Los días que pasaron fueron insoportables, pero me causaron alivio a la vez. Los Cullen habían intentado acercarse a establecer la más mínima y casual conversación, sin resultados. Había vuelto a estar sola, luego de esos dos días en los que me había sentido acompañada en el colegio desde que mi primo se graduó.

En un principio me dolió ver la cara de Alice al entender que no habría resultados por más que lo intentara. Edward no dejaba de mirarme, y en cada final de clases me llamaba hasta que me perdía en el tumulto de gente.

No tenía amigos, nadie era mi amigo en aquel nefasto lugar. Si solo pudiera excluirme en mi casa, con mis libros, con la música clásica, con Chopin llenando la habitación de una melodía que no podía expresar sus sentimientos con palabras. Era la llave que me llevaba a un mundo donde las religiones no definían quiénes éramos, ni nuestro destino. Donde todo era color de rosas, y las flores tenían su color en su mayor esplendor. Cerrar los ojos y dejarse llevar era algo que me encantaba de aquella música, me llevaba a lugares que nunca conocí y sentía que me llenaba el alma. Chopin fue, sin dudas, uno de mis héroes en aquellos tiempos.

Recordaba un día de campo, cuando fuimos con mis padres y almorzamos afuera, la única vez que pudimos hacerlo. Tenía cuatro años y recordaba que las charlas que ellos llevaban a cabo eran amenas y sobre temas que no afectaban a la vida de alguien. Todo era, si se podía considerar, y por lo menos lo era a los ojos de una niña de cuatro años, paz. Una paz que se perdió. Estúpidos puros.

El viernes, cuando salí de clases, me dirigí a la tienda de la señora Middleton, a quien solía ayudar. Afortunadamente, ella me prestaba un delantal que lograba cubrir mi insignia. Odiaba tener que hacerlo, pero ayudar a aquella mujer permitía que mi mente se despejase y podía tener un ingreso propio.

La mercería se encontraba a media hora desde mi casa. La única desventaja era que mi turno finalizaba a las ocho de la noche, y la media hora restante a mi casa no era en la luz que tenía cuando me dirigía a aquel lugar, donde las señoras se entretenían manteniendo charlas sobre los diversos botones que podían llevar, o qué cinta quedaba mejor con el vestido que usarían en una respectiva gala.

A veces soñaba con poder encontrarme en su lugar, pensando que algún día correría la misma suerte, encontraría a alguien que me amase y no tuviese vergüenza de anunciar su amor por una judía, llevándola a todas las reuniones, siendo aceptada por todos sus amigos y conocidos, perteneciendo al grupo de señoras que discutían por aquellos botones tan pequeños que sólo ellas notarían. Pero vamos, caballeros así sólo se encuentran en las historias que llenan mi imaginación y a la vez me llenan de falsas esperanzas, o no.

No era más que otra damisela en apuros, con la diferencia de que la vida me había chocado bastante, formándome y forjando una coraza bastante fuerte. Estaba completamente agradecida a mi padre por enseñarme a escalar árboles y a jugar al ajedrez desde pequeña, lo que abrió mi cabeza en gran medida. Pero a veces, saber escalar árboles no es algo que salve a una damisela, imaginar la vida como un partido de ajedrez no siempre iba a ser el camino a la victoria. A veces, la damisela no se encuentra en un bosque, rodeada de árboles.

A veces la damisela se encuentra en un desierto...

Mi turno en la mercería concluyó en sus parámetros normales. Salí de la tienda luego de escuchar las recomendaciones de la señora Middelton, que las repetía como una religiosa, y emprendí rumbo a mi casa.

Admitía que a aquellas horas, no me sentía completamente segura fuera de aquel lugar. Pasé frente al lago que se encontraba a dos cuadras de aquel lugar. Mis padres sabían que a veces me demoraba porque me gustaba detenerme en ese lago.

Pero no había cosa más encantadora en el mundo. El agua era de un color cristalino, con las pequeñas olas producidas por el movimiento del viento, sin embargo, todo se desarrollaba en una parsimonia total. La luna siempre se reflejaba de una forma diferente. Nunca es igual. Es como si a cada noche tomara una personalidad diferente, para salir y relucir a todos en su completo esplendor.

De repente, una hoja cae del árbol en donde me encontraba reposada. De repente, aquella hoja se apoya ligeramente sobre el agua, causando, inevitablemente, el colapso del mismo. El más mínimo cambio, el más ínfimo movimiento produjo un cambio colosal en aquel espacio pacífico.

-¿Acaso te he llamado mentalmente? –Diablos…

Esa voz era imposible de olvidar.

Hay en las mujeres de todo este mundo una facultad de adivinación admirable, que las hace comprender entre un millón de hombres, cuál es aquel en que han hecho impresión con su belleza o personalidad; y en las circunstancias más difíciles y extrañas una mujer sabe al momento adivinar si ella hace parte allí y de dónde o de quién podrá surgir el misterio que los demás no comprenden.

Maldecía el momento en que mi mirada se cruzó con la de aquél muchacho.

-James…

Tendríamos que volver un año atrás para comprender cómo nos conocimos.

James era el hijo del hombre que echó a mi padre de su cargo, es decir, el director del colegio donde trabajaba. Tendría unos veinte años para ese entonces.

Ese día fue cuando lo conocí. Él fue a acompañar a su padre. Se notaba en su cara angelical que disfrutaba aquello, disfrutaba el dolor ajeno. Incluso yo, que me encontraba sentada en la escalera, pude ver el placer que recorría su cuerpo al contemplar la cara de mi padre.

Con la noticia, y la angustia generada en mi hogar, salí de allí, buscando refugio. Mas cuando llegué al parque donde me sentía protegida, estaba el mismo James riéndose con sus amigos, relatándoles lo ocurrido.

Cuando se percató de mi presencia, me observó de pies a cabeza, y sentí un escalofrío terrible al entender su mirada sobre mí. Aquella mirada que devoraba todo a su paso, e intentaba intimidar a su víctima. Por supuesto, él no sabía que hacía pocos minutos había estado gozando del dolor de mi familia.

-Hola preciosa –intentó acercarse a mi y extendió una mano para acariciarme. Sin embargo, ésta no llegó a tocarme, porque con toda la fuerza que tenía, le pegué un puñetazo en el estómago, táctica que había practicado tanto con mi primo, y le escupí en la cara para luego decir, con el mayor desagrado posible:

-Maldito puro.

Emprendí mi escapada de aquel lugar y, afortunadamente, no pudieron alcanzarme…

Desde entonces, esa ha sido mi reacción cada vez que lo veía. Escapar…


Hola! Espero que les haya gustado el nuevo capítulo. Sigo intentando subirlos más seguido.

Por favor comenten que les parece. Eso ayuda mucho J