Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son de la grandiosa Meyer, la historia tampoco, solo hago una adaptación, cualquier cosa que les resulte conocida tampoco es mía. Al final de la historia diré el nombre de la novela. Gracias por leer.

Summary: Bella es una amable maestra de niños sordos, su mayor sueño es viajar a París, justo cuando su sueño se hace realidad se dará cuenta que las dos cosas qué le heredó su papá, el amor por el francés y la lengua de signos no fueron al azar. Las divertidas aventuras y alguien muy especial que irrumpirá en su vida harán que el regreso a Estados Unidos sea más difícil de lo que pensó.


Capítulo 10: El Guardaespaldas.

Que sonara el interfono del portal a esas horas no auguraba nada bueno. Que tras el timbre se escuchara la voz de Madame Kachiri, acabó de alarmar a Edward. Que esta le anunciase que Bella se hallaba sentada en la acera y no en su mejor momento, lo hizo bajar los siete pisos como un rayo.

En efecto, allí estaba. Pero Kachiri ya había conseguido levantarla. Al ver los esfuerzos de la mujer, que se tambaleaba con ella a cuestas, Edward sujetó a Bella por el talle y la sostuvo a pie. Ella se medio colgó de él, pasándole un brazo por encima de los hombros.

-Desde casa he escuchado voces. – informó la médium. Moviendo el dedo vagamente hacia la portería. – He abierto el portal y aquí me la he encontrado.

-Ya veo. – dedujo Edward; su querida invitada apestaba a alcohol.

-Estaba hablando con una rata. – cuchicheó Kachiri en confidencia. – Pero tú no se lo digas, ella cree que era una ardilla. No me quites la ilusión.

Edward sonrió de medio lado al notal los labios de Bella recorriéndole la mejilla. Borracha se ponía muy cariñosa.

-Qué barba rasposa de pirata. – rumió en español la castaña, restregándose contra su mandíbula. - ¿Vas a darme eso que tienes entre pata y pata?

Edward le sujetó la mano para que dejara de sobarle la bragueta. No entendió una palabra, tampoco hizo falta. ¡Perra vida!, para una vez que le pedía sexo, estaba hecha una cuba.

-Gracias por avisarme Kachiri. – dijo para despedirse de la vidente. – Me la llevo arriba. Buenas noches y descansa, no olvides que mañana tenemos grabación.

-No se me olvida, no. Ahora mismo voy a ponerme la cremita antiarrugas de contorno de ojos para dar bien en cámara. – aseguró con una caída de pestañas. – Buenas noches, Edward.

Él la vio atravesar las puertas del patio de regreso a su portería, como quien mira a su gallina de los huevos de oro. Gracias a ella y la mina de dinero que suponía su programa de videncia, todos los que trabajaban en Cullen Producciones, con él mismo a la cabeza, vivían como Dios manda.

Más el doble de lo habitual le costó arrastrar a Bella hasta el último piso. Un par de veces le dio por retroceder, haciéndolo trastabillar; poco les faltó para caer redondo escaleras abajo. Como había dejado la puerta abierta de par en par, con un empujón muy poco caballeroso pero muy efectico, la puso a salvo y cerró rápido, no fuera a ser que se le escapara. Esa noche se habían acabado las aventuras.

Solo un segundo tardó en echar el pestillo, uno nada más y Bella casi se le escapa, Edward tuvo que correr al verla agacharse en el salón, con los pantalones y las bragas por las rodillas.

-¿Pero qué haces? ¡Ahí no! – gritó Edward.

-¿Esto no es el baño…?

La agarró por la cintura con un solo brazo, la alzó en vilo y atravesó el pasillo a zancadas.

-Esto es el baño. – puntualizó sentándola en la taza.

Durante los siguientes cinco minutos ella se quedó muy a gusto, él aprovechó para desnudarla. Como a Bella se le cerraban los ojos y Edward no comprendía ni la mitad de las incoherencias, mezcla de español y francés, que salían por su boca, la tomó en brazos y la llevó al dormitorio. Algo sí entendió: "la culpa la tiene el Calvados".

-A quién se le ocurre. – dijo para sí mismo, porque ella ni lo escuchaba.

-Agua. Tengo sed. – suplicó quejumbrosa.

Edward desanduvo medio pasillo y fue hacia la cocina. La sentó en una silla, le sirvió un vaso de agua fresca y mientras Bella bebía, mojó el grifo un paño de cocina y se lo pasó por la nuca y por la cara. El remedio, combinado con el aire nocturno que entraba por la ventana, hizo su efecto porque a partir de ese momento, aunque somnolienta, dejó de parlotear como una borrachilla. Que ya era mucho, por lo menos hablaba con cierta lógica.

-Estoy para morirme.

-¿Tienes ganas de vomitar?

-No.

-¿Una infusión?

-No.

-¿Más agua?

-No.

-¿Te llevo a la cama?

Edward maldijo en silencio. No tenía que haber preguntado eso porque Bella lo miró de arriba abajo con ojos codiciosos de pantera a punto de atacar.

-¿Y mi ropa?- preguntó cubriéndose los pechos con las manos con una lentitud que lo puso duro a su pesar; no era momento de juegos eróticos.

-Ya la buscaremos mañana- farfulló.

La levantó por debajo de los brazos y la llevó; esa vez sí hasta el dormitorio agarrándola por donde pudo. Se sintió un canalla, porque las manos se le fueron directas al magnífico culo que tantas ganas tenía de tocar. Encendió la luz con el codo, la sentó a los pies de la cama para poder abrir la sábana.

Después, la levantó en vilo y la acostó. Antes de taparla, sucumbió a la tentación de mirar. Aquel cuerpo pedía cientos de miradas. Sus pechos firmes y llenos, millones de caricias. Clavó los dedos en el colchón para no sucumbir a las ganas de acariciarle la curva de la cintura. En otras circunstancias, se inclinaría para besarle el ombligo y dibujar círculos con la lengua. Se clavó los dientes en el labio de abajo cuando sus ojos viajaron hasta la oscura tentación de su pubis depilado a la brasileña.

Bella ocultaba bajo la ropa discreta la palabra deseo hecha mujer.

Con un suspiro hondo, dio un tirón a la sábana y la cubrió con mimo hasta debajo de los brazos. Ella abrió solo un poco los ojos y sonrió. Edward notó como le pesaban los párpados. Bella necesitaba dormir… y él una ducha fría. Pero antes de dejarla descansar a oscuras y en silencio, apoyó la mano junto a su cabeza y se inclinó sobre su rostro.

-Duerme. – murmuró. Y la besó en el nacimiento del pelo.

-La primera vez que me besas ¡y en la frente! – rebufó con una mueca cómica. – Qué primer beso más patético.

Edward rió por lo bajo.

-Nena, tú no sabes cuántos te daría ahora mismo. Aquí. – le acarició los labios. – y en otros sitios. Pero borracha, no. Quiero que disfrutemos a muerte y que a la mañana siguiente te acuerdes.

-No estoy… - se incorporó y de nuevo cayó a plomo sobre la almohada. – La cabeza me da vueltas.

-Por eso te quiero consciente. – dijo apartándole el pelo de la cara. – El día que eso pase, la cabeza te dará vueltas, porque será por otra cosa.

Bella sonrió con los ojos cerrados.

-Te tomo la palabra.

Edward no se movió de donde estaba e hizo algo que nunca había querido hacer con otra mujer. Le acarició la mejilla por última vez y permaneció contemplándola hasta que se quedó dormida.

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Bella abrió un ojo, sin fuerzas para abrir el otro. Estaba sola en la cama y sin pijama.

-Puto aguardiente. – carraspeó.

No hacía falta pensar mucho para comprender gracias a qué manos se encontraba desnuda bajo la sábana. La cabeza le dolía horrores y sentía la lengua rasposa como si hubiese bebido aguarrás. Agudizó el oído; vaya suerte, Edward aún trasteaba en su despacho. Lo último que le apetecía era tropezarse con él ahora que ya la había visto borracha y desnuda.

Saltó de la cama y, enrollada en la sábana, recorrió medio pasillo de puntillas hasta el cuarto de baño. Se lavó la cara con agua bien fría, se cepilló los dientes cincuenta veces y más y miró primero al armarito y luego hacia su derecha. ¿Aspirina o ducha? Esa era la cuestión.

Un cuarto de hora después, algo mas espabilada, fue hasta el despacho de Edward dándole vueltas a cómo podía extraviarse unas bragas. El del smiley no estaba entre su ropa. Recordaba haberlo enjabonado en el lavabo, que lo aclaró y luego…, a saber. El caso es que le había perdido la pista. Dejó de lado el asunto y repicó con los nudillos en la puerta.

-Un momento. – pidió desde adentro.

Él mismo fue a abrir. Bella habría jurado que hacía esfuerzos por no exhibir una sonrisita igual a la del gato de Cheshire.

-¿Cómo te encuentras? – tanteó a modo de buenos días, para evitar que ella comenzara con una innecesaria pero previsible disculpa resacosa.

-A punto de morir de vergüenza.

La invitó a entrar y regresó a su escritorio.

-Para tu tranquilidad te diré que no me vomitaste encima ni te pusiste a cantar a gritos. Y aunque estuviste a punto de mear en un sillón, hubo suerte y llegamos a tiempo al váter.

-Menos mal. – farfulló apartando la mirada.

-¿Has desayunado? – preguntó Edward con una sonrisa disimulada.

-No creo que sea capaz, mi estómago aun pide clemencia.

Él apagó el portátil y rodeó de nuevo el escritorio. La observó con curiosidad. Estaba para comérsela, con el cabello aún húmedo, unos vaqueros desgastados de cintura baja y una camiseta de florecitas diminutas con tonos malva que le resaltaba el pecho a las mil maravillas.

-¿Me desnudaste tú? – dejó caer. Vaya pregunta más tonta, le dijo su conciencia.

Edward dio un paso y se plantó ante ella tan cerca que Bella tuvo que alzar el rostro para poder mirarlo a la cara.

-Sabes que sí. – confirmó, dándole un cariñoso golpecito en la nariz. – Me comporté como un perfecto caballero.

Bella respiró hondo y soltó el aire contenido. Ella no estaba tan segura de haberse comportado como una dama. Mientras tanto, Edward recogía una carpeta de documentos dispuesto a marcharse a las oficinas de la productora.

-¿Dije algo de lo que tenga que arrepentirme? – preguntó Bella, antes de que la dejara sola en el piso.

Él se llevó un dedo a los labios e hizo memoria.

-Algo así como "Pigata con patas" – pronunció en un torpe remedo de español.

-¡Ay Dios! – murmuró Bella cubriéndose el rostro con las manos; bastaron tres palabras para que se acordara de la frasecita y de todo lo demás.

Mira por dónde le tenía que acudir a la memoria la broma picante del pirata que tanto le gusta a su amiga Jessica de Port Ángeles. Tenía que llamarla un día de estos, mejor un e-mail, que el teléfono de un país a otro costaba un dineral.

-Deja de darle vueltas. – la tranquilizó, sin suponer que ella tenía la cabeza en otro mundo. – Estabas muy graciosa.

-Seguro. – renegó con una mueca disconforme.

Él se entretuvo en colocarle el pelo detrás de la oreja. No le apetecía nada marcharse pero era una obligación inevitable.

-Me tengo que ir.- anunció; sujeto la carpeta bajo el brazo y ojeó su reloj. – Hay una montaña de trabajo esperándome. ¿Por qué no te tumbas con los ojos cerrados? Te irá bien.

-No, mejor no. – opinó. – Yo también tengo cosas que hacer.

-¿No puedes dejarlas para otro día?

Ella se encogió de hombros, sin decir ni sí ni no. Edward le alzó la barbilla con un dedo y la miró a los ojos.

-Cuidarte es un placer. Pero hoy no vendré a almorzar, así que tendrás que ocuparte de ti misma. – anunció; más que un ruego era una exigencia. – Si me prometes que dentro de un rato comerás algo y no pasarás el día entero con el estómago vacío, yo prometo no pronunciar nunca en tu presencia la palabra Calvados.

Bella se echó a reír con un rictus de dolor, porque le martilleaban las sienes, y le aseguró que así lo haría con la mano en el pecho.

Edward le acarició la mejilla con una mirada de preocupación.

-Ya sé que por fuera estás para enterrarte – dijo con un tono que invitaba a las confidencias. – ahora dime, ¿cómo estás por dentro?

Bella entendió a qué se refería y se le borró la sonrisa del rostro.

-En esos programas de tele donde los hijos encuentran a los padres que nunca conocieron, ya sabes cuáles te digo, siempre se abrazan y se besan con lágrimas de felicidad.

Edward le tomó la cara entre las manos.

-Esos programas tienen guion, te lo digo yo.

Y le dio un suave beso en los labios que a Bella le supo a poco.

-El primero fue en la frente. –le recordó con una leve sonrisa. – Vamos mejorando.

Él entrecerró los ojos.

-¿De eso sí te acuerdas? Tienes memoria selectiva.

-Eso parece.

En vista de que Edward no se decidía y no iba a haber más besos. Bella lo tomó de las manos y las retiró de su cara.

-No sé si es buena idea empezar algo que tiene fecha de caducidad. – alegó él ante su evidente frustración.

Por una parte Bella lo entendía, entre ellos solo era posible una relación sin futuro que terminaría el día que ella hiciese la maleta para regresar a Seattle. Pero por otra, reconocía que era la situación ideal para los dos. Ni él ni ella soñaban con campanas de boda.

-Cualquiera sin intenciones de involucrarse estaría encantado. – comentó, decepcionada. Y trató de darle la espalda. – Déjalo, no quiero que te hagas una idea equivocada.

Edward la agarró de la muñeca para impedir que huyese.

-Eso es una tontería, la única idea que me vale es que tú me tienes las mismas ganas que te tengo yo a ti. – explicó para evitar equívocos. – Eso me halaga y mantiene en forma mi ego. Ya sé que cualquier otro en mi lugar se frotaría las manos, yo mismo lo haría si no supiera de ti más que tu nombre. Pero empiezo a conocerte, prefiero que seamos amigos que enemigos a la larga.

-No me conoces.

-Me basta con saber que no te pareces en nada a otras mujeres que han pasado por mi vida.

-¿Demasiado masculina?

Edward calló su ironía poniéndole un dedo en los labios.

-Demasiado buena para tomarte en broma.

¡Maldito bastardo encantador!, ¿por qué tenía que ser tan tierno con aquellos ojos verdes llenos de peligro? ¡Qué habilidad tenía para dejarla sin palabras y con un nudo en el estómago!

-¿Qué es lo que te gusta de mi? – preguntó, tragando saliva.

-Lo poco que sé. Y me gusta mucho. – recalcó. – Eso complica las cosas.

Y a ella también le gustaba todo de él. Sospechó que Edward nunca podría ser algo pasajero. La idea la asustó de repente.

-Amigos entonces. – aceptó.

-Me gusta todo de ti, salvo una cosa. –rectificó él. – Resulta extraño, no eres nada romántica para ser mujer.

-¿Se supone que todas las mujeres somos románticas por naturaleza?

-Eso creía, pero ya veo que no.

-Sí lo soy. – reconoció, antes de matizar. – Mi espíritu romántico es el que me empuja a perseguir metas imposibles, aunque de antemano sepa que estoy condenada a fracasar. Romanticismo quijotesco le llaman, pero en lo referente al amor no lo soy.

-Qué raro, las americanas son mujeres de sangre caliente ¿no?

-Y a mí me arde. – apostilló con una mirada que era pura seducción. – pero mantengo la cabeza fría.

A Edward le gustaba más a cada minuto que pasaba, Bella, con su lengua larga y sus ojos de domadora de fieras, era un desafío para cualquier hombre.

-¿Nunca has estado enamorada?

-Muchas veces.

Ósea ninguna. Dedujo Edward en silencio.

-¿Y tú? – indagó Bella.

-Solo una vez, a los catorce años, - sonrió al verla reír. – No te rías que lo pasé muy mal, me dejó por el capitán del equipo de rugby del instituto.

Bella intuyó que de aquel primer desengaño venía su pasión por ese deporte.

-A ver si va a resultar que en el fondo eres un romántico.

-Comparado contigo, empiezo a pensar que lo soy.

-Touché. – se rindió echándose a reír.

Edward ensanchó la sonrisa. Se llevó la mano de Bella a los labios y le dio un beso en los nudillos.

-¿No recuerdas nada de lo que te dije anoche? – tanteó, refiriéndose a la parte más caliente de la conversación.

Y maldijo su sentido de la caballerosidad, tan amistoso y tan bocazas. Porque los principios eran una cosa, pero su libido tenía opinión propia. La deseaba tanto que tenía que hacer serios esfuerzos para no atraerla de un tirón y probar cómo sabía su boca.

-No, la verdad. – respondió Bella.

-Mejor. – se oyó decir a sí mismo, debió de ser su sentido común quien habló por él.

Edward ya estaba a punto de darle la espalda y salir por la puerta cuando ella lo detuvo.

-Antes de marcharte, ¿te importaría hacerme un favor?

-Si es algo rápido…

Fue entonces cuando algo le llamó la atención al mirar de pasada el tablón de la pared donde pendían un calendario, notas y recordatorios. Bella giró la cabeza como un rayo y descubrió su braguita verde sonriente allí clavado en el corcho con una tachuela.

-¿Pero qué clase de fetichista asqueroso eres…? ¿Cómo te atreves?

Se lanzó para tomarla pero Edward fue más rápido y la agarró por la cintura con un solo brazo.

-Eso no se toca, que ahora es mío.

-¿Desde cuándo? Ya me lo estás devolviendo.

Edward rió por lo bajo; Bella lo fulminó con la mirada porque de su cara dedujo que no pensaba obedecer.

-Esa braguita es el precio por lo de anoche. – alegó; y suavizó la voz y la expresión de un modo que Bella fue incapaz de resistirse. – Me gusta ver esa sonrisa mientras trabajo, me alegra la vida. – añadió con ojos de niño bueno.

Ante semejante argumento, Bella claudicó, sintiéndose idiota de remate pero, ¡Caray!, ningún hombre le había dicho en la vida algo tan deliciosamente absurdo. Además, tenía que reconocer que era tan fea esa braguita. Aún no entendía cómo, teniendo como tuvo uno en color frambuesa con pequeñas fresitas en la mano, acabó comprando el más feo; su mal ojo a la hora de escoger ropa era un problema serio.

Tampoco era cuestión de derretirse delante de Edward por lo que acababa de decir, así que renegó con la boca cerrada y lo miró con ojos exigentes.

-¿Eso de ahí es un escáner? – preguntó Bella, señalándolo la impresora multifunción que había en un carro metálico junto al escritorio.

-Sí, claro.

Bella echó mano al bolsillo trasero de sus vaqueros y le mostró tres fotografías desvaídas por el paso de los años y el desgaste de llevarlas en la cartera.

-¿Te importa escanearme esto? – pidió, entregándole las tres fotos de su padre que siempre llevaba con ella. – En casa tengo algunas más, pero de estas no hay copia; ya sabes, entonces solo había máquinas de carrete. Me da miedo quedarme sin ellas si pierdo la cartera o me la roban.

Era cierto que quería digitalizarlas por seguridad. Pero antes de que el Calvados la dejara para el arrastre, tuvo tiempo de maquinar una idea. Bella no le explicó a Edward, prefirió guardarse para sí el verdadero motivo.

Tenía quince años. Mi madre y yo habíamos ido a despedirlo al aeropuerto y antes de abordar el avión que se lo llevaba otra vez de mi lado, yo le pregunté si volvería, como antes.

-¿Tú quieres que vuelva?

-Sí. – supliqué.

-Entonces, escúchame bien, cariño: te prometo que volveré.

Me abrazó muy fuerte y me dio muchos besos. Se alejó por el pasillo directo a las puertas de cristal y se perdió entre la fila de las personas, entonces ya no volví a verlo nunca más. El destino no le permitió que cumpliera su promesa.

¿Tenía algún sentido seguir emborronando aquella libreta? Bella no tenía un sí para esa pregunta, pero algo la empujaba a seguir tomando nota de todos aquellos recuerdos. Confiaba en poder compartirlos con su hermana, cuando ella estuviese en disposición de escucharla. Aunque, visto el hosco recibimiento que le deparó, podían pasar meses. O años.

Se levantó del banco, guardó el cuaderno en el bolso y se lo colgó al hombro. Caminó avenida abajo pensando que tenía el día por delante. Y sola. Necesitaba aclarar las ideas y, sobre todo, respuestas. No se le ocurrió nada mejor que visitar a la única persona que ya no podía dárselas.

Al llegar al columbario, apoyó la frente en la lápida y cerró los ojos.

-Ay, papá. Qué lío has montado. – murmuró.

Bella no supo si pasó un minuto o dos. Sintió una presencia a su lado que la sobresaltó. Dio un paso atrás y se separó de la lápida, como pillada en falta. Entonces reparó en la recién llegada, una mujer con reflejos caoba en el cabello y algo más baja que ella. Tendría unos cincuenta años, o cincuenta y cinco bien llevados.

-Tú debes ser Bella. – aventuró, extendiendo la mano. – No sabes cuántas veces he deseado conocerte.

Ella correspondió al saludo, imaginando quién era. Solo una mujer podía coincidir con ella en ese preciso lugar.

-¿Nunca te han hablado de mi? – preguntó aquella mujer, que irradiaba amabilidad.

-Nunca, hasta hace unos días.

La mujer sonrió con un afecto que sorprendió a Bella.

-Soy Sue Girgaud, la madre de Alice.

Conversaron mucho las dos, muchísimo. Intercambiaron pasajes desconocidos por parte de una y de otra extraídos de la vida del hombre que las unía. Para Bella, compartir aquel largo café con la esposa. – no oficial pero si de corazón,- de su padre, fue como tender las manos al bando contrario acabada la batalla. Un enfrentamiento en el que ella no tuvo arte ni parte. Fue una víctima inocente, como las que hay en todas las contiendas.

Bella se sintió incómoda al saber que su madre se negó como una fiera a conceder el divorcio a su padre, a pesar de que él lo intentó dos veces.

-A mi nunca me importó ser la otra – la tranquilizó. – además, Charlie lo dejó todo bien atado.

De nuevo, un bochorno incómodo asaeteó a Bella, Sue fue muy discreta y pasó por encima al hablar de la herencia, suficiente para llegar a la conclusión de que su padre hizo cuanto estuvo en su mano para evitar que su esposa legítima se apropiase de unos bienes que ninguna falta le hacían, dada su holgada posición. Y admiró a la mujer que tenía delante porque tuvo la honestidad de avisar a su rival cuando el hombre que compartían falleció de un modo tan repentino.

-¿Vino al entierro?

Sue jugó con la cucharilla de café de manera distraída antes de responder.

-No. Su abogado se puso en contacto con el mío días después, a pesar de que no había nada que reclamar porque todo cuanto teníamos estaba a nombre mío y de nuestra hija. – informó, mirándola de frente. – Los dos pisos y el restaurante.

Sin extenderse demasiado explicó que fue ella quien aportó el dinero para abrir el negocio y que por ese motivo su padre decidió inscribir la propiedad a nombre de Sue desde el primer día.

-Nadie sabe de qué es capaz una mujer despechada. – adujo, para justificar las decisiones tomadas por el hombre que amó.

Y entonces le reveló que, tanto el piso familiar en el Marais como el que compraron en Saint Germain durante los años prósperos, ese mismo que Bella había visitado porque pasó a ser el hogar de Alice, fueron registrados por su padre a nombre de su hija pequeña nada más recibir el primer revés al pedir el divorcio, con idea de evitar posibles reclamaciones futuras.

Una forma de actuar injusta que Bella no lamentó a pesar de ser la única perjudicada. Todo lo contrario, se alegró que su padre tuviese en cuenta que ella, en el futuro, se convertiría en la heredera universal del patrimonio de su familia materna.

-A nosotros no nos hacía ninguna falta. – se excusó por la actitud de esta. – mi madre no debió enviar a su abogado con exigencias.

-No la culpes. Yo no me atrevo a asegurar que, de estar en su piel, no habría obrado exactamente igual. – vaciló antes de seguir. – y te ruego también que perdones a mi hija por haber sido tan desagradable contigo.

-No vengo a quitarle nada. Solo quería conocerla, nada más.

Sue alargó las manos por encima de la mesa y tomó las de Bella entre las suyas.

-Te entiendo mejor de lo que crees. Por eso tenía tantas ganas de conocerte. Te veo y descubro en ti tantas cosas de tu padre. – la miró sonriente, - la forma de hablar, la manera de mover las manos.

Bella sonrió algo cohibido.

-No puedo evitarlo. A veces me dicen que parezco siciliana.

La mujer enderezó la espalda y le soltó la mano. El camarero se acercó por si deseaban algo más y las dos rehusaron. Sue pidió la cuenta.

-Por eso cuando mi hija me contó lo sucedido, traté de hacerle comprender que tú no tienes ninguna culpa, al contrario. Pero ya no había remedio.

Bella le dio la razón con una mirada resignada. Para qué negarlo, el daño ya estaba hecho.

-Qué le vamos a hacer, son cosas que pasan. – dijo a modo de disculpa, a pesar de que aquel rechazo sin sentido la humilló e hirió en lo más hondo. – El afecto no es algo que se pueda exigir ni obligar.

-Alice es desconfiada. – argumentó, sabiendo que Bella lo entendería.

Hacia un momento le había contado que escogió su profesión en el campo de la docencia de las personas con discapacidad auditiva y sabía que ella mejor que nadie alcanzaba a entender esas pequeñas particularidades del carácter, marcadas por la sordera. No a todos, pero a muchos sordos les cuesta confiar en los desconocidos oyentes.

-No le guardes rencor a mi hija, te lo suplico. Hazlo por tu padre… por su padre. – recalcó. –soñó toda su vida con verlas juntas.

A Bella le vinieron a la cabeza unas palabras lejanas que esa misma mañana había recordado después de años sin darles importancia y apuntó en su libreta para no olvidarlas:

Conozco a una niña que se parece mucho a ti.

-Desde que supe que existía Alice, empiezo a entender muchas de las cosas que él me decía.

Consciente del cariño que desprendía su voz, Sue aprovechó esa pequeña fisura en su enojo para abogar de nuevo por su hija.

-Además es muy obstinada. – añadió con un suspiro. –En eso ha salido a Charlie.

Aquello tocó la fibra sensible de Bella, recordó las miles de veces que su propia madre le había espetado con cara de disgusto lo mucho que se parecía a su padre como si fuese un pecado.

-¿Alice se parece a papá?

-Mucho.

Bella le devolvió una sonrisa sincera.

-Entonces, no puede ser mala.

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Cha… chaaa chaaaaaaaaan….. ¿Qué les pareció Bella ebria? Jajajajaja Edward fue muy tierno, ¿verdad?

¿Qué opinan del Sue y su amor por Charlie?

Háganme saber que les pareció el capitulo… ¡un beso grande!