Capítulo 2:
Estúpida, esa era la palabra que mejor me definía. ¿Te veré pronto? No podía creer lo ingenua que había sido. Todo porque sus… ojos penetrantes me habían hipnotizado. Basta. Fue muy estúpido de mi parte dejarme llevar por eso. Pero… ¿qué haría si lo volviera a ver? ¿Hacerme la disimulada? Esa parecía ser la mejor opción. Tendría que poner toda mi concentración en eso…
Φ
-¡Bella! ¡Bella, espérame! –escuchaba que alguien gritaba detrás de mí.
Era Alice, venía corriendo a todo lo que podían sus cortas piernas. Cuando me alcanzó, agitó su cabello, dejándolo perfectamente arreglado.
Ingresamos a nuestra clase.
Alice… ella también sería un problema. Por más que el día anterior me había caído bien, esto no estaba bien.
Desde que me empezó todo este movimiento antisemita, crecí creyendo que todas las personas pertenecientes a la raza aria harían daño a cualquier judío, sin importar edad o sexo.
Por eso tenía que mantener las distancias, incluso con Alice.
Las clases de Matemática y Geografía pasaron volando. Durante ellas, Alice me contaba sobre su vida Austria. En un momento, tuve que pedirle que repitiera lo que había dicho porque me había perdido entre tantas historias.
Siempre mencionaba a sus dos hermanos, Emmett y Edward, diciéndome que tenía que conocerlos.
Solamente compartimos dos clases juntas ese día. Después del descanso, me dirigí a la siguiente clase, Historia. Era muy doloroso escuchar como el profesor despotricaba a los judíos, diciendo que teníamos la culpa de que Alemania haya perdido la Guerra, sin importarle que parte de sus alumnos pertenecían a esa religión.
En un momento, tocaron la puerta, haciendo que el profesor Sprick interrumpiera su discurso sobre cómo había llegado Hitler al gobierno.
Pronunció un Adelante y la puerta se abrió. No podía creer lo que estaba viendo.
¡Era el chico! ¡El chico de los ojos verdes! El que me había preguntado si me vería pronto. Bueno, me encontró más pronto de lo que pensaba.
Pidió disculpas al profesor y este dijo algo bajo pero audible para algunos. Si no fueras un Cullen estarías en problemas, joven
Mientras Él buscaba donde sentarse, intenté prácticamente esconderme debajo de mi pupitre. No podía permitir que me viera, si pretendía seguir con mi plan.
Para sorpresa de todos, incluido Sprick, el chico se sentó en el sector de los judíos, a pesar de que había tres asientos vacíos del lado de… ¿cómo los llamaba mí padre? Los puros.
El profesor continuó con su charla, en la que participaban casi todos los puros, con un brillo en los ojos mientras miraban la foto de Hitler pegada en la pared con orgullo.
Mi vista estaba enfocada en cualquier otra parte menos en la clase. No quería que ese muchacho me vea. Pero como la suerte muy pocas veces está de mi lado, en un descuido, miré al profesor para darme cuenta que el chico de ojos verdes estaba observándome. Estaba sentado a dos bancos de distancia, pero se había percatado que estaba ahí. Joder. Esto no está bien.
Miré rápidamente en otra dirección, fingiendo no haberlo visto. Pero sentía que las paredes comenzaban a acercarse entre ellas, que las ventanas no estaban abiertas, que el aire se estaba acabando dentro de aquella habitación.
Los minutos restantes de la clase me parecieron eternos. Cuando sonó la campana, yo ya tenía mis útiles guardados, por lo que prácticamente volé de allí después del profesor.
Escuché que alguien me llamaba. Sabía que era Él. Por una extraña razón, su voz ya me sonaba un tanto familiar, como si la hubiese escuchado toda mi vida.
Me escabullí dentro del baño de mujeres y, cuando vi que pasó por allí, salí en busca de un escondite. Viva mi mala suerte, otra vez.
-Bella, ven. Siéntate conmigo en el almuerzo –Era Alice. Ni siquiera me dejó responder, ya que literalmente me arrastraba por el pasillo hasta la cafetería.
Busqué mis emparedados mientras Alice pedía su almuerzo a la cocinera. Otro dato, los judíos no podíamos comprar en los mismos lugares que los puros.
Cuando le dieron su almuerzo, me tomó de la mano y dijo:
-Ven, Bella, te presentaré a mis hermanos –nos dirigimos a una mesa vacía. Nos sentamos y empezamos a comer. Alice dijo que seguro iban a tardar. Aunque no tuvimos que esperar mucho.
-Venga, Alice. Me dijeron que tienes el último trozo de la tarta de moras, así que espero que me convides –comentó su hermano mayor mientras se sentaba al frente de Alice.
-Lo siento, Emm, es lo que hay –respondió sacándole la lengua a su hermano-. Por cierto, ¿has visto a Edward?
-Si no me ves es porque estoy detrás de ti, enana –pronunciaron a nuestras espaldas. Alice se volteó.
-Por si no lo sabías, somos mellizos, pelo revuelto –me volteé para ver a quien se dirigía Alice y quedé petrificada. No. Puede. Ser.
El chico de ojos verdes estaba por responder a su hermana cuando giré. Quedó con la boca abierta, a punto de decir algo. Pero estaba escrutándome con la mirada.
-Eres un tonto, Edward –dijo Alice al no recibir respuesta-. Bueno, déjame presentarte a mi amiga Bella –hizo un gesto señalándonos-. Edward, Bella. Bella, Edward.
No podía conseguir que saliera una palabra de mi boca. Edward era el hermano de Alice. Esto iba de mal en peor.
No podía irme repentinamente, iban a pensar mal. Por lo que estuve cerca de diez minutos escuchando las peleas de Emmett y de Alice, sintiendo la mirada de Edward sobré mí.
En cuanto terminé mí emparedado, me excusé diciendo que tenía que tomar un poco de aire. Todavía tenía quince minutos hasta la última clase.
Fui al patio, donde se juntaban la mayoría de los grupos de último año.
Me senté en una banca, sola, como siempre me gustaba estar. El patio estaba rodeado por galerías en sus cuatro lados, repletas de estudiantes. Casi todas las paredes estaban hechas con ladrillo y piedra. En parte, el lugar tenía un aspecto espantoso, de no ser por el césped verde y las plantas que allí había.
-¿Puedo sentarme aquí? –preguntaron a mi lado. Me limité a asentir. Era espantoso saber que su voz era fácil de reconocer.
Quedamos en silencio, no sabía que decirle, aunque prefería no hacerlo. Si lo hacía tenía que observarlo, y eso no era una de las mejores opciones.
Él abría y cerraba la boca constantemente, queriendo decir algo, pero sin poder conseguirlo.
Intenté enfocar mi vista en los grupos de personas que socializaban tranquilamente en aquel patio. Y con grupos me refería a puros hablando con puros y judíos con judíos.
Por eso no podía socializar con los Cullen, ese hecho podría acarrear problemas.
-Me gustaría presentarme por mí mismo –me interrumpió Edward-. Alice se precipita bastante a la hora de las presentaciones y todas esas formalidades. Mi nombre es Edward Cullen, mucho gusto –y a continuación lanzó una sonrisa torcida, mostrando una hilera de dientes blancos perfectamente alineados. Eso me dejó sin palabras. Pero tenía que recapacitar. No es lo correcto. No es lo correcto.
-Isabella Swan, igualmente.
Su mano estaba extendida hacia mi, por lo que se la tomé y estreché delicadamente. En lugar de sentirlo reconfortante e intentar prolongar ese momento, quité mi mano y me paré.
-Lo siento, me tengo que ir –y sin más lo dejé allí solo.
Esto era totalmente injusto, ¿por qué no podíamos hablar como dos personas normales, sin prejuicios ni preocupaciones? ¿Por qué no podía confiar en los Cullen e intentar tener nuevos amigos? ¿Por qué diablos se impuso el antisemitismo? Juro odiar a Hitler.
Ingresé a mi clase, ignorando por completo a Edward.
Fue realmente tedioso soportar su mirada durante toda la clase, pero pude contenerme, y le ignoré hasta que el timbre sonó.
Cuando sonó la campana salí disparada de la clase, Edward ahora me llamaba por mi nombre. Hasta una persona estúpida se daba cuenta que lo estaba evitando.
Sin importarme la próxima clase, salí del establecimiento, derecho al parque que se encontraba cerca de mi escuela.
Era realmente relajante estar allí, los árboles te rodeaban por todos lados, y uno podía apreciar a las personas arriba de ellos.
Sí, arriba de ellos. Mi padre desde pequeña me ha enseñado a escalar árboles. Decía que algún día me salvarían la vida. Y no se equivocó, ya me han salvado en dos oportunidades.
Comencé a escalar mi favorito, hasta llegar a su última rama, apreciando el sol en todo su esplendor, sintiendo el calor en mi rostro.
Estar lejos de la tierra también me ayudaba a reflexionar, cosa que necesitaba hacer urgentemente.
Era totalmente injusto que no pudiese socializar con Alice, Emmett o Edward. Parecían ser buenas personas, y mis padres siempre me han dicho que yo lo soy. ¿Por qué no podemos llevarnos bien?
Podríamos, pero eso acarrearía muchos problemas. A mis padres no les agradaría mucho la idea de que les presente personas puras, tampoco que yo me lleve bien con ellos.
Indignada, así me sentía. Porque sabía que la mejor solución para todos sería que no les hable más a los Cullen. Y si con eso conseguía mantener a mi familia a salvo, bienvenido sea.
Baje de aquel árbol, totalmente decidida de mí decisión, pero ignorante de quien se encontraba caminando por aquellas zonas…
