Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son de la grandiosa Meyer, la historia tampoco, solo hago una adaptación, cualquier cosa que les resulte conocida tampoco es mía. Al final de la historia diré el nombre de la novela. Gracias por leer.

Summary: Bella es una amable maestra de niños sordos, su mayor sueño es viajar a París, justo cuando su sueño se hace realidad se dará cuenta que las dos cosas qué le heredó su papá, el amor por el francés y la lengua de signos no fueron al azar. Las divertidas aventuras y alguien muy especial que irrumpirá en su vida harán que el regreso a Estados Unidos sea más difícil de lo que pensó.


Capítulo 11: La ciudad de la alegría.

-¿De verdad no te aburres? – preguntó Edward, acercándose a ella.

-Ya te he dicho que no, me encanta verte trabajar. – lo tranquilizó con una sonrisa entusiasta.

Mentirosa, mentirosa, más que mentirosa. Le dijo su conciencia.

¡Estaba harta! Si llega a saber que un rodaje iba a resultar algo tan intragable y aburrido, ni loca habría aceptado cuando la invitó a acompañar al equipo, nada más regresar del cementerio y de la conversación con Sue. Él la llamó por si le gustaría conocer un rodaje de cerca, ella acudió ilusionadísima al final de las Tullerías, el lugar donde solía ofrecer su repertorio el matrimonio de músicos ambulantes que ella le descubrió a Edward, puesto que aprovechaban allí el paso de los turistas que iban hacia Louvre.

Y allí llevaba dos horas de plantón a una distancia prudencial, fuera del radio de acción de la cámara.

-Otra vez. – dijo Edward alzando la voz.

"¿Otra?". Con aquella ya eran catorce las veces que rodaban el mismo plan. Un trocito de nada que en la película no duraría ni medio minuto. Bella se maldijo a sí misma, en qué mala hora se le ocurrió sugerir que incluyese cantantes callejeros en el corto. A la mujer le imponía la cámara y no dejaba de mirar de reojo; el marido se ponía nervioso y se le íban las teclas del pianillo electrónico.

Solo faltaba añadir lo estricto que era Edward como director; ninguna de las veces lo rodado había quedado a gusto.

El chico de la claqueta gritó acción y por decimocuarta vez sonaron los primeros acordes. La dama del micro entonó La vie en rose, romántica canción que Bella ya empezaba a odiar ligeramente.

Después del ¡Corten! De rigor. Edward y el director de fotografía pegaron las cabezas y observaron lo filmado en el visor de la cámara.

-¡Buena! – dijo bien alto.

Todos se arrancaron a aplaudir. Bella con más ganas que nadie. La cantante hizo un saludo teatral ante los presentes que fue premiado con una nueva ovación. En ese día, gracias a los curiosos, llenaron el botecillo de las monedas. Y también a la generosa propina de Cullen Producciones por las molestias.

Bella pensó que nunca treinta segundos de trabajo fueron mejor pagados.

Edward intercambió unas palabras con los cuatro compañeros de la productora que constituían su equipo de filmación, que se despidieron de Bella con la mano desde lejos. Ellos se dedicaron a recoger los bártulos y Edward fue hasta ella, destapando el envoltorio de un bocadillo.

Todos menos él, habían almorzado allí mismo un rato antes, sobre la marcha, unas baguettes preparadas que ella misma se encargó de comprar en un puesto callejero al otro lado del jardín.

Al llegar junto a ella, Edward le pidió que le guardara en el bolso la botellita de agua que también llevaba en la mano.

-¿Te parece bien dar un paseo? – tanteó antes de darle el primer bocado.

-Me parece bien. Pero ¿qué pasa con la moto?

-Luego volveremos por ella. Quiero aprovechar para que me ayudes a localizar exteriores, pero a la vuelta.

-Estupendo, ¿pero dónde vamos ahora?

Edward esbozó una media sonrisa, algo enigmática, pensó Bella.

-Ya lo verás.

Cruzaron por el Pont Royal y caminaron por la orilla izquierda del Sena hacia el Quai D'Orsay mientras Edward devoraba su bocadillo. Pararon un momento cuando él le pidió el agua.

-No puedo entender cómo te gusta comer mientras caminas.

-Es una manera de ganar tiempo.

Empinó el botellín y de un trago se bebió la mitad. Bella, acostumbrada a la cadencia estilo americana, no entendía qué necesidad había de tomarse la vida con tantas prisas. Edward adivinó por su expresión que discrepaba.

-Esto no es vivir rápido si lo comparas con el ritmo frenético de las aceras de New York. ¿Has estado allí alguna vez?

-No, digamos que está también en mi lista de deseos, no muy próximos. – rió. -¿Y tú?

-Tres veces. –dijo, reanudando la marcha.

Por el camino, Edward le contó que había viajado a la ciudad del rascacielos siempre por motivos de trabajo. La primera vez a unas jornadas de cine organizadas por la embajada de Francia en Estados Unidos, donde había exhibido producciones suyas pero no dirigidas por él. Otra en la que participó con un documental sobre la gastronomía francesa en el Film Festival de Boston. Y en una tercera ocasión, con motivos menos artísticos y más lucrativos, porque vendió las series educativas de dibujos animados, que fueron muy bien aceptadas en ambientes docentes dirigidos a las comunidades inmigrantes, para favorecer la inmersión lingüística en las escuelas.

-Hubo que adaptarlos a otros idiomas, pero mereció la pena el esfuerzo porque se vendió muy bien. – concluyó, dando fin también al bocadillo. – y se sigue vendiendo.

Se sacudió las manos y se las limpió en los vaqueros, mientras masticaba el último bocado. Luego observó a Bella que caminaba pensativa.

-Me encantaría conocer New York. – dijo por fin. – mi madre siempre me obsequiaba regalos y viajes durante las vacaciones con el fin de que no estuviese en la ciudad cuando mi padre iba, al inicio creí que ella lo olvidaba, después comprendí que lo hacía intencionalmente, de todas formas nunca acepte ninguno, es por eso que no conozco mucho mi país.

Edward le rodeó los hombros con un brazo y sí continuaron paseando el uno junto al otro.

-Te fascinaría. Es una ciudad increíble que merece la pena conocer. – aseguró. – a lo mejor te llevo algún día.

Bella lo miró sorprendida y contenta.

-Eso si que estaría bien. – aceptó con una sonrisa. – Me gustará que me la enseñarás tú.

-Qué gran película haríamos tú y yo en Nueva York. – murmuró acercándose a su rostro. – Formamos un buen equipo.

Bella entre abrió los labios. Edward sonrió, le dio un amistoso beso en la nariz y reanudó la marcha, hablándole de Nueva York mientras ella contenía las ganas de retorcerle el cuello.

El primero en la frente, el segundo de piquito y el tercero de guardería. Si lo que pretendía era generarle ansia por un beso en condiciones, desde luego que el método le estaba dando resultado.

Ella no era consciente de que Edward, a pesar de su amistosa actitud, se consumía por dentro. Se había jurado que no habría más avances entre ellos mientras Bella no diese el paso definitivo. Tenía que ser ella quien le lanzase la primer señal, y no se conformaba con un arma de seducción tan corriente como una mirada intensa y una boca tentadora. Esas se usan con cualquiera y él quería saber que no lo consideraba un hombre de tantos.

Al llegar al jardín de Los Inválidos, bordearon el monumento y continuaron el paseo a la sombra de los plátanos del boulevard de idéntico nombre. Edward se detuvo a las puertas del Museo Rodin. Bella ya se quedó admirada en los mismos jardines, antes de poner un pie en el palacete, ante la serenidad que infundía la contemplación de la estatua del famoso Pensador.

-No me la imaginaba tan grande. – dijo bajando la voz, como si temiese romper la magia tan especial que sentía ante el coloso de bronce.

Edward la tomó de la mano.

-¿Vamos? – propuso; ella asintió con la cabeza. – A la salida nos paramos a verla otra vez, si quieres.

-Querré.

Edward se alegró de verla presa de esa emoción incrédula que nos sacude cuando por fin tenemos ante los ojos y al alcance de la mano una obra de arte que infinidad de veces hemos contemplado en los libros de texto. Sin soltarla, la llevó hasta la taquilla y pagó las entradas. Una vez dentro, no la dejó parar ante las esculturas, con el ruego de que la dejase decidir a él el recorrido. Hasta que llegaron ante El beso. Se colocó detrás de Bella, la envolvió por la cintura y dejó que disfrutara de la delicada belleza de los cuerpos de mármol blanco, atento a su reacción.

-¿Qué te transmite? – la incitó.

-¿Es también vas a incluirlo en tu documental?

-No.

Ella inclinó la cabeza, absorta en la contemplación de la estatua.

-Si te das cuenta, es ella la que busca.- sintetizó. – es un sentimiento primitivo, la hembra que reclama al elegido. Mira su brazo. Ella es deseo y él es entrega. La mujer me transmite las ganas. En cambio, la postura relajada de él inspira seguridad; le pone la mano en la cadera como si quisiera decirle "Estoy aquí y no me voy a marchar". Es hermoso.

Se quedó callada y Edward respetó su silencio, meditando sobre cada una de las palabras que Bella acababa de decir.

-Nada que ver contigo y conmigo. – opinó él. Con una espontaneidad fingida. - ¿Verdad?

Bella se giró extrañada.

-¿Por qué dices eso?

Edward alzó las cejas y le apartó el pelo detrás de los hombros.

-Tú misma lo dijiste. – le recordó, y jugó de manera distraída con un mechón de su melena. – Los nuestros n creo que pasen a la historia.

Bella lo miró a los ojos y negó con un leve gesto.

-Contigo todos los besos cuentan.

A Edward se le aceleró el pulso. Qué distinta de las demás era aquella mujer que empezaba a metérsele muy dentro. Llevaba días esperando una señal e, incluso para dar el primer paso, Bella era capaz de sorprenderlo con una desenvoltura brillante.

-Unos más que otros. – matizó acercándose un poco más a su rostro.

-Quizá.

Él le acarició la barbilla.

-El primero es el que siempre se recuerda y ahí te fallé.

-Me habría gustado que fuera especial.

-Por eso te he traído hasta aquí. – dijo; inclinándose despacio. – Yo también quiero que lo sea.

Sus labios se rozaron. Bella enroscó el brazo alrededor de su cuello. Con la otra mano en la mejilla de Edward, cerró los ojos y le regaló el calor de su boca, la caricia excitante de su lengua en busca de la suya. Edward la envolvió en un abrazo apretado, enredó los dedos en su cabello marrón y le sujetó la cabeza para prolongar aquel hechizo. Hay besos que merecen la espera. Podrían pasar años y ellos dos recordarían aquel instante que parecía eterno, delicado y explosivo a la vez. Bella gimió dulcemente y Edward supo que los dos acababan de descubrir algo distinto que ya no podrían repetir con nadie.

Por no desandar el camino, una caminata mucho más larga de la que Bella había supuesto, tomaron el metro de Varenme e hicieron transbordo en Campos Elíseos. A ella le sorprendió ver en el vagón a la gente con el móvil pegado a la oreja y Edward le explicó que la modernísima línea 1 era la única que disponía de cobertura. Bajaron en Tullerías y fueron hasta donde estaba la moto, a paso remolón y entre continuas paradas para besarse. Una vez probado algo tan bueno, no podían dejar de hacerlo.

Edward dejó para otro día la idea de localizar exteriores para el corto y condujo con la pericia de quien no tiene ganas de perder el tiempo. Deseaba llegar a casa cuanto antes, estaba duro como una piedra solo de pensar en Bella agarrada a su cintura y en la vibración de la moto cosquilleándole entre las piernas. No se besaron en los semáforos porque encima de una honda no se juega y porque llevaban los cascos puestos; él el suyo y ella, el prestado. Ya en República, Edward metió un acelerón de los que asustan y enfiló la avenida a todo gas. Esa vez iba a ser él quien daría el paso y la hora de la siesta era una gozada para la maratón de sábanas revueltas que le pedía el cuerpo.

Llegaron a las puertas de casa. Bella se apeó de la moto en la acera y al abrir el portón de hierro, todo pareció conjurarse en contra de Edward. El vecino semifantasma al que no veían nunca, ese día le dio por aparecer y lo pilló en el pasillo, empeñado en ponerse al día de los últimos arreglos de las zonas comunes.

Bella se le adelantó escaleras arriba y Edward, aún a horcadas sobre la moto y mientras aguantaba la charla del empleado de banca del quinto, la vio desaparecer escaleras arriba como un cazador que deja escapar a su perdiz que lleva horas ojeando.

Saliendo de la cochera, se cruzó con el señor Laka, al que por educación no pudo largar con un "hola y adiós". En ello estaba cuando llegó la visita que acabó de desinflarle el entusiasmo sexual; Madame Kachiri lo desesperó contándole con todo detalle sus ideas en cuanto al vestuario para la tanda de programas que debían grabar.

La pasión es como los helados, que hay que consumirla al instante o se derrite. Cuando llegó arriba y vio a Bella libreta y bolígrafo en mano, constató de mala gana que la que había surgido entre ellos dos, se había diluido por completo.

-No olvides incluir en aquello que te comenté del Centro Pompidou en el cortometraje en la parte dedicada al sentido de la vida.

Edward recordó el museo de arte contemporáneo, que asombraba a los turistas con su estética ultramoderna en pleno casco histórico. A esa joya de diseño los vecinos del barrio la llamaban con desprecio "la petrolera" por los tubos que decoraban la fachada de acero y cristal. Era interesante descubrir la distinta visión de una misma cosa por parte de los que llegan y se van, frente a los que se ven obligados a contemplarlo cada día.

-No se me olvida. Apunta que necesitamos localizar al camarero que te lo contó. – pidió, señalándole el cuaderno. – A ver si hay suerte; y si se resiste a aparecer en la película, trataremos de convencerlo asegurándole que el toldo con el nombre del restaurante saldrá bien visible.

-Buena idea. – convino Bella, tomando nota allí de pie.

Aquella libreta le recordó a Edward un secreto que ella se había atrevido por fin a confesarle durante el paseo.

-Me gustaría leer esos mensajes que le has enviado a tu hermana.

Sintió una oleada de ternura al verla ruborizándose y elevar los hombros en un gesto inseguro, tan raro en ella.

-Me siento un poco idiota. - confesó a regañadientes. – Parece algo muy tonto.

A pesar de lo dicho, sacó el móvil del bolsillo. Edward quiso creer que la muda invitación de Bella a que leyera aquellos mensajes de texto significaba para ella algo importante. Quizá compartirlos con él la reafirmaba en la idea de que ese gesto con el que tendía la mano a aquella hermana recién conocida tenía algún sentido.

-¿Puedo? – rogó con la mano extendida.

Edward se felicitó, porque Bella le entregó el teléfono con una sonrisa de agradecimiento increíblemente bonita. Leyó en la pantalla el mensaje enviado. Ese en concreto hablaba de ella y su padre en la orilla del mar y que comparaba el amor con las olas, que siempre regresan; y lo ilustraba con una fotografía suya de niña, junto a su padre en una playa. Un retrato y unas pocas palabras, algo sensibleras a su juicio, cuyo valor residía en la fuerza de voluntad de Bella. "Léeme, para aprender a quererme". Recordó. Eso o algo parecido le había dicho ella. Esa súplica de cariño a una desconocida que la había echado de su casa tenía que acabar bien. Bella se lo merecía, por su empeño y por su humildad. Cruzó los dedos porque así fuera.

Edward le devolvió el teléfono y ella lo dejó sobre el mueble del comedor, junto con el cuaderno y el bolígrafo.

-No creo que funcione. – se sinceró ella.

-Funcionará.

Bella lo miró tratando de adivinar si era sincero al decir aquello.

-¿Por qué tienes tanta fe en mi?

Él la tomo de las manos y tiró de ella para tenerla más cerca.

-Te lo mereces por la ilusión que pones en todo lo que haces. – afirmó de corazón.

La abrazó por la cintura y la pegó a él. Bella subió las manos hasta sus hombros.

-Eres un hombre increíble, Edward. Por dentro, sobre todo.

-¿Sí?

-Sí.

-Pues tú a mi me intranquilizas bastante- comentó con el ceño fruncido, a la vez que le acariciaba la nariz con la suya en un gesto mitad seductor, mitad castigador.

-¿Por qué?

-Me importas más que mi moto. – murmuró. – Eso empieza a preocuparme.

Dos timbrazos consecutivos lo hicieron saltar del sitio, pero Edward no aflojó los brazos para impedir que se separara ni un milímetro de él.

-La puerta. – susurró Bella.

-Que esperen.

Bella sonrió y Edward atrapó esa sonrisa con su propia boca. Se besaron largo rato, demorando el disfrute del excitante placer recién descubierto hasta que el timbre volvió a sonar con insistencia.

Cuando Edward descubrió que la visita inesperada era Alice, optó por huir de la guerra fraticida que se avecinaba con la vil excusa de que en la productora tenía montañas de trabajo. No tardó ni medio segundo en tomar su casco, salir por la puerta y dejarlas solas.

Bella la invitó a sentarse indicándole el sillón con la mano y la miró muy seria.

-¿Qué es lo que quieres de mi? – preguntó Bella con signos. – El otro día en tu casa ya me dejaste claro que no te interesa conocerme.

Alice se sentó en el sillón de enfrente y dejó el bolso a un lado con cara de pocos amigos.

-Todo el mundo se merece una segunda oportunidad.

Bella no dominaba del todo la lengua de signos francesa y agradeció que Alice tuviera el detalle de intercalar algunos signos del sistema internacional para facilitarle el trabajo de entenderla.

-¿Hablas de ti o de mi?

-De las dos.

Bella se quedó mirándola casi incrédula.

-¿ha sido tu madre, verdad?

-Ella me pidió que viniera, no lo voy a negar.

Podía haberse ahorrado la pregunta, puesto que ella misma le facilitó a Sue horas antes la dirección de Edward. Y era consciente de lo absurdo de su reacción. Era ella quien había insistido a fuerza de enviarle mensajes y fotografías que diluyesen su antipatía hacia ella y la incitaran a conocerla. Su machacona fe en tres fotografías viejas y otras tantas impresiones apuntadas en una libreta había funcionado. Pero el enfado que aún sentía por lo mal que se lo hizo pasar aquella tarde en la puerta de su casa, echaban el traste la lógica. Así que, a pesar de la incomodidad de Alice, no se apiadó.

-Tienes suerte mucha suerte. – dijo Bella.

Las dos sabían que se refería al cariño, el apoyo materno y al carácter amable de Sue. Y también al hecho de que, de las dos, fue Alice la que tuvo privilegio de convivir con su padre.

-Lo sé.

Bella intuyó que sabía mucho más, que estaba al tanto de su vida. Ella acababa de enterarse de todo y Alice sabía por boca de Sue cosas, como el hecho de que había crecido en compañía de una madre amargada por la decepción. Sentirse en desventaja era duro y humillante.

Alice la miró con humildad y Bella no supo discernir si su actitud era conciliadora o de lástima por ella. En cualquier caso, le daba igual.

-Estoy aquí porque leí tus mensajes.

Esa novedad apaciguó la belicosidad de Bella; saber que su idea sensiblera de los mensajitos había dado resultado fue como recibir un aplauso.

-¿Cuál de todos ellos te decidió a venir?

-El del carrusel. Papá me llevaba muchos domingos al que hay junto a las escaleras del Sacré-Coeur. A mí me decía lo mismo.

Unas palabras que Bella sabía de memoria.

"Un día te llevaré conmigo a montar en un carrusel como este y conocerás a una chica que quiero tanto como a ti".

Y ella entonces soñaba con París. Siempre supuso que su padre le hablaba de una mujer adulta, de otra clase de amor. La entristeció pensar que Alice si sabía que hablaba de esa hermana americana que no conocía cuando escuchaba de boca de su padre esas mismas palabras que para ella siempre fueron un misterio, a pesar de lo superado que tenía todo aquello.

-Genial. – gesticuló con acritud.

-No me castigues por algo de lo que no soy culpable.

Bella movió las manos muy rápido, con gestos intensos y desabridos.

-¿Por qué no? Eso hiciste tú al no permitirme entrar en tu casa. – Alice no replicó. – Tú sí sabías que tenías una hermana. ¿Cuántos años tienes?

Alice se acarició la barriga abultada con aire distraído.

-Veintisiete.

Bella la observó de la cabeza a los pies. Tres años más joven que ella, casada y esperando su primer hijo. Hasta en eso le llevaba ventaja.

-Nunca hiciste un esfuerzo por conocerme. – le reprochó. – Sabías dónde encontrarme, ¿por qué nunca me has buscado?

-Lo estoy haciendo ahora, ¿no? Por eso he venido.

Abrió las manos con las palmas hacia arriba, pidiéndole una tregua y que la perdonase de una vez.

-Y deja de mirarme de una vez con esa cara de Señorita Rottenmeier. – añadió para aliviar la tensión.

-No tengo otra, soy maestra.

Alice abrió mucho los ojos y se arrancó con una risa fuera de lugar que dejó boquiabierta a Bella.

-Y ahora, ¿de qué te ríes?

-Yo también soy maestra. – gesticuló, con una mirada de asombro porque ese dato era nuevo para ella. – A lo mejor tenemos más cosas en común de lo que creemos.

Bella le dio la razón con la cabeza. Alice se dedicaba también a la enseñanza; y de sordos, era obvio. Eso sí que no se lo esperaba.

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Cinco pisos más abajo, dos mujeres hablaban precisamente de Bella.

-¿Y dices que esa jovencita es invitada de Edward? – preguntó Kate, con evidente curiosidad. – Pero entonces ¿es su nueva novia?

Ella e Irina acababan de volver del segundo paseo diario recomendado por el médico. Mover las piernas formaba parte de su terapia para acelerar el proceso de recuperación tras el implante de prótesis en la cadera al que se había sometido. Por las mañanas, solían realizar una caminata corta hasta la plaza Gambetta con paradita en el café Vulturi. Por las tardes, o bien recorrían poco a poco el boulevard de Ménlimontant hasta la avenida Republica o subían por el boulevard Belleville y descansaban en el parque.

Otros días, acudían a la cita obligada de Kate con los gatos vagabundos del cementerio, preocupada por que no les faltara ni alimento ni agua. Ese día en concreto tocaba caridad gatuna y de allí precisamente acababan de regresar.

Irina le ayudaba a sentarse en un sillón.

-No son nada. Amigos y nada más. –aclaró Irina. – aunque me parece que Edward tiene ganas de conocerla mejor.

-Ah, ¡Qué bien!

La chica abrió el balcón y se distrajo viendo pasar a la gente y el tráfico de la plaza. Mientras tanto Kate se disponía a ver su serie favorita, como solía hacer cada día después del paseo.

-Y a ella también se le nota que quiere algo más que amistad, o eso me parece a mí.

-Ya es hora de que ese chico encuentre a su media naranja. – opinó Kate, a la vez que encendía el televisor.

Irina miró hacia abajo al escuchar el ruido de una moto. Observó como Edward aceleraba y se perdía de vista al doblar la esquina.

-Oye, Kate, como tú estás entretenida con la tele y acabo de ver que Edward se ha ido, y subo a estar un rato con Bella.

-Buena idea, si en París no conocer a nadie, la chica agradecerá un poco de charla.

Y yo también, se dijo Irina a la vez que cerraba la puerta. Subió los cinco pisos pensando en ello. Adoraba a Kate, durante los tres meses que llevaba viviendo con ella le había tomado un cariño enorme, pero necesitaba hablar con gente de su edad; tantas horas acompañada de una persona mayor agotaban a cualquiera.

Llamó al timbre. Desde que Bella vivía allí, tenía la preocupación de no utilizar su llave salvo que no estuviesen ni ella ni Edward.

La puerta se abrió e Irina arrugó el entrecejo al ver con qué cara de palo le pidió Bella que la acompañara; ni asomo de la habitual alegría con la que solía recibirla. En el salón, Irina no disimuló su sorpresa cuando le presentó a Alice como su hermana. Las observó a las dos con mucho interés; era increíble que estuviesen serias y a la vez compartiesen esa forma de comunicación tan íntima a ojos de alguien como ella, que desconocía la lengua de signos.

-¿Qué está pasando aquí? ¿Han discutido?

-Ya te contaré, esto nuestro ha sido algo muy repentino y no empezamos con buen pie. – dijo Bella a la vez que traducía con las manos para que su hermana no se viese excluida de la conversación.

-Algo hemos mejorado. – intervino Alice. –Díselo, si no tu amiga va a pensar que somos un par de resentidas.

-Al menos podías hacer un esfuerzo y sonreír.

-Tu cara tampoco es que sea la viva imagen de la alegría.

Como Irina asistía al fraternal intercambio de tiros sin enterarse de nada, Bella chasqueó la lengua, incómoda, pero hizo lo que decía su hermana.

-Quiere que sepas que no somos un par de brujas horrendas, aunque nuestras caras digan lo contrario.

Irina puso los brazos en jarras. Las miró a una y a otra; después se encaró con Alice. Antes de hablar, estudió su expresión con un ligero parpadeo.

-¿Puedes leerme los labios?

Alice asintió, y dijo algo a Bella en lengua de signos.

-Si puede hacerlo, pero ten la precaución de mirarla a la cara cuando hables.

-Ay, pero si estás embarazada. – comentó mirándole la barriga. – Bella, ¡Vas a tener un sobrinito y no me habías dicho nada! ¿Para cuándo? – vocalizó mucho mirando a Alice.

Ella alzó cuatro dedos e hizo el molinillo con el índice, para indicarle que faltaban cuatro meses. Irina sonrió encantada. Dio un aplauso algo teatral que Bella y Alice entendieron muy bien y agradecieron en lugar de tomárselo a mal. Era la típica reacción novata de quién trata con sordos por primera vez. Las dos sabían que, en cuanto se acostumbrara, Irina recobraría la naturalidad. Los ademanes de mimo eran señal de que quería que Alice la entendiera; no como hacían algunas personas que, al no saber cómo comunicarse con ella, se limitaban a ignorar su presencia como si fuera invisible y sin remordimientos.

Muy por encima, y a pesar de que no le gustaba recordad el mal momento vivido en casa de Alice, Bella le explicó que acababan de conocerse y el porqué. Solo para que comprendiese a qué obedecía la aún no resuelta incomodidad entre ambas.

-Bueno, bueno, bueno… así que he llegado en plena batalla campal. – dedujo Irina con un ligero cabeceo de reproche.

Bella se lo tradujo a Alice y esta se echó a reír ante lo tonto de la situación. Al ver su cambio de humor, Irina sonrió con inmensa alegría y se empeñó en sentarse en el sofá en medio de las dos, Alice y Bella tuvieron que hacerle huevo.

-Pero chicas, ¡Es genial! Me encanta verlas así. ¡Son las hermanas perfectas! Ahora te odio, ahora te quiero, tan pronto te abrazo como te tiro de los pelos… - continuó entusiasmada. – Si lo sabré yo que tengo cuatro. Unas auténticas brujas. –pronunció despacio mirando a Alice. Recordando a Carmen, Sasha, Tanya y Bree. – Pero las quiero con locura.

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Alice se marchó con la promesa firme de que la relación que acababan de iniciar no terminaba allí; algo que a Bella la hizo dichosa. Edward llegó sobre las siete y ella le contó lo acontecido durante la cena.

Esa noche, los dos sabían que querían lo mismo, aunque ninguno se pronunciaba al respecto. La mesa de la cocina, la ensalada y el bistec a la pimienta fueron testigos de un intercambio de miradas que decían lo que sus bocas callaban.

Bella sacó del congelador un tarro de helado de vainilla que compartieron con una misma cuchara. Edward limpió el labio de Bella con el dedo y ella lo acarició con un lengüetazo tan caliente que le erizó el vello de los brazos.

Edward no perdió más tiempo. Dejaron sobre la mesa, tal cual. Ni se molestaron en guardar el helado en el frigorífico. Le ofreció la mano y en cuanto la tuvo en pie, la levantó por la cintura y Bella enroscó su cuerpo con las piernas y los brazos como él le pedía.

Atravesaron el pasillo sin dejar de besarse. En el dormitorio la dejó en el suelo y se desnudaron el uno al otro, rabiosos de deseo. Al otro lado del tabique se escuchaban los gritos de los inquilinos en plena acción.

-¿Les damos envidia? – sugirió Bella.

Edward negó con la cabeza y empujó para hacerla caer de espaldas sobre la cama.

Esa noche no quería fingir. Todo lo que ocurriese entre aquellas paredes sería de verdad. Tan real como las ganas que los consumían a los dos. Se lanzó al lado de Bella y le acarició los pechos, demorando el momento de probarlos. Ya la había visto desnuda, pero el tacto bajo su mano era la cosa más dulce que existía. Bella se arqueó con su contacto y él aprovechó para atrapar uno de sus senos con la boca, tanto como le fue posible. Mirarla era excitante, pero su sabor era como probar el cielo.

Se dio un banquete largo lamiéndola, mordiéndola con la intensidad justa. Ella le marcaba el ritmo con las reacciones de su cuerpo. Se incorporó para mirarla, Bella aprovechó para besarle el cuello. Edward cerró los ojos y gimió al sentir sus dientes. Una caricia dura que lo incitó a la lucha. La sujetó por las muñecas y disfrutó de verla resistirse bajo su cuerpo. Tal como imaginaba, el sexo con ella era una pugna por el poder. Logró inmovilizarla boca arriba. Se miraron el uno al otro, el pecho de Bella subía y bajaba agitado. Edward se acercó a su boca y la besó con lenta sensualidad, orgulloso de tenerla rendida debajo de él.

Recorrió sus mejillas con besos, saboreó su cuello, atrapó sus pezones endurecidos hasta que la oyó gemir. Descendió su cuerpo saboreando, lamiendo cada pulgada, arañando con los dientes alrededor del ombligo.

Restregó el rostro sobre su pubis, haciéndole sabias cosquillas, aprendiéndose de memoria el aroma de su sexo que lo incitaba a probarla hasta saciarse. Le abrió las piernas, obligándola a ofrecerse a él. Edward adivinó por la resistencia de sus rodillas que nunca había estado tan expuesta ante ningún hombre. La tenía rendida, pero decidió incrementar el ansia de Bella. Con suaves mordiscos le marcó la cara interior de los muslos a la vez que se abría camino con el pulgar entre los pliegues de su sexo. Ella le cogió la cabeza, le acarició el pelo con los dedos tensos, pidiéndole lo que le negaba. Y Edward reemplazó el dedo por la lengua.

El orgasmo de Bella lo pilló por sorpresa. Alzó el rostro y la miró a los ojos.

-¡Qué rápido!

Ella respondió con una sonrisa agitada y tiró de él. Edward descansó la cabeza junta a la suya en la almohada y disfrutó de un beso profundo. Bella deslizó la mano hasta su entre pierna. A Edward se le escapó un gemido mientras ella le hacía cosas increíbles. Se tumbó con la espalda en el colchón y gruñó cuando ella se deslizó por su cuerpo para darle placer con la boca, con malicia, con delicadeza. No pudo resistir cuando ella lo engulló hasta la garganta. Fluyó a borbotones, convulsionándose de la cabeza a los pies.

Bella apoyó la mejilla en la línea del vello de su vientre y Edward con los ojos cerrados y el corazón sin control, le acarició la melena con la mano derecha. Ella le tomó la izquierda y entrelazaron los dedos. Así permanecieron largo rato, tanto que él llegó a adormilarse.

Bella lo rescató del ensueño. El placer que acababa de probar era demasiado exquisito para conformarse con un aperitivo. Lo acarició con pericia y no tardó en despertar de nuevo su deseo. Edward abrió los ojos, incorporó un poco la cabeza y observó su pene rabiosamente erecto. Bella lo besó en el hombro con suavidad, con los ojos le dijo lo que quería y se tumbó de espaldas. Lo retuvo cuando bajó un pie de la cama y abrió el cajón de la mesilla.

-Yo jamás…

Edward selló su boca con los dedos, meditando sobre lo que le pedía. Siempre había sido estricto en cuanto a las precauciones, pero le sobrecogía la confianza ciega que Bella le profesaba. Él la había visto tomar sus anticonceptivos alguna noche. Aunque un embarazo inesperado era el menor de los riesgos, se fiaba de ella y de su sensatez.

-Ya lo sé. – murmuró.

También lo deseaba así. Los dos ansiaban gozar en estado puro y sin disfraz. Recorrió con el dedo el camino desde su cuello hasta sus muslos y jugó a ponerla nerviosa. Sonrió al verla arquearse cuando por fin rozó el corazón de su sexo, endurecido y sensible. Bella entreabrió los labios con un jadeo y él aprovechó para cubrir su boca con un beso. La lengua de ella Salió al encuentro de la suya con una exigencia erótica que lo llevó al límite. Edward se colocó entre sus piernas, apoyado en los antebrazos y rozó su miembro desde arriba y abajo contra el pequeño rectángulo de vello, era la suave antesala del interior ardiente que lo esperaba.

Miró entre ellos dos, su glande respondía al cosquilleo. Edward vio brillar dos gotas transparentes sobre los rizos castaños. Contempló a Bella, había cerrado los ojos, concentrada en su propio goce.

Él prefería el placer compartido pero sabía que ella no estaba acostumbrada, no había aprendido a dar tanto como recibía. No podía culparla, él había disfrutado del sexo con egoísmo con muchas mujeres que en ese preciso momento le eran indiferentes. Bella despertaba en él algo tan distinto e impensado que no cabía comparar. Estudió sus pestañas, los labios temblorosos, la curva de su cuello. Era muy hermosa.

Bella le acarició la espalda y descendió para atraerlo por los glúteos, urgiéndolo a tomarla. A Edward no le importó ceder esa primera vez y poseerla como ella deseaba. La besó de nuevo y la penetró. Se movió marcándole el ritmo para intensificar el goce hacia la liberación. Bella era de fuego y seda, lo oprimía con espasmos tan apresurados que Edward se dejó llevar y se lo dio todo. Todo y más.

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¡Al fin! Esos dos pudieron … ya saben… coff coff que envidia de Bella se los juro…

Nos leemos el próximo capítulo. Gracias por los comentarios, alertas y favoritos díganle a sus amigas, vecinas, comadres jaja que lean la historia XD