Capitulo 2
Lo primero que sintió fue una mano le daba palmadas en la cara.
- ¿Estás bien Jaime? – Le preguntó Dolores, la dueña de la casa -. Te has golpeado la cabeza con una de las estatuas y te has quedado inconsciente. ¿Quieres que te lleve al hospital?
- Estoy bien – Respondió Jaime mientras se pasaba la mano por donde le dolía -. Creo que me va a salir un buen chichón.
- Creí haberte dicho que no empezaras con el jardín de atrás hasta que no hubieras terminado de podar y plantar todo lo de delante – Le regaño Dolores mientras jugueteaba con su collar de ambar.
Ella era la dueña de la casa, y por lo tanto su jefa. Jaime estaba trabajando aquel verano como jardinero para poder irse de vacaciones con sus amigos. El trabajo no era ninguna maravilla pero no pagaban mal y por lo menos no tenía que irse de campamento con niños como algunos amigos suyos.
Además la casa de Dolores era un filón. En la mayoría de las casas sólo tenía que cortar el césped, podar algún arbusto o como mucho alguna rama. Con eso apenas tenía una hora a la semana, pero en aquella casa el trabajo no faltaba. Llevaba ya tres días de trabajo y aún no había terminado con el jardín delantero. Y sólo con lo que había visto en el jardín trasero, iba a conseguir el dinero necesario mucho antes de lo previsto. Puede que incluso la convenciera para que le contratara durante el curso. Podría ir los fines de semana a cuidarlo un poco.
Lo único que a Jaime no le acababa de gustar era Dolores. Sabía que era una prima lejana de su madre, y que por eso le había contratado, pero había algo en ella que no acababa de convencerle. La mayoría de sus "clientes" eran exigentes, pesados o directamente desagradables. Dolores era... rara. Había algo en ella que no hacía que pasara desapercibida. Siempre vestida con esas túnicas, su collar de ambar y aquellas extrañas gafas con cristal verdoso.
- Como veo que no tienes nada grave, ¿por qué no vuelves a lo que deberías estar haciendo? – Dijo con tono autoritario.
Vale, a parte de rara, también era exigente, pesada y desagradable. El premio gordo.
Con desgana recorrió el sendero de vuelta a la casa tras Dolores. Vio como se metía en la casa y el volvió a la parte delantera.
La diferencia era notable. La parte trasera estaba prácticamente abandonada, como sí no la hubiesen cuidado en años, incluso a la fachada trasera le vendría bien una mano de pintura. La fachada principal sin embargo estaba perfectamente cuidada, así como su jardín, lleno de hortensias cuidadas y un césped radiante. Parecía que el salitre del mar no le afectaba en absoluto.
Jaime se apoyó en el rastrillo y miró hacía el mar, tan verde y brillante. Era julio y el estaba trabajando mientras sus amigos tomaban el sol.
Suspirando volvió al trabajo. Más les valía que el viaje mereciera la pena.
Con la ayuda del rastrillo juntó las pocas hojas secas que habían quedado y las echó a una gran bolsa de plástico. Alzó la vista y vio a Dolores observándole desde una de las ventanas. Al darse cuenta de que la había visto se retiró inmediatamente.
- Qué raro – Pensó Jaime -. Primero las esculturas y ahora esto. No quiero ni pensar como será cuando tenga que trabajar en la parte trasera.
Nunca lo admitiría delante de sus amigos pero Jaime era algo miedoso. Al contrario que su mejor amigo Héctor, que realmente disfrutaba pasando miedo, él no podía soportarlo. No veía ningún placer en las películas de terror, y menos aún la noche después de verlas, en las que era incapaz de cerrar los ojos.
- Esto empieza a parecerse a una película de terror – Murmuró Jaime – Primero una gran casa, con una dueña excéntrica y unas estatuas cuanto menos, curiosas. Me alegro de no estar aquí por la noche.
Siguió dando forma con las tijeras a un boj y se encargó de recortar unas hortensias para meterlas en casa, tal y como le había pedido Dolores. De vez en cuando no podía evitar mirar hacia la parte trasera por uno de los laterales. Al fondo, entre los árboles, se divisaba un borrón blanco de lo que eran las estatuas.
Jaime trató de calmarse. Hacía falta algo más que una vieja algo chiflada, y unas estatuas para asustarle. A fin de cuentas, a parte de otro chichón como el que ya tenía, no había mucho que pudieran hacerle.
Jaime rió con la ocurrencia. Es verdad que tenía demasiada imaginación como decía su madre. Pero no podía evitarlo, sobre todo cuando estaba trabajando, su cabeza empezado a volar y le venían a la cabeza las ideas más disparatadas.
El calor tampoco ayudaba. Mientras trabajaba, había ido subiendo más a y más y ahora parecía dirigir todos sus rayos hacía él. Se retiró un rizo sudoroso de la frente y buscó la gorra que solía usar. Sus amigos siempre se reían de sus rizos, tan negros y redondos. Parecían los de los angelotes gordos de los cuadros de las iglesias. A Jaime no le gustaba demasiado, además, cuando sudaba como ahora, le caía por la frente y no le dejaba ver.
Buscó su gorra de I Love NY y echándose el pelo hacia atrás, se la puso.
De no haberlo hecho no hubiese visto ese borrón blanco que se le echó a la espalda hasta tirarlo al suelo.
