Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son de la grandiosa Meyer, la historia tampoco, solo hago una adaptación, cualquier cosa que les resulte conocida tampoco es mía. Al final de la historia diré el nombre de la novela. Gracias por leer.

Summary: Bella es una amable maestra de niños sordos, su mayor sueño es viajar a París, justo cuando su sueño se hace realidad se dará cuenta que las dos cosas qué le heredó su papá, el amor por el francés y la lengua de signos no fueron al azar. Las divertidas aventuras y alguien muy especial que irrumpirá en su vida harán que el regreso a Estados Unidos sea más difícil de lo que pensó.

Capitulo 13: El Resplandor.

-¡Eh, vengan corriendo! – gritó el solitario numero uno. Los otros tres se acercaron al balcón. - ¿Ven eso que brilla?

-¿Pero, que jodidos? ¿Qué llevan esas locas en la mano? – preguntó el solitario número dos, sin quitar los ojos del balcón de enfrente.

-No puede ser…

-Sí puede ser. – opinó el solitario numero tres. – Si es lo que imagino… Míralas que bien se lo pasan con las luces apagadas. Solo les falta cantar el "We are the Champions".

Todos rieron como canallas contemplando unas cosas como libélulas largas que se movían en la oscuridad.

-Tanta chica junta, son lo más parecido a una secta. – opinó el solitario número dos.

-Pues esas de ahí son la Secta de la Polla Luminosa.

Compartieron unas cuantas risotadas, pegados al cristal, viéndolas agitar a oscuras lo que parecían vibradores fosforescentes. Hasta que, a uno detrás de otro, se les heló la sonrisa en la cara. Porque los cuatro recordaron que esas que se lo estaban pasando como cochinitas retozonas en una charca eran sus mujeres.

-¡Vaya aquelarre se han montado ellas solas! – comentó con evidente mosqueo el solitario número cuatro, que respondía al nombre de Edward Cullen.

En el apartamento de al lado, propiedad del fisgón que acababa de hablar, se encendieron las luces y los cuatro se alejaron del balcón de un salto y se parapetaron detrás de la pared, no fuera a ser que ellas los descubrieran y pensaran lo que no era. Porque los hombres no espían por las ventanas ni pierden el tiempo con cotilleos como las chicas. ¡Faltaría más!

-¿Cómo has dejado que se apoderaran de tu departamento y nos mandaran castigados al estudio? – inquirió el solitario número dos.

-Son muchas, aquí no cabían.

Los solitarios no eran otros que Edward, Jasper el marido de Alice, y otros dos esposos que insistieron con la mejor intención en llevar y traer a sus mujeres a la fiesta erótico- comercial que unas cuantas amigas celebraran esa noche en el 11 de Rue Sorbier.

Unas cuantas, sí. Catorce, para ser exactos. A Edward no le quedó otra que claudicar cuando Bella se empeñó en ofrecerse como anfitriona de la famosa reunión de Tuppersex de la que ella e Irina llevaban hablando desde hacía una semana.

-En tu casa habríamos estado más anchos. Por ceder, ya ves lo que pasa. – protestó uno de los maridos aparcados en el apartamento de alquiler. – Cuando empiece el partido este sofá va a parecer el de la familia Simpson.

Jasper vino de la cocina con cuatro cervezas en la mano que repartió a sus amigotes. Ya que podían considerarse así, aunque acabaran de conocerse. Pero resulta que la soledad une mucho y el País Saint- Germain todavía más. Aunque la liga había finalizado, decidieron pasar su noche de abandono compartiendo papas fritas, cerveza y futbol.

El partido amistoso contra el Bayern de Múnich prometía emociones fuertes y estaba a punto de empezar. Al otro lado de la pared se escucharon risas locas. Los cuatro se miraron entre ellos.

-Por las tigresas de ahí al lado. – brindó Jasper.

Sonrieron como tigres y entre chocaron sus cervezas.

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En casa de Edward la temperatura aumentaba por momentos. Con todo cerrado a cal y canto para que el vecindario entero no oyese el escándalo, sumado a los Martini que se habían tomado para entrar en ambiente, a las risas después de caer botella y media, y al calorcillo que les había entrado a todas después de ver y palpar la primera tanda de juguetes eróticos, Bella optó por abrir los balcones de par en par y si al día siguiente había quejas de los vecinos, ya pensaría en una excusa para quitárselos de encima.

Dejó sobre la mesa el marca páginas que les habían regalado al comienzo y se levantó a abrir los balcones. Porque, a pesar de las sospechas de los cuatro amigotes del apartamento contiguo, no eran vibradores luminosos sino puntos de lectura publicitarios con forma de dildo que brillaban en la oscuridad.

La asesora de la empresa acababa de explicarles los efectos de un producto frio- calor.

-¡Voluntarias para probar el lubricante con sabor banana!

-¡Eso, eso banana! ¡Banana! – corearon con palmas, avivadas por el Martini y la ginebra.

Dos amigas de Irina, Sioban y Maggie se levantaron como si tuvieran un muelle en la silla y fueron juntas al cuarto de baño con un tubo de muestra.

Bella regresó a su sitio sonriendo de ver tan contenta a Alice. Ella la miró al notar que se sentaba a su lado y le devolvió la sonrisa. Bella recordó cuánto había dudado y sus miedos ante cómo se tomaría su hermana la invitación. Qué dudas más tontas, porque Alice no solo aceptó entusiasmada, sino que además trajo con ella a dos amigas. Irina había traído a otras seis. El resto eran clientes de la señora Laka, todas se conocían del barrio y se enteraron de la fiesta en la frutería ya que ella no fue capaz de tener la lengua quieta desde que supo por boca de Kate, ¡Cómo no!, lo que tramaban las chicas del último piso.

Alice y sus amigas se lo estaban pasando en grande. Poca traducción les hacía falta, porque aquella noche se trataba más de mirar y tocar que de escuchar. La asesora entregó varios tubos y spray para que los oliesen y probasen sobre la piel de la mano. Mientras una de las amigas de Alice, que era oyente, se alternaba con ella para traducirles algunas dudas a las dos que no podían oír, Bella prestó atención a lo que comentaban otras dos vecinas del barrio sentadas a su lado.

-No sé qué regalarle a mi marido para su cumpleaños. – comentaba una de ellas que pasaba de los cincuenta. – El anillo estrangulador que le llevé del último Tuppersex no le hizo ninguna gracia.

-¿Ah, no? – preguntó la otra.

-Estrangulaba demasiado.

La otra se estremeció con un repeluco de imaginar a su vecina y al esmirriado de su marido, venga a estirones, luchando para quitar el anillo rosa chicle del miembro viril.

-¿Qué tal si le regalas cartón de huevos de autosatisfacción?

Los acababan de conocer como novedad; una y otra cogieron de la mesilla del centro un par de ellos para examinarlos.

-Quita, quita. Solo falta que les coja el gusto y se olvide de mí. – decidió, dejándolo de nuevo en su sitio.

-Pues son una monada, quedan decorativos hasta en la cocina. Más vale que te sea infiel con los huevecitos que…

La otra rió con suficiencia.

-Mi antídoto para evitar cuernos se llama L´Oreal.

-Fíjate. – comentó la otra, mirando su cardado naranja.

-No hay nada que les guste más a los hombres que cambiar de mujer. – afirmó tocándose el pelo. – Te tintas el pelo cada vez de un color. Ellos se despiertan al lado de una rubia y se ponen como locos.

Las chicas del gel de banana volvieron del baño dando grititos y apretando las piernas. La asesora las azuzó para que contaran la experiencia y tanto énfasis le pusieron que varias manos se alzaron para que incluyera aquel producto en su pedido.

-¿Quién quiere otro Martini? – propuso la asesora, en vista de que animaba las ventas.

-Yo.

-¡Y yo!

-Yo también.

-¡A mí cortito de ginebra!

Y así hasta trece. Venga ja ja ja y más ja ja ja. Irina y una de sus amigas sirvieron una nueva ronda para todas, menos para Alice que estaba embarazada. A ella le trajeron un refresco de naranja.

La demostración continuó con la colección de dildos, de menor a mayor. Ya habían visto los estimuladores de punto G, discretos, elegantes, de oro con brillantes, de cristal rosado con forma de caballito de mar; los graciosos de patito juguetones, muñequitos buzo para la bañera y esponjas vibrantes con formas de frutas variadas. De entre todos, triunfaron las balitas metálicas. Todas cayeron en la tentación, incluidas Alice y Bella.

-Es que son súper bonitas. – dijo Bella con lengua de signos.

-¿Tú qué vas a comprar además de la balita? – preguntó Alice.

Su hermana disimuló una sonrisa maliciosa.

-Quiero llevarme algo para chicos. – respondió, con Edward en mente.

Alice hizo un gesto con la mano que no tenía traducción pero podía interpretarse por "no eres lista tú ni nada" que hizo reír a Bella como una loba maligna.

En ese momento todas aplaudían el único dildo que tenía nombre propio; estaba fabricado de una silicona tan realista que parecía humano, detrás de los testículos llevaba una enorme ventosa. Se llamaba Johnny. Una amiga de Alice lo agarró y, para comprobar si lo que la asesora decía era cierto, lo pegó con un escandaloso plop al cristal del balcón.

-Irina, ven aquí a ver cómo funciona esto.

-Quita, loca.

-Venga, tonta, que no es el primer pichurri que ves, ¿tú qué dices, Johnny?

Hubo risas a montones.

Mientras la mayoría se levantó para investigas las posibilidades eróticas del tal Johnny pegado en una superficie vertical, Bella aprovechó para preguntarle a la asesora por el gel estimulador masculino que le interesaba. Pensó en la cara que pondría su motero favorito si lo sorprendiese con un gusanito flexible para chics que le sonreía desde la mesa. Se dijo que no, mejor gastarse el dinero en el gel porque en cuanto a Edward viese el gusano azul sonriente, y comprendiera por dónde se lo tenía que meter, iria directo a la basura o acabaría convertido en llavero.

-Yo te recomiendo el Power Maratón, si quieres intensificar las sensaciones de tu chico. In-cre-í-ble. Y lo tienes sabor maracuyá.

-¿Y dices que es comestible? – preguntó Bella, relamiéndose los labios sin darse cuenta. – Pues entonces ponme dos tubos.

Alice tiró de su camiseta; ella giró y le tradujo a la asesora lo que su hermana quería.

-A ella le pones un brillo labial placer limitado, por probar.

-Mmm… Es sensacional. – aseguró mientras tomaba nota absolutamente contenta porque en cuanto a ventas, la noche se le estaba dando como pocas.

Una de las clientas de la señora Laka se acercó con un arnés negro en la mano y un control remoto en la otra.

-Antes de que se me olvide, apúntame a mí una tanga de caramelos para hombre. – pidió haciendo memoria. – Es que me vuelven loca los dulces. Y una mariposa vibradora de estas.

-Es un éxito, no se imagina lo bien que se vende, - afirmó la asesora. – Ya me contará, ya. Va a tener el marido más feliz de Belleville, ¡con lo que les gusta a los hombres apropiarse del mando a distancia!

Bella regresó a su silla. El resto también, sin dejar de reír y lanzarse a Johnny unas a otras como si fuera el rey de la noche.

-Un poco de silencio, chicas, que ahora necesito que estén atentas. – rogó la asesora. – Sobre todo las que tienen un machote loco por el fútbol. Si su equipo gana, ¡Fiesta! ¡Fiesta! Pero si su equipo pierde… ¡Tachan! – Exclamo sacando de la maleta un pedazo de vibrador de color azul, como el de la selección francesa, muy estilo futbolero.

Después de ese, vinieron varios dildos más con conejitos rampantes y lenguas bífidas que, al enchufarlos, se movían como viborillas para cosquillear el punto estratégico. Los tamaños fueron en aumento hasta que llegó la estrella de la colección.

-¡Qué barbaridad! – comentó Alice, viéndolo dar sacudidas en la mano de la asesora. – Eso lo buscas a tientas en el bolso y no sabes si tienes en la mano ese monstruo o el paraguas plegable.

A Bella le dio risa la ocurrencia. Mientras las amigas de Irina se lo pasaban bomba con el vibrador tamaño King size, Alice tomó unas bolas chinas de la mesa.

-Hazme un favor. – pidió a Bella. – Dile que me anote unas de color malva que el ginecólogo me las ha recomendado para recuperar el tono muscular del suelo pélvico después del parto.

Bella hizo lo que le pedía y, al comentarle lo que Alice le había dicho, la asesora aprovechó para explicar a todas los efectos beneficiosos de las bolas chicas. Y de paso, los festivaleros también, con su musiquilla al entrechocar las bolitas de acero con el movimiento al andar. Y les recomendó con insistencia que las llevaran puestas para ir al supermercado a hacer la compra.

-Ya verán qué manera de llenar el carrito con alegría. – concluyó.

-¿Y para hacer aeróbic?

-Alucinantes.

-Si las recomiendan los médicos, apúntame unas. – pidió una amiga de Alice, con una inocencia picara que tuvo efecto inmediato.

-Ponme otras a mí.

-Y a mí otras.

-A mí también.

-Y a mí.

-¡Y a mí!

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En el pequeño apartamento contiguo, los chicos tenían problemas de avituallamiento.

-Nos hemos quedado sin hielo. – anunció uno de ellos con una botella de pastis en la mano.

-En mi casa hay una bolsa de cubitos, habrá que ir. – comentó Edward sin quitarle ojo a la pantalla del televisor, porque iban ganando al Bayern por dos. – Otra cosa será que quieran abrirnos la puerta.

-Voy yo. – se ofreció Jasper. – Y de paso veré qué tal está mi mujer.

Ninguno se creyó la protectora excusa de Jasper, convencidos de que su querida mujercita lo estaba pasando vicio, como todas.

-Lo que tú digas, campeón, pero vuelve rápido con ese hielo. Y ten cuidado que son capaces de secuestrarte.

Jasper salió de allí con una cubitera vacía en la mano. Antes de llamar al timbre, pegó la oreja a la puerta. Escuchó risas y jolgorio. Tras cuatro toques sin respuesta, fue recibido por Irina.

-Vengo por hielo y me marcho. – avisó antes de que le prohibiera el paso.

-Adelante. La cocina está al fondo del todo.

Pasó de largo ante la puerta del salón como un hurón huidizo y fue directo al congelador. Ya tenía la cubitera medio llena cuando unos brazos femeninos se le enroscaron por detrás con deliciosa sensualidad. Giró la cabeza y recibió un beso por sorpresa que lo puso contento.

Alice le quitó la cubitera de las manos, la dejó sobre la encimera y lo atrajo de nuevo hacia ella. Jasper apenas tuvo tiempo de cerrar la nevera y dejar que lo llevara de la mano. Entre besos divertidos y mordisqueos en los labios la arrinconó contra la mesa de la cocina con cuidado de no presionarla. Dos botellas vacías de Martini y una de Bombay Saphire tintinearon con el empujón. Jasper las miró de reojo, las chicas estaban guerreras esa noche.

Mientras Alice se lo comía, le acarició la barriga, con la sensación de que cada día crecía un poco más. Ya tenía ganas de verle la cara a su hijo. O a lo mejor era una bebita. Esa posibilidad lo preocupó, porque las niñas crecen y se convierten en fierecillas juguetonas como la que tenía allí acorralada. Se echó un poco atrás, se alegró de verla tan contenta. La idea de aceptar la invitación de la hermana americana había sido un acierto.

-¿Has comprado algo?

-Claro.

-¿No me lo vas a contar?

-Puede que sí…

Lo acarició sobre la camisa y él le sujetó las manos para frenar su entusiasmo. Al otro lado de la pared estaban esperando el hielo y no era buena idea caldear el ambiente todavía más. Tiempo tendrían, que la noche era muy larga.

-No sé si me gusta que vengas a estas fiestas de los juguetes eróticos. – le dijo con signos, aunque su mirada decía lo contrario. – Te estás volviendo una chica muy mala.

Alice se mordió el labio inferior y en su boca afloró una sonrisa chispeante.

-Muy, muy, muy mala…

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Estas chicas se volvieron locas ja ja ja pero que bien se la están pasando….

¿dudas? ¿comentarios? ¿Reclamos? Déjenme un comentario.

Nos leemos en el próximo capitulo siempre trato de actualizar cada 2 dias, a veces puedo hacerlo a diario… si el tiempo me lo permite