Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son de la grandiosa Meyer, la historia tampoco, solo hago una adaptación, cualquier cosa que les resulte conocida tampoco es mía. Al final de la historia diré el nombre de la novela. Gracias por leer.
Summary: Bella es una amable maestra de niños sordos, su mayor sueño es viajar a París, justo cuando su sueño se hace realidad se dará cuenta que las dos cosas qué le heredó su papá, el amor por el francés y la lengua de signos no fueron al azar. Las divertidas aventuras y alguien muy especial que irrumpirá en su vida harán que el regreso a Estados Unidos sea más difícil de lo que pensó.
Capitulo 26: Mas allá de los sueños.
Aquel sábado, Bella no imaginaba que sería él quien llamaba a su puerta. Cuando abrió y se lo encontró con una mochila al hombro, se lanzó a sus brazos loca de felicidad. Edward la devoró a besos antes de explicarle que su visita iba a ser más breve de lo previsto.
-No puedes irte mañana. – se lamentó Bella.
Escondió el rostro en su cuello y Edward la meció entre sus brazos.
-Tengo que hacerlo, princesa. El lunes me marcho a l festival de Toronto, pero antes quise venir a verte, tocarte.
Tomó la boca de Bella, hambrienta de besos como la suya, y disfrutó de la calma interior que lo colmaba al tenerla tan cerca de nuevo. Ella lo arrastró hasta el dormitorio y a trompicones llegaron. Besándose y arrancándose la ropa. Se lanzaron a la cama y se amaron con urgencia, con la ferocidad del deseo latente y la alegría de recobrarse el uno al otro.
Edward volvió a reclamarla en la ducha, incapaz de saciarse de ella. La penetró por detrás, empapados por el caudal, golpeándose la grupa con profundas acometidas y las manos soldadas a sus senos. Al borde del delirio, la sostuvo a pulso por las caderas para que no se derrumbara. Bella se apoyó en él, laxa y satisfecha.
Después de remolonear en la cama, compartiendo caricias y confidencias susurradas durante media mañana, bella le propuso un paseo largo hasta la playa, pero Edward se negó, ni la tentadora imagen de una cena, una buena cerveza americana y ellos dos juntos frente al mar, lo hizo cambiar de idea. Se negaba a recorrer con Bella la ciudad que lo separaba de él. Mientras ella pedía una pizza por teléfono, Edward ojeó el cuaderno que descubrió en la mesilla de centro. Al leer algunas líneas que hablaban de París, lo invadió una terrible nostalgia.
-¿Te acuerdas? – preguntó Bella, sentándose sobre su pierna.
-Esto que guardas aquí vale más de lo que crees. – dijo alzando el cuaderno. – Lo mejor de la vida son estos pequeños detalles y momentos que se nos olvidan rápido porque no les damos importancia. Es bueno conservarlos para siempre, aunque sea en una libreta.
-O en una película. – le recordó, rozándole los labios con los suyos.
-Sí, también en una película. – reconoció con una mirada opaca que Bella interpretó a su manera.
Mientras Edward respondía a sus besos, ella dio gracias por que no le pidió que lo acompañara a Toronto. Con ello solo abria logrado aumentar la desazón que la reconcomía por dentro de pensar que no una a compartir con él una ocasión tan especial. Pero solo hacia cinco días que el curso escolar había comenzado, le era imposible solicitar una semana de permiso.
Tras la pizza y el café, la tarde transcurrió rápido. Los dos sentían que el tiempo ose les escapaba de las manos, improvisaron una cena ligera con lo que había en el refrigerador, sin apenas apetito. Tal como pasaban las horas, Edward se iba acerando cada vez más en sí mismo. Bella logró sobarcarlo que se le hacía muy difícil sobrellevar su ausencia. Ella lo llevó de la mano al sofá y trato de animarlo recordándole que esa era la realidad cotidiana de los marinos y de muchos miembros del ejército. Edward apretó los labios, sin conceder crédito alguno a esa clase de excusas en las que Bella creía con tanto empeño, porque había crecido asociado cariño con distancia.
-Si ellos lo consiguen, nosotros también lo lograremos.
Edward la atrajo hacia él. No tuvo valor para confesarle su falta de fe en los amores de ida y vuelta.
-Cuánta falta me hacía sentir tus brazos. – musitó, disfrutando del bienestar envolvente y protector de sus brazos musculosos.
Él le dio un beso en la coronilla.
-Nunca antes he conocido a nadie que necesite tanto un abrazo. – le dijo al oído. -¿Por qué te niegas a ti misma este regalo? ¿Por qué nos lo niegas a los dos? , lamentó en silencio.
Poco después, entre las sábanas, se entregaron al uno al otro sin prisas. Hicieron el amor demorando el placer compartido, dándose al otro con besos y miradas, como si no existiera nada más, solo ellos dos. Bella se rindió a las sacudidas del orgasmo, Edward se tensó entero al derramarse y cayó rendido sobre ella.
-Dime que me quieres. – gimió ronco y tembloroso.
Bella le repitió muchas veces mirándolo a los ojos, se lo dijo con caricias y besos que significaban más que miles de palabras que pudiera decirle. Se tumbaron de lado, ella se cobijó exhausta en su pecho y se quedó dormida, Edward la mantuvo abrazada hasta que le hormiguearon los brazos. Esa noche le costó conciliar el sueño más que ningún día de su vida.
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No había amanecido todavía cuando terminó de guardarlo todo en la mochila. Bella estaba dormida, Edward le acarició la mejilla con un dedo y le dio un beso, apenas un roce, antes de abandonar el dormitorio. Sobre el cuaderno en el que había escrito mientras ella dormía, dejo una cajita que contenía un DVD y se marchó con cuidado de no despertarla.
Debía estar aun en los aires cuando Bella abrió los ojos. En cuanto saltó de la cama y no vio rastro de Edward, supo que él ya no estaba. Se cubrió con una bata cruzada y salió al comedor. Era un hombre reacio a las despedidas, pero eso no la consoló. Al ver el cuaderno y el disco compacto sobre la mesa, se le secó la boca. Tomó el DVD y leyó el titulo, escrito por él en el mismo disco con rotulador indeleble: "Buscando París". Se llevó la caja a los labios y cerró los ojos.
Tardó en percatarse del significado de aquel regalo que no quiso entregarle en mano. El detalle de dejarle la maqueta de su cortometraje sobre la libreta era una pista. De pie como estaba, depositó la película sobre la mesilla, abrió el cuaderno y pasó paginas hasta que encontró la letra de Edward.
"Nunca permitiré que dejes por mí nada que te importe. Pero no sería honesto conmigo mismo aceptando una clase de vida que no deseo. Te quiero Bella, más de lo que imaginas. He tratado de vivir a tu modo, pero el vació que dejas es insoportable. No te eches la culpa, soy yo quien ha fracasado, lo que tenemos tú y yo es tan grande que me niego a ver como el tiempo y la distancia lo convierten en un amor a medias…"
Leyó el resto con tristeza y decepción. Edward lo llamaba fracaso, para ella solo tenía un nombre: rendirse. Cerró el cuaderno con rabia, tomó el disco, se acercó a la librerá y tras lanzar ambas cosas al fondo del cajón, lo cerro de mala manera.
Siete días y siete noches tarde en llamar a Edward, en vista de que el no daba seales de vida. Ni sabía si estaba aun en Canadá. Si había regresado a Paris o si se lo había tragado la tierra. Una semana entera en la que creció su desilusión y el regusto amargo que tenía desde que leyó su nota.
Tal estado de ánimo, no auguraba una conversación ni agradable ni sensata. Y así fue.
-Ni siquiera lo has intentado. – Le soltó de bueas a primeras.
-No es esa la vida que quiero, Isabella.
-Tu actitud es egoísta y cobarde.
Hubo un silencio lleno de tensión.
-Sabía que acabaríamos haciéndonos daño. – lamentó él.
No dijo nada más. Bella ya no volvió a escuchar su voz.
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Irina y Bella conversaban a menudo por teléfono; era fuerte el cariño que las había unido durante los días de Paris. Esa noche la llamo para contarle que Edward ya tenía una nueva empleada de hogar. Era portuguesa, se llamaba María y llevaba toda la vida en Belleville. Bella sintió un secreto alivio cuando le dijo que estaba casada y pronto tendría el primer nieto. A pesar de los pesares, no le habría hecho la mas mínima gracia que una jovencita mona revoloteara a su alrededor, con escoba o sin ella.
-¿Qué es lo que pasa entre tú y mi jefe? lo tienes amargado y perdido.
Es raro que Irina no sacara el tema.
-Y el am i.
-Vaya plan.
-¿Cómo le fue en el festival de Canadá?
-¡Nos fue sensacional!
Bella se alegró de escuchar ese "nos" que significaba que su amiga se había integrado tanto en Cullen producciones, que consideraba la productora algo suyo también, como el resto del equipo.
-¿Cómo está Edward?
-Irritable y silencioso. ¿Y tú?
-Triste y enfadada.
-Pues uno de los dos tendrá que hacer algo para arreglar las cosas.
Lo peor de aguantar sermones era reconocer que Irina tenía razón. Lo que Bella no veía tan claro es que tuviera que ser ella.
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-No llores, tonta. – pedía Alice desde la pantalla.
-Pues no llores tú. – pidió a su vez Bella, secándose los ojos con un pañuelo de papel.
Conversaban a través del video cámara de skype. De ese modo podían hablar mediante la lengua de signos con toda comodidad. Cada vez que pasaba una página, Alice se echaba a llorar de nuevo. Eran lágrimas de alegría, de nostalgia por lo que pudo ser y no fue; de bienvenida a los recuerdos regalados por Bella. Y eso que había visto el álbum al menos cuatro veces desde que lo recibió por correo certificado.
-Eres tan detallista, Bella- le dijo Alice, e hizo una pausa para pasarse el pañuelo por la nariz.
-Yo voy a hacer uno igual para ti con las fotografías que guarda mi madre y con las que tengo yo en casa, te lo prometo.
Y es que Bella sabia como sorprender a los demás con detalles especiales, mas allá de su valor monetario. Se le corrió una tarde que se detuvo a curiosear frente al escaparate de péquenos, una tienda especializada en scrapbook, pasatiempo con mucha tradición en su familia que ella no tomaba mucho en cuenta, hasta ahora.
Se llevó una grata sorpresa al entrar y reconocer tras el mostrador a Didime, una antigua compañera de colegio a la que había perdido de vista. Bella le explico su idea. Quedaron en que le llevaría las fotografías y los textos, su amiga incluso le facilitó un papel decorado para que escribiese en el algunas líneas de su puno y letra. Con todo ello, Didime creo un álbum de fotos precioso y único, un bello homenaje a los recuerdos tan queridos que conservaba entre sus paginas.
No eran más que unas cuantas fotos con los colores desvaídos por el tiempo. Bella y papa en la feria de julio. Los dos sonriendo de la mano un día de fallas. Un verano en la playa. Juntos en los viveros de la ciudad, dando de comer a las palomas en el parque y ella sola en el carrusel de la feria, con la ilusión en la cara de quien cree todavía que toda la dicha del mundo consiste en girar y girar a lomos de un caballo blanco de cartón.
Unas imágenes que Bella retenía en su memoria y su madre había relegado al olvido en un altillo del trastero. Esa vez se mostro inflexible con ella y exigió que se las entregara. Todas. Gracias a ello, todos esos momentos inmortalizados por una cámara le pertenecían a Alice. Testimonios de esa parte de su vida que su padre no compartió con ella y que le servirían para conocerlo mejor. Bella se sintió orgullosa, porque las notas al pie de cada fotografía eran algo propio que ponía en manos de su hermana. Por fin habían servido para algo todas aquellas frases anotadas a desmano en una cuaderno durante su estancia en París.
-Cuántas alegrías me has dado desde que apareciste en mi vida. – dijo Alice antes de cerrar la conexión.
Bella no dejó de pensar en las palabras de su hermana, que le trajeron a la memoria la conversación mantenida con Edward sobre su supuesto don para repartir felicidad. Pero y a ella, ¿quién la hacía feliz?, se preguntó, aunque la respuesta ya la conocía. Un hombre que estaba muy lejos, el único que la hacia sonreír hasta en los días más grises y ella lo había dejado marchar de su lado.
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¡Hola! Capitulo cortito…. Prometo subir el próximo más rápido… estamos en la recta final no se olvide….
Gracias por sus comentarios!
