Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son de la grandiosa Meyer, la historia tampoco, solo hago una adaptación, cualquier cosa que les resulte conocida tampoco es mía. Al final de la historia diré el nombre de la novela. Gracias por leer.
Summary: Bella es una amable maestra de niños sordos, su mayor sueño es viajar a París, justo cuando su sueño se hace realidad se dará cuenta que las dos cosas qué le heredó su papá, el amor por el francés y la lengua de signos no fueron al azar. Las divertidas aventuras y alguien muy especial que irrumpirá en su vida harán que el regreso a Estados Unidos sea más difícil de lo que pensó.
Capitulo 17: Magnolias de Acero.
No quería sus consejos, no los tendría. A Bella le había herido escuchar que no hacía falta en la vida de Edward. Con todo, confió en que el paso de las horas disipase el vendaval.
Pero después de esperarlo para el almuerzo, sin una llamada suya, sentada a la mesa, mirando el reloj cada cinco minutos, y viendo como su cazuela de arroz marinero se convertía en un engrudo pastoso y frío, decidió llamarlo a la productora. Su gélido y escueto "Estoy ocupad, ahora no", acabó de decidirla. ¿No decía que no la necesitaba para nada? Pues esa noche, cuando se dignara a aparecer, iba a encontrar la casa más vacía que una hucha en temporada de rebajas.
Sin pensárselo dos veces, Bella dejó el apartamento de Edward y buscó asilo en casa de Kate. La anciana e Irina le abrieron los brazos encantadas y sin hacer preguntas.
No fue un cambio de vino y rosas, porque a pesar de que constató que los abuelos tienen una faceta maravillosa y entrañable, no tardó en descubrir que para convivir con ellos se precisa una paciencia prueba de bombas, porque escuchan lo que quieren, no atienden a razones y no paran de dar la tabarra hasta que se salen con la suya.
Como Irina tenía cita con el médico de cabecera de Kate para recoger las recetas e instrucciones sobre cómo y cuándo administrarle la veintena de medicamentos que está tomando a diario, a Bella no le quedó otra que acompañar a la mujer a su visita semanal a Pére-Lachaise para dar de comer a los mininos vagabundos.
Eso sí, una vez probado lo bien que se sentía al verse atractiva, decidió contrarrestar el mal humor a base de quererse a sí misma.
-Recuerda que somos como las magnolias del Campo de Marte. – la instruyó Irina antes de salir de casa. – Bellas y valientes, las únicas que desafían al invierno y florecen con los árboles pelados.
Bella así lo hizo. Se puso el vestido más bonito y los tacones más altos, para atraer miradas masculinas a su paso. Le habría gustado taconear por la avenida Ménlimontant cortando el aire, pero con Kate no hubo manera. No le quedó otra que lucir cuerpazo a paso de tortuga.
Bella llevaba a la anciana del brazo de mala gana y preocupada, ya que era bien consciente de que dar de comer a los gatos callejeros estaba prohibido en el recinto del cementerio y no quería ni imaginar la multa que podía caerles encima como las pillaran con las manos en la masa.
-Por aquí, a la derecha, querida. – indicó Kate, haciéndose la loca para no saludar al vigilante de la entrada.
Pére-Lachaise era el cementerio más grande de París; también el que albergaba más famosos entre sus muros, desde Moliere a las Callas. Por el paseo principal, montones de visitantes subían en dirección al norte, todos ellos con el plano en la mano que indicaba la ubicación de las tumbas de los muertos VIP, y que a la entrada les habían facilitado a cambio de dos euros.
A Bella le tranquilizó ver que ella y Kate tomaban el camino de los panteones más antiguos, muchos de ellos abandonados. Si acaso se tropezarían con algún turista. Pero por aquella zona era raro que transitaran los habituales del cementerio, de visita a sus difuntos, que pudieran llamarles la atención o chivarse a los vigilantes.
Justo cuando iban a torcer por el primer sendero, escucharon que las llamaban desde lejos. Era Madame Kachiri y se detuvieron para saludarla. La vidente acompañada de otra mujer, flaca y fea como ella sola, que les presentó por cortesía. Se trataba de una clienta a la que llevaba al cementerio para solucionar un asunto del corazón.
-Traigo a mi amiga Randal. – explicó por discreción, en publico trataba de amigos a sus clientes. – A ver si Víctor nos echa una manita. – añadió con tono cómplice.
Kate y Bella intercambiaron una mirada sabia que podía por "otra que viene a frotar las bragas". Ella se topó de bruces con la tradición que achacaba a la estatua yacente de Víctor Noir el poder de arreglar asuntos sexuales y sentimentales. Muchas solteronas parisinas y otras que deseaban quedar embarazadas acudían a tropel. En la primer semana de su estancia en París, Bella se quedó de piedra un día que regresaba de visitar la lápida de su padre dando un rodeo y divisó a lo lejos a una chica, espatarrada sobre la figura en bronce del difunto periodista, venga a restregar sus partes íntimas contra la abultada entrepierna de la efigie. Cuando esta se fue, Bella se fue, Bella se acercó al sepulcro del pobre joven, fallecido a la tierna edad de veintidós años en un duelo de honor, y se quedó boquiabierta al ver que toda la estatua lucía una patina verdosa salvo la zona genital, que brillaba como el oro pulido.
Como Kate empezó a murmurar que no quería imaginar por qué relucían también la boca y la nariz de la estatua sepulcral del pobre chico, y los comentarios que parecían incomodar muchísimo a la tal Randal, Bella opto por dar por terminada la charla y continuar con su camino.
-Después iré a ver a mi gurú. – dijo Madame Kachiri a modo de despedida. - ¿Quieres que le pida consejo para ti?
Bella sabía de sobra que se refería a Allan Kardec, el inventor del espiritismo, tumba a la que los aficionados a los contactos con el más allá acudían por legiones; de hecho, era la más concurrida y la que más flores frescas lucía de todo el cementerio. Se estiró el vestidito y miró a Madame Kachiri con evidente incomodidad. Funcionaran o no sus poderes adivinatorios, estaba claro que la médium sabía que ella y Edward se habían peleado.
-Déjalo Kachiri. – la frenó Bella, negándose a meter ni los vivos ni a muertos en sus problemas con Edward. – Si te parece, pídele ayuda a ver si Irina encuentra a una persona que quiere volver a ver.
-Es un hombre. – añadió Kate, sin poder contenerse. – La pobrecilla no sabe ni cómo se llama el muchacho, y por lo que cuenta está de muy buen ver. Ya sabes cómo son estás cosas de jóvenes, Kachiri.
-Haré cuanto pueda. – aseguró esta.
Tras una breve despedida, cada cual tomó su camino. Kate y Bella continuaron hacia la división siete. Al llegar a un recodo apartado, la anciana señora pidió a Bella el bolsón y sacó una regadera, que le entregó indicándole donde estaba la fuente más cercana. Tal como le pedía, marcho por agua fresquita para los mininos. Cuando regreso con la regadera rebosante, vio a Kate que ya sacaba unos culos de botella de plástico que guardaba escondidos detrás de la tumba del gran Rabino Sintsheim.
La vio sentarse en un sepulcro de mármol y, acto seguido, ponerse a llenarlos de alimento seco para gatos. Bella ojeó hacia su izquierda y se espantó al divisar a un vigilante que iba hacia allí con las manos a la espalda.
Echó a correr sendero arriba, con taconazos y todo, y llegó hasta la anciana en un visto y no visto.
-¡Ay Kate! ¡Rápido, que viene el vigilante! Escóndete. – la apremió con cara de susto. – Agarra todo eso y desaparece de aquí, mientras yo lo entretengo.
Lo que son las cosas; la mujer, que necesitaba cogerse del brazo de alguien para caminar, fue escuchar la palabra "vigilante" y salir disparada como alma que lleva el diablo. Bella la vio perderse detrás de una hilera de panteones, a la vez que de reojo vigilaba al guardián uniformado que ya estaba a menos de veinte metros.
Para disimular, se puso a regar los pies de la verja de hierro de la sepultura que le quedaba más cerca hasta que sintió los pasos justo detrás de ella.
-Señorita, puede explicarme qué demonios hace. – oyó a su espalda.
Bella giró despacio. Miró al hombre con un parpadeo desafiante y se tocó el escote con el dedo. Era flacucho, con bigote y cara de pocos amigos.
-¿Es a mí?
-Espero por su bien que no esté llenando cacharros de plástico para dar de beber a los gatos. – avisó.
-No sé de qué me habla. He venido desde muy lejos para ver la tumba de mi retataratatara abuelo… Abelard. – improvisó, al leer por el rabillo del ojo que el hombre allí enterrado había fallecido nada menos que en el siglo XII.
-Desde lejos. – repitió el guardia.
-Sí señor, desde Estados Unidos. – apuntó, confiando en que el hombre hiciese la vista gorda por eso.
-Eso sí que es amor por la familia. – apuntó con evidente retintín.
-Es la llamada de la sangre. – lo desafió Bella, sin dejar de regar las malas hierbas como si fueran plantas tropicales.
Ya fue mala suerte escogerla tumba de Abelardo y Eloísa, los amantes trágicos más famosos de Francia. Ella ni sabía quiénes eran ni conocía el desdichado final de los dos que yacían al otro lado de la verja. En cambio el vigilante, era obvio que sí.
-Un antepasado suyo. - comentó el hombre, entornando los ojos.
-Sí, ya sabe. Qué menos que regarle un poquito las plantas.
Y continuó rociando con la regadera los cuatro hierbajos que crecían junto al enrejado.
-Pues ya es difícil que Abelardo tuviera descendencia. – comentó el vigilante con cara de póquer.
-¿Y eso? – Bella parpadeó.
-Porque le cortaron las pelotas.
A Bella casi se le cae la regadera de la mano, pero fue rápida en reaccionar.
-Pobrecillo. No estoy al tanto de los secretillos de la familia.
El vigilante empezó a perder la paciencia.
-Señorita, solo por curiosidad, ¿usted me ve cara de tonto?
-¡Pero bueno! – protestó indignada. - ¿Es que es un delito regar las plantas? Y, solo por curiosidad. – lo imitó. – míreme bien, ¿tengo pinta de ser una vieja maniática de las que dan de comer a los gatos?
Puso los brazos en jarras, sacó pecho y ladeó la cadera estratégicamente sexy. Los ojos del hombrecillo escanearon su cuerpo de arriba abajo, con especial insistencia en las zonas curvas hasta que detuvo la vista con todo descaro en la zona pectoral.
-Nunca se sabe. – concluyó con los ojos fijos en sus tetas.
Por fin levantó la vista para darle una última mirada de advertencia antes de girar y marcharse por donde había venido.
Una vez lo vio ya lejos, Bella fue en busca de Kate. La llamó, preocupada, hasta que la oyó responder. Se le erizó todo el vello del cuerpo al oír que la voz de la anciana provenía del interior de un panteón ruinoso. Empujó la puerta con repelús y se la encontró allí sentada en una especie de banco de piedra, tan tranquila.
-¿Pero cómo has entrado?
-La puerta estaba abierta. Qué paz se respira, dan ganas de quedarse.
-Pero qué cosas dices. – la riñó Bella, observando las telarañas del techo. – Vámonos de aquí ya mismo. – decidió; y la agarró del brazo para ayudarla a levantarse. – Que a ti aún te quedan muchísimos años para venir a este sitio.
Mientras la anciana se incorporaba a cámara lenta, a ella le dio tiempo de leer un grafiti sobre la puerta de acceso y casi se le salen los ojos de las órbitas. Aquello explicaba por qué estaba la puerta forzada. ¿Gay cruising? ¿En el cementerio? ¡En el interior de un panteón!
Kate miró hacia arriba, intrigada al verla con aquella cara de pasmo.
-¿Qué significa eso de gay cruising?
Bella la hizo salir de allí, guardó la regadera en el bolso negro, se lo colgó al hombro y le ofreció el brazo a Kate. Mientras regresaban por el sendero hacia la puerta principal, le explicó en qué consistía la moda de practicar sexo rápido con desconocidos en lugares públicos, y que esa tumba en particular era un punto de encuentro.
-¿Sexo gay? – preguntó Kate.
-Ajá.
-Hombres.
-Eso parece.
-¿Con otros hombres?
-Pues sí.
-Y en el cementerio. Rodeados de difuntos. – reflexionó la anciana por el camino. – Qué cosa más morbosa.
Bella la miró de reojo sin decir ni pio.
-¿Y se visten de vampiros y todo eso?
A Bella le vino a la mente la imagen de media docena de machotes disfrazados de Drácula, dale que te pegó a la lujuria terrorífica hardcore.
-¡Hay que ver, Kate! – la regañó con un cabeceo. – Pero qué mente más calenturienta tienes.
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Pues sí se dio prisa el espíritu de Allan Kardec en responder a la petición de la médium, porque los deseos e Irina se vieron cumplidos esa misma mañana.
Regresaba de la farmacia y al llegar a unos escasos veinte metros de casa, se quedó clavada en la acera, patidifusa, con la bolsa de las medicinas en la mano, y sin poder andar ni para adelante ni para atrás. Acababa de reconocerlo. Era él. El chico de chocolate, el que se le aparecía en sueños, el que besaba mejor que ninguno, llevaba un mandil azul y estaba vendiendo fruta en el establecimiento del matrimonio Laka. ¿Sería el nuevo empleado? Familia no, porque era mucho más claro de piel y los Laka no tenían hijos. Trabajaba… ¿ahí? ¿Pero cómo era posible que no lo hubiese visto en los tres meses que llevaba viviendo con Kate?
Y tenía un montón de clientela. De clientas, reconoció Irina entornando los ojillos. Observó a una negrita guapísima, que no perdía ocasión de tontear con el frutero sexy: le pidió naranjas, como él se giró para llenar una bolsa del cajón, Irina corrió a ocultarse. El escondrijo más cercan que encontró fue el umbral de la barbería y desde allí asomó la nariz para espiar. Poco le importó la mirada curiosa y siniestra del barbero tuerto, que desde dentro del local, la observaba sin entender nada.
Con lo grande que era París. En una ciudad con diez millones de habitantes, ya era casualidad que su Dios del color de la noche trabajara en el mismo edificio donde ella vivía.
La tienda de los Laka no había estado tan llena en la vida. Irina sintió como crecía la furia en su interior. Allí lo tenía, delante de sus narices, tan contento mientras todas las Venus de ébano de Belleville se lo comían con los ojos. Qué gracioso, haciendo malabares con las naranjas para lucir sus habilidades delante de su harem particular. ¡Lobas, más que lobas! ¿Aquello qué era? ¿Una verdulería o el concurso de Miss Belleza negra?
Irina se pegó a la pared y recorrió la distancia hasta el portal con cuidado de que no la viera.
Mientras él seguía venga risitas, toma miraditas, rodeado de chicas con cuerpos e envidia, ella tecleó a toda prisa el código de apertura y desapareció hacia el interior del patio. Menuda tonta, tendría que haberlo imaginado. Para un tiarron así de apetecible ella solo había sido el capricho de una noche. Y al recordar los pechos turgentes de las morenazas que rodeaban al frutero seductor, se sintió insignificante. Arrastró sus pasos hasta la escalera y subió con pasos tristes. ¿Cómo iba a acordarse de ella? Solo era una ilusa ridícula, con las tetitas como dos mandarinas, no mejor dicho. Como un par de limones.
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Esa noche, Edward llegó muy cansado. Su agotamiento era más mental que físico. No había salido de la productora ni para almorzar. Llevaba el día entero dándole vueltas y al fin, entre todos, habían logrado encarrilar la trama del cortometraje. Sentía ese gusto íntimo tan especial, la satisfacción de ver que por fin la película iba a salir como él quería. Llegó al apartamento con ganas de contárselo a Bella, pero al abrir la puerta y ver las luces apagadas, supo que la discusión de la mañana tenía las trazas de coronar un día extenuante con una noche de pesadilla.
Solo al recordar la mirada triste de Bella cuando él mismo le había dicho que no la necesitaba, que no se metiera en su vida porque no tenía ningún derecho; hacia que algo en su pecho doliese. Él no había querido decir todas esas cosas, bien se sabe que cuando uno está exaltado dice cosas sin pensar, y todo aquello que había ocurrido esa mañana en el nido del águila, había tomado matices terribles.
Recorrió una habitación tras otra, encendiendo las luces, pero nada; allí no había ni rastro de ella. Podía haber salido a cenar fuera; se dirigió a la cocina y descartó la idea. No, de haberlo hecho habría dejado una nota enganchada en la puerta de la nevera. Después se dirigió al dormitorio y abrió el armario; su ropa estaba allí, no podía haberse marchado muy lejos. La deducción fue rápida. Edward agarró las llaves del mueble de la entrada, cerró de golpe y bajó los escalones de dos en dos.
Cuatro segundos después, era Irina quién lo recibía con expresión gélida.
-¿Sí?
-Quita de en medio, bonita. – ordenó sin ganas de discutir.
-No sé qué se te ofrece a estas horas.
Edward, que empezaba a hartarse, la fusiló con una mirada. Bella apareció detrás de Irina. Iba descalza; en bragas y con una camiseta publicitaria del Monoprix. Todo indicaba que estaba a punto de meterse en la cama y no se había bajado ni el pijama.
-Haz el favor de bajar la voz, que Kate duerme desde hace rato. – le espetó muy seria.
Fue la gota que derramó el vaso. Edward abrió la puerta de un empujón, entró en el recibidor, la agarró por la cintura y se la cargó al hombro como un saco.
-Buenas noches, Irina. – dijo cuando salía por la puerta.
La chica contempló como subía las escaleras con Bella pataleando como una loca. Cuando los perdió de vista, cerró con pestillo y dando risas tontas al ver a sus dos amigos en esas circunstancias.
-¿Qué coño te has creído? – gritó en español, al llegar al séptimo piso.
Un día entero sin una llamada y sin responder a las suyas, una larga jornada de preocupación, además de un delicioso arroz que había acabado en la basura, eran suficientes razones para estar de muy mal humor.
Edward la dejó en el suelo y le rodeó la cintura con una fuerza férrea, para evitar que escapara escaleras abajo.
-No me hables en español, que no te entiendo. – ordenó sin importarle su cara de furia.
-Estoy muy enfadada. – replicó desafiante.
-Mejor. Te prefiero enfadada que triste. No quiero volver a verte nunca con la cara que tenías esta mañana cuando me marchaba a la productora.
Edward tragó el nudo que se le hizo en la garganta al recordar ese par de ojos marrones, que justo ahora parecía que estaban suavizándose, pero solo un poco.
Bella se enterneció un poco, pero solo un poco.
-Suéltame. – Exigió.- No tienes derecho a obligarme a estar contigo si no me apetece.
Por la cara que puso, era obvio que él no pensaba lo mismo.
Estúpido bastardo troglodita. – pensó Bella.
-Tu sitio está aquí arriba. Es aquí donde vives. Conmigo. – recalcó lentamente. – No en casa de Kate ni en ninguna otra parte.
Bella lo miró con rabia contenida.
-Odio que decidan por mí.
Muy despacio, Edward la soltó y se entretuvo en sacar del bolsillo las llaves de la casa.
-Las discusiones forman parte de eso que llaman convivir, ya tienes edad para saberlo.
-Ahórrate la ironía, Edward. – pidió sin asomo de humor. – Yo ya he tenido mi buena ración de convivencia con malas caras durante toda mi vida.
Edward la miró igual de serio.
-Creía que estabas conmigo para lo bueno y para lo malo. – enunció con una mirada taxativa. – juntos cuando todo va como la seda y juntos también cuando las cosas se tuercen. Una de las cosas que más me gustan de ti es que no te rindes cuando te atizan en plena cara. – dijo en alusión al primer y desagradable encuentro con su hermana Alice. – No me hagas pensar que me he equivocado contigo.
Bella lo miró de soslayo, le arrebató el llavero de un tirón y abrió la puerta.
-Yo no huyo jamás.- sentenció alto y claro. Le dio la espalda y tiró delante con paso firme. – Hay quien presume de sus dramas, como tú; y otras personas que los sufrimos en privado. – Edward cerró la puerta y fue tras ella; sin interrumpir su discurso. – Unos prefieren ir por la vida con cara de perro y otras le plantamos cara con una sonrisa.
Él le puso las manos sobre los hombros con tal firmeza que la obligó a detenerse y, despacio, la hizo girar para que se viese a sí misma reflejada en el cristal de la puerta del salón.
-¿A esto le llamas tú una sonrisa?
Tenía razón: menuda cara de bruja; pero no estaba dispuesta a dársela. Con un grácil movimiento de hombros se zafó de sus manos y salió de allí.
Como vio que Bella se metía en el cuarto de baño, Edward tomó camino de la cocina. Abrió la nevera y bebió cuatro tragos de leche directo del envase. Abrió el tarro y tomó una magdalena que se comió a bocados. La cena asquerosamente perfecta para rematar un día triturador.
Se desnudó en el cuarto de la lavadora y atravesó el pasillo hasta el baño con intención de darse una ducha que aliviara la tensión de los hombros. Allí se encontró con Bella; se cepillaba los dientes de cara al lavabo. A Edward le habría gustado situarse muy pegado a su espalda, meter las manos por debajo de su camiseta, jugar un ratito con sus pechos y restregarse contra el encaje de sus braguitas hasta ponerse duro como una piedra. ¡Qué culo tenía! ¡Por Dios!
Miró hacia abajo, su pene empezaba a mostrar una alegre semierección. Le ordenó tajantemente que retornase a la posición de descanso y se metió en la ducha.
Cinco minutos después caminó hasta el dormitorio secándose el pelo con una toalla. La lanzó sobre una silla con descuido, levantó la sábana y se metió en la cama.
-Qué bien que me das la espalda. – comentó con ironía. – Tenerte así es mi postura preferida para dormir.
La abrazó por detrás y tiró de ella para tenerla bien pegada a él.
Bella no se resistió, malditas ganas que tenía de perder en un combate de fuerza.
-No creas que no vamos a hablar. – dijo ella. – Pero ahora no.
-Yo también venía con muchas cosas que contarte, pero se me han ido las ganas.
A ella le picó la curiosidad.
-Pues ahora me lo cuentas.
-Pues ahora soy yo el que no quiere hablar.
-Eres un idiota.
-Y tú una antipática.
Durante unos minutos permanecieron en silencio, él abrazándola y ella dejándose abrazar.
-De acuerdo. No ha sido el mejor día de nuestras vidas. – dijo Bella por fin con aire conciliador. – Ya hablaremos mañana. Ahora mismo estoy tan cansada que solo quiero dormir.
-Sí, más vale que descanses y no desperdicies tu energía en odiarme. Mañana te espera un día duro. – murmuró Edward, y sonrió al notarla tensarse en sus brazos de pura curiosidad. - ¿Estás preparada para el reto de sobrevivir a unos cuantos niños correteando por el apartamento, recién salidos del colegio?
Bella giró en sus brazos tan rápido que le do un cabezazo en la barbilla.
-¡Ay! – se quejó Edward.
Bella sonrió con malicia, se lo merecía.
-¿Has llamado a tu hermano? – indagó, acariciándole la zona del golpe.
-Esta tarde. Vendrá mañana con sus coleguitas y haremos entre todos el mural para la clase.
No podía estar más contenta. Con un abrazo impetuoso lo tumbó boca arriba y se subió a horcadas sobre él. Edward le abarcó las mejillas con ambas manos para contemplar en la penumbra el brillo de sus ojos marrones. Saberse el artífice de ese destello alegre llenaba más que ninguna cosa.
-Así te quiero siempre. – murmuró. – No quiero verte más los ojos tristes. Nunca.
-Esta alegría es cosa tuya, por ser como eres. Estoy hablando de Seth. – matizó con idéntico tono íntimo. - ¿Por qué no me lo has dicho nada más llegar a casa de Kate?
Edward rio como un canalla.
-Mi castigo por abandonar el nido.
-El nido del águila. – recordó con sorna. Así lo llamaba a veces Irina cuando bromeaba sobre la mirada penetrante de Edward, que además en lo más alto de un edificio y sin ascensor.
Él se deslizó las manos por los hombros, acariciándole los brazos y las detuvo en sus pechos.
-Ahora es el nido del águila y de cierto cisne despistado que se coló por la ventana. – La corrigió mirándola muy fijo.
Ella sonrió. Con los ojos la desafiaba a que dijese lo contrario. Algo que Bella no pensaba hacer.
Llamarlo nidito para dos sonaba cursilón, pero a aquellas alturas era absurdo fingir que no lo era. Bajó el rostro hacia él para borrar todas sus dudas. Edward sonrió despacio y se dejó besar.
-Esta noche más que nunca te mereces un premio. – susurró seductora.
Sin dejar de mordisquearle los labios, la barbilla y la mandíbula rasposa, se quitó la camiseta.
-No quiero sexo como premio. – atajó Edward.
A pesar de ello, fue el mismo quien terminó de desnudarla. Bella inclinó el rostro sobre el suyo hasta que sus narices se rozaron.
-El premio no es el sexo. Esta noche tu premio soy yo. Toda. – dijo muy bajito.
Le sujetó las muñecas y se entretuvo en saborear beso a beso el recorrido de la clavícula hacia la base del cuello. Restregó la nariz en la línea de vello sobre el esternón, deseosa de darle placer. Sonrió al oírlo gemir cuando lameteó hasta endurecer el diminuto pezón. Excitada de excitarlo a él, deslizó la lengua juguetona sobre el otro. La caricia se tornó en mordisco al sentir los dedos de él abriéndose paso a su sexo. Alzó las caderas con malicia, a cada avance de la mano de Edward, ella reaccionaba con una rápida retirada. Una, dos veces. Ella se entregaba y él se sometía. Lo besó exigiendo su lengua. Se balanceó adelante y atrás, rozando apenas el glande, torturándolo con la caricia resbaladiza y cálida, piel con piel.
-No seas mala. – murmuró Edward. Le mordió el labio inferior con ansia y le dio una sonora palmada en la nalga.
El chillido de Bella se perdió en la boca de él; estaba segura de que le había marcado los cinco dedos en el culo. Nunca se había mostrado rudo con ella, pero la dureza de su mano le provocó un violento placer.
Las manos buscaban exigentes, las bocas se tornaron ávidas. Ella guiaba y él cedía. Edward le atrajo el rostro muy cerca para no perderse ni un solo matiz de su expresión. Bella era diferente a todas, furia y ternura a la par. Le acarició las mejillas con una emoción que lo estremecía. Nunca se cansaría de mirarla, tan única. Tan suya.
Con una destreza que era pura tortura, Bella buscó la cima de su miembro firme y palpitante; sin dejar de mecerse, entrecerró los párpados y se empalo de un solo golpe. Edward rugió de placer. Se incorporó sobre los codos y le besó los pechos, los abarcó con la boca, uno, otro. Cuando su respiración se tornó jadeante, echó la cabeza atrás, con los ojos cerrados. Todo desapareció, nada existía salvo la opresión acariciadora y deslizante que abrazaba su miembro. El éxtasis tenía nombre de mujer, el de la única que le robaba la voluntad. Y a Edward se le escapó de la boca, como una súplica, cuando lo alcanzaron juntos. Con ella… En Ella.
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Bella permaneció largo rato envuelta en sus brazos, con la mejilla en su pecho. Edward sonrió con los ojos cerrados al notar la caricia ascendente de su mano que se detuvo en el cuello y mimó con los dedos la zona dolorida donde ella misma le había clavado los dientes. Él tanteó a lo largo de su brazo y con el índice redibujó el seño ovalado que había dejado un mordisco suyo en el hombro de su chica.
Pasión caníbal. Se dijo con una sonrisa perversa, buen título para un telefilm de bajo presupuesto.
Y mientras acariciaba la marca de su boca en la piel de Bella, meditó sobre ellos dos. Habían llegado a ese punto sin retorno en el que la entrega y la necesidad de posesión caminan a la par. La besó en la sien y con la barbilla la forzó a girar la cabeza para verle la cara.
-Es la primera vez, ¿verdad? – Bella se incorporó con el codo apoyado en la almohada y lo escuchó con interés. – Yo soy el único hombre al que te has entregado sin reservas.
Ella se dedicó a recorrer con el dedo la línea de su mandíbula. No dijo nada porque no hacía falta. Los dos lo sabían. Era la primera vez que conocía la magia de sentir dos cuerpos unidos como si latieran con un solo corazón. La primera que no esquivaba unos brazos masculinos exigentes y se daba entera, en cuerpo y alma.
-Ninguna mujer me ha amado tanto como tú. – dijo en voz baja. – No de esta manera.
Ella sonrió. Se acomodó, aferrada a su costado y él a reclamó aún más cerca, rodeándola con el brazo.
-Arrogante. – le susurró en su oído.
Le acarició el vello del pecho y sintió vibrar su risa suave. Él se entretuvo en recorrer con la mano la curva de su costado una y otra vez.
-No se trata de arrogancia. Cuando digo que eres mía, tú sabes que significa que formas parte de mí y que te quiero tanto que ya no puedo dejar que salgas de mi vida. – detuvo la caricia en su cadera y le dio un apretón. - ¿O no lo sabes?
Ella sonrió absolutamente feliz.
-Sí, lo sé. – murmuró.
-Soy tuya. – notó cómo se le hinchaba el pecho bajo su mejilla. – Pero no olvides que me perteneces.
Lo oyó ronronear con una risa perezosa a su oído.
-Eso también me gusta.
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Esstoooo es taaaaaaaaaaaaaaaan romantico… me encantan!
Hoy escupo amor y soy toda miel por culpa de estos dos jajaja…
Espero que haya sido de su agrado el capitulo, nos leemos prontito
