Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son de la grandiosa Meyer, la historia tampoco, solo hago una adaptación, cualquier cosa que les resulte conocida tampoco es mía. Al final de la historia diré el nombre de la novela. Gracias por leer.

Summary: Bella es una amable maestra de niños sordos, su mayor sueño es viajar a París, justo cuando su sueño se hace realidad se dará cuenta que las dos cosas qué le heredó su papá, el amor por el francés y la lengua de signos no fueron al azar. Las divertidas aventuras y alguien muy especial que irrumpirá en su vida harán que el regreso a Estados Unidos sea más difícil de lo que pensó.


Capitulo 19: Frenético.

Bella no creía que fuera posible conducir una moto a tal velocidad. Edward sorteaba el tráfico como un demente, saltándose los semáforos en rojo y esquivando cuanto se ponía en su camino.

Llegaron a la Pitié-Salpétriére en menos de diez minutos. Edward corrió como un loco a la ventanilla de admisión de urgencias, donde le dijeron que su padre había sido pasado a un box y, para su inmenso alivio, le aseguraron que no revestía gravedad y que por eso precisamente estaba a la espera de que le hicieran algunas pruebas, dado que tenían preferencia otros enfermos en estado más crítico.

-Voy a entrar. – dijo entregándole el casco. – Tú quédate aquí, me imagino que Esme no tardará en llegar. Encárgate de tranquilizarla, ¿de acuerdo?

-Edward, no se puede pasar ahí adentro. – trató de hacerlo entrar en razón.

-Que prueben al impedírmelo.

Bella se quedó con un casco en cada mano, viendo cómo pasaba hacia la zona de boxes sin escuchar las protestas del guardia de seguridad.

Fue preguntando a todo el que se encontraba por el camino, hasta que le dijeron dónde estaba su padre.

El vigilante lo seguía dando voces, pero al ver que el paciente era un famoso de la televisión, hizo la vista gorda y se conformó con echarle a Edward una reprimenda.

-Ey, ¿Cómo estás? – dijo acuclillándose frente a Carlisle, que estaba sentado en una camilla.

A Edward le costó reponerse de la impresión de verlo tan vulnerable. Nunca había visto llorar a su padre y en ese momento tenía el rostro bañado en lágrimas y sangre.

-No ha sido nada. Estaba parado en un semáforo con la ventanilla bajada, unos cabrones me han puesto una pistola en la sien, han abierto la puerta y me han sacado a la fuerza.

Edward le ladeó la cabeza con cuidado para verle la herida que no dejaba de sangrar. Le habían dado algunas gasas y pañuelos mientras el médico regresaba, pero él lo usaba para sonarse y secarse las lágrimas en vez de ejercer presión a fin de frenar la hemorragia, tal como le habían indicado los paramédicos.

-Dame. – pidió Edward, quitándole el montón de gasas de la mano.

La herida bajaba desde la raíz del pelo hasta el borde exterior de la ceja. Requería de sutura pero no le pareció algo grave. Dobló las gasas y él mismo presionó el corte con la palma de la mano.

-¿Cómo te han hecho esto?

-He forcejeado con ellos y me han dado un golpe con la culata. He dejado que me roben el coche en plena calle como un completo maricón.

-¡El coche es lo de menos papá! Podían haberte dejado seco de un tiro en la cabeza.

Edward se quedó helado porque su padre se echó a llorar sacudiendo los hombros con una aflicción inconsolable. En ese momento desaparecieron todos los rencores, la soberbia y la ira almacenada durante años. Aquel hombre hecho un guiñapo, muerto de miedo y vergüenza, era su padre. Y habían estado a punto de matarlo por un jodido coche de alta gama. Se sentó en la camilla y le rodeó los hombros con el brazo.

-Soy un cobarde de mierda, Edward. – murmuró en llanto.

-No eres un cobarde. – rebatió dándole un apretón. – si a mí me hubiesen puesto una pistola en la sien, me habría cagado encima.

Carlisle se enjuagó las lágrimas con las manos.

-En ese momento no me preocupaba lo que pudieran hacerme. –confesó sorbiendo la nariz. – Solo pensaba en Seth, tiene seis años, aun me necesita. No puedo morirme todavía.

-Papá, mírame. – Lo instó con la mano en su mejilla. – Tienes dos hijos, yo tampoco quiero perderte.

Carlisle tragó saliva. Sí tenía la razón. El hombre que en ese momento lo consolaba y le daba ánimos como lo haría un padre era su hijo mayor. Lo miró a los ojos lamentando el distanciamiento de los últimos años.

-Hemos perdido mucho tiempo de la manera más estúpida.

-Me ha costado entender que tú no tuviste toda la culpa, papá. Aún me cuesta. – se sinceró. – Pero he tenido ayuda.

-La americana. – adivinó.

Edward encogió de hombros, algo incómodo.

-Me dijo a la cara lo idiota que soy. – confesó y miró a su padre esbozando una sonrisa. – Pero la culpa de eso no es toda mía, los genes son cosa tuya.

Carlisle rió tanto que le dolió la cabeza de nuevo, se dijo mentalmente que agradecería a Bella por todo lo que ha hecho por su familia, por devolverle a su hijo mayor, y por acercar a sus dos hijos.

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Como Edward imaginaba, al salir del pasillo de urgencias, al lado de Bella encontró a una nerviosísima Esme. La tranquilizó explicándole el estado real de Carlisle y no tuvo reparos en pelearse por segunda vez con el guardia para que esta viese a su marido un momento, al menos.

Diez minutos después, Esme regresaba de nuevo a la sala de espera, bastante más calmada. Dado que a Carlisle aun tenían que hacerle una resonancia magnética para descartar consecuencias posteriores del golpe en la cabeza y alguien tenía que hacerse cargo de Seth, decidieron acudir los tres juntos a recogerlo a la salida del colegio. Esme no estaba en condiciones de agarrar un volante y si el niño no veía allí a ninguno de sus padres como acostumbraba cada día, era previsible que se asustara. Y no había necesidad de que el pequeño pasara un mal rato.

Edward conducía el coche de Esme, con ella de copiloto y Bella en el asiento trasero.

-Yo no te odio, Esme. – aseguró para romper el silencio.

Sin necesidad de hablar de ello, los tres recordaron la desagradable conversación de la última vez que se habían visto antes de esa tarde.

-Vamos a dejarlo en que te caigo mal. – replicó con acidez. – Tú a mí no me caes mal, Edward. Me caes peor.

Él aceptó el puñetazo verbal. Esme había estado a punto de perder al hombre que amaba. Tras una situación de pánico, era lógico que respondiese con un ataque.

-Entiendo que estés nerviosa. El coche aparecerá por ahí abandonado en cuanto se cansen de él; en el peor de los casos lo desmantelarán o lo venderán en el extranjero.

-El coche puede sustituirse por otro, mi marido no.

-Te recuerdo que tu marido es mi padre, y es el único que tengo. Yo también he estado cerca de perder a alguien a quien quiero.

Esme giró el rostro y se dedicó a mirar por la ventanilla. No era el robo del coche lo que le quemaba la sangre. El tiempo de sonreír y callar se había acabado.

-Yo ya sabía dónde me metía al enamorarme de un hombre que traía equipaje. Las segundas esposas tenemos que aceptar el rechazo y la hostilidad de unos hijos que nos ven como intrusas. Es de esperar cuando se trata de adolescentes, pero no cuando el hijo de tu marido es un hombre de treinta y cuatro años.

-Los sentimientos no son ciencia exacta. – dijo para justificarse.

-Estoy harta de tender puentes que tú te niegas a cruzar, de fingir que no me afectan tus malas caras y de sentir que sobro en mi propia casa.

Edward miró a Bella a través del retrovisor. Aparentaba estar muy concentrada, observando el tráfico a través de la ventanilla. La adivinó incómoda en medio de un brete en la que no tenía cabida.

Se tragó el orgullo y fue sincero.

-El problema no eres tú, Esme. Lo tengo yo. – Reconoció. – Soy yo quien debe solucionar un conflicto interior. Así que, en todo caso, la culpa es mía. Solo te pido que tengas paciencia conmigo. Dame tiempo por favor.

Esme lo estudió con curiosidad, no esperaba algo así y reconoció que era un gran paso. La franqueza de Edward era una muestra de su honradez.

-Desde hace una hora aproximadamente ya no me caes tan mal.

Edward la miró con expresión amistosa y retornó la atención al volante.

-Es un buen comienzo.

Cuando bajaron del coche, Bella tomó a Edward del brazo y lo llevó aparte de la gente que esperaba la salida de los niños. Necesitaba que supiera lo orgullosa que estaba de él por haber tenido la valentía de reconocer y confesar ante Esme algo que levaba años envenenándolo por dentro.

-Eres el mejor, ¿lo sabes?

Edward se lo agradeció con un beso juguetón que duró menos de lo que habría gustado. Pero no era momento ni lugar. Miró hacia su derecha, sin soltar a Bella de la cintura y vio que Esme se había agachado para hablar con Seth. Al parecer, le explicaba lo ocurrido. La vieron ponerse de pie y acercarse a ellos para dos con su hijo de la mano.

-¿Cómo está mi papá? – le espetó muy serio y a la cara.

Edward pensó dos cosas en ese instante: que los niños son mucho más inteligentes de lo que se suele creer y que el amor es un sentimiento protector. Como Seth intuía algo malo, ya no era "papá", el padre de los dos. Carlisle era "su papá". Edward no sabía hasta dónde le había explicado su madre, pero pidió permiso a Esme con la mirada y ambos acordaron sin palabras que no debían disfrazarle la verdad. Carlisle era un personaje conocido y esa misma noche seguro que saltaría la noticia a todos los medios de comunicación. El niño acabaría enterándose por los comentarios de otros niños en la escuela. Se acuclilló frente al pequeño y le puso la mano en el hombro.

-Ya te lo habrá contado mamá, ¿a que sí? – preguntó mirando brevemente a Esme. – Ella sabe que eres casi mayor y que no te asustas si te decimos que papá está en el hospital.

Seth asintió como un valiente. A Edward le dolió en el alma su carita de susto.

Esme, preocupada por su hijo, se apresuró a intervenir.

-Tesoro, ya te he dicho que está bien. Solo tiene un corte en la frente.

-Ha tenido que quedarse un rato más en el hospital porque los ladrones que le han robado el coche le han golpeado aquí. – explicó Edward tocándose la frente. – y tienen que hacerle pruebas. Pero está bien, me ha dicho que mañana mismo te llevará con él para que le ayudes a elegir un coche nuevo.

Edward nunca sospecharía cuánto agradeció Esme el tacto y afecto con que habló al niño. El hijo mayor de su marido en ocasiones mostraba la delicadeza de un animal de establo. Pero viendo el cariño con que trataba a Seth, podía perdonarle seis años de caras avinagradas.

Esme acarició la cabeza de su hijo.

-Cariño, yo tengo que volver al hospital. Tú te quedas con Bella y Edward hasta que volvamos a casa.

-Yo voy contigo. – rebatió Bella. E insistió al ver que Esme dudaba. – Claro que sí. Te haré compañía, las horas de espera en un hospital se hacen muy largas.

Edward le sonrió, agradecido, porque entendió que el ofrecimiento de Bella encerraba doble intención. Ella era más intuitiva que él: era hora de empezar a dedicarle tiempo a su pequeño hermanito, no era mala idea pasar la tarde juntos.

-Te lo agradezco, de verdad. – dijo Esme, apretándole el brazo a Bella. – Seth, Edward se hará cargo de ti. ¿Vas a portarte bien?

A la vez que el niño asentía, su hermano mayor cavilaba cómo ocupar varias horas con un niño de seis años. Por suerte, la solución le vino a la cabeza. Era jueves. Miró su reloj, si se daba prisa aún llegaría al entrenamiento.

-Tengo una idea, Seth, ¿Te vienes conmigo al rugby?

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Sobre las siete, Edward llevó el niño de vuelta a casa. Lo primero que hizo Seth al entrar por la puerta fue correr como loco al salón y lanzarse al cuello de su padre. Carlisle recibió con los brazos abiertos a su cachorrito impetuoso.

-¿Estás curado, papá?

-Sí, ¿ves? – le mostró el parche que cubría la herida. – Seis puntos y me han dejado nuevo.

Edward dejó el macuto deportivo en el suelo del recibidor y contempló la escena como un dejá vu; parecía estar viéndose a sí mismo en brazos de su padre a la edad de seis años.

-Dice mamá que nos hemos quedado sin coche.

-Pues compraremos uno nuevo. – lo tranquilizó. – Estás de suerte, campeón. ¿No querías uno de esos con reproductor de DVD en el asiento trasero?

El niño puso tal cara de alegría que disipó la preocupación de su padre.

Esme salió de la cocina y saludó a Edward como una sonrisa. Él correspondió el idéntico modo y se acercó para devolverle las llaves del coche; ella le tendía un nuevo puente y esa vez Edward había decidido cruzarlo para siempre.

Esme dejó las llaves sobre un mueble y miró a su hijo.

-¿Qué tal lo has pasado en el rugby, amor?

El pequeño se escabulló del regazo de Carlisle y se plantó delante de su madre.

-Nos hemos duchado en pelotas, como los machos. – soltó palpándose con descaro el minúsculo paquetillo.

Daba risa aquel meneo tan alucinante de un niño que aún no sabía ni atarse las agujetas de las zapatillas deportivas.

-¡Seth! ¡No te toques de esa manera!

El pequeño Cullen la miraba, con la mano aún en la entrepierna.

-Yo no le he enseñado eso. – se apresuró a decir Edward casi con pánico.

Por miedo a perderlo de vista, al acabar el partido no se le ocurrió una idea mejor que llevarse al chiquillo al vestuario con quince jugadores de rugby en cueros vivos.

-Todo el mundo se ducha en pelotas, machos y hembras. – intervino Carlisle, sin dejar de darle al mando del televisor.

-¿Tú también? – lo riñó Esme. – Me marcho, en este salón hay demasiada testosterona junta, Edward te quedas a cenar, ¿de acuerdo? – decidió por él. – Seth, sube a ponerte el pijama.

El niño protestó, per obedeció a su madre.

-Bella está sola en casa. – se excusó Edward, en respuesta a la sugerencia de Esme.

-Pues llámala y que venga ella también. Es un encanto de chica. – dijo, ya camino a la cocina.

Para qué discutir. Sacó su móvil del bolsillo, pero antes de pulsar miró a su padre; le preocupaba su estado anímico.

-¿Ya estás más tranquilo?

-Sí. Ahora me siento humillado, jodido y encabronado. La policía me ha dicho que mañana tengo que ir a la comisaría a perder el tiempo en papeleos inútiles y pasarme horas mirando fotografías de delincuentes.

-Solo era un coche, papá.

-¡Pero maldita sea! ¡Era mío! – Replicó indignado.

Edward no había pasado por algo así, pero entendía su cólera. Si unos tipos le robaran la moto a puna de pistola, sería capaz de romperles las pelotas a patada limpia como los pillaría por banda.

Salió del vestíbulo y telefoneó a Bella. Con la sonrisa en la cara, se acercó a la cocina para informar a Esme que sería uno más para la cena. Después regresó al salón y se dejó caer en el sofá.

-¿No vas a buscar a tu chica?

-Tomará un taxi. No creo que tarde más de veinte minutos. – respondió con una satisfacción que a su padre no le pasó desapercibida.

-No la dejes escapar. Esme me ha hablado de ella; es una mujer que merece la pena.

Edward reflexionó. Si lo era, pero Bella tenía su vida hecha en otro país. En cualquier momento podría decidir que su aventura a la francesa había acabado y regresar para no volver.

-Es complicado. –murmuró.

Carlisle se levantó con el pretexto de ir a poner la mesa. Pero no se resistió a meterse en los asuntos de su hijo, lo de dar consejos no solicitados venía con el oficio de ser padre. Al pasar al lado de Edward le dio un apretón en el hombro.

-Nadie ha dicho que la vida es fácil, hijo.

Y con eso dejó a Edward mirando fijamente el televisor encendido, pero su mente estaba a algunos kilómetros de distancia, en el 11 de Rue Sorbier, específicamente en el nido de águila, en un par de ojos chocolate.

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Awwwwwww Edward está regresando a donde pertenece, con su familia y todo gracias a Bella –suspiro-

Que pasara cuando Bella decida irse? O decida quedarse, yo lo haría con un Edward francés jajaja

Nos leemos pronto