Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.
TOCANDO FONDO
CAPÍTULO 23
Bella
Sentada en la cama de mi habitación, con la maleta cerrada a mis pies, esperaba que llegara la hora de marcharme.
Era mi último día en el centro Betty Ford y me sentía aterrada.
Edward vendría a recogerme y me llevaría al centro de la ciudad, para instalarme en el departamento que mis padres habían comprado en Wilshire hacía seis años y que Seth y yo nunca habíamos ocupado.
Por alguna razón no me veía capaz de volver a vivir a nuestra casa de Beverly Hills, donde todo eran recuerdos de Seth y de otra vida. Una vida a la que no quería volver pero no estaba segura de ser lo suficientemente fuerte como para rechazar.
Por ese motivo, hacía ya un par de semanas había hablado con J.J., mi abogado y él se había encargado de contratar el servicio necesario para limpiar y poner a punto el departamento para que yo me instalara en él.
Tenía muchas ideas en la cabeza respecto a dónde vivir, especialmente cuando lograra recuperar la custodia de Leah, pero sabía que antes de llegar a ese momento debería demostrar que podía hacerme cargo de mi hermana.
Entonces empezaba mi verdadera lucha.
Ya me había despedido de las personas con las que había hecho un vínculo más fuerte, aunque Tanya, la chica que se había convertido en mi mejor amiga, había abandonado el centro hacía ya dos semanas. De cualquier modo, ella era mi apoyo y sería mi apoyo fuera del centro, así que sabía que nos mantendríamos en contacto.
Cuando Sulpicia, una de las recepcionistas del centro, me avisó que habían venido a recogerme, yo sentí una imperiosa necesidad de pedir asilo y quedarme en el centro por una temporada más.
—Hola, Bella —Edward me saludó con una sonrisa radiante cuando me encontré con él en el hall de entrada.
—Hola.
—¿Lista para marchar? —preguntó mirándome emocionado.
—No, —respondí con sinceridad haciéndole carcajear —pero tendré que hacerlo.
—Venga, cobardica —rió cogiendo la maleta de mis manos y entrelazando su mano libre con la mía —El mundo exterior te espera.
Mi corazón latía frenético cuando subimos al coche de Edward y mis dedos se entrelazaban nerviosos en mi regazo.
—He pensado que después de dejar tus cosas en tu departamento nuevo, podemos ir a comer a casa de mi madre. Leah está ansiando verte.
—¿Crees que será lo más conveniente? —pregunté indecisa.
—¿Por qué no? —Se volteó a verme extrañado sin poner en marcha el coche —¿No tienes ganas de ver a Leah?
—Desde luego que sí, pero no sé si comprenderá que no puedo quedarme con ella…
—Bella, puedes quedarte con ella si lo deseas. Sé que quieres instalarte en tu propio departamento, pero estoy seguro de que mi madre estará encantada de que te quedes con ellas un par de días o unas semanas, hasta tanto te sientas segura de poder afrontar el vivir sola —me ofreció.
—No puedo hacerlo, Edward. Tengo que hacer esto. Tengo que enfrentar mi vida, e intentar construir algo bueno para ofrecerle a mi hermana.
—Bella, no tienes que enfrentar todo esto sola, cariño, y no tienes que hacerlo ya. Todos sabemos que no es fácil salir de lo que tú has salido y enfrentarte a una nueva vida sola.
—Tengo que hacerlo. Para bien o para mal, ésta es mi vida. No tengo más familia que mi hermana y ella no tiene más familia que yo misma. Ella y yo somos nuestra única familia y tenemos que afrontarlo juntas. Cuanto antes yo pueda hacerme cargo de mi vida, antes podré hacerme cargo de Leah.
—Bella, entiendo lo que piensas, pero quiero que sepas que los Cullen ahora somos vuestra familia. Tuya y de Leah. Y como tal, no queremos que por apresurarte a vivir sola en tu departamento puedas pasarlo mal.
—Crees que acabaré drogándome otra vez, ¿verdad?
—No, no lo creo —discutió enérgico —Pero tampoco quiero que te sientas forzada o presionada de ninguna forma, y que ello te haga recaer.
—Yo también tengo miedo de no saber negarme o resistirme, pero tendré que enfrentarlo tarde o temprano.
—Tampoco hace falta apresurarte. Haz lo que tú sientas más conveniente, pero no olvides que tienes opciones y nos tienes a los Cullen para ayudarte y apoyarte en lo que necesites. —aseguró Edward.
El departamento que teníamos en Wilshire Boulevard, era cómodo y hogareño.
J.J. había ido un paso más allá y había contratado una decoradora que lo había convertido en un lugar exquisito y confortable con todo lo necesario para vivir. Incluso una despensa y una nevera llena.
También se había encargado de traer parte de mi armario aunque aún debería volver a la casa en busca del resto de mis pertenencias más necesarias.
Dejé mi pequeña maleta en la habitación, mientras Edward me esperaba en el salón.
Era extraño, pero nunca había sentido tanto miedo a estar sola como en ese momento. Edward había insistido en llevarme a ver a Leah y yo había aceptado, pero sabía que cuando tuviera que regresar a ese departamento, me quedaría sola, y de allí en más, así me mantendría durante quién sabía cuánto tiempo.
Las manos de Edward acariciaron mis brazos cuando se me acercó por detrás sin que yo notara su presencia.
—¿Qué es lo que te preocupa? —preguntó en un susurro pegado a mí.
—Nada. Todo. Qué sé yo —reconocí con un suspiro.
—No tienes que quedarte sola aquí —volvió a ofrecer adivinando mis miedos y mis pensamientos de una forma sorprendente.
—Tendré que hacerlo.
—No, si eso te afectará o te hará daño.
—No puedo seguir evitando mi vida. Tengo que enfrentarme de una vez al hecho de que tal vez no esté preparada para cuidar de mi hermana.
—Lo estarás, Bella. Confía en ti —aseguró girándome para enfrentar mi mirada —Puedes hacerlo. —aseguró mirándome a los ojos mientras sus dedos sostenían mi rostro obligándome a mirarle.
—Ya lo has dicho —murmuré.
—Y lo repetiré hasta que lo creas.
—¿Tú de verdad lo crees?
—Completamente —afirmó, con su pulgar acariciando mi mentón hasta alcanzar mi labio inferior.
Por un momento pensé que iba a besarme y recé para que lo hiciera.
—Confía en ti, Bella —dijo con su mirada oscura detenida sobre mis labios —Yo lo hago —susurró.
—Yo no —reconocí cuando bajando los párpados me encontré acercando mis labios a los suyos.
Por un instante, sus tibios labios rozaron los míos, y mi cuerpo se arqueó pegándose al suyo.
Fue tan solo un suspiro sobre mi boca, antes de que se alejara.
Abrí los ojos y me encontré con su mirada.
Sus pupilas dilatadas y sus iris verdes se habían cubierto de una tormentosa incredulidad.
Mi mente se había llenado de dudas, a la vez que mi cuerpo se ahogaba en necesidad.
No sé cuánto tiempo estuvimos viéndonos uno al otro sin hablar. Tal vez fueran segundos o quizás minutos, pero cuando Edward se alejó de mí, su rostro se había cubierto con un máscara de desapego que enfrió mi cuerpo haciéndome tremolar.
—Deberíamos irnos. Leah estará ansiosa —dijo soltando mi rostro y alejándose de mí.
—Sí, por supuesto —acepté y le seguí.
El viaje a casa de los Cullen lo hicimos en completo e incómodo silencio.
Pero la incomodidad quedó de lado en cuanto Edward detuvo su coche en la entrada de la casa de su familia.
Leah corrió a mis brazos, antes de que pudiera incluso abrir la puerta del coche. De allí en más no se alejó de mi lado.
Por su parte, Edward, no se separó del lado de su novia.
Su novia. Victoria. Una pelirroja preciosa, con un cuerpo escultural y una clase y educación que dejaba mi educación de colegio de señoritas a la altura del betún.
Comimos una exquisita barbacoa, con Leah hablando sin parar sobre el colegio, las clases de baile a las que había comenzado a asistir, los juegos que Alice y Esme le habían enseñado y todo aquello que yo me había perdido en los últimos tres meses.
Ver a mi hermana feliz y perfectamente cuidada y contenida, me relajó.
Cuando a última hora de la tarde, expresé mi necesidad de marcharme a mi departamento, la novia de Edward sugirió que, tal vez, Alice pudiera encargarse de llevarme a casa.
Tengo que reconocer que me sentí algo decepcionada al ver lo rápido que Edward aceptaba la propuesta, pero supe que sería lo mejor. Hubiese querido disculparme con Edward por lo sucedido en mi departamento, pero no me creía muy capaz de demostrar un arrepentimiento que no sentía en absoluto.
Alice Cullen me llevó a casa y Leah nos acompañó.
—¿Estás segura que no prefieres dormir en casa esta noche? —preguntó la chica al detener su coche frente al edificio.
—No. Estaré bien —aseguré aunque yo misma no pudiese estar convencida de mis palabras.
—De acuerdo. Recuerda que eres bienvenida en casa siempre que lo desees.
—Gracias —acepté antes de despedirme y dirigirme al edificio.
Al acercarme al portal del edificio, una sombra se acercó a mí asustándome.
No pude evitar reír al voltearme y encontrarme a Tanya, mi señorita sombras, frente a mí.
—Hey, novata —me saludó mi rubia amiga estrechándome entre sus brazos y haciéndome sentir muchísimo más tranquila.
—Hey, Tanya, ¿qué haces aquí?
—¿Crees que te dejaré pasar sola tu primera noche en el mundo exterior? —explicó haciéndome un gesto con la mano para indicarme que abriera la puerta.
—No hacía falta que vinieras, pero gracias por hacerlo.
—En realidad lo hice para salir un poco de casa de mis padres —se justificó intentando no mostrarse demasiado sensible, pero yo sabía que su único interés era hacerme compañía y brindarme su apoyo.
Se lo agradecí. Enormemente.
Tanya se había convertido en una buena amiga y en ese momento era exactamente lo que yo necesitaba.
Pasaba bastante de la medianoche cuando por fin nos fuimos a la cama, después de hablar durante horas como las dos adolescentes que nunca habíamos sido.
Esa fue la primera de varias noches en las que Tanya Denali, se quedó a mi lado, enseñándome a seguir adelante con mi nueva vida.
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Besitos y gracias por leerme.
Gracias a Eli Val por las portadas.
Adelanto:
—Al fin solos —exhaló Victoria volteándose hacia mí y rodeándome con sus brazos —Echaba de menos poder estar contigo sin interrupciones.
—Pues aquí estamos —murmuré atrayéndola hacia mí para besarla.
Los próximos tres días que teníamos por delante, esperaba que por fin pusieran en orden mis pensamientos respecto a Bella.
Con esa idea, me volqué en mi novia, dispuesto de una vez por todas a recuperar mi relación.
