Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.

TOCANDO FONDO

CAPÍTULO 31

Bella

Desperté recostada sobre el pecho desnudo de Edward, con sus brazos rodeándome.

Su respiración era suave y cadenciosa. Dormía a mi lado con sus brazos a mi alrededor y su mentón recostado sobre mi cabeza.

No sabía cuándo había sido la última vez que me había despertado así.

No.

Ésa no era la verdad.

Sabía exactamente cuándo me había despertado así antes, nunca.

Nunca en toda mi vida había despertado sobre el cuerpo de un chico que me abrazara tranquilamente.

Ésa era la primera vez.

Pero esta no era la única primera vez que había vivido esa noche.

Nadie diría que yo era una chica inexperta en algo relacionado con el sexo.

Para una chica como yo, que había perdido la virginidad a los catorce años y, teniendo en cuenta que la segunda vez que me había acostado con alguien había sido en un trío, acompañada por dos hombres que tenían diez años más que yo, creer que había algo que a mis veintidós aún no había experimentado con un hombre en la cama era, cuando menos, inverosímil.

Pero esa noche había descubierto que aún me faltaban muchas cosas por descubrir sobre lo que sucedía entre dos personas en la cama.

Ésa había sido la primera vez que me había acostado con un hombre sin que hubiera habido entre nosotros algún tipo de sustancia estimulante más que nuestro propio deseo.

Siempre había tenido sexo habiendo consumido cocaína, heroína, éxtasis, marihuana o por lo menos alcohol en cantidades ingentes.

Ésa era la primera vez que mi partenaire buscaba primero mi placer antes que el suyo. Era la primera vez que me trataban con dulzura, un ingrediente que nunca había creído necesario o siquiera deseable en los encuentros sexuales.

Y era la primera vez que estaba en la cama con un hombre y no sabía qué hacer o cómo actuar.

Porque yo me había ido a la cama con decenas de hombres pero nunca, con ninguno de los innumerables tipos con los que había tenido sexo, había sentido lo que esa noche Edward me había hecho sentir.

Y no hablaba de orgasmos o desahogo físico, sino de un clímax espiritual que no sabía cómo retener.

Pero algo había surgido esa noche entre Edward y yo, aunque yo no tenía los conocimientos necesarios como para clasificarlo. Pero de alguna forma, sabía que tenía que hacer cualquier cosa para mantenerlo y repetirlo.

No sabía cuánto podría durar esto entre nosotros, si es que había algo entre nosotros.

No creía que existiera algo que yo pudiera hacer para retener a Edward, pero seguro como el infierno, que yo quería retenerlo.

Ambos teníamos muy claro que yo no era una mujer para él.

De hecho, aún no lograba entender cómo o por qué él y su novia lo habían dejado.

Yo siempre les había visto como la pareja perfecta. Ella no solo era preciosa físicamente sino que además era una mujer inteligente, independiente, con una sólida carrera como abogada. Sin dudas una mujer como ella estaba mucho más a la altura de Edward, de lo que yo podría llegar a estar en mi vida, sin importar que el pequeño emprendimiento que tenía mente, acabara convirtiéndose en la nueva Bottega Louie.

Pero por alguna razón, y yo no tenía ninguna intención de ponerme a analizar esa razón, o a discutirla, llegado el caso, Edward estaba en ese momento conmigo, había pasado la noche conmigo, había dormido en mi cama, me había dado el mejor sexo del que tenía recuerdo y, creíble o no, dormía a mi lado manteniéndome abrazada contra su cuerpo.

Tenía miedo de moverme, porque tenía miedo de que esa fuera la primera y única vez que pudiera estar así con Edward. Creía, y no creo que fuera una idea disparatada, que cuando Edward despertara y se diera cuenta de lo que había sucedido entre nosotros, cuando viera correctamente a la mujer a la que se había llevado a la cama y el desastre de mochila que llevaba conmigo, se limitara a darme un suave beso, decirme que había pasado una buena noche, pero que eso no podría volver a repetirse.

Imagino que de alguna forma mi cuerpo se tensó con mis pensamientos o, inconscientemente me removí, pero Edward se despertó y pasó sus manos por mi espalda desnuda acunándome contra él.

—Buenos días —murmuró con voz ronca y somnolienta hundiendo su rostro entre mi pelo para besar mi cabeza.

—Buenos días —respondí sintiéndome inexplicablemente nerviosa.

—Se está maravillosamente bien aquí —dijo estrechándome con más fuerza —Pero creo que quiero aprovecharme de tus conocimientos reposteros —agregó con voz burlona.

—¿Por qué lo dices?

—Me imagino que vas a prepararme tortitas, ¿o no? —dijo divertido levantando mi rostro hacia él para deslumbrarme con su deliciosa sonrisa adormilada.

—Si insistes...

—Insisto —aseguró y bajó su boca sobre la mía.

Comenzó con un beso suave y delicado pero al tirar de mí para acostarme sobre su cuerpo la pasión y el deseo nos desbordó.

Su miembro completamente firme se coló entre los pliegues de mi sexo mientras sus manos separaban mis muslos, dejándome a horcajadas sobre él.

Hicimos el amor una vez más y rodamos sudorosos sobre la cama completamente satisfechos y saciados.

—No creas que te has salvado de cocinar para mí —bromeó acostándose sobre mi cuerpo desnudo y dando un suave mordisco a mi pecho.

—Nunca lo pensé —reí.

Ya en la cocina, vistiendo una camiseta de los Lakers y bragas, me dediqué a la masa de las tortitas mientras a mi lado Edward, con solo unos boxer perturbadores, preparaba café.

—¿Qué planes tienes para hoy? —peguntó Edward sentado frente su desayuno mientras rociaba sus tortitas con sirope.

—Ya sabes… he hablado con Esme y ella me ha dicho que podía pasar el día con Leah —expliqué sintiéndome nerviosa y ansiosa.

—Vaya, es genial... ¿Y qué piensas hacer?

—No sé. Tal vez un día de chicas. Había pensado en salir con ella, no sé, ir al cine, al centro comercial… qué sé yo, lo que ella prefiera.

—Me parece una idea estupenda, Bella. Estoy seguro de que Leah estará encantada. Te echa mucho de menos.

—Y yo a ella —reconocí —Es mi hermanita pequeña y, aunque muchas veces la traté como si fuera un incordio, tengo que reconocer que no puedo, ni quiero, vivir alejada de ella. —expliqué cuando mis ojos se llenaron de lágrimas —Es toda la familia que tengo.

Edward se estiró por encima de la mesa y tomó mi mano entre las suyas.

La levantó y la acercó a sus labios sin dejar de observarme.

—Bella, entiendo que pueda ser para ti difícil de aceptar o comprender, pero quiero que sepas que ahora, los Cullen, somos vuestra familia. Tú y Leah habéis pasado a formar parte de la familia Cullen. Sin importar lo que pase, o más allá de cómo vayan las cosas entre tú y yo, tú y Leah nunca dejaréis de ser parte de nuestra familia. Os convertisteis en parte de ella cuando Esme pasó a desempeñar el rol de madre de acogida de Leah y no dejaréis de serlo nunca.

—Gracias, Edward —dije cuando las lágrimas desbordaron mis ojos y rodaron por mis mejillas —Esto es muy importante para nosotras y saber que nunca estaremos solas, sobre todo que Leah no lo estará, es más importante para mí de lo que puedas imaginar.

—A eso debes agregarle, desde luego, que yo no tengo intenciones de mantenerme muy alejado de ti —reconoció con una sonrisa tan caliente que no pude evitar mojar mis bragas.

—Estaré encantada de que te mantengas alrededor —murmuré seductora.

Edward tiró de mi mano obligándome a levantarme para acercarme a él. Sin dejar de mirarme a los ojos empujó su plato vacío y me ayudó a sentarme sobre la mesa frente a él.

Con su mirada clavada en la mía me quitó las bragas y me empujó para recostarme sobre la mesa.

Cogió el bote de sirope y dejó caer un frío chorro entre mis pliegues calientes estremeciéndome y llevándome a un casi insoportable nivel de excitación.

El sirope se mezcló con mis jugos cuando Edward bajó su boca sobre mi sexo y procedió a beber de mi cuerpo con ansiedad.

Me llevó a un clímax agotador antes de bajarme sobre su miembro, que ya erguido Edward había liberado del confinamiento de su ropa interior. Se hundió en mí cuerpo y con sus manos en mi cintura me instó a cabalgarle perfectamente acoplada a su cuerpo.

Nos dejamos caer uno contra otro al explotar, y nos recuperamos apenas antes de dirigirnos a la ducha.

Edward se despidió de mí sin esclarecer para nada el punto en el que nos encontrábamos, y yo no me atreví a preguntar.

Con la incertidumbre de si volveríamos a vernos, o si, al menos, hablaríamos sobre lo ocurrido, puse todos mis miedos y pensamientos en el fondo más alejado de mi cerebro y corazón y dediqué ese día a disfrutar de mi hermana y obligarla a disfrutarlo también actuando como la niña de nueve años que era.

Ese día se convirtió rápidamente en el mejor día del que tenía recuerdo desde que Seth había muerto hacía ya tanto tiempo.

Después de amanecer con Edward, el hombre más increíble que alguna vez había imaginado que pudiera existir, mi pequeña hermanita y yo nos divertimos y reímos como hacía siglos no hacíamos.

Nuestro día de chicas comenzó en el centro comercial. Aun siendo tan joven, Leah ya apuntaba maneras para convertirse en toda una jovencita adicta a la moda y las compras. Por lo que pude saber, Alice Cullen había tenido gran influencia en ella en ese sentido.

Cuando mi pequeño coche estuvo a rebosar de bolsas de tiendas de ropa y accesorios, nos sentamos en una casa de comida rápida y engullimos hamburguesas, patatas fritas y batidos, ya no tan propios de una adicta a la moda, esclava de la figura.

Después de comer riendo y divirtiéndonos, nos colamos en un spa, donde nos hicieron pedicura y manicura, nos dieron masajes, y nos arreglaron el cabello.

Para cuando salimos de allí, nos muñimos de palomitas y refrescos y entramos a ver el último éxito de Zac Efron, para deleite de mi hermana pre adolescente.

Para cuando dejé a Leah de regreso en la casa Cullen, la enorme sonrisa que vi en su rostro me llenó de esperanza e ilusión.

Cuando finalmente aparqué el coche en la puerta de mi departamento, ver a Edward esperando por mí dispuesto a pasar conmigo nuestra segunda noche juntos, la alegría que me desbordó batalló con la felicidad que sentía por haber recuperado mi relación con Leah, y fue difícil discriminar cuál de esos acontecimientos me llenaba más.

Edward y yo nunca hablamos sobre lo sucedido, sobre lo que estábamos viviendo o sobre el significado de lo que nos estaba pasando. Simplemente nos dedicamos a vivirlo.

Poco a poco nuestra rutina se convirtió en "estar juntos".

Edward cumplía diferentes turnos en la estación de policía, pero siempre lograba hacerse un momento para verme o, si no era posible, al menos llamarme por teléfono.

No puedo negar que el sexo entre nosotros era increíble y los encuentros sexuales que compartíamos nos dejaban exhaustos y satisfechos. Pero lo que a mí realmente me desbordaba de nuestra relación era todo aquello que nada tenía que ver con la parte física.

La ternura que Edward me dedicaba, la atención que me prestaba, la confianza que depositaba en mí, y la ciega fe que me profesaba, eran experiencias que yo nunca había vivido de primera mano y me llenaban de fortaleza y vitalidad, aunque más de una vez me había encontrado temiendo el día que las perdiera.

Por otra parte, mi relación con Leah era maravillosa. No me había perdido un solo fin de semana de pasarlo junto a ella, y las noches que dormía conmigo en mi departamento, se habían convertido en las más esperadas por ambas.

Juntas jugábamos, reíamos, salíamos de compras, al cine o a comer. Nos hacíamos confidencias, pero también estudiábamos para sus clases y algunas veces ella colaboraba con Tanya y conmigo ayudándonos a la decoración de nuestros cupcakes o pasteles.

Finalmente Tanya y yo habíamos puesto en marcha nuestro emprendimiento y poco a poco, muy lentamente, a veces a velocidad de cuentagotas, pero los pedidos iban llegando e incluso algún día nos obligó a quedarnos cocinando cupcakes hasta el amanecer para cumplir una entrega.

Edward y yo llevábamos ya dos meses saliendo juntos y, aunque no queríamos ponerle una etiqueta a nuestra relación, ni tampoco darla por hecho, explicándola a su familia o la mía, cada vez era más evidente que estábamos juntos.

Esa tarde estaba con Tanya rellenando una manga con glaseado verde cuando mi teléfono sonó.

—Edward —saludé al contestar después de ver su nombre en el identificador.

—Hola, nena. ¿Cómo estás?

—Bien. Estamos trabajando con Tanya pero espero no tardar mucho en dar el pedido por terminado. ¿Qué tal tú? Estoy ansiosa esperándote.

Edward había estado de guardia la noche anterior y llevábamos un par de días sin vernos.

De alguna forma yo me había vuelto adicta a él, y su ausencia me ponía muy ansiosa.

—Ah, mmm sí… sobre eso… —dijo dubitativo haciéndome fruncir el ceño.

—¿Qué sucede, Edward?

—Yo… no podré verte esa noche, cariño.

—¿No? —gemí —¿Por qué no?

—Nos han dado un soplo importante sobre un caso que tenemos hace mucho tiempo entre manos. Tengo que quedarme a trabajar. —me explicó.

No sé si fue por un alto nivel de adrenalina, o porque mis hormonas estaban disparadas por la inminente llegada de mi período menstrual, pero saber que Edward no vendría a verme, después de llevar dos días sin vernos, me hizo explotar.

—¿Cómo que no vas a venir? —gruñí —Llevo dos días esperando para verte. No puedes simplemente decirme que no vas a venir.

—Lo siento, nena. Deseo estar contigo más que cualquier otra cosa, pero es complicado y no podré salir hoy. Pero te prometo que te lo compensaré.

—¡Que me lo compensarás! —grité —¿Que me lo compensarás? Compénsamelo hoy y ven a verme tal como habíamos quedado.

—Lo siento, cariño. Por favor, no te enfades, por favor. Te prometo que iré a verte apenas salga de aquí por la mañana.

—Pues no creo que pueda atenderte por la mañana —rugí y corté la llamada a la vez que desconectaba el teléfono.

Sintiéndome furiosa y frustrada lancé el teléfono sobre la mesa.

Tanya me observaba con sus cejas arqueadas cuando levanté la vista hacia ella.

—¿Le has hecho una escena porque no puede venir a verte? —inquirió mi amiga mirándome espeluznada.

Encogí los hombros con displicencia a la vez que comenzaba a carcomerme un sentimiento de vergüenza.

Tanya levantó el teléfono y me lo entregó.

—No seas ridícula y no actúes como una niña. Actúa como la mujer adulta, seria y responsable que ese hombre se merece y necesita y llámalo para disculparte. Dile que lo sientes, que no quisiste ponerte histérica y que estarás encantada de verle cuando pueda venir a verte. ¿O crees que la abogada esa se ponía a gritar cada vez que Edward tenía que quedarse trabajando? —esgrimió haciéndome sentir ridícula.

—¿Y si en realidad no está trabajando pero no sabe qué excusa darme para no vernos?

—Oh, sí, cómo no. ¿Y si en realidad el sexo contigo ha sido tan malo que se ha dado cuenta que prefiere hacerse gay?

—El sexo ente nosotros no es malo —gruñí furiosa ante la sonrisa de Tanya, pero de cualquier forma conecté mi teléfono y le llamé.

Su teléfono estaba apagado por lo que probé a llamarle a la estación.

Una voz desconocida contestó la extensión de Edward.

—Whiterdale.

—Disculpe. Quería hablar con Edward Cullen... —dije dubitativa.

—Cullen no está aquí —me contestó el oficial —¿Quién le habla? ¿Victoria? Puedo decirle que has llamado —ofreció haciéndome tremolar al escuchar el nombre de la abogada que había sido la novia de Edward hasta hacía muy poco tiempo.

—No, no hace falta —rechacé sintiéndome destrozada y de alguna forma, de regreso al mundo real.


Aquí la actualización de mi fic.

Como siempre gracias a todos por la paciencia que tenéis conmigo y siempre esperarme.

Esperando poder continuar con el fic sin más interrupciones, aquí dejo un nuevo capi.

Espero que lo disfrutéis.

Gracias a todos por los alertas, favoritos y reviews.

Besitos y gracias por leerme.

Niky: Gracias por leerme. Te aseguro que no tengo la menor intención de abandonar la historia sin más, aunque últimamente la vida se me pone de cabeza tan a menudo que me cuesta seguirla, pero es mi intención continuarla y llegar al final.