo se hundía y se levantaban pequeñas nubes de polvo. El viento rugía furioso a su paso.

La armadura sintió y escuchó como el aire se agitaba violentamente a su costado derecho. Se giró y entonces vio que Akane se acercaba a velocidad supersónica. Sin perder tiempo, liberó el cuello de Ranma y con ambas manos asió fuertemente la empuñadura de su katana. Cuando tuvo a la joven lo suficiente acerca, la atacó. Sin dejar de correr Akane se agachó, evitando así ser decapitada y dejando a la armadura con la guardia totalmente baja. Apretó el puño derecho tan fuerte que los nudillos se le pusieron completamente blancos y descargó un puñetazo enérgico e implacable en el abdomen de su enemigo. La onda de choque que se generó, sacudió y despedazó el suelo bajo sus pies en un radio de tres metros, levantado varios trozos de roca y haciéndolos volar por los aires.

Si aquel monstruo hubiese tenido un rostro en lugar de un yelmo metálico, se le hubiese visto una expresión de suprema sorpresa, los ojos seguramente se le hubiesen desorbitado y la boca se le hubiese abierto dramáticamente al momento de recibir el salvaje golpe que lo impulsó hacia atrás y lo hizo recorrer ochocientos metros en menos de un segundo. A lo largo de toda esa distancia atravesó decenas de casas, destrozando paredes, muebles, autos, postes, todo lo que encontraba a su paso. Luego rodó por el suelo dejando un amplio surco de más de cien metros de longitud y se detuvo.

Por fortuna ninguna persona había resultado herida ni había quedado atrapada en medio de toda esa destrucción.

Luego de lanzar semejante ataque, Akane dirigió su vista hacia Megumi.

— Y tú... deja de decirle "mi amor" a Ranma — le advirtió, respirando apresuradamente.

Megumi asintió boquiabierta. No atinó a pronunciar palabra alguna, pues había quedado en shock.

Ranma tragó saliva y con voz temblorosa comentó:

— E-Espero nunca hacerla enfadar así o me hará picadillo.

En eso, un fuerte ruido llamó su atención. Todos voltearon y descubrieron que quien había causado ese alboroto había sido la armadura, que había aterrizado de forma vehemente, destruyendo aún más el ya muy maltratado suelo del lote baldío. Parecía que dos de los ejércitos más poderosos del mundo se habían enfrentado allí.

— Pero qué... — Akane no pudo seguir hablando. Las palabras quedaron atoradas en su garganta a causa de la impresión.

— Aún después de haber recibido ese golpe, sigue como si nada — aseveró Ranma.

— Te equivocas — replicó Megumi.

— ¿Por qué lo dices? — preguntó intrigada la hija de Soun.

— Miren con detenimiento el sitio en donde recibió el impacto.

Los jóvenes prometidos obedecieron. Centraron su vista en el abdomen de la armadura y entonces vieron algo. En aquel sitio, se había formado una grieta, una fisura de un centímetro de ancho y quince de largo.

— Increíble, el golpe de Akane fisuró la armadura.

Megumi asintió y mirando a Ranma dijo:

— Hay que aprovechar esa fisura y golpearlo con tu técnica justo ahí... eso aumentará enormemente nuestras probabilidades de éxito.

— ¡Atentos! Ahí viene otra vez — indicó Akane.

La armadura avanzó hacia los chicos, pero luego de haber dado unos cuantos pasos, se frenó de golpe. Se miró, envainó su katana y se elevó. Cuando hubo alcanzado una altura de ochenta metros, se detuvo, extendió ambos brazos horizontalmente y con esa posición se quedó suspendido en el aire. Al poco rato un aura púrpura la rodeó por completo. Repentinamente el cielo se tornó más oscuro y varios relámpagos hicieron acto de presencia.

— Maldición, ya se dio cuenta de la fisura — masculló Megumi.

— ¿Y ahora qué? Cómo vamos a llegar hasta allá? — inquirió Ranma.

— Yo me encargo de eso, tú apresúrate con esa técnica, pues dentro de poco esa resquebrajadura desaparecerá.

— ¿Qué dices?

— Tal parece que la armadura está absorbiendo el odio de toda le gente del lugar, para convertirlo en energía y con ella reparar los daños que le causamos.

— ¡Diablos! — farfulló Ranma, poniéndose nuevamente a la tarea de reunir energía en su mano derecha.

Mientras, en lo alto del cielo la armadura seguía recolectando odio y convirtiéndolo en energía. Veinte minutos después, en la cara interior de su antebrazo izquierdo comenzó a formarse la estaca que Megumi había destruido luego de haber evitado que atravesara el pecho de Ranma.

—¡Está lista! — gritó al fin, el hijo de Nodoka.

En su mano se había formado una esfera de energía de aproximadamente veinte centímetros de diámetro. Parecía un pequeño sol, pues emitía una luz amarilla muy brillante, capaz de deslumbrar a cualquiera que la mirase directamente. Debido a la presencia de este orbe de energía, de un momento a otro, la temperatura de todo el lugar se había incrementado considerablemente y continuaba subiendo.

— Bien, pongan atención, esto es lo que vamos a hacer — expresó Megumi. A Akane no le hizo mucha gracia que ella les dijera lo que tenían que hacer, pero a regañadientes, escuchó el plan de quien por ahora era su "compañera de lucha".

Luego ambas chicas se colocaron una a cada lado de Ranma y lo tomaron del brazo. Megumi levantó la cabeza, dirigiendo la mirada hacia la armadura y al siguiente segundo, los tres jóvenes desaparecieron.

Instantes después de haberlos visto desaparecer, la armadura sintió que el aire a su costado izquierdo se agitaba con violencia. Rápidamente se giró y descubrió a los jóvenes. No comprendía de qué forma habían llegado hasta allí. Hace un momento estaban en el suelo y ahora los tenía justo en frente, a menos de un metro de distancia. No sabía que Megumi tenía en su ojo derecho una retina especial, un obsequio de su abuelo, con la cual podía doblar el espacio, lo que le permitía desplazarse a cualquier punto de forma instantánea, siempre y cuando dicho punto estuviese dentro de su campo de visión.

Ranma sonrió complacido, pues ahora tenía a la armadura a su completo alcance para atacarla. Sin embargo solo disponía de dos segundos para actuar antes de que empezaran a caer, así que sin perder tiempo, retrocedió la mano con la que sujetaba el orbe de energía, para tomar impulso. La armadura se dio cuenta de sus intenciones, por lo que enseguida desenfundó su katana y lo atacó con ella. Megumi entró en acción, bloqueando dicho sablazo por intermedio de su espada. Debido a la potencia del ataque y a la posición tan incómoda en la que se encontraba, sin un lugar en donde apoyar sus pies, ella no pudo detener de inmediato el avance del arma, cuyo filo alcanzó a realizar un corte en el hombro de Ranma, quien presa del repentino dolor de la herida estuvo a punto de soltar el orbe. La armadura insistió y esta vez atacó estirando su pierna para colocar una brutal patada en el pecho del chico y enviarlo al suelo junto con la esfera. Akane que tenía sujeto el brazo de su prometido, oportunamente lo jaló hacia un costado, apartándolo de la trayectoria del ataque.

Gracias a las excelentes intervenciones de las chicas, ahora Ranma tenía el camino libre para contraatacar. Conteniendo el dolor, estiró el brazo y con toda la fuerza que le quedaba, impactó la esfera justamente en el sitio donde estaba la fisura.

Al entrar en contacto con el orbe de energía, la armadura fue elevada como un cohete. En cambio, los chicos empezaron a precipitarse contra el suelo. Rápidamente Megumi tomó de las manos a los jóvenes prometidos, fijó la mirada en un punto en el suelo y desaparecieron. Fracciones de segundo después, aparecieron a dos metros del piso y cayeron pesadamente. Como impulsados por resortes, se pusieron de pie inmediatamente y miraron hacia el cielo. En ese momento la armadura superó el nivel de las nubes, por lo que lo perdieron de vista.

Pese al efecto de la gravedad, continuaba subiendo a gran velocidad, a más de treinta metros por segundo. Sin embargo, la armadura no se daba por vencida e intentaba apartarse de la trayectoria de la esfera, incluso había tratado de absorberla con su katana, pero sin éxito alguno. Viendo que todos sus intentos resultaban inútiles, decidió entonces enfocar el cien por ciento de su energía en las plantas de sus botas metálicas. Una vez que lo hizo, soltó de golpe todo ese poder, esperando a que eso le ayudase a ganar más velocidad que la esfera y así poder eludirla.

Unos cuántos segundos después, el plan de la armadura dio resultado. Durante un corto intervalo de tiempo consiguió superar la velocidad del orbe, se giró hacia un costado y lo dejó pasar de largo. A cinco mil metros de altura, por fin había conseguido quitarse del camino de aquella endemoniada bola. Pero en ese momento la esfera de energía se tornó roja y se expandió de golpe. De veinte centímetros de diámetro, pasó a medir doscientos metros de diámetro. La armadura quedó atrapada en su interior, sin posibilidad alguna de salir, pues había agotado casi todo su poder en la última maniobra que había realizado.

Por un rato se mantuvo estable emitiendo un brillo cegador y luego explotó. Las capas exteriores del enorme orbe volaron con la explosión liberando una serie de ondas expansivas que dispersaron las nubes e hicieron vibrar el suelo. A causa de la detonación, rápidamente el orbe se convirtió en una gigantesca bola de fuego de cuatro kilómetros de diámetro. En tierra, Akane, Megumi y Ranma vieron atónitos este espectáculo fuera de lo común. Al igual que los moradores del sector, miraron horrorizados como aquella bola infernal se había expandido y acercado peligrosamente, junto con una colosal y densa columna de humo. Por suerte, no habían conseguido llegar al suelo debido a las ondas expansivas.

Pero el siniestro no terminó allí. Inesperadamente, la gran bola de fuego y la gigantesca columna de humo fueron absorbidas. Describiendo espirales se recogieron y desaparecieron en un punto en el cielo, dejando todo en completa calma, el cielo de Nerima totalmente despejado, sin rastro alguno de la reciente explosión.

La esfera de energía se había colapsado de manera tan violenta que todo ese poder se había condensado en una pequeña porción de espacio, dejando tras de sí una región de gravedad intensa, un agujero negro. Aunque solo había durado unos segundos y luego desaparecido, dicho agujero había absorbido el fuego, el humo y todo lo que en ese momento había estado en el cielo dentro de su rango de alcance. Las pocas piezas de la armadura que habían resistido a la explosión y quedado flotando en el aire, también habían corrido con la misma suerte. Nada había podido escapar a su fuerte campo de atracción, el agujero negro se había llevado absolutamente todo.

— ¿Qué clase de técnica usaste, Ranma? — inquirió Akane volteando a verlo. Entonces descubrió a su prometido tendido en el suelo boca arriba.

Presurosa se arrodillo junto a él para revisarlo.

— ¿Ranma? — le dio unas palmaditas en la mejilla — Ranma ¿estás bien?

El chico gimió. Abrió los ojos y vio a su prometida. Luego volvió a cerrarlos.

—¿Ranma? — la voz de la chica se hizo más aguda — ¡Ranma, despierta!

— Tranquila, solo está desmayado — señaló Megumi, mirando al chico con gesto interrogante. Pensaba que probablemente ni siquiera él mismo había imaginado los alcances de su propia técnica.

Dicha técnica, Ranma la había desarrollado durante el tiempo que había permanecido cautivo en una de las celdas de la isla de los Asakawa. Cuando se había dado cuenta de que la celda en la que estaba encerrado le absorbía la energía, se había puesto a pensar en una manera de escapar. No era posible reunir energía ni para el huracán del tigre, ni para el rugido del león, pues la celda se llevaba enseguida ese poder, así que debía pensar en otra alternativa. Luego de meditarlo mucho, Ranma finalmente había hallado una solución. Debía concentrar energía, pero a la vez tenía que compactarla fuertemente para que la celda no pudiese atraerla y absorberla.

Así había nacido esta nueva técnica, que Ranma equivocadamente había creído que era simplemente la energía del huracán del tigre comprimida. No había reparado en que al comprimir esa enorme cantidad de energía, al forzarla a estar bajo gran presión en tan reducido espacio, había provocado un incremento brutal en la temperatura y densidad de la misma, que al explotar se liberaría de forma tan violenta, que la potencia de la detonación sería comparable a la de una bomba atómica.

Ajeno por completo al auténtico potencial de su técnica, Ranma permanecía inconsciente, bajo la preocupada mirada de su prometida.

Cerca de allí, desde el techo de una casa, alguien observaba detenidamente a los jóvenes. Se trataba de una hermosa mujer de piel pálida, ojos oscuros como la noche y una larga cabellera blanca con flequillos azules, que le llegaba hasta más abajo de la cintura. Vestía un elegante kimono blanco, adornado con líneas rojas y negras en los bordes. En las mangas y el pecho del traje, se podía ver una especie de estampados en forma de flamas.

— Interesante técnica, no está mal — comentó la misteriosa mujer. Lucía bastante tranquila, no parecía impresionada ni aterrada con lo sucedido, sino más bien emocionada — Saotome Ranma, tal vez tú sí puedas llevar a cabo la misión que Akihiko no pudo completar.

Dicho esto, se dio vuelta y comenzó a caminar lentamente al tiempo que una siniestra sonrisa se dibujaba en sus finos labios. Avanzó unos metros y luego, como por arte de magia, se desvaneció en el aire sin dejar rastro.

Entretanto, en el lote baldío, Akane se ponía de pie para llevar a Ranma de vuelta al dojo.

— Lo siento, pero él no irá contigo — sentenció Megumi, sujetándola del brazo.

— ¿Qué? — Akane arqueó las cejas y la miró desconcertada.

— Lo llevaré al hotel... él y yo debemos unirnos en matrimonio — chasqueó los dedos y cinco ninjas aparecieron de pronto, rodeando a Ranma.

La sorpresa y el desconcierto quedaron en segundo plano, cuando la ira invadió por completo a la joven Tendo. Desde un inicio había presentido que Megumi ocultaba algo más y ahora finalmente se daba cuenta de que no se había equivocado. Parecía que solo había estado fingiendo amabilidad y abatimiento, hasta que llegara el momento oportuno para mostrar sus verdaderas intenciones.

— Eres una...

— Excelente actriz, ¿verdad? — comentó divertida Megumi.

Akane la miró con desdén.

— ¡Caíste! — Megumi se echó a reír y luego, conteniendo un poco la risa se dirigió a los ninjas — con cuidado, lleven a Ranma a casa de los Tendo.

La hija de Soun se quedó boquiabierta.

— Solo bromeaba — confesó carcajeándose.

En ese momento Akane no supo qué hacer ni decir. Tampoco sabía cómo sentirse. ¿Debía molestarse? ¿O echarse a reír? La expresión de su rostro era indescifrable, moviendo una de sus cejas como si tuviera un tic nervioso.

— Admítelo, fue una muy buena broma.

— Te voy a matar, Megumi — dijo entornando los ojos.

— Frente a todos ellos — contestó risueña la joven Asakawa, señalando a la enorme cantidad de gente que se había dado cita en el destrozado terreno baldío.

— S-Será mejor irnos — acotó la hija de Soun. Megumi asintió un par de veces, sin dejar de sonreír.

Muy lejos de allí, Ryoga caminaba sin rumbo fijo, con los hombros caídos y la mirada perdida. Pensaba en la manera en que había tenido que dejar Nerima, prácticamente había salido huyendo. Antes de abandonar el consultorio, había escrito una nota para Akane, en la que le informaba que se marcharía por un tiempo, hasta que lograra perdonarse por todos los problemas que le había causado. Luego entonces regresaría en busca de su perdón. Quizá no había sido la mejor forma de marcharse, pero estaba convencido de que por ahora lo mejor que podía hacer era mantenerse lejos, hasta que la tranquilidad alcanzara de nuevo a su lastimado corazón.

Inmerso en sus pensamientos, sin mirar por donde transitaba, chocó de frente con alguien y lo derribó. Pese a esto, el joven no se detuvo, ni volteó a ver, solamente pidió disculpas y siguió caminando.

— ¿Ryoga?

Aquella voz lo sacó de sus cavilaciones. La conocía perfectamente.

—Akari — murmuró girándose hacia ella.

— ¡Ryoga! — exclamó la chica y corrió hacia él sonriente, pero se detuvo de golpe al notar el semblante que tenía el chico — ¿Qué sucede? ¿Estás bien?

— Sí — contestó secamente dándole la espalda — debo irme, tengo algo de prisa.

— ¡Mientes! — Akari lo detuvo del brazo — tú no estás bien.

— Te equivocas, yo solo...

— No sé qué fue lo que te sucedió, pero veo mucha tristeza en tus ojos... demasiada — dijo colocándose frente a él.

Ryoga la rodeó y avanzó un par de pasos, con la cabeza gacha.

— Este que veo ahora, no es el chico alegre que yo tanto a... aprecio.

— Tal vez ese chico ya no existe.

— No digas eso.

— Adiós... Akari — manifestó reanudando la marcha.

La joven se quedó inmóvil, mirando como lentamente se alejaba. Sintió el impulso de correr tras de él, pero al final desistió y un tanto dubitativa siguió su camino, pero a los pocos segundos, se frenó, giró y corrió a toda prisa para alcanzarlo.

— ¡Espera! — gritó varias veces, hasta que lo vio detenerse — ¡ven conmigo! Estoy segura de que juntos podremos traer al Ryoga de antes.

El joven Hibiki se dio vuelta y la miró enternecido.

— Gracias, pero debo seguir solo.

Akari caminó rápido y se colocó frente a él, obstruyéndole el paso.

— De ninguna manera te dejaré solo con esa inmensa pena que llevas a cuestas.

Ryoga quiso replicar algo, pero la chica no se lo permitió.

— ¡Qué clase de amiga sería yo, si te dejara ir así!

— Akari yo no... — el chico no pudo seguir hablando, pues se le había hecho un nudo en la garganta. La palabra amiga hizo eco en su cabeza, recordándole a Akane y todo lo sucedido cuando había estado bajo la influencia de aquellas energías malignas. Abrumado con esos recuerdos, cayó de rodillas y gruesas lágrimas de dolor, comenzaron a brotar de sus ojos.

La joven se acercó y pasando los brazos alrededor de la cabeza del chico lo jaló hacia ella y lo apretó con fuerza. Sintiendo el calor de la joven, dejó que la tristeza y la pena que sentía, fluyeran a través de sus lágrimas.

— Eso es, llora, llora todo cuanto quieras... te aseguro que luego te sentirás mucho mejor.

Así permanecieron durante un buen rato, hasta que Ryoga se calmó un poco y se separó. Akari le ofreció su mano. Lentamente el chico acercó su trémula mano a la de ella.

— Bien, vámonos ya — dijo Akari ayudándolo a reincorporarse.

— ¿Vámonos? — preguntó Ryoga mirándola inquisitivamente.

— Sí, a mi casa.

— Espera un poco, cómo que ...

— No aceptaré un "no" por respuesta — Akari no lo dejó terminar de hablar — tú vendrás conmigo... en mi casa tendrás espacio suficiente para meditar tanto como quieras.

— De acuerdo — suspiró Ryoga resignado y se dejó llevar. No pudo hacer nada más contra la gran determinación de la chica y también debía admitirlo, le agradaba mucho su presencia — gracias.

Horas después, en casa de los Tendo, Megumi estaba a punto de marcharse.

— Bueno, ya me voy, Akane.

— ¿Regresarás a la isla?

— No sé a donde iré, pero estoy segura de que no volveré a la isla, ni a Nerima.

— Entonces ¿este es el adiós definitivo?

— Sí, pero antes de despedirme, me gustaría saber si me has perdonado por todo lo que te hice.

— No te guardo rencor, pero ahora mismo me es imposible perdonarte de corazón... nos hiciste mucho daño, a mí, a Ranma, a todas las personas que me importan.

— Lo entiendo... gracias por tu sinceridad y sensatez... espero que en un futuro, puedas otorgarme tu perdón... no importa donde me encuentre en ese momento, estoy segura de que tu perdón me alcanzará.

Dicho esto, Megumi se dio vuelta y caminó hacia la salida, pero antes de cruzar la puerta, mirando por sobre su hombro dijo:

—Adiós, Akane, cuídate mucho.

— Adiós, Megumi.

Afuera una lujosa limusina la estaba esperando. Apenas vio a la joven, el chofer se apresuró a abrirle la puerta. Una vez que la abordó, la chica le habló a su abuelo a través de un intercomunicador que le facilitó uno de los ninjas que la acompañaban.

— Vaya, al fin te comunicas, los ninjas me comentaron que salieron victoriosos ante la armadura... te felicito, hija, buen trabajo, muy buen trabajo.

— Sí, bueno, no fue fácil pero lo derrotamos.

Estoy muy orgulloso de ti, Megumi, espero tenerte pronto por aquí para celebrar en grande este triunfo.

— Perdón, pero no volveré abuelo, tengo algo muy importante que hacer y es poco el tiempo que me queda.

— ¿Qué? ¿De qué hablas Megumi, no te entiendo?

— Adiós, abuelo — la chica cortó la comunicación y entonces el chofer le preguntó:

— ¿A dónde la llevo, señorita Asakawa?

— Llévame a la morgue.

— ¿A la morgue?

— Sí, necesito retirar el cuerpo de Kanori, para llevarlo de vuelta a Takayama, su ciudad natal.

— Entendido — contestó el chofer, poniendo en marcha el motor del vehículo.

Una vez que la limusina arrancó, Megumi se desabotonó parcialmente la blusa y dirigió la mirada hacia su pecho. A la altura del corazón, pudo divisar una pequeña mancha púrpura en forma de espiral, que reflejaba el daño que le había causado la estaca. Aunque la punta de la misma no había alcanzado a tocarla, el aura que la rodeaba sí había conseguido atravesarle el pecho y destrozar el campo energético de su corazón. Dentro de unas cuantas horas, inevitablemente llegaría el momento en el cual su corazón emitiría el último latido.

— Espero que el destino me permita alcanzarte, Kanori — musitó, cerrando lentamente los ojos para dejarse llevar al mundo de los sueños.

En casa de los Tendo, luego de despedirse de Megumi, Akane había subido a la habitación de su prometido para ver si ya había despertado, pero con tristeza vio que aún seguía inconsciente. En vista de eso, había decidido permanecer a su lado, al igual que Nodoka. Las horas pasaron y cuando la noche hizo acto de presencia, la joven decidió salir un momento, necesitaba comprobar algo.

Abandonó la casa y de un ágil salto subió al tejado, para contemplar el firmamento. Lo miró fijamente durante unos minutos, al cabo de los cuales una cálida sonrisa apareció en sus hermosos labios y murmuró:

— Sí, definitivamente se siente completamente diferente.

Cuando Ranma no estaba en casa, al mirar el cielo nocturno sentía la distancia entre ellos como un firmamento de proporciones desmesuradas. Era como si él se hallase en una de esas lejanas estrellas, a años luz de distancia. Sentía que por más que se esforzara nunca podría llegar allá, que la vida se le terminaría y jamás podría cubrir esa distancia para alcanzarlo y entonces aquel terrible vacío entre ellos se volvía abrumadoramente inmenso. Pero por el contrario, cuando él estaba cerca, cuando lo tenía en casa, esa terrible sensación se apartaba por completo de su corazón y sentía que tanto ella como él permanecían en una de esas brillantes estrellas, juntos, sin nada que los pudiese separar.

Con toda su atención puesta en el cielo, Akane no notó que Ranma se aproximaba por detrás con mucho sigilo.

— ¡Boo!

Akane gritó presa del susto y como acto reflejo saltó hacia un costado. Cuando vio a Ranma sonriendo burlón, el sobresalto fue reemplazado enseguida por enojo. Se acercó a él y le dio un coscorrón.

— ¡Auch! ¡Eso dolió!

— Idiota — espetó Akane, mirándolo de costado con los brazos cruzados — veo que ya estás totalmente recuperado.

— Sí, me desperté hace poco.

— Me alegra que ya estés bien — dijo la chica un tanto calmada.

Se quedaron mirando en silencio por un rato. Durante ese corto intervalo de tiempo, Ranma tuvo el impulso de preguntarle acerca de la nota, pero las palabras simplemente no salieron. Se recriminó varias veces en la mente, pues cuando había estado en el hotel, ya había decidido que una vez regresara al dojo, lo primero que haría sería hablar acerca del contenido de la nota y no sólo eso, también había resuelto que le confesaría sus sentimientos, pero ahora que la tenía en frente le resultaba muy difícil llevar a cabo todo eso. No entendía por qué se le complicaba tanto. Algo en él le decía que este era el momento para aclararlo todo, pero no podía reunir el valor suficiente para hacerlo. El estómago se le retorcía de los nervios y el corazón le empezó a latir fuertemente, tanto que su palpitar le hacía eco en los oídos. En un intento desesperado por controlar ese nerviosismo y de paso motivarse un poco, imaginó que se le declaraba a Akane, pero sus pensamientos se descontrolaron y en aquella escena que había imaginado terminó siendo rechazado de la forma más vergonzosa posible.

— ¡Ah! — rugió el joven furioso pero más que nada frustrado y sin darse cuenta se cacheteó varias veces ante la mirada atónita de su prometida.

— Este... oye, Ranma, ¿se puede saber por qué te has cacheteado tanto?

El chico se sobresaltó ante la pregunta que le había formulado su prometida. Su rostro se puso más rojo de lo que ya estaba por los golpes que se había dado él mismo inconscientemente.

— Eh, ah, bueno yo... este...

— ¿Seguro que ya estás bien? Porque empiezo a creer que no.

— C-Claro que sí — balbuceó el chico y recuperando un poco la compostura agregó — estoy bien, eso fue solo un ejercicio de concentración.

Akane ladeó la cabeza y lo miró con gesto interrogante. Ranma no resistió la mirada inquisitiva de la chica y se giró de golpe.

De espaldas a la joven, apretó los puños fuertemente y haciendo enormes esfuerzos controló parcialmente su pulso y su agitada respiración. Tenía que saber de una vez por todas si en verdad ella sentía todo eso que había escrito en aquella carta. No podía dejar pasar esta oportunidad. Lentamente se dio vuelta.

— Akane...

Ranma contuvo la respiración y clavó la vista en un punto sobre el tejado.

— Cuando estaba en el hotel... — dijo al fin.

El joven tragó saliva. Sintió que un sudor frío resbalaba por su frente, pero no retrocedió. No podía acobardarse, ya había llegado demasiado lejos como para detenerse.

— Cuando estaba en el hotel, la anciana me entregó una nota que tú habías escrito para mí — soltó de golpe.

Los ojos de Akane se abrieron de par en par.

— En esa nota habían muchas palabras, pero las recuerdo todas, aún rondan por mi cabeza y bueno — el chico hizo una pausa, pues cada vez se le hacía más difícil continuar — me... me preguntaba si tú en verdad...

— En ese momento había mucha tensión — lo interrumpió la chica — estabas a horas de casarte, no sabía si la nota llegaría a tus manos, no sabía que iba a suceder con nosotros, no estaba segura de si te volvería a ver o no.

El rostro de Ranma se ensombreció de inmediato.

— Claro, en medio de tanto estrés, uno dice cosas que no siente... lo entiendo, a mí me pasa todo el tiempo — retrocedió unos pasos desilusionado, pero la supo enmascarar bien con una sonrisa falsa. Visiblemente afectado, se dio vuelta. Muy acongojado, lo único que quería en ese momento era retirarse de allí.

— Yo escribí lo que realmente siento.

Ante esta revelación el muchacho detuvo la marcha de golpe. Sus ojos se abrieron desmesurados y un resplandor de alegría apareció en el rostro.

— ¿Y tú, Ranma? Aquello que le dijiste a Megumi, ¿es lo que realmente sientes por mí?

Durante unos segundos el chico permaneció en silencio, mientras una creciente ansiedad se apoderaba de Akane, quien permanecía a la expectativa.

— Sí — contestó finalmente y con lentitud se dio vuelta hasta que se encontró con la cautivadora mirada de su prometida. Sin dejar de mirarla, muy despacio se aproximó a ella hasta quedar a menos de un metro de distancia.

— Este grandísimo idiota hace ya tiempo que se dio cuenta de lo mucho que te ama — confesó — solo que no había tenido el valor de decírtelo.

Ranma desvió la mirada y se regañó mentalmente por haber permitido que el orgullo y en parte también la cobardía, lo dominaran. Si eso no hubiese pasado, hace mucho que hubiese podido experimentar esta gran felicidad que ahora sentía.

Akane dio un paso al frente y con ambas manos lo tomó suavemente del rostro. Deslizó los dedos por sus cejas levantándole la cara para que la mirara a los ojos.

— No eres un idiota, un poco lento sí — manifestó la chica y enseguida corrigió — ¡somos un poco lentos! Pero ya no lo seremos más.

Ranma asintió. Sus ojos reflejaban una gran felicidad, su rostro estaba muy calmado, acompañado de una sonrisa encantadora que solo su prometida era capaz de provocar.

Akane le acarició la parte inferior de los ojos rozando levemente sus pestañas. Ranma respingó, se acercó un poco más y apoyó su frente en la de la chica.

— Ran-ma — suspiró y cerró los ojos, lista para lo que vendría a continuación.

— ¡Continúa así, hijo! ¡Lo estás haciendo muy bien! — la voz de Genma retumbó en todo el lugar.

Enormemente sobresaltados, los jóvenes prometidos se separaron y lo miraron furiosos.

— ¡Buaa! — lloriqueó Soun — los hijos crecen tan rápido...

— Ánimo chicos — dijo Kasumi sonriente.

— Adelante, bésala ya, demuéstrale a tu querida madre que eres el varonil hijo con el que siempre ha soñado.

— Saotome Ranma, aléjate de Akane o sentirás mi furia — advirtió Kuno quien había aparecido a espaldas del hijo de Nodoka.

Acto seguido, la sonrisa demente de Kodachi hizo estremecer la casa y los alrededores. Pero la cosa no terminó allí, también aparecieron en escena Shampoo, junto con Mousse y Cologne, Ukyo y hasta Gosunkugi.

El rostro de Ranma se contrajo en una mueca de ira. Bastante molesto por las inoportunas visitas e interrupciones, buscó en su camisa la última bomba de humo que le quedaba y la golpeó contra el techo haciéndola explotar. Una gruesa cortina de humo se levantó y sin más, se acercó a Akane, quien profirió un grito agudo lleno de alarma cuando él la alzó entre sus brazos y comenzó a caminar con grandes zancadas, saltando por los techos de las casas.

— Ranma, eres realmente…

— ¿Un insulto tan pronto? —preguntó con malicia.

— Un chico problemático —concluyó ella con dulzura.

— Mira quien lo dice... por si no lo has notado, no solo a mí me persiguen.

Dio un par de largos saltos más y finalmente se detuvo en la cima de la colina que estaba cerca de la Escuela Furinkan. Allí depositó a la chica con suavidad en el suelo.

— Creo que los perdimos — dijo el joven mirando en todas direcciones — Vaya tipos molestos, siempre tan inoportunos.

— Oye, Ranma...

— ¿Sí?

— Antes de que nos interrumpieran, bueno, tú y yo estábamos a punto de... — dijo Akane con el rostro ruborizado, jugando nerviosamente con sus dedos índice — estábamos tan cerca.

Inmediatamente él comprendió a lo que se refería su prometida. Su mirada, como atraída por una fuerza misteriosa, se clavó en los labios de la chica y entonces se quedó petrificado. En aquel momento, en el tejado, con la adrenalina corriéndole por las venas, luego de finalmente haber exteriorizado sus sentimientos, invadido por una enorme felicidad, había sentido que nada podría detenerlo en su camino hacia el tan ansiado primer beso con la mujer que tanto amaba. Sin embargo ahora algo lo paralizaba y le impedía realizar movimiento alguno. No entendía como es que Akane conseguía ponerlo de esa manera con tanta facilidad. Si bien la cercanía de las otras chicas lo ponían nervioso, no se comparaba en nada con lo que sentía cuando estaba ante la presencia de su prometida. Quizá porque lo que sentía por ella no lo sentía por ninguna otra. Con una sola mirada ella era capaz de desarmarlo por completo. Con su sola presencia, todos sus sentidos se alborotaban y quedaba como hipnotizado, perdido en la profundidad de sus bellos ojos marrones.

— ¿Ya te acobardaste cierto?

— ¿Eh? Yo.. no, de ninguna manera, es solo que... me molesta la luz de la luna — explicó clavando la vista en el suelo y enseguida se recriminó mentalmente por haber elegido una excusa tan tonta.

— Sí... bueno, no importa, no es como si me estuviera muriendo por un beso tuyo — Akane se cruzó de brazos y torció la boca en una mueca de disgusto.

— ¿No?

— No, para nada — dijo viendo hacia otro lado.

De repente, Ranma alzó la vista y clavó sus azules ojos en el rostro de la chica. Se le quedó mirando fijamente, sin siquiera pestañear. Al sentir la intensidad de aquella mirada, la joven lo volteó a ver.

— ¿P-Por qué me miras así? — preguntó algo extrañada.

Él no contestó. Con determinación se aproximó y sin dejar de mirarla, puso sus manos sobre los hombros de la chica. Akane sintió como la atraía lentamente hacia él. Estaban ya tan cerca que podían sentir la respiración del otro. Con el corazón latiéndole a toda prisa, Akane cerró los ojos y entreabrió los labios.

— ¿Ya ves como si estabas ansiosa por recibir un beso mío?

La joven abrió los ojos de golpe y descubrió a su prometido a varios metros de distancia, sonriéndole divertido.

— Sa-o-to-me Ran-ma — la chica arqueó una ceja e hizo tronar sus dedos — ¡ven aquí!

— ¿Para qué?

— Para demostrarte lo mucho que te quiero — dijo levantando su puño derecho.

— No... mejor ven tú — replicó el chico, mostrándole la lengua.

— ¡Te atraparé!

— Lo dudo — comentó sonriente, al tiempo que empezaba a correr — ¡no podrás alcanzarme!

— ¡Eso está por verse! — dijo Akane corriendo tras de él.

— ¡Creí que eras más veloz!

— ¡No escaparás! ¡Sé dónde vives!

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CRÉDITOS

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DIRECTORES

Znta

Nancyricoleon

Amigo

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PRODUCTORA

Euridice Hibiki

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CO-PRODUCTORA

Serena Tsukinoo

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PRIMERA ASISTENTE DE LOS DIRECTORES

Sia

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SEGUNDA ASISTENTE DE LOS DIRECTORES

Lacriza

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DIRECTORA DE FOTOGRAFÍA

Minako

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EFECTOS DE SONIDO

Jeffcr

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DIRECTORA MUSICAL

Astrid Saotome

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PRODUCTORA MUSICAL

Vivi

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DISEÑO DE VESTUARIO

WorldSandy12

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ASISTENTE DE LA DISEÑADORA DE VESTUARIO

Mix

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ESCULTOR

Nicolas Tendo

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DISEÑADORA Y DECORADORA DEL SET DE GRABACIÓN

Auri22

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LIMPIEZA DEL SET DE GRABACIÓN

PFernando

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SUPERVISORA DEL GUIÓN

Azucenas 45

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ARTISTA MAQUILLADORA

Angie-chan

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COORDINADORA DE ESCENAS PELIGROSAS Y ACROBÁTICAS

Maryviza

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PROVEEDORA DE UTILERÍA

Elena 79

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JEFA DE LA UNIDAD DE EFECTOS ESPECIALES

Hakufa

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DISEÑADORA DE EFECTOS ESPECIALES

Maxhika

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JEFE DE LA UNIDAD DE ANIMACIÓN

Own Son

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FOTOGRAFÍA

GNRxd

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SUPERVISORA DE POST PRODUCCIÓN

The-girl-of-pig-tailed

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COORDINADOR DE SEGURIDAD

Aquiles Vaesa

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EFECTOS VISUALES

Akane Taishoval

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ARTISTA 3D

CS-Daishi

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JEFA DE LA UNIDAD DE SOPORTE TÉCNICO

Mina Ain0

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TÉCNICO SUPERVISOR

Ranma-k

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DIGITALIZACIÓN Y GRABACIÓN

Sav21

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JEFA DE LA UNIDAD DE PIROTECNIA

Kane

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CONSULTORA EXPERTA EN ARMAMENTO

Akane Redfox

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CONSEJERA MILITAR

Ana

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COORDINADOR AÉREO

Tieve

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Supervisores del Guión

Ruy

Will

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Todos los personajes de Ranma 1/2 que aparecen en esta historia, son propiedad intelectual de Rumiko Takahashi.

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Por una larga y empinada escalinata que conducía a un antiguo templo escondido en lo profundo de las montañas, dos personas avanzaban a toda prisa. Una de ellas tenía una particularidad, su cuerpo era transparente, de aspecto fantasmal.

De pronto, su avanzada se vio interrumpida por un grupo de ninjas que les salieron al paso, con sus espadas en alto, en actitud completamente hostil. El sujeto de cuerpo transparente agitó su brazo y enseguida todos esos guerreros salieron volando por los aires, como simples hojas de papel llevadas por el viento. Luego se giró hacia su compañero y le dijo:

— No te preocupes por el comité de bienvenida, Ryoga, yo me encargo de eso, tú debes guardar energías para destruir el altar.

— ¿Estás seguro de que se encuentra en este lugar, Akihiko?

— Completamente.

— De acuerdo, sigamos entonces.

Al poco rato, finalmente llegaron al templo. Debían cruzar un amplio patio para alcanzar la entrada del santuario. Ryoga se dispuso a hacerlo, pero un centenar de ninjas aparecieron de la nada, se colocaron en posición de combate y los miraron de forma amenazante. Akihiko sonrió al tiempo que colocaba los brazos al frente.

— Gracias por tan amable recibimiento — comentó con tono sarcástico y al siguiente segundo, todos y cada uno de los ninjas fueron lanzados hacia atrás. Como si una misteriosa fuerza los hubiese empujado, atravesaron violentamente la pared frontal del templo haciéndola pedazos y levantando nubes de polvo.

— ¡Mira! — exclamó Ryoga señalando con su dedo índice un punto en el cielo. Akihiko dirigió su mirada hacia allá y divisó un pequeño punto negro cerca del nivel de las nubes.

— El altar — dijo, sin dejar de mirarlo.

— Éste es el último, ¿verdad?

— Así es... una vez que haya sido destruido, mañana, cuando el sol alcance su punto más alto, Amaterasu desaparecerá y ya nunca más podrá volver a poner un pie en este planeta.

— Lo haré pedazos — declaró Ryoga levantando su mano derecha hasta la altura de su cintura. Se concentró y casi enseguida una esfera azul, del tamaño de un balón de fútbol apareció en la palma del chico.

— Listo — musitó y se preparó para lanzar el orbe. Relajó los músculos del brazo derecho, hombro y muñeca para poder correr con mayor soltura. Miró hacia arriba, para ubicar el punto exacto en donde estaba el altar y emprendió la carrera de impulso. Sin dejar de mirar a su objetivo, corrió velozmente sobre sus talones, una distancia de treinta metros. Al llegar al último tramo adelantó su pierna izquierda e inclinó su cuerpo levemente hacia atrás, alineando los hombros y caderas con la dirección del lanzamiento. En cuanto su pie izquierdo tocó el suelo, adelantó la pierna derecha, al mismo tiempo que alzaba el brazo derecho. Una vez que dicho brazo estuvo lo más alzado posible soltó la esfera de energía, la cual salió disparada a extraordinaria velocidad, gracias a la serie de movimientos que había realizado con el fin de acelerarla al máximo.

Rápida como una bala, avanzó en trayectoria rectilínea hacia su destino, dejando una estela de luz azulada. Apenas hizo contacto con el altar, explotó reduciéndolo a partículas. Ambos hombres sonrieron triunfantes. Luego de seis meses difíciles, por fin habían destruido el último de los altares de invocación de la Diosa Amaterasu.

— Bien hecho, amigo — lo felicitó Akihiko, con el pulgar arriba.

— Todo acabó.

— Sí, ya puedes volver a casa tranquilo, gracias, Ryoga.

— No me lo agradezcas, te lo debía... hace tres años, si tú no hubieses intervenido oportunamente, esas malditas energías oscuras me hubieran controlado y yo no hubiese tenido oportunidad de contraatacar.

— Bueno, entonces estamos a mano.

Ryoga asintió.

— Concluida nuestra misión, supongo que llegó el momento de decir adiós — señaló Akihiko.

— Espero verte del otro lado.

— Yo también, pero tarda mucho en llegar, ¿oíste?

— Así será.

— Bien, ahora choca tu puño contra el mío, te tele transportaré a tu casa.

— ¿Puedes hacer eso? — preguntó Ryoga algo incrédulo.

— Por supuesto, lo único malo es que tiene un efecto secundario.

— ¿Efecto secundario? ¿Cuál?

— No podrás ir al baño durante al menos dos semanas.

— ¿Qué? — Ryoga puso el grito en el cielo — ¿dos semanas?

— Y bien... ¿te llevo o no?

— Bueno, todo sea por ellos, muero de ganas por abrazarlos y decirles lo importantes que son para mí.

Akihiko se echó a reír a carcajadas.

— ¿Qué te causa tanta gracia?

— Solo bromeaba, no hay efectos secundarios.

— Rayos, tú y tus bromas — Ryoga hizo un mohín y chocó su puño con el de Akihiko.

Con un destello enceguecedor el cuerpo de Akihiko empezó a desvanecerse, formando lentamente una tenue bruma. Su rostro se encendió y Ryoga tuvo que cubrirse los ojos con la mano que tenía libre. Ambos desaparecieron y solo quedó la bruma, la cual paulatinamente se desvaneció en el aire.

En algún lugar de Japón, un poco alejada del centro del pueblo, en un camino estrecho sin casas próximas, se hallaba una pequeña casa de ladrillo rojo, con una fachada despejada y un sendero de ladrillos que se extendía desde la verja hasta la entrada. En el interior de la misma, una joven se acercaba presurosa a la cuna de su pequeño hijo de tan solo año y medio de edad, que se había soltado en llanto de repente. Fijado al lateral de la cuna, se encontraba un mástil curvo, del cual colgaban varias figuras en forma de cerditos, que giraban lentamente al tiempo que emitían una dulce melodía. Con sumo cuidado, la mujer lo tomó entre sus brazos y lo arrulló. De pronto, sintió que el aire a sus espaldas se agitaba. En ese momento, una agradable calidez invadió su corazón y llena de júbilo esbozó una sonrisa.

A kilómetros de allí, por las calles de Nerima, Akane y Ranma caminaban de regreso a casa, luego de un ajetreado día en la universidad.

— Oye, Ranma, qué te parece si pasamos a visitar a Kasumi.

— Me parece bien, ojalá nos invite algo, muero de hambre.

— Tú solo piensas en comida, ¿cierto? ¡Glotón!

— No solo en eso, también pienso en ti — expresó Ranma con tono serio.

— ¿De veras? — peguntó la joven con el rostro iluminado.

— Nop — Ranma sonrió.

— ¡Grosero! — profirió Akane fingiendo molestia.

— ¡Apresúrate! Si yo llego primero me comeré tu parte — le informó.

En veloz carrera, los jóvenes arrivaron al lugar, pero no encontraron a nadie en casa. Ni Kasumi, ni su esposo, el doctor Tofu, se encontraban allí. También el consultorio estaba cerrado, lo cual los sorprendió bastante. Un tanto extrañados emprendieron el camino hacia el dojo, pero al llegar se encontraron con el mismo panorama de antes, no había nadie. Desconcertados, buscaron en todas las habitaciones, en el patio, pero sin éxito alguno.

— ¿A dónde habrán ido todos? — se preguntó Ranma. En eso escuchó la voz de su prometida llamándolo.

Veloz como una centella se desplazó de la sala a la cocina y vio que Akane sostenía entre sus manos una hoja de papel. Por la expresión que tenía el rostro de la joven, presintió que lo que allí estaba escrito no era nada bueno.

"Si desean ver con vida nuevamente a sus familiares, preséntense mañana a las nueve en punto en la catedral de Oura."

— ¿La catedral de Oura? ¿Dónde queda eso? — inquirió Ranma.

— En la prefectura de Nagasaki... si queremos llegar a tiempo, debemos salir ya.

Con una creciente preocupación en sus corazones, los jóvenes se dirigieron al lugar señalado en aquella nota. Cuando el reloj dio las nueve en punto, cruzaron las puertas del templo y se encontraron con toda su familia. Nabiki, Nodoka, Genma, Soun e incluso el maestro Happosai y finalmente el doctor Tofu, junto a Kasumi quien sostenía en sus brazos a su pequeño hijo, quien había llegado al mundo hace unos días nada más.

— ¿Están todos bien? — interrogó Akane con preocupación mirando hacia todos lados, tratando de ubicar al enemigo.

— Saben en dónde está el tipo o los sujetos que los secuestraron? — preguntó Ranma con su mente y sentidos alertas.

— Tranquilos, nadie nos raptó — confesó Soun.

— Entonces todo esto fue...

Akane y Ranma lo comprendieron finalmente. Todo había sido una treta de los patriarcas, un plan para unirlos en matrimonio.

— Bien, es hora de que tomen sus posiciones — dijo Genma jalando a su hijo — el tiempo es crítico, hay que aprovechar antes de que lleguen los de siempre a interrumpir.

El esposo de Nodoka hizo una seña con su mano y al instante se escuchó la conocida melodía de la "marcha nupcial" que acompañaba a la novia en su recorrido. Rápido, Soun tomó del brazo a su hija y sollozante caminó con ella por la larga alfombra roja que conducía al altar donde lo esperaba un desconcertado y sorprendido Ranma.

— Cuídala mucho — le pidió Soun conteniendo las lágrimas. Inesperadamente su rostro adquirió una expresión seria y acercándose al del chico, con tono amenazador añadió — si la lastimas o la haces sufrir...

— Lo sé, lo sé... usted me matará — lo interrumpió el chico con voz temblorosa, agitando las manos al frente. El aura del padre de las chicas Tendo en ocasiones provocaba bastante miedo.

— No — respondió Soun. La expresión de su rostro se suavizó de repente y palmoteándole un hombro agregó — Akane lo hará.

Ranma tragó saliva y miró a su prometida sonriendo nerviosamente, mientras un sudor frío resbalaba por su frente. Él más que nadie sabía lo fuerte que era el puño de la chica y lo poco conveniente que era hacerla enfadar en serio.

— Bien, demos inicio a la ceremonia matrimonial — anunció el sacerdote.

En eso, una estremecedora risa, muy similar a la de Kodachi, hizo eco en el interior de aquel templo.

— Amaterasu — musitaron, suspirando con resignación.

— ¿Cuánto tienes tú? — le preguntó la chica.

— Déjame ver... mil yenes.

— Y yo setecientos... es todo lo que tengo.

Ambos se giraron hacia el sacerdote y haciendo una reverencia dijeron al unísono:

— Reciba esto por los daños ocasionados.

— ¿Daños? ¿Pero de qué daños hablan? — el hombre los miró con enorme desconcierto.

De pronto, un ruido estridente llamó la atención de los presentes. Gran parte de una de las paredes del templo se había venido abajo, quedando un gran agujero en ella, por donde una decena de ninjas ingresaron. Otro agujero se abrió en el techo y más ninjas aparecieron.

— A esos daños nos referíamos — aclaró Ranma señalando los agujeros.

— Ahora lo entiendo — comentó con tristeza el sacerdote.

Los jóvenes se disculparon y se dispusieron a abandonar el templo para llevarse lejos a aquellos guerreros y evitar que su familia quedara expuesta al peligro, pero el sacerdote los detuvo.

— Hijos, ¿les puedo pedir un favor? — preguntó en tono cordial.

— Por supuesto — contestó la joven Tendo.

— Si de nuevo intentan casarse, por favor háganlo muy lejos de aquí.

Los jóvenes prometidos asintieron apenados y sin más salieron del templo, con todos esos ninjas detrás de ellos.

Por su parte, Soun y Genma exhalaron un profundo suspiro y con los hombros caídos, caminaron lentamente hacia la puerta.

— ¡Ay, Saotome! Hemos fallado... de nuevo... pensé que si intentábamos una boda al estilo occidental tendríamos mejores resultados, pero nada.

— Si no son los ninjas estos, son las otras prometidas y prometidos de nuestros hijos... siempre llega alguien a interrumpir.

— Creo que nunca lograremos unir nuestras escuelas — se lamentó Soun.

— No se desanime, Tendo, hay que perseverar... he escuchado que las bodas estilo Hindú están poniéndose de moda.

— ¿En serio?

— Sí, tal vez podríamos intentarlo.

— Podría ser, habría que pensarlo un poco... pero será luego, ahora vayamos por algo de sake para ahogar un poco las penas.

— Bien, vamos... yo invito.

— Gracias, Saotome.

— Pero usted paga, Tendo.

— ¿¡Eeh!?

A varias cuadras de allí, los jóvenes prometidos miraban fijamente a sus adversarios. En eso, el rostro de Ranma adquirió una expresión seria al ver que Akane había adoptado una posición de combate y se preparaba para lanzarse al ataque.

— Espera, tú no puedes pelear, eso podría ser peligroso para...

— Descuida — lo interrumpió — estaremos bien, esos tipos no representan un gran desafío, no tendré que esforzarme demasiado para vencerlos.

— Presumida — comentó Ranma, haciendo un mohín.

— No tanto como mi futuro esposo.

Apenas escuchó esa última palabra, el joven no pudo evitar sonrojarse furiosamente.

— Oh! Vaya, te sonrojaste— rio divertida.

— ¿Sonrojado, yo? No, para nada — mintió, ocultando su rostro de la vista de la menor de las Tendo.

— Sí, te sonrojaste... no puedo creerlo, hace meses que nosotros...

La familiar y estremecedora sonrisa de la Diosa solar, Amaterasu los interrumpió.

— Niños, ya dejen de parlotear y concéntrense, el entrenamiento número cuatro de cien, de la tercera de doce fases, está a punto de comenzar.

Durante unos segundos, Amaterasu realizó varios movimientos de manos, cambiándolas de posición a gran velocidad. Casi al instante aparecieron más ninjas, cerca de un centenar. Todos desenvainaron las dos katanas que portaban en sus espaldas y se colocaron en guardia.

La joven Tendo quiso avanzar hacia los guerreros, pero Ranma la detuvo tomándola de la mano.

— Akane, no te apartes de mi lado — le dijo con voz firme.

— Nunca lo haré — contestó la chica mirándolo fijamente.

Con delicadeza, el joven la atrajo hacia él. Cuando la tuvo cerca, la tomó del mentón y depositó un beso prolongado y dulce en sus labios.

Amaterasu los miró enternecida y exhaló un profundo suspiro. Una sonrisa boba se dibujó en su rostro.

— ¡Aah! El amor, el amor, ese sentimiento tan, tan... ¡rayos! ¡Pero qué cosas estoy diciendo! — dijo sacudiendo la cabeza negativamente — ninjas, inicien ya con el entrenamiento, antes de que los tortolitos se pongan más intensos.

Los sujetos obedecieron de inmediato y se abalanzaron contra los jóvenes, a quienes no les quedó más remedio que romper aquel beso.

Tomados de la mano, Akane y Ranma avanzaron con paso firme.

El amor los había guiado por un camino difícil, pero pese a ello en ningún momento se habían detenido ni retrocedido. Juntos habían encontrado siempre la manera de avanzar. En el pasado, a causa de un malentendido, habían tenido que vivir momentos muy duros, llenos de aflicción y tormento, que afortunadamente habían quedado ya muy atrás. Ciertamente que el amor les había puesto grandes pruebas, pero las habían superado todas, mostrándose dignos de llevar aquel bello sentimiento en sus corazones. No importaba cuántos guerreros ninja o samurái vinieran por ellos, no importaba si los sujetos más dementes del mundo los perseguían, estaban convencidos de que nadie podría separarlos y si el destino caprichoso continuaba desafiándolos, con la misma determinación de siempre lo enfrentarían y se vengarían de él amándose cada vez más, sí... se vengarían y lo harían de forma implacable.

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