Un Beso
Takeru clasifica sus besos con Hikari de maneras extrañas. Ha leído de besos apasionados, de besos lentos, de besos mágicos, de besos tristes. De besos con sabor a chocolate, a verano, a añoranza. Besos de despedida, de reencuentro, de emoción y dubitativos.
El separa sus besos en aves.
Su primer beso fue de kiwi y ríe al recordarlo. Torpe. Redondo. Divertido y extraño.
A veces Hikari, temprano por la mañana, se arrima a él muy despacio y le besa la frente. Esos son besos de gorrión. Pequeños y madrugadores. Le suenan a un buen despertar.
Cuando lo saluda al llegar a casa, le besa los labios suavemente, con cansancio. Esos son besos de cuervo. Un poco ásperos. Hacen ruido. El día fue largo. Le dicen cosas que no se espera y que a veces no entiende.
Pueden estar viendo la televisión, riendo de alguna película o concentrados en el noticiario, y de la nada, Hikari se acerca un poco y le besa cerca de la oreja. Esos son besos de periquito. Un simple cariño. Por decirle que está ahí y que no se olvide de que lo quiere y que le preste un poco de atención, de que vaya por galletas a la cocina.
Sus favoritos, son los besos de canario. Esos aparecieron un día, sin anunciarse, y de repente hicieron ruido toda una tarde. Partieron despacio, como quién entona tímidamente una canción nueva sobre la marcha, improvisando. Y cuándo se aprendió la canción, una nota nueva, una melodía extraña que le aceleraba el corazón se desprendió de los labios de Hikari. De los suyos. Le recorrió entero.
—Takeru, ¿a dónde crees que van esas manos?
Takeru ríe y le da un beso de periquito por que le encantan los besos de canario.
El dos tenía que subirlo ayer noche. Pero me dormí antes así que por eso, hoy tocaron dos, pf.
