Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.

TOCANDO FONDO

CAPÍTULO 18

Edward

—Me encanta que hayas venido —suspiró Victoria recostada en mi pecho, después de nuestra segunda ronda de sexo —No te esperaba.

—No sabía a qué hora estaría de regreso, pero tenía ganas de verte —expliqué sintiéndome culpable.

No había pensado ir al departamento de Victoria hasta que se dio esa extraña situación con Bella, en el centro.

Por un momento me había sentido atraído hacia la chica, sabiendo que eso era una tontería en toda regla.

Había huido del centro y había conducido en alocada carrera hasta mi novia, y después de verla me había dado cuenta que aquello había sido, sin lugar a dudas, una tontería.

Había confundido con atracción o quién sabe qué, el fuerte instinto protector que me despertaba Bella, con sus gigantescos problemas y su vida destrozada.

Pero ver a Victoria y estar con ella me hizo reconocer que no tenía nada que ver con la atracción sexual lo que sentía por Bella, sino todo lo contrario. Seguía considerándola una chiquilla problemática a la que, por alguna razón relacionada con los sentimientos que tenía sobre la muerte de mi hermano, me sentía obligado a ayudar y proteger.

A eso se sumaba el hecho de que yo adoraba a su hermanita pequeña y quería evitarle la desdicha de vivir lo que su hermana y yo habíamos vivido.

—¿Cómo fue todo con Bella? —preguntó Victoria interesada.

—Bien, creo que bien. Ese centro parece más un hotel de vacaciones que un centro de rehabilitación. De cualquier forma, y aunque quisiera negarlo, Bella estaba asustada.

—¿Asustada por qué?

—Tiene miedo de no lograrlo. Dice que teme morirse y dejar sola a Leah.

—¡Qué tontería!

—Sí, supongo que sí, aunque en realidad, creo que es natural su temor. Nunca ha vivido de otra forma. Lleva una década consumiendo todo tipo de drogas y me temo que también cometiendo todo tipo de excesos.

—¿A qué te refieres? ¿Qué tipo de excesos?

—Ya sabes, drogas, alcohol, sexo…

—¿Sexo?

—Sí.

—¿Qué quieres decir?

—Ya sabes, me temo que no ha estado manejando una sexualidad responsable.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Victoria recelosa —¿Ella te lo dijo? ¿Tiene alguna ETS?

—No, pero no sé cómo pudo librarse —reconocí —El día que recogimos a Leah me ofreció sexo a cambio de dejar a su hermana con ella. —expliqué y me arrepentí en cuanto Victoria se irguió para observarme atenta.

—¿Disculpa? —dijo nerviosa —¿Te ofreció sexo?

—No creo que supiera lo que hacía —dije disculpando a Bella —Imagino que hasta ahora toda su vida y sus relaciones han funcionado de esa forma.

—No puedo creer que hiciera algo así. —se quejó Victoria volviendo a recostarse sobre mí. —Esa chica es una puta.

—Está enferma, Vic. Tú fuiste quien lo dijo.

—Cuando solo era una drogadicta, entonces estaba enferma —replicó —Cuando quiere tirarse a mi novio, entonces es una puta —sentenció haciéndome carcajear.

La estreché contra mi cuerpo y tiré de ella para acostarla sobre mí, a la vez que posaba mis manos en sus glúteos firmes y redondos.

—Tu novio no tiene ningún interés en esa chica —le dije meneando mi miembro erecto contra su vulva inflamada.

—Mejor así —aceptó separando sus piernas y removiéndose para llevar mi pene a su interior —Si no tendría que matarla —rió ella y nos olvidamos de Bella y todo lo relacionado con ella para dedicarnos a nosotros y nuestra relación.

Los días siguientes intenté reprimir todos mis pensamientos sobre Bella, aunque no pude ni intenté siquiera, alejarme de Leah.

Pero sí busqué integrar a Victoria con la niña, aunque Leah no se mostraba tan abierta con ella como lo era con el resto de nosotros.

Uno de esos días en que visité a mi madre, por la tarde, la encontré sentada en el sofá, con la cabeza dormida de Leah en su regazo mientras mi madre acariciaba suavemente sus largos cabellos oscuros.

—Hola, mamá —saludé besando su frente antes de sentarme en la butaca frente a ella —¿Qué hacéis? —susurré.

—Acaba de dormirse —me explicó Esme con voz muy suave y un tono quedo y triste.

—¿Quieres que la lleve a su habitación?

—Sí, te lo agradezco.

Levanté a la niña entre mis brazos y con un suave quejido se acurrucó contra mí.

Después de dejar a la niña en su cama, cubierta con una manta tejida, volví al salón.

Esme seguía en el lugar en el que la había dejado con la mirada ausente clavada en el jardín a través de los cristales.

—¿Va todo bien, mamá?

—Sí. Estoy solo un poco triste. —me explicó recostándose contra mí, sentado a su lado.

—¿Por qué? ¿Sucedió algo?

—Leah tuvo un problema en el colegio.

—¿Qué problema?

—Unos niños estuvieron hablando mal de sus hermanos y sus padres.

—Por Dios —suspiré frustrado —Nada como un colegio exclusivo para estar lleno de esnobs y arrogantes malcriados. ¿Qué le dijeron?

—Que su hermano y sus padres habían muerto porque eran drogadictos y que su hermana moriría también. Que ella iría a un orfanato pero como es demasiado mayor, nadie querría adoptarla nunca.

—Dios mío, ¿cómo pueden ser tan crueles los niños de diez años?

—No te equivoques, Edward. Crueles son los padres de esos niños que son quienes les explican esas historias a sus hijos. Ellos solo repiten lo que escuchan en casa.

—Sí, supongo que tienes razón. Imagino que estaría muy preocupada.

—Sí. Teme que Bella se muera y le deje sola. Me hizo prometer que si le sucediese algo a su hermana no dejaríamos que se la llevaran a un orfanato.

—Pobre niña —me quejé —Las personas como Renée y Charlie Swan no deberían tener hijos. Debían haber esterilizado a esos cabrones.

—Edward… —me regañó mi madre.

Aún a mis treinta y cuatro me regañaba como cuando era un crío de ocho.

—Sabes que es la verdad, mamá. Tú has visto cómo arruinaron la vida de sus tres hijos. Si Bella no hubiese estado con Seth cuando murió, si no la hubieran hospitalizado y hecho analíticas, probablemente hubiese obtenido la custodia de su hermana sin más trámite y ahora no estaría ingresada en un centro de rehabilitación. ¿Sabes lo que habría sucedido? Yo te lo diré. Tenía dos opciones, morir por sobredosis y dejar a su hermana sola y bajo la custodia del estado o, lo que hubiera sido peor, habría metido a su hermana en este mundo y en un par de años más, Leah sería una de esas tantas jóvenes drogadictas. ¿Sabes cuándo empezó a drogarse Bella? Cuando tenía doce o trece años, no lo sé con exactitud, pero una vez me dijo que llevaba una década drogándose y no sabía vivir sin hacerlo.

—Dios, pobres niños.

—Su madre consumía drogas en su casa, frente a ellos, como si fueran chocolatinas.

—Oh, por Dios. —se quejó Esme lastimera —¿Crees que podrá salir, Edward?

—Sí, lo hará —sentencié.

—¿Y si no lo logra?

—Lo logrará, mamá. Puedes estar segura de que lo hará. Bella Swan no es de las que se rinden.

—No dejo de pensar qué sería de Leah si su hermana muriese.

—¿Mi hermana se va a morir? —la voz de Leah resonó detrás nuestro sorprendiéndonos.

Mi madre y yo nos volteamos preocupados.

En la entrada del salón la pequeña nos observaba con el rostro pálido, los ojos enormes y las lágrimas rodando por sus mejillas sin control.

Sin darnos tiempo a reaccionar la niña se volteó y corrió escaleras arriba, sollozando.

—Oh, mi Dios —se lamentó mi madre poniéndose en pie.

—Déjame a mí —pedí deteniéndola y me dirigí a la planta alta en busca de la pequeña.

Leah lloraba desconsolada acostada sobre su cama con el rostro escondido entre las almohadas.

—Leah, cariño —le llamé sentándome en la cama a su lado y estirando mi mano para acariciar su cabeza.

Con un salto se alejó de mí sorprendiéndome.

—¡Vete! —gritó sin mirarme

—Hey, cariño, no llores.

—¡Me mentiste! —me increpó sentándose en la cama —¡Me mentiste! Todos me mintieron. ¡Dijiste que Bella no iba a morirse!

—No te engañé, cariño. Bella no va a morirse —aseguré intentado calmarla.

—¡Yo escuché lo que dijo mamá Esme! —chilló furiosa —Dijo que Bella va a morirse —agregó y hundió su rostro en sus manitas soltando un llanto desgarrador.

—No, cielo —Me acerqué a ella y la rodeé con mis brazos levantándola para sentarla en mi regazo —Tu hermana no va a morirse. Todo lo contrario, va a curarse, va a ponerse buena y vendrá a buscarte para llevarte a vivir con ella.

—¿Me lo prometes? —suplicó Leah escondiendo su rostro en mi pecho.

—Claro que sí, cariño. Te lo prometo. Confía en mí, Lee. Bella va a curarse.

—¿Y por qué mamá Esme dijo eso?

—Esme solo estaba explicándome lo que te sucedió hoy en el colegio, nada más. —expliqué acariciando su rostro y secando sus lágrimas.

Leah bajó la mirada triste y sentí ganas de ir a patear los traseros de cada uno de esos niños que habían herido a mi niña.

—Dijeron cosas muy feas de mis papás y de mis hermanos.

—Lo sé, nena, pero no tienes que escucharles. Solo dicen tonterías porque no conocen a tu familia y sienten envidia porque tus papás eran famosos. Tu mami era hermosa y tú te pareces mucho a ella. Solo sienten envidia.

—Dijeron que mis hermanos toman drogas. Y que Bella se iba a morir por eso. ¿Es verdad?

—Leah, tus hermanos no tomaron buen decisiones. Se equivocaron. Tu hermana se equivocó pero se dio cuenta y lo está arreglando. Ha tomado drogas alguna vez, pero se ha dado cuenta que eso está mal y no volverá a hacerlo. En el lugar donde está la están ayudando para ello. Ellos la están ayudando a curarse y por supuesto que no va a morirse. Ésa es toda la verdad, así que no quiero que hagas caso a ninguna de esas tonterías, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —aceptó Leah apretándose contra mí —Gracias, Edward. Te quiero mucho.

—Oh, cariño. Yo también te quiero mucho, cielo.

Al día siguiente me presenté en el LILA, el exclusivo colegio de primaria al que acudía Leah y por el cual su familia pagaba mensualmente una pequeña fortuna.

Cuando salí de allí, el director tenía pocas ganas de continuar permitiendo que una pandilla de pequeños malcriados atormentara a la niña de la cual yo, sin quererlo ni buscarlo, había acabado enamorándome, como si fuera mi propia hija.


Gracias por los reviews, alertas y favoritos y bienvenidos a los nuevos lectores.

Les espero en el grupo de Facebook: Las Sex Tensas de Kiki.

Besitos y gracias por leerme.

Gracias a Karla Marie por las portadas.

Adelanto:

—¿Qué haces? —preguntó sentándose en la cama frente a mí.

—Cuadraditos de papel —expliqué sin abandonar mi tarea.

—¿Para qué?

—Para no cortarme las venas.