Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.

TOCANDO FONDO

CAPÍTULO 4

Edward

Entré a la academia de policía nada más acabar el instituto.

Mi ingreso al cuerpo sucedió un año después.

Para ese momento Carlisle había sido nombrado Capitán y aún seguía ocupándose de todos los casos vinculados al narcotráfico que sucedían en Los Angeles.

Desde que mi hermano Emmett había muerto por una sobredosis cuatro años antes, mi padre había sentido la imperiosa necesidad de limpiar de drogas las calles.

Nuestra familia se había desmoronado cuando Emmett había muerto.

Esme nunca pudo perdonarle a Carlisle que le hubiera prohibido acercarse a su hijo y le hubiese negado a Emmett la entrada a nuestra casa, hasta tanto no aceptase ingresar a un centro de desintoxicación.

Cuando en la investigación de la muerte de Emm, salió a la luz mi relación clandestina con su novia, Rosalie, Esme estuvo seis meses sin poder dirigirme la palabra.

Primero se volcó en Alice, que por entonces apenas tenía tres años.

Más adelante, decidió convertir nuestra casa en un hogar de acogida para niños cuyos padres estuvieran ingresados en centros de desintoxicación.

Poder cuidar de esos niños, fue lo que le dio fuerzas para continuar viviendo, aunque su relación con mi padre nunca volvió a ser la misma.

A medida que me fui introduciendo en el trabajo policiaco, la lucha contra el narcotráfico que tan encarnizadamente peleaba mi padre, fue convirtiéndose en mi lucha.

Comencé a involucrarme más y más, al ver la forma en que esa pelea iba consumiendo a Carlisle.

Cuando llevaba tres años en el departamento de policía, una noche de verano, recibimos un chivatazo.

Un narcotraficante que veníamos persiguiendo sin descanso y sin éxito desde dos años antes había introducido en la ciudad un importante alijo de cocaína, y sabíamos dónde lo guardaba.

Con menos refuerzos de los que hubiéramos necesitado, nos presentamos en el lugar.

Estúpidamente creímos que cinco oficiales de policía nos bastaríamos para reducir a los delincuentes y atrapar a Embry Call.

Pero ellos eran más que nosotros y estaban muy bien armados.

Fue mi arma la que disparó la bala que acabó con Call. Pero fue la suya la que acabó con la vida de mi padre.

Allí, frente a mis propios ojos, Carlisle cayó desplomado con un disparo en la frente.

De nada le había servido el chaleco antibalas.

Una vez más las drogas destruían mi familia.

Recibí una condecoración, al igual que Carlisle, pero un reconocimiento póstumo a su valor y a su labor no nos devolverían nunca al jefe de familia.

Ahí me encontraba yo, nuevamente, a los veintitrés años, teniendo que levantar a mi madre, y hacerme responsable de una familia a la que no sabía cómo ayudar.

Esme volvió a desmoronarse y Alice, se vio obligada a madurar prematuramente a los diez años.

Me encontré entonces en una triste encrucijada. Continuar mi lucha denodada contra el narcotráfico, a fin de vengar de cierta forma las injustas muertes de mi padre y mi hermano, o abandonarla de una vez, ocupándome de casos menores o incluso trabajo de oficina, para lograr mantener la paz mental de mi madre, que día a día temía por mi vida.

Le llevó un tiempo entenderlo, pero finalmente aceptó mi destino. Ella tampoco se veía capaz de aceptar que más gente muriese por culpa de ese maldito flagelo que eran las drogas.

En honor a las memorias de Emmett y Carlisle, me apoyó en mi causa y siguió recibiendo niños en régimen de acogida, al menos por los siete u ocho años siguientes.

—Edward —me llamó Esme una tarde de domingo mientras preparaba la carne en la barbacoa

Victoria, mi novia desde hacía unos seis meses, y yo, habíamos ido a comer con mi madre y mi hermana, como solía hacer siempre que tenía algún sábado o domingo libre.

—Dime, mamá.

—Tienes que mirar la valla trasera. El perro del viejo Varner se cuela a nuestro patio cada noche y ese viejo no hace nada.

—De acuerdo, mamá. Pero no podré verla hoy. Tengo guardia esta noche —expliqué pensando en que no tendría mucho tiempo para pasarlo con Victoria a solas si tenía que quedarme en casa de mi madre a hacer trabajo de carpintero.

—Oh, Edward, es que ese perro se está comiendo mis flores...

—Vendré en la semana. Lo prometo —aseguré dando vuelta a las hamburguesas sobre el fuego.

—¿A qué hora tienes que estar en la estación? —preguntó Victoria en cuanto entramos en su departamento, después de pasar la tarde con mi familia.

—A las siete —contesté abrazándola por la espalda para besar su cuello desnudo.

—¿No te veré hasta el lunes? —ronroneó recostándose contra mi cuerpo seductora.

—Lo siento, cielo, pero creo que podemos adelantar un poco de nuestro tiempo perdido —susurré mientras desabotonaba su camisa para quitársela y dejarla caer al suelo.

—Es lo menos que me debes —aceptó girándose entre mis brazos para rodearme con los suyos y restregarse contra mí.

Victoria era una mujer preciosa y yo me sentía afortunado de que se hubiera fijado en mí. No podía decir que estuviera enamorado, pero estaba seguro de que podría llegar a enamorarme de ella.

Era abogada criminalista y nos habíamos conocido seis meses atrás, cuando yo había tenido que presentarme en los juzgados para declarar sobre un caso de tráfico.

Al principio se había mostrado ruda y distante, pero sólo tres días después había aceptado tomar un café conmigo.

El café se había acabado convirtiendo en una cena y la cena nos había llevado a su departamento y a su cama, para acabar en el desayuno de la mañana siguiente.

Desde entonces nos veíamos todo el tiempo que la estación me dejaba libre.

Victoria enredó sus piernas en mi cintura y me encaminé a la habitación.

Nos desvestimos con premura y la penetré con la misma necesidad ansiosa.

Victoria me empujó para dejarme tumbado sobre el colchón y quedar sentada a horcajadas sobre mí.

Me cabalgó con su habitual destreza mientras sus dedos se movían frenéticos sobre su clítoris henchido.

Mis manos sobaban sus pechos, y mis ojos no lograban desviarse del fantástico espectáculo de ver a esa ninfa, dándose y dándome placer, sin inhibiciones.

En la contracción de su rostro vislumbré la inminencia de su orgasmo. Llevé mis manos a su cintura para sujetarla con fuerza y la embestí dura y profundamente lanzándola de lleno al orgasmo que la hizo gritar mientras contraía sus músculos vaginales sobre mi miembro palpitante.

Tras sólo dos embestidas más, me derramé en su interior, gruñendo satisfecho.

Victoria se movió dejándose caer en la cama a mi lado, intentando ralentizar su respiración.

Victoria era la mujer más sexual que yo había conocido jamás, por lo que tras sólo unos diez o quince minutos, ya estaba preparada para una segunda ronda.

Se puso de costado y llevó su mano a mi miembro para menearlo endureciéndolo, a la vez que al resto de mí le despertaba de su adormecimiento.

—¿Qué hora es? —pregunté llevando mi mano a la suya para acelerar el ritmo de sus toques.

—Las seis —murmuró bajando su boca por mi cuerpo hasta alcanzar la brillante cabeza de mi pene. —Tenemos tiempo para uno o dos más.

—Vas a dejarme seco —reí enredando mis dedos en su cabello para empujar su cabeza sobre mí.

La alejé de mí cuando sentí que mi fin estaba cerca.

—Ven aquí —ordené tirando de ella y recostándola sobre la cama boca abajo.

Me tumbé sobre ella y tanteé su húmeda cavidad antes de llevar mi miembro a su sexo y penetrarla.

Nuestros orgasmos nos asaltaron a la vez en tan solo unos pocos embates.

—El lunes tengo que estar temprano en el juzgado —me dijo Victoria mientras me observaba vestirme. —Pero si vienes directamente desde la estación, podemos desayunar juntos.

—Lo intentaré. Si todo va bien, debería estar saliendo sobre las seis, pero ya sabes cómo son los fines de semana en esta ciudad. Tengo entendido que hay un par de fiestas, ya sabes, de esas en las que el alcohol y las drogas corren libremente. Siempre acaba habiendo alguno con coma etílico o sobredosis.

—Tendrías que hacer caso a tu madre y pedir que te trasladen a la central para dedicarte a papeleo, o algo menos riesgoso. Seguro tu madre tendría menos canas. Y yo también —sonrió.

—Tú no tienes canas —reí inclinándome sobre ella para besarla —Sabes que el papeleo no es para mí.

—Y pensar en que puedas acabar como tu padre, no es para mí —retrucó molesta —Ni para tu madre, si vamos al caso.

—No voy a acabar como mi padre —aseguré comprensivo ante la preocupación de la mujer —Pero tampoco puedo dejar que esta ciudad se convierta en una ciudad sin ley respecto a las drogas. Sabes que me toca muy de cerca, Vic.

—Sí, sé que lo hace, pero también sé que es un ambiente muy peligroso en el que te mueves.

—Te prometo que me cuidaré —prometí tumbándome nuevamente en la cama y retirando las sábanas que cubrían el delicioso cuerpo desnudo de mi novia.

Bajé mis labios sobre los de ella y la besé con calma, bajando mi mano por el cuerpo femenino hasta alcanzar los húmedos pliegues de su entrepierna.

—Buscas distraerme —se quejó ella dejándose caer sobre la cama.

—Busco dedicarte mis últimos cinco minutos antes de tener que marcharme —le corregí mientras la embestía con mis dedos, llevando mis labios a los pechos inflamados de deseo.

James Whiterdale estaba ya en la estación cuando yo llegué.

Odiaba tener que compartir mi guardia con él, básicamente porque odiaba a Whiterdale.

Había llegado a nuestra estación desde alguna oficina de Nueva York y estaba convencido de ser el número uno cuando no era más que un cabrón deseoso de hacerle sentir a los ciudadanos que él era quien mandaba.

No era capaz de sentir ningún tipo de empatía, sin importar quién fuese la víctima de cualquier delito, y desde luego, en tema de drogas era incapaz de creer que los consumidores pudieran ser víctimas del sistema y la sociedad.

No estaba de acuerdo en que el estado consumiera recursos ya fuera en rehabilitación para los consumidores, o en hogares de acogida para los hijos de estos.

Y, desde luego, cada vez que él y yo nos veíamos obligados a trabajar en algún caso de estos, sus comentarios despóticos y desdeñosos, hacían hervir mi sangre.

—Buenas tardes —saludé antes de ubicarme tras mi escritorio.

—Buenas, jefe. —respondió cómodamente ubicado en su asiento con las piernas apoyadas sobre su mesa —Qué putada tener que trabajar este fin de semana, ¿no?

—Alguien tiene que hacerlo.

—Ya. Pero hoy juegan los Lakers, y hubiera preferido quedarme en casa, con cerveza y patatas y el juego en la pantalla plana.

—No me va mucho el baloncesto —reconocí.

—Pues supongo que en tu caso habrías preferido quedarte en casa con esa preciosita novia tuya, que tiene un cuerpo de infarto —comentó demasiado lascivo para mi gusto.

—Cuidado, Whiterdale —le previne antes de que dijera nada que pudiese lamentar.

—Sabes que puedes presentármela si en algún momento decides dejarla.

—Creo que entenderás que no me interese tener esta conversación, Whiterdale.

—Lo siento —rió burlón —Es que sólo imaginarme esa delicia pelirroja sin ropa, me pone duro.

Me volteé hacia él furibundo.

—¿Te imaginas a mi novia sin ropa? —gruñí apoyando mis puños sobre su mesa.

—Tranquilo, hombre, era una broma —rió con descaro.

—Pues deja de lado tus bromas y entérate qué fiestas o eventos hay previstos para esta noche en la ciudad —ordené alejándome de él antes de darle un puñetazo en su preciosa cara de niño bueno.


Un capi extra que tenía por ahí guardado... Un poquito más de nuestro poli.

Espero que les gustara el capi.

Gracias a todos por los reviews, alertas y favoritos.

Les esperamos siempre en el grupo de Facebook: Las Sex Tensas de Kiki, donde comentamos ésta y mis otras historias.

Besitos y gracias por leerme.

Gracias a Eli Val por las geniales portadas que me hizo para el fic.