Capítulo 4
Jaime seguía trabajando en casa de Dolores, y como ya había acabado con la parte delantera, empezó a arreglar el jardín trasero de la casa. No era un trabajo fácil; el problema de los jardines era que al descuidarlos apenas un par de años, luego requería mucho trabajo volver a domarlos.
Empezó podando los rosales que adornaban una de las paredes de la casa. Excepto algunas flores que Dolores cortaba para adornar algún jarrón, el resto crecía profusamente, a menudo secándose en la propia rama y haciendo que aquellos matorrales cogieran un peso que amenazaba con ceder de un momento a otro.
Durante una semana Jaime llevó a su madre ramos de rosas cada día. Un día eran amarillas, otro rosas, malvas o melocotón.
Cortar las rosas era una tarea fácil comparada con podar los rosales. Aquellas plantas se defendían con uñas y dientes. O mejor dicho, con espinas. A pesar de los guantes, Jaime acababa a diario con arañazos en los brazos y la cara.
No era la temporada para podar las rosas, pero algunas ramas gruesas como un brazo se estaban rompiendo por lo que Dolores decidió aprovechar que tenía jardinero para sanearlas un poco.
Era un trabajado duro, de eso no había duda. Cortar las ramas y luego llevarlas a la compostadora hacía que a diario terminara con la camiseta completamente empapada por el esfuerzo.
Sin embargo a Jaime no le importaba. Prefería aquella agoradora tarea antes que tener que trabajar cerca de aquellas estatuas. Por alguna razón, la presencia de la casa y del camino que llevaba a la calle le tranquilizaba enormemente.
Sabía que en algún momento tendría que quitar las malas hierbas del césped que rodeaba las estatuas y podar los manzanos de al lado. Pero por el momento prefería centrarse en aquel trabajo bien lejos de ellas.
Jaime pensó en cortar algunas de las ramas de los robles. Dejarían entrar más luz y puede que se sintiera más tranquilo.
Sacudió la cabeza y cortó una rosa color melocotón que colocó en un cubo con agua dispuesto para aquel propósito. Con la mano derecho se quitó unas gotas de sudor que le caían por la frente, y al alzar la cabeza vio a Dolores mirándole desde una ventana.
En cualquier otra ocasión hubiese retirado la mirada, pero por algún motivo, Jaime decidió no hacerlo. Se le quedó mirando, tratando de ver algo a través de sus extrañas gafas, observando cómo jugueteaba con su collar de ámbar.
Finalmente Dolores se retiró y Jaime se sintió como si hubiese ganado a algo. No sabía a qué, pero dentro de él tenía una sensación de victoria. Con las fuerzas renovadas, volvió a la poda con otra energía.
Mientras cortaba no pensaba, si no pensaba no había estatuas, y sin estatuas podía tranquilizarse.
Cuando acabó el rosal de las flores color melocotón troceó todas las ramas con una maquina y llevó los restos a compostar en un gran cesto. Antes de empezar con el rosal blanco decidió tomarse un descanso.
Buscó su mochila y sacó una lata de coca cola. A pesar del calor aún estaba fría. La abrió y disfrutó del sonido al liberar las burbujas de gas. Dio un largo trago y trato de descansar.
Las manos le temblaban, no por miedo, sino por la fuerza que había necesitado al hacer la poda. Pensó en Dolores observándole desde la ventana y luego en las estatuas. Siguiendo aquella línea de razonamiento, si aquellas extrañas estatuas estaban en su jardín Dolores tendría algo que ver con ellas.
Extrañas era la palabra clave. Las estatuas eran extrañas, así como la propia Dolores. A veces dos cosas pueden ser extrañas de forma distinta. Sin embargo en este caso, era evidente que de un modo u otro, las dos encajaban.
Lo que Jaime no sabía era cómo. El nexo estaba ahí pero no era capaz de verlo. Miro una vez a la casa mientras daba otro trago a la lata.
¿Realmente qué sabía de aquella mujer? Muy poco. Su madre le había dicho que eran parientes lejanos pero desconocía el parentesco. Y a que se dedicaba, si estaba casada, si tenía hijos…
Había muchas cosas que desconocía de Dolores. A lo mejor era una buena idea empezar con ella. Era probable que encontrara algo que explicara las estatuas.
- Le preguntaré a mi madre – pensó Jaime -. Si hay algo interesante seguro que mi madre lo sabe.
Dio otro trago a la lata y sonrió. Ya no estaba asustado ni nervioso: tenía un plan.
