Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.
TOCANDO FONDO
CAPÍTULO 33
Bella
Por primera vez en mucho tiempo, me sentía feliz.
Mi vida era todo lo que nunca había imaginado que una vida podía llegar a ser.
Después de perder a mi hermano de la trágica forma en que lo había perdido, no había imaginado que sería capaz de recuperarme, pero ahora mismo sentía que lo había hecho.
O al menos, estaba en ello.
Después de haber salido de la clínica y haberme mantenido completamente alejada de cualquier tipo de drogas o excesos durante meses, finalmente había descubierto que era posible vivir de otra forma y ser feliz.
Por primera vez en mi vida, tenía un trabajo y era uno que me gustaba realmente. El pequeño emprendimiento que compartía con mi amiga Tanya, avanzaba lentamente y muy poco a poco, pero avanzaba, y eso era genial.
Mi relación con Leah era cada vez más cercana y estrecha y en solo unas pocas semanas más, estaba segura de que obtendría la custodia total y por fin podríamos volver a vivir juntas.
Estaba deseando que llegara ese momento y Leah y yo ya habíamos comenzado a buscar viviendas por Internet ya que quería darle a la niña una buena casa en la que vivir.
Para lograr darle una vida estable había dado un nuevo paso. Dejando a un lado mi orgullo, había llamado a Senna y había conseguido que aceptara volver con nosotras. La mujer había mostrado su vena vengativa haciéndose rogar pero se lo perdonaba porque yo sabía que me lo merecía además de ser muy consciente del gran amor que Leah y Senna se profesaban.
Y, desde luego, yo sabía que Senna era buena para Lee.
Además de mi trabajo y mi hermana, de alguna forma había descubierto lo que era tener una familia y, tristemente, eso era algo nuevo para mí.
Los Cullen me habían enseñado la maravilla de tener una familia, personas que te quieran y te acepten incondicionalmente, que acepten tus fallos y errores y te ayuden a superarlos con su apoyo y comprensión.
En ellos, Leah y yo habíamos encontrado la familia que nunca habíamos tenido y habíamos aprendido a vivirlo y disfrutarlo.
Y, como si tener un trabajo, una familia y a mi hermana no fuese suficiente, ahora yo tenía un novio.
Sí. Un novio.
Yo nunca había tenido un novio y por lo tanto no sabía lo que era eso. Tenía algunas ideas y había escuchado comentarios pero nunca lo había vivido de primera mano.
Pero ahora lo estaba viviendo y solo esperaba poder mantenerlo.
Edward era todo lo que una mujer podría soñar. Todo y más.
Era guapo como el demonio, divertido, amable, cariñoso y un amante excepcional.
Yo estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por él, pero él nunca parecía interesado en obtener tanto.
Yo sabía que a los hombres les gustaba el sexo. Mucho. En cantidades ilimitadas y siempre a su disposición, de ser posible.
Sabía que les gustaba la variedad. Sabía que daban cualquier cosa por una buena mamada. Que no les apetecía tanto dar sexo oral como recibirlo. Que después de una buena corrida no tenían ánimos para charlas ni arrumacos y que querían siempre una mujer dispuesta.
Todo eso había aprendido a la tierna edad de catorce años, y lo había ido confirmando durante los siguientes ocho años.
Después de haber perdido mi virginidad con Jacob Black, cuando él había entrado a mi habitación tres días después acompañado por su entonces inseparable amigo Brady, baterista de The Wolves, yo había descubierto muchas cosas.
Ese día, Jacob y Brady me habían enseñado a dar las, según ellos, mejores mamadas de la ciudad.
Y que un tipo de treinta años, que había perdido su virginidad a los once, dijera que nunca le habían dado una mamada tan buena, me había hecho creer que yo realmente sabía lo que hacía.
A los veintidós yo no era capaz de recordar cuántas pollas había chupado y lamido, pero nunca nadie se había quejado de mi técnica o se había mostrado indiferente. Pero, por alguna razón que no lograba entender, con Edward era diferente.
Edward disfrutaba mis mamadas, desde luego que lo hacía, pero nunca parecía que correrse en mi boca o follarla con rudeza, fuera lo realmente importante.
Eran contadas las veces que se permitía derramarse en mi garganta, sino que generalmente, cuando estaba al borde del orgasmo, me alejaba para dedicarse a mí y que acabáramos corriéndonos juntos.
Y, para mi desconcierto, cada vez, después del clímax, me abrazaba, me besaba, me acariciaba y se acurrucaba junto a mí.
Edward era, sin lugar a dudas, un tipo extraño. Pero no había forma de que yo estuviera dispuesta a perderlo.
Ese domingo habíamos estado en una barbacoa en casa de los Cullen y, aunque lo habíamos pasado genial y nos habíamos divertido y reído muchísimo, Edward estaba especialmente pensativo al volver a casa.
Me había hecho el amor con lentitud y devoción y no había permitido que yo hiciera por él nada más que ser pasiva y receptiva.
El clímax había sido suave, dulce y relajante y, como habitualmente sucedía, yo me encontraba acostada junto a Edward con una pierna y un brazo sobre su cuerpo desnudo.
—Mañana tengo un día complicado —explicó Edward con su mano recorriendo mi espalda arriba y abajo.
—¿Por qué? —pregunté levantando mi rostro para apoyarme sobre él y mirar su preciosa cara.
—Tengo un turno de cuarenta y ocho horas en la estación. —dijo inquietándome.
—¿Cuarenta y ocho horas? —gemí pensando en que seguramente pasarían dos días antes de que volviera a verlo.
—Sí, ya sabes, esos turnos me tocan de tanto en tanto.
—No lo sabía —gimoteé.
—Hoy hablé con mi jefe y me lo informó. —explicó —Así que creo que hoy debería irme a dormir a casa. —sugirió y eso realmente me entristeció.
—¿Te irás a dormir a casa? —jadeé irguiéndome sobre su pecho. —¿Por qué?
Sonrió socarrón enredando sus dedos en los mechones de mi cabello que caían por mi espalda.
—Tengo que estar descansado —explicó —Y ambos sabemos que no duermo mucho si te tengo junto a mí.
—Quédate —imploré —Te prometo que no te molestaré.
—Hey, nena, sé que no me molestarás porque nunca me molestas, pero tendría que dormir y si te tengo cerca no puedo dejar de pensar en tenerte en mis brazos y hundirme en ti —murmuró sugerente poniendo sus manos en mis caderas y tirando de mí para acostarme sobre su cuerpo y su erección.
—Me iré a dormir a la otra habitación —ofrecí. —Te juro que no haré ningún ruido y te prepararé tortitas por la mañana para que desayunes antes de irte.
—Bella, cielo, no quiero que tengas que levantarte a la madrugada por mi causa.
—¿Por qué no? —inquirí suplicante —No me molesta.
—Lo sé, pero no tienes que hacerlo y no quiero que lo hagas. Será mejor que vaya a dormir a casa.
—Pero no te veré por dos días —lloriqueé.
—Dos días pasan muy rápido —argumentó mientras sus manos en mi cintura me instaban a moverme sobre su erección.
—Pero, Edward… —sollocé.
—Shh —me cortó mientras restregaba su pene contra los labios inflamados y húmedos de mi vagina. —Puedes pasar dos días sin verme —dijo alzándome sobre su erección para introducirse en mi cuerpo.
—Sé que puedo hacerlo pero no veo razón para ello —batallé cuando comencé a mecerme sobre su falo hasta sentir su semilla caliente volcarse dentro de mí.
Exhausta, me dormí entre los brazos de Edward para despertar cuando sentado en la cama me dio un suave beso en los labios.
—Me voy, nena —susurró con su aliento golpeando mi boca.
—Quédate —rogué una última vez aferrándome a su camiseta.
—Tengo que irme, preciosa. Tú sigue durmiendo. Te veré el miércoles o el jueves.
—¿Por qué el jueves? —clamé espantada abriendo los ojos de golpe.
—Después de un turno de dos días probablemente me pase el miércoles en la cama. —sonrió —Cuídate mucho —dijo besando mi frente .—Te quiero, nena.
No pude volver a dormir por lo que quedaba de la noche.
Alterada y nerviosa me colé en la cocina y cociné.
Para cuando el sol salió a las seis de la mañana, tenía dos bandejas de cupcakes, una tarta de manzanas y tres bandejas de brownies.
No había ningún pedido, por lo que bajé mis productos, los metí en el coche y los llevé a la pastelería que había a tres calles de mi departamento, donde era ya bastante normal que compraran aquellos productos que Tanya y yo cocinábamos en exceso.
No nos pagaban mucho al principio, pero una vez descubrieron que teníamos productos de calidad, el precio había aumentado.
Aunque ese día yo los hubiera regalado gustosamente.
Con un enorme café del Starbucks más próximo, me fui a casa para tumbarme en el sofá frente a las noticias de la mañana.
Pasé el día entero del sofá a la nevera o la alacena, picoteando cualquier cosa que calmara el gusanillo que me carcomía.
Para cuando llegó la noche, Edward no me había llamado y yo, no sin esfuerzo, también había evitado comunicarme con él.
En realidad había llamado a su teléfono móvil cuatro veces pero siempre había ido a parar directamente al buzón de voz y, queriendo no resultar obsesiva, había resistido llamarle a la central, aunque me hubiera volcado en una bolsa gigante de M&M's.
Esa noche fue igual a la anterior. No logré dormir y estuve toda la noche probando nuevas recetas.
Después de volver a hacer una entrega imprevista en la pastelería, volví a tumbarme sobre mi sofá.
No era aún mediodía cuando el timbre insistente me despertó.
Tanya, risueña y fresca como recién salida de un spa, me miró de arriba abajo con una mueca de desagrado.
—Dios, tienes un aspecto horrible —soltó adentrándose en mi casa.
—Gracias, Tanya —gruñí cerrando la puerta para dirigirme de regreso al sofá.
Ataviada con un florido vestido y unas sandalias en rojo chillón, Tanya se sentó frente a mí.
Cruzó sus piernas recostada en la butaca mientras volvía una vez más ha escanearme con su mirada.
—¿Qué te ha pasado? Parece que no hubieras dormido anoche.
—No he dormido —reconocí girándome en el sofá, mientras me acurrucaba entre los cojines.
—¿Por qué no? —preguntó sonriendo socarrona —Tampoco tienes aspecto de haber pasado la noche follando con ese magnífico novio tuyo.
—No lo hice.
—Bueno, explícate, ¿qué sucedió?
—No he visto a Edward desde el domingo —expliqué aunque Tanya continuó mirándome interrogante.
—¿Se supone que eso explica por qué no dormiste? —cuestionó.
—No pude dormir. Estaba demasiado ansiosa. Estuve toda la noche cocinando.
Tanya asintió comprendiendo.
—¿Y por qué no le has visto desde el domingo?
—Está de guardia. Todo el día de ayer y todo el día de hoy. Llegará a casa mañana por la mañana y probablemente duerma el día entero —gemí hundiendo el rostro en los cojines de piel.
—Y eso te preocupa porque… —dijo Tanya moviendo su mano como instándome a acabar la frase.
—Porque no sé qué hacer sin él —grité exasperada.
—¿No sabes qué hacer sin tu novio durante dos días? —preguntó mi amiga realmente asombrada.
—Exacto. Me gusta estar con él. Quiero estar con él y me pongo muy ansiosa cuando no le veo.
—Oh, por favor, Bella. Puedes hacer mil cosas. Puedes cocinar, que veo es lo que has estado haciendo. O mejor, vete de compras, al gimnasio, vete al spa y haz que te depilen un corazoncito en el pubis para sorprender a tu hombre cuando salga de trabajar. Vete al cine, a una discoteca, sal con tu hermana, ¿qué sé yo? Haz cualquier cosa pero no te quedes en casa sufriendo porque tu chico tiene responsabilidades.
—Pero es que ni siquiera he hablado con él.
—Pues llámale. ¿Hay algo que necesites decirle?
—Sí, no, qué sé yo… Que le echo de menos…
—Venga, ya. Seguramente se lo imagina —dijo Tanya tironeando mi mano hasta hacerme levantar— Venga, hagamos algo productivo.
Me llevó a la ducha y me obligó a entrar en ella.
Luego me vistió, me maquilló y me sacó de la casa para llevarme al centro comercial, donde me obligó a darle un buen pellizco a mi tarjeta de crédito en la tienda de Victoria's Secret.
Finalmente pude sacar de mi cabeza mi preocupación por no ver a Edward por tres días mientras me preparaba, según Tanya, para recibirle en cuanto regresara agotado de tanto limpiar las calles de la delincuencia y la violencia.
Cuando al fin realmente me sentía relajada, todo ese sentimiento de paz se fue al garete.
Al salir de una tienda de golosinas, cargada con una bolsa de chucherías, me topé de frente con Victoria.
Vestía un traje sastre gris y unos altos tacones al tono. Su cabello, una masa de tirabuzones pelirrojos se mantenía alejada de su rostro en una firme coleta, enmarcando sus exquisitas facciones.
Sus ojos azules se empequeñecieron al verme pero rápidamente disimuló el sentimiento iracundo que creí detectar en ellos.
Sonrió con la sonrisa más falsa que había visto alguna vez.
—Hola, Bella —saludó con exagerada simpatía.
—Victoria. —respondí sintiéndome muy pequeña.
—¿Cómo estás? Te ves bien.
—Gracias —acepté —Estoy muy bien. ¿Tú cómo estás?
—Oh, genial. Perfectamente. ¿Y cómo está tu hermanita? ¿Vive aún con los Cullen? —indagó intentando sonar desinteresada.
—Sí, aún vive con ellos, pero tengo una vista de la custodia en tres semanas y espero que finalmente me den la tenencia.
—Oh, sí, espero que lo hagan —aseveró —Seguro que la obtendrás. Te ves muy bien, por lo que no me cabe duda de que lo harás.
—Gracias. Pero tú… yo… —titubeé —creía que no estabas en la ciudad.
—Oh, sí. En realidad aún estoy instalada en San Francisco pero he tenido que venir por un par de días. Llegué el domingo por la tarde a la ciudad y el jueves regreso a San Francisco —me explicó y por alguna razón no pude evitar pensar que su estadía en la ciudad coincidía dolorosamente con los días que Edward y yo no podíamos vernos.
Sabía que no había razón para desconfiar de él, ni para dudar de su extraña ausencia, pero por mucho que lo intenté no hubo fuerza humana que me impidiera esperarle, a la mañana siguiente, en la puerta de su casa con una caja de cupcakes y una excusa ridícula.
Aquí nueva actu.
Espero que lo disfrutéis.
Gracias a todos por los alertas, favoritos y reviews.
Ya sabéis que les espero en Las Sex Tensas de Kiki, y también en mis otras historias.
Besitos y gracias por leerme!
