Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.
TOCANDO FONDO
CAPÍTULO 21
Bella
—¡Vete! —grité a Tanya en cuanto se coló en mi habitación.
Me ignoró.
Como solía hacer cada vez que yo tenía una de mis malditas crisis por la maldita abstinencia.
Me ignoró y entró en la habitación. Debí haberla empujado fuera y haberla obligado a irse y dejarme en paz pero no lo hice.
Nunca sabré a ciencia cierta porqué, pero no lo hice. Nunca lo hacía. Odiaba y detestaba a esa chica por momentos, pero nunca la echaba. Supongo que en alguna parte muy recóndita de mí, sabía que le necesitaba y, aunque nunca lo reconocería, agradecía que ella ignorase mis pataletas y me obligase a apoyarme en ella.
Ese día mi furia se debía a no haber podido conseguir una bandeja de galletas decentes.
Era viernes y al día siguiente Edward traería a mi hermana a visitarme. Yo le había prometido cocinar galletas para ella, con mi nueva habilidad descubierta, pero esa tarde había sido completamente incompetente.
Había pasado el día entero sintiéndome agitada, nerviosa.
La primera tanda de galletas las había quemado, ya que después de meterlas en el horno las había olvidado por completo. La segunda horneada había quedado dura como piedras, ya que en mi ansiedad la había sacado del horno cinco veces antes de que por fin las galletas estuvieran cocidas.
Lo había vuelto a intentar una vez más pero, desde luego, mi ansiedad para ese momento ya era insostenible, y había olvidado incluir varios ingredientes a la masa, entre ellos polvo de hornear y azúcar. Las galletas resultantes habían sido unas piedras amarillas sin sabor a nada.
Con un grito furioso había lanzado la placa del horno contra la pared y las galletas, si se les podía llamar así, habían volado por los aires.
Había abandonado la cocina ante la mirada atónita de la profesora y las carcajadas burlonas y despectivas de Bree Tanner, quien solía sentarse en la puerta para mirar y criticar a todas las internas que intentábamos hacer algo en ese centro que no fuese follar con quien estuviese disponible.
Furiosa me había encerrado en mi habitación, hasta que la señorita Sombras había vuelto a inmiscuirse como ya era habitual.
Estaba sentada en la cama separando por colores los dulces de una bolsa de un kilo de M&Ms.
Me sentía nuevamente la niña del exorcista, sentada sobre la cama, con las piernas cruzadas como Buda y moviéndome adelante y atrás, mientras repartía las golosinas en seis montones diferentes cuidando de que las letras de la marca quedaran hacia arriba y perfectamente alineadas.
Tanya se dejó caer sobre la cama haciendo saltar el colchón y con él los chocolates.
—¿Qué haces?
—Dije que te vayas —gruñí sin mirarla mientras volvía a ordenar los montones.
—Sabes que no lo haré así que no hace falta que te esfuerces —me dijo mientras cogía un puñado de chocolates de color rojo. —El chocolate se derrite en tu boca, no en tu mano —dijo mientras apretaba las grageas.
—Dame —ordené quitándole los M&Ms de las manos y volviéndolos a ubicar en su respectivo montón.
—Puedo traerte una libreta si quieres hacer montañas de papelitos. —ofreció Tanya poniéndose de costado sobre la cama para mirarme.
—Hoy estoy haciendo montañas de chocolates.
—Ya veo. ¿No prefieres que nos los comamos?
—¿No prefieres largarte y dejarme en paz?
—¿Honestamente? No, en absoluto —rió divertida exasperándome —Me divierte mucho viéndote hacer ridiculeces.
—Vete al infierno, Tanya —rugí —Déjame en paz.
—¿Qué te pasa, Bella? —indagó mostrándose realmente preocupada.
—Necesito un porro —gemí
—No, no lo necesitas.
—Sí lo hago. Desesperadamente. Necesito un porro pero no sé cómo conseguirlo. Si al menos pudiese llamar a Jacob…
—¿Quién es Jacob?
—Algo así como mi novio, o un folla—amigo.
—¿Quieres echarte un polvo con él?
—No. Jacob siempre tiene drogas del tipo que quieras.
—Y quieres llamarlo para que te traiga algo —aventuró Tanya y escuchar las palabras saliendo de su boca me hizo derrumbar.
—Sí. No. Qué sé yo —sollocé dando un manotazo y haciendo volar los chocolates.
—Ven, demos un paseo —dijo Tanya poniéndose en pie para tirar de mí hasta salir al parque
Dimos vueltas alejándonos del edificio del centro hasta sentarnos frente al estanque sobre la hierba.
—Durante años creí que Eleazar me amaba —me explicó Tanya después de un largo silencio —Él siempre estaba pendiente de mí. Me conseguía cualquier tipo de drogas, me llevaba a todo tipo de fiestas. Me follaba y permitía que sus amigos lo hicieran, siempre bajo la excusa de que era todo para mi placer y mi disfrute personal. Quería que yo estuviera delgada y esbelta porque decía que yo me sentiría mejor, de ser así. Tardé años en darme cuenta lo enfermo que estaba, lo enfermizo que era todo. Y años en darme cuenta que me estaba matando y a él no le importaba una mierda.
—¿Volverías con él?
—Está casado. Él no volvería conmigo —reconoció con una sonrisa triste.
—Eso significa que tú sí volverías con él.
—Probablemente. Sé que soy una idiota. Sé que no me ama ni nunca lo ha hecho. Sé que ni siquiera le importa si me muero o no. Sé que me hace daño y que estoy mucho mejor sin él. Sé incluso que vivir sin él me da más posibilidades de lograr sobrevivir, pero aún así…
—Yo no amo ni nunca he amado a Jacob, pero es mi contacto más cercano con mi hermano. Seth adoraba a Jacob, besaba el suelo que él pisaba y yo era el perfecto señuelo para que Jacob estuviera con nosotros.
—No te entiendo… —preguntó Tanya confusa ante mis explicaciones y por primera vez en casi una década tuve que reconocer que Seth, el único hombre al que yo había amado, estaba dispuesto a cualquier cosa para que Jacob se mantuviese alrededor. Incluso si eso significaba dejar que Jake hiciera lo que quisiese con su hermana.
—Jake siempre nos proveía de todo tipo de drogas y diversión y eso a Seth le encantaba. Cuando Jacob y yo comenzamos a tener sexo, él ya no se separó de nosotros.
—¿Tan buena eras en el sexo?
—No sé si buena, pero sí muy permisiva. Siempre he accedido a todo lo que Jacob ha querido. Pero sabes, después de lo que sucedió con Bree y Diego, he pensado mucho en mi hermana y creo que yo no sería capaz de permitir que tuviera la vida que yo he tenido. Tenía catorce cuando perdí mi virginidad con un tipo de veinticuatro. Solo habían pasado dos meses cuando participé en un trío con ese hombre y su mejor amigo. Yo nunca he pensado que algo de todo eso estuviera mal, hasta que me imaginé a Leah haciéndolo.
—Creo que te entiendo.
—Pero mi hermano estaba allí, ¿sabes? Seth estaba allí viendo todo lo que yo estaba haciendo y lo que sus amigos hacían conmigo y nunca dijo que no.
—No es excusa, Bella, pero tu hermano era un crío. Un crío como tú misma lo eras.
—Lo sé, pero a veces pienso que si alguien nos hubiese podido sacar de allí…
—Algo que he aprendido, Bella, es a no lamentarme por lo que pasó. Nada puede cambiar lo que pasó pero en tus manos está cambiar lo que pasará. Sabes lo que no quieres para tu hermana, y sabes que no podrás evitarlo si te pasas la vida drogada, borracha o muerta, así que lo único que te queda es no volver a meterte en toda esa mierda.
—Odio tener que darte la razón o pensar que tú eres más lista que yo —reconocí ganándome una colleja de la chica que poco a poco se estaba convirtiendo en mi sostén.
La mañana del sábado se me hizo eterna sabiendo que en la tarde Edward traería a Leah.
Llevaba tres semanas en el centro y ese era el primer día que recibía visitas.
Estaba ansiosa. Demasiado. Ansiosa por ver a mi pequeña hermanita, pero debía reconocer que también lo estaba al pensar que vería a Edward.
Leah saltó a mis brazos en cuanto entró.
Nos abrazamos, besamos y reímos, felices por el reencuentro, después de tantas semanas, y ver su carita feliz, me hizo sentir que estaba haciendo lo correcto al esforzarme por salir de todas mis adicciones.
Solo por ver el rostro feliz de mi niña, valían la pena los episodios de ansiedad, las ganas de suicidarme, los temblores y escalofríos, el cortar papelitos, hacer montañas de chocolates o quemar bandejas enteras de galletas.
Solo por ver a mi hermana ser una niña y poder comportarse como la niña que era, valía la pena soportar el constante malestar, que sabía era necesario pasar para poder llegar a estar completamente limpia.
Pero ver la mirada de orgullo que Edward me dedicó cuando se acercó a mí para darme un cálido abrazo, debo confesar que también fue un incentivo.
Edward era demasiado íntegro, y se había convertido en alguien muy importante, tanto para mí como para mi hermana. Pensar en no defraudarle y que tal vez pudiera llegar a sentirse orgulloso de mí, se convirtió en una nueva meta.
Leah y yo, charlamos y paseamos por el complejo, mientras Edward nos esperaba en uno de los bancos del parque, frente al estanque. Le enseñé mi habitación y los alrededores y durante horas me contó todo sobre su vida con los Cullen.
Leah era feliz. Había encontrado una familia que por fin le estaba enseñando a vivir la vida de una niña de nueve años y a actuar como tal.
Así fue que me habló de sus amigas del colegio, del chico que le gustaba y de cuánto odiaba las clases de álgebra.
Me habló sobre Esme y sobre Alice.
Me explicó las deliciosas comidas que Esme preparaba y cómo Alice se las arreglaba para hacerle fantásticos peinados.
Después de un par de horas, nos reunimos con Edward. Me senté a su lado mientras Leah se acercaba a unas niñas que estaban junto al estanque dando comida a los patos, que resultaron ser hijas de una interna.
—Leah está feliz con tu familia. Les ama —comenté observando a mi hermana a la distancia.
—Y todos le amamos a ella. Es una niña muy especial. —me dijo con cariño.
—Lo es. A veces no entiendo cómo pudo salir una niña tan especial de una familia tan disfuncional como la nuestra. —suspiré —No ha tenido ningún referente que valiera la pena…
—Te ama, Bella —me aseguró Edward enredando su dedo en un mechón castaño de mi cabello —Leah te ama y tú eres la persona que más admira.
—Vaya ídolo se ha buscado —me lamenté.
—No te desmerezcas, Bella. Más de la mitad de las personas que hayan tenido la vida que tú has tenido, no les importaría un pimiento lo que fuera de la vida de su hermana. Menos de la mitad se preocuparían por ella y estarían dispuestas a pasar por un tratamiento de desintoxicación solo para ser mejores personas para su hermana.
—Leah se merece el esfuerzo —aseguré con total sinceridad.
—Yo creo que sí se lo merece —concordó Edward —¿Qué tan duro está siendo? —preguntó en voz baja mostrando real preocupación.
Suspiré pensando en todos los momentos difíciles que había estado viviendo esos días.
Me volteé a verle y mis ojos se llenaron de lágrimas que me negué a dejar salir.
—Mucho —reconocí por fin —Más de una vez y más de dos he pensado que debería matarme para evitar seguir así, ansiando algo de coca o de éxtasis, temblando desesperada, sintiéndome una mierda. —gruñí —Todos dicen que llegará un momento en que realmente no necesitaré las drogas, pero si soy completamente sincera, he de decir que ahora mismo me metería una raya sin dudarlo, si la tuviera cerca.
—Pasará, Bella —aseguró Edward dedicándome una tierna sonrisa —Puedes estar segura de que pasará.
—A veces siento que no soy yo. Me tumbo en la cama sintiendo que me veo desde fuera, que no es mi cuerpo. Los temblores, los ahogos, la falta de aire, sentir que los pulmones no reciben aire. He tenido episodios de fiebres y luego de enfriamientos. Hay momentos en que siento que no puedo hablar y luego llegan esos episodios de verborrea cuando no puedo dejar de hablar por más que lo intente. Voy de un lado a otro y sé que todo se arreglaría con tan solo darme un chute de algo. —gemí —Temo no poder soportarlo.
—Lo harás. Eres fuerte y lo soportarás.
—A veces creo que me sobreestimas.
—Yo no lo creo, pero si tú crees que lo hago, tendrás que serlo para no defraudarme —me dijo con una sonrisa traviesa.
—Tengo miedo —reconocí y no pude seguir conteniendo las lágrimas —Tengo miedo de defraudarte, a ti y especialmente a Leah.
—No lo harás, cariño —me rodeó con sus brazos y me estrechó contra él —No permitiremos que lo hagas. Nunca.
—¿Me lo prometes? —pregunté separándome un poco para observar su rostro —¿Me prometes que siempre estarás allí para recordarme que no debo caer?
—Siempre, Bella —me prometió con un susurro.
Edward me observaba fijamente. Levantó su mano y acarició mi rostro pasando su pulgar por mi labio inferior, sin alejar la mirada de él.
Por un momento pensé que iba a besarme. Sus ojos verdes estaban llenos de deseo y sus pupilas dilatadas, y entonces lo vi. Vi cuánto estaba deseando yo misma un beso de Edward. Cuánto deseaba merecérmelo y cuánto deseaba que él pensara igual. También vi que yo nunca podría merecerme un beso de una persona como él, y sentí la desazón que me invadió por no poder obtener, por primera vez en mi vida, algo que realmente anhelaba.
Pero también vi que no había forma de que yo pudiera hacer algo para decepcionar a ese hombre. A como diera lugar, no podía decepcionarlo. Tendría que luchar y dar lo mejor de mí, pero llegaría el momento en el que me convirtiese en una igual para él.
Y tal vez, en ese momento, pudiese soñar con besar sus labios y que me lo mereciera.
Y que su deseo se pareciese al mío.
Gracias por los reviews, alertas y favoritos y bienvenidos a los nuevos lectores.
Les espero en el grupo de Facebook: Las Sex Tensas de Kiki.
Besitos y gracias por leerme.
Gracias a Eli Val por las portadas.
Adelanto:
—Hola, Vic —la saludé dejándome caer en el sofá a su lado.
—¿Cómo ha ido? ¿Cómo está la chica? —indagó mi novia con un mohín molesto.
Sabía que no era feliz con mis visitas semanales al Betty Ford, pero las soportaba solo porque sabía cuánto estaba yo dispuesto a hacer para ver feliz a Leah.
—Muy bien. Hoy la he visto realmente bien, calmada, tranquila. Las últimas semanas se siente realmente fuerte y parece que los episodios molestos ya han acabado. Tiene un poco de miedo aún respecto a lo que sucederá cuando abandone el centro, pero está bastante tranquila.
—¿Cuánto tiempo le queda para salir?
—Dos semanas, si todo va bien.
—Al fin —suspiró Victoria —No veo la hora de que acabe tu obligación de visitarla cada semana.
