Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.

TOCANDO FONDO

CAPÍTULO 15

Bella

Edward me pasó a buscar a la mañana.

Ese día la mujer de la limpieza se había marchado.

La enorme casa estaba completamente vacía y así quedaría por un tiempo hasta que yo me encontrase en condiciones de tomar alguna decisión al respecto.

En ese momento solo quería deshacerme de ella, ya que esa casa no hacía más que traerme recuerdos de los momentos felices vividos con mi hermano.

También sabía que no sería justo tomar esa decisión sin consultarlo con Leah, ya que, al fin y al cabo, aunque fuese menor de edad, Leah era tan dueña de la casa como yo misma, por lo que de momento, solamente había dejado establecido que la casa se abriera y limpiara semanalmente, al igual que los jardines, la piscina y la casa de invitados.

Mi abogado había intentado que organizáramos toda la documentación sobre herencias y sucesiones, pero no era el momento para que yo me metiera de lleno en esos temas. Mi cabeza no estaba preparada para ello.

Finalmente, el sentido común de Jason prevaleció. El ingreso a esa clínica no sabía cómo podría llegar a afectarme y en algún momento, Jason insinuó algo sobre personas que se suicidaban por no poder enfrentarse a la abstinencia.

Me asustó. No creo que esa fuera su intención pero lo hizo, me asustó.

Finalmente, firmé un testamento nombrando a Leah mi heredera universal y a Jason Jenks su tutor y administrador.

Fue en el último momento, y tomándome unas atribuciones que no me correspondían, designé a Senna Heggings y Edward Cullen como tutores conjuntos, de forma que ninguno de los implicados pudiera tomar decisiones respecto a Leah, sin consultarlo con los demás.

En ese momento comprendí lo solas que Leah y yo estábamos en el mundo. No teníamos familia alguna y la única persona que yo sabía a ciencia cierta que amaba a mi hermana y haría todo lo que considerase mejor para ella, era Senna, su niñera.

Por alguna razón que no supe explicar, Edward Cullen me había parecido una persona digna de confianza y había creído realmente en su interés por cuidar de Leah, así que no me pareció extraño incluirle a último momento en mi testamento.

Quería pensar que nunca sería necesario leer ese testamento, hasta tanto Leah no fuese una adulta responsable, pero últimamente me había empezado a conocer un poco mejor y había notado claramente cuan débil e inestable podía llegar a ser cuando las vivencias me sobrepasaban y, sin lugar a dudas, en los próximos meses iba a enfrentarme a cientos de vivencias de ese tipo.

—Hoy redacté las modificaciones a mi testamento —le informé a Edward en cuanto subimos al coche después de cerrar la casa.

Se volteó a verme sorprendido antes de poner en marcha el coche.

—¿Tu testamento?

—Sí. El que tenía estaba desactualizado —expliqué con la mirada clavada a lo lejos a través del parabrisas —En aquel repartía mis bienes entre Seth y Leah, pero ahora Seth no está. Quería dejar todo organizado para que, en caso que me suceda algo, sea todo lo más sencillo posible.

La mano de Edward se posó en mi mentón y giró mi rostro hacia él.

—¿Tienes miedo, Bella? —indagó en voz muy baja.

—Sé que no todo el mundo sabe sobrellevar la abstinencia —expliqué mostrándome fría y despreocupada —Sería una tonta si no reconociera que eso podría pasarme a mí.

—¿Tienes miedo? —repitió y no hizo falta que contestara con palabras.

Mis ojos se humedecieron y él lo notó de inmediato. En un gesto cariñoso me atrajo hacia él rodeándome con sus brazos.

—No tienes que tener miedo, Bella. Vas allí a curarte, no a morirte.

—Mucha gente no lo supera —musité.

—Pero tú lo harás, porque eres la chica más fuerte y atrevida que yo he visto jamás —dijo con una sonrisa en la voz —Porque a mí me has insultado por activa y por pasiva sin importarte un pimiento que sea un agente de la ley y tenga potestad para meterte en prisión, así que no me creo que unos cuantos medicuchos y unas estúpidas drogas vayan a poder contigo. Vas a hacerlo porque tu hermana lo necesita y te necesita a ti, y tú quieres estar con ella y eres demasiado terca y arrogante como para dejar que otros decidan por ti y os separen. Vas a hacerlo porque no vas a dejar que ese estúpido juez determine tu vida y la de Leah. —me aseguró intentando llenarme de confianza.

—Siento haber sido siempre tan inmadura, pedante y arrogante contigo —me disculpé alejándome de su abrazo —No diré que no quería insultarte porque en realidad era lo que quería hacer —reconocí haciéndole reír.

—Bueno, gracias por la sinceridad.

—Te insultaría si intentara disfrazar la verdad. Estoy segura de que lo sabes.

—Lo sé —reconoció.

—Pero ahora sé que no tenía derecho a tratarte como lo hice, y sé que lo menos que merezco es que tú me ayudes a mí o a Leah, pero te estaré eternamente agradecida y espero que sigas cuidando de mi hermana.

—Sé que quizás me estoy involucrando demasiado en este caso, Bella, pero de alguna forma, desde que te vi con tu hermano, supongo que debido al hecho de haber vivido la misma situación con mi propio hermano, os siento a ti y a tu hermana como si fuerais parte de mi familia y quiero cuidaros y protegeros como lo haría con mi hermana, Alice. Y voy a ayudaros en todo lo que me sea posible, pero tú debes recordar que me prometiste que ibas a esforzarte y a luchar para ponerte bien.

—Lo haré.

—Bien. Ahora no te preocupes por nada más y vamos a ver a Leah, que estoy seguro debe llevar toda la mañana esperándote —me dijo volteándose hacia el volante y poniendo el coche en marcha.

La familia de Edward vivía en el valle de San Fernando.

Desde luego, la casa no era tan grande como la nuestra pero se veía mucho más personal y acogedora.

Pintada de un amarillo suave, con las puertas y ventanas blancas. A ambos lados del camino de entrada, unos parterres con flores rojas y blancas, y a uno de los lados un enorme roble del que colgaba un neumático en forma de columpio.

Según Edward, llevaba allí desde que él tenía memoria, aunque recordaba haberle cambiado la cuerda y el mismo neumático hacía unos seis o siete años cuando Alice estaba entrando en la adolescencia.

Edward detuvo su coche en la entrada de la casa.

Cuando la señora Cullen abrió la puerta, Leah salió desde detrás de ella y corrió hacia mí para saltar a mis brazos.

—¡Bella! —gritó entusiasmada cuando la levanté y la giré entre mis brazos.

—Lee, cielo —musité cerrando mis ojos para detener el torrente de lágrimas que amenazaba con desbordarlos —¿Cómo estás, cariño?

—Bien, muy bien —dijo bajando de mis brazos y enredando su mano con la mía para tirar de mí hacia el interior de la casa —¿Y tú cómo estás? Edward me dijo que tienes que ingresar en un hospital —comentó con tristeza.

—Sí, así es.

—¿Estás enferma?

—Algo así, cielo, pero voy a ponerme bien.

—¿Lo prometes?

—Desde luego —aseguré cuando alcanzamos la entrada de la casa.

—Ella es Esme —me presentó mi hermana —Es la mamá de Edward y de Alice. ¿Conoces a Alice?

—No, aún no —dije estirando mi mano para estrechar la de la mujer —Encantada de conocerla, señora Cullen.

—Igualmente, querida —dijo la mujer ignorando mi mano para darme un cálido abrazo —Llámame Esme, por favor. Ven, entra. Estás en tu casa. —agregó antes de dejarnos a Leah y a mí a solas, para que mi hermanita me enseñara su habitación.

Pasar esa última hora con Leah me había sosegado.

Verla tan feliz, tan tranquila, me daba la paz que necesitaba para irme a ese maldito centro con una preocupación menos.

Esme Cullen resultaba ser una mujer encantadora y Leah había encontrado en ella lo más parecido a una madre que había tenido nunca.

En tan pocos días, Leah mostraba un amor incondicional por esa mujer.

Tenía que estar agradecida a esa mujer, y lo estaba, pero en cierta forma me sentía recelosa de lo que sucedería cuando Leah abandonara esa casa. Yo nunca podría ser una madre para ella y la niña, sin lugar a dudas, se merecía una madre.

Muy a mi pesar tuve que reconocer que, quizá yo no era la mejor opción para mi hermana, por mucho que me doliera aceptarlo.

Pero ya que en mi egoísmo, me negaba a abandonarla, mi única opción era recuperarme y convertirme en la mujer responsable que debía ser y ofrecerle a la niña, la vida que se merecía.

Alice Cullen, la hermana de Edward, resultó ser la hermana que Leah hubiera debido tener, si el mundo fuese un lugar justo.

Era encantadora con mi hermana y estaba siempre tratándola con cariño e inventando historias y juegos que a Leah la tenían encantada.

Debo reconocer que la odié en cierta forma, por ponerme el listón muy alto en el papel de hermana mayor, pero finalmente acepté que por el bien de mi hermana, prefería que la tratara de esa forma y la hiciera sentir querida y adorada.

Y por último estaba Edward.

La niña parecía realmente enamorada de Edward Cullen y yo no podía reprochárselo. Desde que Edward y yo habíamos optado por dejar de atacarnos, agredirnos e insultarnos, había podido encontrar en él un amigo como nunca había tenido, quizás incluso algo así como un hermano. Pero uno de los responsables.

Edward Cullen.

Edward tenía algo especial. Era diferente a todos los hombres que yo había conocido en mi vida y, sin dudas, esa realidad solo me confirmaba lo inadecuada que yo era para él y lo imposible que él era para mí.

Era guapísimo sin dudas, con su cabello cobrizo, sus ojos verdes y su barba de dos días.

Pero su belleza física era lo menos hermoso que tenía.

Edward era la persona más honesta, más amble, más leal y decente que había conocido jamás.

Y yo no sabía cómo tratar con una persona así.

Él y yo estábamos a un universo de distancia, pero mientras él siguiera resultando tan insuperablemente encantador con mi hermanita pequeña, yo no tendría nada de qué quejarme.

Por eso, cuando Edward vino a buscarme para llevarme al centro, mi enorme gratitud me obligó a rodearle con mis brazos y estrecharle agradecida.


Gracias por los reviews, alertas y favoritos y bienvenidos a los nuevos lectores.

Les espero en el grupo de Facebook: Las Sex Tensas de Kiki.

Besitos y gracias por leerme.

Gracias a Sofía Moreno por las portadas.

Adelanto del próximo capítulo:

—¿Y si no lo logro?

—Claro que lo lograrás, cariño. Eres fuerte, Bella.

—¿Cuidarás de Leah si yo no logro salir de esto? —me suplicó separándose de mí para enfrentar mi mirada.

—Tú saldrás de esto —dije enfático —Saldrás porque no tienes más opción, Bella.

—No soy tan fuerte —me corrigió —Ahora mismo me fumaría un porro si alguien me ofreciera uno —sollozó —Y puedes estar seguro de que no me arrepentiría en absoluto.