Capítulo 3

Cediendo al peso, Jaime cayó al suelo.

- ¡Déjame en paz! – Gritaba mientras rodaba por el suelo.

Cuando se libró de su atacante, oyó unas risas. Se giró y vio a su amigo Hector el el suelo carcajeándose.

- ¿Qué pasa Jai? – preguntó todavía riéndose -. ¿Tanto te asusta una toalla?

Enseguida se dio cuenta de que, el borrón blanco que había visto no era más que la toalla de playa de su amigo. Tras el muro bajo de piedra desde el que había saltado Hector, estaban David y Maya. El primero se reía mientras que la segunda sonreía, como si en cierto modo sintiera pena por Jaime.

Al darse cuenta, éste se ruborizó y trató de desviar la conversación.

- ¡Claro que me asusta! Huele tan mal como tú.

Esta vez todos rieron menos Hector. En el grupo cada uno tenía su papel: Hector era el bruto, el que no tenía miedo a romperse un brazo con tal de pasárselo bien, Jaime era el gracioso, siempre con un chiste en la boca.

David, era el silencioso. Tenía el mismo pelo negro rizado que Jaime, y al verlos de lejos a menudo les confundían. Y Maya era... la chica del grupo. Si había algo que la caracterizaba era su coleta: Siempre llevaba su melena castaña en una graciosa coleta que anudaba con algún pañuelo.

- Bueno, dejaos de tonterías – dijo Maya mientras se arreglaba el nudo de la coleta -. Venimos a buscarte. Hemos estado en la playa y pensábamos que te apetecería comer un helado con nosotros.

- ¡Claro! Ya he terminado con esto. Esperad a que recoja las herramientas y os acompaño.

Empezó a amontonar las herramientas para llevarlas a la caseta y de mientras, Hector hacia malabarismos para andar sobre el muro de piedra. Al ser el menor de los cuatro (todos habían cumplido ya los 18 menos él) siempre parecía querer llamar la atención. Como si temiera hacerse invisible.

La puerta de la casa se abrió, haciendo que Hector perdiera el equilibrio y cayera sobre un montón de hierba que Jaime había segado aquel día. A pesar de lo gracioso de la situación, la cara de pocos amigos de Dolores, les quitó las ganas de reírse.

- ¡Dejad de hacer tanto ruido! ¿Es que una no puede trabajar tranquila? – Les reprendió.

Venía agitando sus collares que hacían un ruido, que en cualquier otra situación hubiese resultado gracioso mientras que con una mano se colocaba bien sus gafas.

El grupo de chicos se disculpó avergonzado, con la cabeza baja, avergonzados incluso como para mirarle a la cara.

Dolores se dio la vuelta y volvió a entrar en la casa mientras murmuraba entre dientes algo sobre la mala educación de los jóvenes.

Estos se miraron entre ellos y simultáneamente decidieron que ya era un buen momento para irse. Jaime recogió las herramientas y las guardó en el cobertizo tan rápido como pudo. No sólo por la vergüenza que acaba de pasar por culpa de sus amigos pero quería marcharse de esa casa cuanto antes. Intentó no pensar en que, al día siguiente tendría que volver a ella y se reunió con sus amigos que ya habían empezado la marcha.

Corrió un poco para alcanzarles y se puso al lado de Maya. Ninguno de los cuatro decía nada hasta que al final Maya tomó la palabra:

- Es una mujer un poco rara ¿no os parece? – dijo con precaución – No sé que es, pero hay algo en ella que... no sé como decirlo pero no me gusta.

Jaime suspiró aliviado. Siempre es un alivio saber que él no era el único con ese presentimiento, como si algún peligro acechara. Por supuesto no dijo nada. Pensó en contarles lo ocurrido en la parte trasera del jardín pero enseguida lo descartó. Realmente no había ocurrido nada, no era más que una muestra más de su cobardía y no pensaba ponérselo tan fácil para que se rieran de él.

Por suerte, Hector tomó la palabra y cambió radicalmente de tema.

- ¿Sabéis lo que me gusta a mí? Una mezcla de helado de chocolate y café.

Todos rieron ya más relajados. Si había alguien a quien se podía denominar como fanático del helado, ese era Hector. Le gustaba tanto que no era capaz de decidirse por un sabor favorito, y llevaba todo el verano intentando dar con él. Cada vez que tomaba uno probaba alguna nueva (y extraña combinación).

- Se trata de la mezcla de sabores – continuó explicando – El café puede ser a veces demasiado fuerte y el chocolate puede acabar aburriendo, por eso al juntarse, el café se suaviza y el chocolate no cansa tanto.

Siguieron hablando de mezclas imposibles, recordando helados espectacularmente bueno o buenos momentos que casualmente iban acompañados de un helado. Era la típica conversación trivial de cualquier grupo de jóvenes. Todos los temores sobre la casa, Dolores o la estatuas fueron perdiéndose a medida que hablaban.

Fueron a comprar su helado en LA heladería. Nos es que fuera la única de la ciudad, pero sí la que más sabores ofrecía, y la más generosa a la era de hacer las bolas.

Jaime y Maya compraron dos helados grandes de limón y chocolate respectivamente. Viendo que Hector y a David tenían problemas para decidirse, se sentaron en un banco cercano.

- Maya, no os he contado todo sobre la casa – empezó Jaime -. No quería contároslo porque me daba vergüenza, pero necesito contárselo a alguien – Y procedió a relatarle lo ocurrido en la parte trasera del jardín con la estatuas.

- No te he entendido muy bien – preguntó Maya una vez que Jaime hubo terminado de hablar – ¿Qué tenían de extraño esas esculturas?

Jaime puso en orden todas aquellas sensaciones y dio con la respuesta para Maya.

- Eran las posturas. No eran nada naturales, o mejor dicho, eran demasiado naturales. Parecía como si hubiesen estado dando vueltas por el jardín y al oírme hubiesen corrido a transformarse en piedras sin prestar atención a la postura. Es una tontería ¿verdad?

Pero Maya no contestó.