Inuyasha salió del despacho y se sorprendió de encontrar a la muchacha dormida en el sofá. Suspiró, cansado por toda la situación. ¿Y ahora que iba a hacer? Mientras pensaba en una manera para despertarla, ella abrió los ojos, levemente confundida. Al notarlo, se sonrojó, avergonzada
—Discúlpeme —murmuró ella, acomodándose el cabello y limpiándose la saliva de la boca. Inuyasha no le respondió. Mirándola con más atención, ella se parecía un poco a su ex novia Kykyo. Mejor dicho, se parecían demasiado.
Kagome se removió un poco en el sillón, incómoda por la mirada del joven
—¿Cómo se llama? —le preguntó ella, con curiosidad.
—Inuyasha. ¿Y el tuyo cual es?
—Kagome.
Él se pasó una mano por la cabeza. Pensó en decirle que ella no era apta para el trabajo, pero se detuvo. Si llegaba a rechazar a esa chica, vendrían otras para el puesto y estaba convencido de que su madre estaba dejándolo solo a propósito para conseguirle una novia y que se olvidara de Kykyo. No quería ser partícipe de semejante circo, así que miró su currículo por encima y le dijo:
—Tienes el empleo y puedes empezar hoy. Por el momento hazme el desayuno. Un jugo de naranja y pan tostado con mermelada de frambuesa. —Dicho esto, se volvió a su despacho para seguir trabajando. A los diez minutos, Kagome entró con la comida que había pedido.
—¿Algo más, señor? —le preguntó ella.
—Eso es todo por ahora —respondió Inuyasha, casi sin levantar la vista de sus papeles —. Te puedes retirar.
Ella obedeció y salió del despacho casi sin hacer ruido. Inuyasha siguió trabajando durante casi una hora hasta que su madre volvió a llamar por teléfono, interrumpiendo su trabajo.
—¿Sigues vivo, cariño? —le preguntó su madre, risueña.
—Sí, mamá. Y antes de que preguntes, ya desayuné.
—Bueno, te llamo para decirte que le muestres el cuarto de huéspedes a la nueva empleada y que me quedaré unos días con tu padre —le dijo, con el mayor entusiasmo.
—Pero mamá…
—Obedece a tu madre —se escuchó decir a su padre, con tono autoritario
—Está bien, papá — murmuró Inuyasha, molesto.
—Nos vemos en unos días, cariño —se despidió su madre y cortó la llamada. Con pesadez en cada músculo de su cuerpo, se levantó y fue a buscarla. La encontró en la sala, leyendo El Principito. Apenas notó su presencia, Kagome dejó el libro encima de la mesa ratona.
—Acompáñame. Te mostraré el cuarto de huéspedes —le dijo.
Ella asintió y lo siguió por las escaleras hasta llegar a una puerta. El dormitorio se parecía a una habitación de hotel, de paredes amarillas y de pisos de madera. Tenía una cama de una plaza, un ropero mediano, una mesa de luz y un tocador. También tenía su propio baño privado. En fin, un lugar bastante cómodo
—Puedes quedarte aquí —le dijo. Kagome asintió y murmuró un "gracias" apenas audible. Luego regresó a la sala, probablemente para seguir leyendo el libro. Inuyasha se volvió a su despacho, pensando que Kagome era una chica extraña.
Más tarde, le explicó durante un buen rato las funciones que tenía que cumplir en su trabajo. Además de prepararle la comida, ella tendría que organizarle la agenda, atender los llamados telefónicos, enviar mails, ayudarlo con ciertos eventos y cualquier cosa que se le pudiera ocurrir.
Kagome cumplía eficientemente sus tareas y era muy simpática, además de bonita. Su aspecto era dulce e inocente y su trato con él era respetuoso, pero no la conocía realmente, por ende no podía confiar en ella. No podía caer otra vez.
Apenas pasado un par de días desde su llegada, Kagome percibió que había sentimientos confusos en Inuyasha y decidió que ya era hora de usar sus habilidades para sanarlo de una buena vez. Caminando despacio para no hacer ruido, se escabulló en la habitación de Inuyasha. Se aseguró que estuviera dormido y entró en sus sueños.
El paisaje que se encontró era muy triste, diferente del que había visto hacía varios años atrás. Era un parque gris y desolado, con árboles muertos, monumentos destruidos y hojas secas dispersadas por todo el lugar. Algunos pájaros negros anidaban en las ramas secas de los árboles, dando alaridos lastimeros y otros pululaban alrededor de un estanque de aguas turbias y malolientes llenas de insectos. Inuyasha estaba sentado en una banca de piedra bajo el cielo gris y nublado, observando algo que alguna vez había sido una estatua, pero ahora no eran más que escombros. Un poco más allá había columpios y otros juegos infantiles completamente deteriorados por el óxido, como si nadie lo hubiese cuidado durante años. Un aura de soledad y tristeza lo rodeaba. Kagome se sentó a su lado, pero él no lo notó. Ella podría regresarle la alegría, la confianza y el amor, pero no sería muy fácil. Puso manos a la obra y comenzó a restaurar el lugar.
Poco a poco, las nubes se tornaron blancas y algunos tímidos rayos de sol comenzaron a hacerse paso. A Kagome le hubiese gustado mejorarlo más, pero los cambios había que hacerlos paso a paso y, además, le demandaba mucho esfuerzo, así que tuvo que dejarlo así y salir de los sueños de Inuyasha, dejando el parque un poco más luminoso que cuando entró.
Kagome estaba agotada cuando regresó a su cuarto y se dejó caer pesadamente en la cama para dormir un poco. Al menos había logrado que unos rayos de esperanza nacieran dentro del joven. Inuyasha pronto se sentiría mejor.
Inuyasha se despertó lentamente, sintiéndose diferente. No estaba muy seguro de que había pasado, pero se sentía mejor por primera vez en mucho tiempo. Intentó recordar que había soñado, pero todo lo que había logrado retener había sido una bola de luz y nada más.
Inuyasha se levantó de la cama y se dio una ducha. Se afeitó y comenzó a vestirse para enfrentar todo un día de papeleos. Mientras se miraba al espejo, pensó en Kagome, sin saber por qué. No sabía casi nada de ella y eso le molestaba un poco. Si iba a ser su asistente personal, tenía que conocerla, aunque le diera un poco de miedo.
Salió de su habitación y fue a la cocina. Ella estaba preparando el desayuno y se sorprendió al verlo fuera de la oficina.
—Desayunaré aquí —le informó a Kagome. Ella sonrió cortésmente y continuó cocinando. Ella le sirvió unos panqueques junto con su café y se sentaron juntos a disfrutar del desayuno.
—Está delicioso —le comentó Inuyasha.
—Gracias —respondió ella, tímidamente.
—¿Te gusta cocinar?
—Sí, mucho, pero no hago cosas muy elaboradas.
—Comprendo. ¿Vives sola?
—Hasta hace poco vivía con mis padres —comenzó a ver a Kagome ligeramente turbada, como si no le gustara el rumbo que estaba tomando la conversación. Igual, se aventuró un poco más.
—¿Y de donde son?
Kagome se quedó en silencio durante unos segundos.
—Tengo que lavar los platos —anunció, de manera un poco brusca y comenzó a levantar la mesa
Inuyasha iba a preguntarle respecto a esa actitud, pero desistió enseguida. Si no quería hablar, estaba bien. No tenía por qué presionarla. De todos modos, él había sido el indiscreto.
Más tarde, mientras ambos trabajaban en el despacho, Inuyasha intentó acercarse a Kagome una vez más hablándole sobre una película, sin tocar ningún tema que pareciera muy personal. Kagome se mostró interesada y lo escuchó atentamente, pero no hubo más interacción que esa aquel día fuera de lo laboral. De a poco, había desarrollado interés hacia ella.
Kagome esperó hasta la noche para volver a entrar a hurtadillas hacia la habitación de Inuyasha y se metió en sus sueños.
El lugar estaba tal cual lo había dejado la noche anterior. Kagome se acercó a uno de los árboles muertos y lo tocó con sus manos, acariciando el tronco. En poco rato, las ramas se cubrieron de hojas verdes. Luego le siguieron los demás. En pocas horas, todos los árboles estaban llenos de vida. Pero Inuyasha presentaba el mismo aspecto triste e inmóvil.
No había más que hacer por aquella noche, así que se retiró, cansada. Por eso no vio que, en ese parque, Inuyasha se había dado vuelta a mirarla.
La especie de Kagome carecía de la habilidad de soñar, a diferencia de los habitantes de la Tierra. Pero ella era mitad humana y, si bien soñaba en ocasiones, lo hacía con muy poca frecuencia.
Esa noche soñó con Inuyasha. Estaban en el parque, ya completamente restaurado y los dos estaban juntos, a la orilla del estanque. Inuyasha se acercaba a ella y le daba un dulce beso en los labios.
Kagome se despertó muy confundida de aquel sueño. Se había sentido tan real…
