Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.

TOCANDO FONDO

CAPÍTULO 17

Bella

Tres meses.

Debería permanecer en el centro tres meses. Después de ello, durante tres meses más, me realizarían un seguimiento con visitas semanales al grupo de terapia externo.

Durante los meses que permanecería en el centro, como era de esperarse, no tendría acceso a ningún tipo de drogas o alcohol, pero tenía permitido fumar cigarrillos de tabaco.

En ese plazo acudiría diariamente a distintos tipos de consultas, con médicos, psicólogos y sesiones de terapia grupal.

Para pasar el tiempo libre que me dejaban las distintas consultas, existían varias opciones.

Podía ir al gimnasio o la piscina, practicar distintos deportes, o inscribirme en alguno de los cursos o talleres que se impartían en el centro.

Los cursos eran variados e iban desde el curso de repostería hasta las clases de economía.

También existía una gigantesca biblioteca y una cinemateca con una amplia variedad de títulos.

El ala en el cual se encontraba mi habitación era exclusivamente para chicas, pero salvo las habitaciones el resto eran lugares comunes donde hombres y mujeres podían encontrarse.

Nada más llegar, me asignaron como acompañante a una interna que llevaba ya casi cuarenta días allí.

Se suponía que la chica era la encargada de enseñarme el lugar y acompañarme donde quisiera ir, supuestamente para ayudarme ante cualquier duda que me surgiera, pero yo tenía claro que sería mi sombra para evitar que cometiera cualquier tipo de estupidez como cortarme las venas o colgarme de la ducha de mi baño personal.

Como si eso fuera posible.

Desde el principio me dejaron claro que no podría sacar ningún cuchillo u objeto cortante del comedor y ni en el baño ni en la habitación había ningún objeto saliente del cual atar alguna especie de cuerda o similar.

Tanya Denali, a quien apodé Señorita Sombras, era una chica preciosa, rubia, con ojos azul turquesa, y cuerpo escultural.

La odié nada más verla, con su sonrisa amigable y sus gestos simpáticos y sarcásticos.

Según me explicó en los primeros quince minutos, mientras me acompañaba a mi habitación y esperaba a que yo desempacara mis pocas pertenencias, era la quinta vez que ingresaba al centro, pero ésta vez sería la definitiva.

Tenía veintiséis años y llevaba viviendo como drogadicta, alcohólica y anoréxica desde que había cumplido dieciséis.

Su padre era un importante productor musical y su madre una también reconocida estilista y personal shopper.

Su asignación mensual de cuatro ceros la había convertido en una niña rica y consentida.

Había sido la novia del cantante de hip hop Eleazar Camargo durante toda su vida, hasta que éste la había dejado, hacía ya un año, para casarse con Carmen Maestro, la famosa niña prodigio salida de la factoría Nickelodeon.

Había sido Eleazar, seis años mayor que ella, quien le había introducido en este mundo. Le había dado su primer porro, su primera línea de cocaína, su primer chute de heroína, su primera pastilla de éxtasis, y todo aquello que ella había hecho por primera vez.

Él la había llevado a la anorexia, con sus constantes críticas a sus cincuenta y ocho kilos.

Según Eleazar, una chica de un metro sesenta y cinco, debía apenas alcanzar los cincuenta kilos, y Tanya había estado convencida de que él tenía razón.

Sus padres la habían ingresado en distintos centros de rehabilitación a lo largo de los años, pero Eleazar siempre se había encargado de sacarla de allí.

Tres meses después de su ruptura, la cogieron en Sacks, intentando robar bolsos y ropas por un total de cinco mil dólares, los cuales tenía pensado vender para comprar heroína.

En ese momento sus padres la ingresaron por cuarta vez en el Betty Ford, pero se marchó tres semanas después cuando la abstinencia se le volvió insoportable.

Su vida volvió al espiral que había sido, pero cuando su madre había entrado en su departamento, hacía ya tres meses, y se había encontrado a Tanya tirada en el suelo, sobre sus propios fluidos, todo se desató.

Estuvo ingresada en un hospital donde la estabilizaron, le hicieron un lavado de estómago, y la mantuvieron ingresada durante dos meses, obligándola a subir de peso y dejar sus miserables cuarenta kilos, hasta conseguir un peso razonable.

Al salir del hospital, la ingresaron en el centro, y fue su enorme miedo a morirse lo que la convenció de realmente intentarlo esta vez.

Aquí estaba ahora, llevaba tres meses sin consumir drogas de ningún tipo, pero era consciente de que debería permanecer allí por dos meses más.

Realmente yo no podía entender a qué coño se debía su buen humor. Yo llevaba sólo unas semanas limpia y apenas una hora en ese centro y ya tenía un humor de los mil demonios, solo de imaginar cómo sobreviviría los próximos de tres a seis meses.

Tanya se dejó caer sobre mi cama mientras yo abría la maleta para comenzar a guardar la ropa en el armario ropero.

—¿Quiénes son éstos? —preguntó levantando el portarretratos que puse sobre la mesita de noche.

—Mis hermanos —le respondí con rudeza a la vez que le quitaba de las manos la última foto que tenía de Leah, Seth y yo juntos.

—Tu hermano es guapísimo. ¿Está soltero? —dijo con un tono apreciativo.

—Está muerto —espeté incomodándola.

—Oh, vaya, lo siento. —se disculpó dedicando una última mirada a la foto.

—¿Qué le sucedió?

—Murió por sobredosis —gruñí y supe que con cada palabra la incomodaba aún más.

—Oh, vaya. Lo siento mucho, Bella. Supongo que no será fácil para ti estar aquí.

—No, no lo es. —reconocí.

—Es un buen lugar, ya verás. Es un poco difícil al principio pero luego te lo pasas bien.

—Pienso odiar cada minuto que pase aquí —le repliqué mientras colgaba mis tejanos de una percha de plástico.

—Sí, supongo que yo también lo odiaría, si supiera que hay un bombón como el tuyo esperándome fuera —reconoció Tanya con una sonrisa divertida que yo encontré fuera de lugar —¿Es tu novio?

—¿Quién? —inquirí volteándome a observarla.

—El guapetón que te acompañaba.

—No es mi novio —contesté entre dientes —Es el policía que tiene la custodia de mi hermana hasta tanto yo salga de aquí.

—Oh, vaya, vaya, y policía… —sonrió —No imaginas cómo me ponen los uniformes…

—Ni se te ocurra mirarle —le ordené sintiéndome completamente posesiva —Tiene novia. Y nunca se fijaría en alguien como tú.

La sonrisa de Tanya se profundizó y por un momento sentí ganas de borrársela a golpes.

—¿Qué es alguien como yo? ¿No crees que sea lo suficientemente guapa? —inquirió petulante y completamente consciente de lo hermosa que era.

—No tiene que ver con la belleza física, sino que Edward nunca se liaría con una drogadicta.

—Edward —suspiró —Bonito nombre. Por otra parte, ya lo he dejado, y estoy segura de que un oficial de policía estaría encantado de apoyar la recuperación de una ex adicta.

—Ni se te ocurra meterte con él —gruñí volteándome hacia ella —Probablemente sea la única persona que me visite en los primeros tiempos, y no quiero que te acerques a él —ordené lanzándole dagas con la mirada.

Su sonrisa petulante me sacaba de quicio.

—Entiendo. Lo quieres para ti —comentó enfureciéndome.

—Claro que no —rugí molesta pero en algún lugar de mí, la idea de Edward y yo manteniendo una relación, resultaba cálida —Edward solo es un… amigo, o algo así. Solo me está ayudando para que no pierda la tenencia de mi hermana pequeña.

—¿Y su novia es tu amiga? —preguntó Tanya desconcertándome con su pregunta tan fuera de contexto.

—¿Eh? No. Ni siquiera conozco a su novia.

—Ok, entonces no te importará que yo lo intente con él —sonrió y sentí la sangre latir en mis sienes.

—He dicho que no te le acerques —rugí y la muy inconsciente se carcajeó.

—Ok, ok —dijo levantando las manos a modo defensivo —No te preocupes, Bella. No voy a meterme con tu chico.

—No es mi chico.

—De acuerdo. Lo que sea. No voy a meterme con él. —sonrió con displicencia y por un momento sentí que debería darle más explicaciones, aunque no sabiendo qué decir preferí mantenerme en silencio.

Ese día no tenía obligaciones más que la de instalarme, pero la señorita Sombras me acompañaba a todas partes hablando y explicando cualquier cosa que viniera a su cabeza sobre cualquier cosa o persona que viese a nuestro alrededor.

Fue así que me presentó a algunas de las chicas que estaban ingresadas allí, y con las que esa tarde compartimos la mesa de la cena en el comedor.

Heidi, una muñeca rubia con un tabique nasal deformado, que la hacía parecer una de esas copias chinas falsas de una muñeca Barbie. Por si su nariz torcida no lo gritara a los cuatro vientos, Sombras me explicó que había sido cocainómana desde los trece hasta los veinte, que era la edad en la que su padre finalmente se había hecho cargo de ella y la había ingresado en el centro.

Había salido dos veces y había regresado a las pocas semanas. Ésta era su tercera estadía en el centro y juraba y perjuraba que sería la última vez aunque Sombras lo dudara.

Gianna, una pelirroja bastante gruesa, no se parecía a la delgada y esbelta Gianna Wachsberger, que yo recordaba como ídolo infantil salida de la serie La familia Rouge, una teleserie que había triunfado a finales de los noventa y donde la chica hacía el papel de la hija adolescente. Papel que la había hecho millonaria.

En este momento tenía veintisiete y llevaba fuera del medio unos diez o doce años.

Según Tanya, se había pasado los últimos diez años gastando su fortuna en drogas, pero las había dejado todas hacía seis meses. La ansiedad la había llevado a comer desmesuradamente provocándole graves desórdenes alimenticios que la tenían ingresada en el Betty Ford desde hacía dos meses.

Nuestra última compañera de mesa era Bree Tanner, la pareja personal y profesional de Diego Ferland, del dúo de punk rock, Unbroken, los cuales habían sido obligados por la discográfica a la que pertenecían, a ingresar en el centro a fin de limpiarse definitivamente de su adicción a la heroína.

Diego estaba ingresado en el ala masculina y por lo que mi sombra me contó Bree se escapaba de su habitación todas las noches que podía para colarse en el ala de los chicos y follar con su chico.

Por lo que decía Tanya, no era difícil colarse donde los chicos si estabas interesada en echar un polvo, aunque en este momento de mi vida, yo no necesitaba más complicaciones.

Los primeros dos días no fueron gran cosa. Tanya me seguía a todas partes y hablaba todo el tiempo de todo lo que le pasara por la cabeza.

En algún momento pensé que Eleazar Camargo debería haber probado a coserle la boca para evitar que comiera y tal vez así la hubiera acostumbrado a no hablar tanto.

Según ella, no llevaba muy bien la ansiedad y hablaba solo para evitar comer. Tuve que reconocer que los médicos y psicólogos del centro debían tener un carácter muy especial, porque yo habría sido capaz de encerrarla a solas frente a la nevera abierta con tal de lograr que se callara.

La odié cada minuto, pero finalmente después de dos días de estar ingresada en ese maldito lugar, entendí a lo que se refería.

Ese tercer día creí que me volvería loca. La abstinencia era una mierda.

Necesitaba desesperadamente algo para fumar o aspirar, pero era imposible conseguirlo. Después de acabar la totalidad de cigarrillos que había traído conmigo, no tenía nada más para meterme en la boca, y opté por conseguir golosinas y gomas de mascar en las máquinas expendedoras.

Pero nada lograba apaciguarme.

Cuando llegó la noche, me había peleado con Tanya, con mi terapeuta e incluso con las celadoras.

A última hora de la noche, cuando la mayoría de las chicas ya se habían ido a la cama, yo continuaba dando vueltas por mi habitación con ansiedad.

La puerta de mi habitación se abrió y Bree Tanner se coló por ella.

—Hola, novata —saludó dejándose caer en mi cama —¿Cómo estás? —preguntó divertida viéndome caminar por la habitación.

—Volviéndome loca —gemí sin detener mi deambular —Necesito un chute de algo o voy a arrancarme la melena pelo por pelo.

—Lo que a veces sirve es un chute de adrenalina —dijo Bree despreocupada.

—¿Crees que en este maldito lugar haya algún puente para lanzarme por él?

—A mí me genera adrenalina colarme en el ala de los chicos y una buena dosis de sexo en las narices de los celadores —dijo con soltura y tardó unos diez segundos en convencerme de seguirla.

Veinte minutos después, Bree Tanner y yo entrábamos en la habitación de su novio.


Gracias por los reviews, alertas y favoritos y bienvenidos a los nuevos lectores.

Les espero en el grupo de Facebook: Las Sex Tensas de Kiki.

Besitos y gracias por leerme.

Gracias a Eli Val por las portadas.

Adelanto del próximo capítulo:

Leah lloraba desconsolada acostada sobre su cama con el rostro escondido entre las almohadas.

—Leah, cariño —le llamé sentándome en la cama a su lado y estirando mi mano para acariciar su cabeza.

Con un salto se alejó de mí sorprendiéndome.

—¡Vete! —gritó sin mirarme

—Hey, cariño, no llores.

—¡Me mentiste! —me increpó sentándose en la cama —¡Me mentiste! Todos me mintieron. ¡Dijiste que Bella no iba a morirse!