Tenías ganas de vomitar.
Sentías como la tierra debajo de tus pies bailaba, y te costaba respirar. Pisaste fuerte. Frente a ti estaban las puertas al infierno.
El edificio de Sweet Amoris te pareció más imponente que nunca, y sentiste miedo de entrar. En los bolsillos de tu abrigo, tu celular parecía querer explotar te tantas vibraciones seguidas que recibía, pero no te atreviste a mirar. Antes de salir corriendo de tu casa, leíste uno. Era de Castiel, y decía de todo menos que eras bonito.
Iban a matarte.
-¡Alexy!
Casi te meas encima al escuchar que gritaban tu nombre. Pero al ver que era Sucrette tu alma pudo volver a tu cuerpo, una vez más. La chica llegó corriendo, y te abrazó como solía hacer todos los días, pero algo se sentía diferente.
-Pensé que no ibas a venir.
-¿Qué, y faltar a la amada escuela? – sonreíste torcido y el sarcasmo saltó a tu voz. – ¿Has visto a Armin? No estaba cuando me desperté.
Si algo ya te daba mala espina, ver como Su hizo una mueca y miró para otro lado al mencionar a tu hermano hizo que el corazón se te parara por tercera vez en la mañana, y un escalofrío te recorrió la espina dorsal.
-Por favor dime que no se murió.
-No, no. Llegó bien él sólo… – murmuró mordiéndose el labio. – Ahora está en el aula, hablando con Castiel.
-¿Con Castiel?
-Convenciéndolo de que no te mate.
Oh.
Claro. Ahora todo tenía sentido.
Ganas de reírte te llegaron y no las contuviste, te carcajeaste, llevándote una mano a la frente, moviendo de lugar tu flequillo, Sucrette te miró extrañada pero decidió no decir nada. Estabas cruzando por una crisis nerviosa. ¡Y no era menos! ¿Cómo se suponía que verías ahora a los chicos a la cara? Sí, eras un sin vergüenza. Pero tenías límites. Y que tus pensamientos románticos sobre todos fueran gritados a los cuatro vientos definitivamente ESTABA fuera del LÍMITE.
-Soy hombre muerto. – declaraste.
-Lo sé. – dijo Su, encogiéndose de hombros, y le mandaste una mirada de irritación. – ¿Lo siento?
Negaste con la cabeza, despeinándola. Y caminaste hacia el jardín.
-No tengo ganas de que me maten en la primera hora. ¿Te saltas las clases conmigo? – No necesitaste ver a tus espaldas para saber que Su te seguiría, suspirando, regañándote, pero te seguiría. Eso era lo bueno de ella. Era alguien en que confiabas, y ella también confiaba en ti. Amistad pura y dura. De la buena.
Se sentaron sobre el pasto, y nuevamente le prestaste tu chaqueta para que ella no se tuviera que ensuciar con el barro.
Se quedaron sentados, en silencio, viendo como el viento movía las hojas de los árboles y el sol de la mañana les acariciaba la piel tiernamente. Jade llegó, y al fin pudiste verlo en persona, y al parecer no sabía nada de aquel incidente; porque sólo los vio y regó las plantas con una expresión relajada.
A tu lado, Su jugaba con unas hojas de pasto húmedas por el rocío.
-Perdón.
-¿Por qué? – preguntaste, sin dejar de ver las hojas de los árboles.
-Yo te hice hablar del tema…
-Y yo te hice faltar a clases.
La peli azul levantó sus ojos grises, y le sacaste la lengua.
-Estamos a mano.
Golpeó con el puño tu hombro y murmuró un idiota riendo. Los dos rieron.
Estos eran las clases de momentos que te agradaban. Estar sentado, mirando a la nada y haciendo nada. Reírte junto a alguien, sea quien sea, pero que esté junto a ti. Y eso estaba bien, porque tenías amigos, estaban Violeta, Su, Armin y a veces con Nathaniel intercambiaban conversaciones amenas.
Pero encontrabas a nadie para que entre en la zona especial de compañía que deseabas.
Porque mentirías si dijeras que no te gustaría tener una pareja.
Como Su y Lysandro (Que no eran pareja, pero Su le quería demasiado), te encantaría tener a alguien que te acompañada incondicionalmente, que te tomara de las manos, te acariciara y te dijera te quiero. Un chico, un chico que te tratara bien. Que te hiciera sentir especial.
Pero eso no sería posible.
Y lo sabías.
Por lo menos, no con alguien de este Instituto…
La campaba sonó y tu cuerpo se estremeció. El malestar que habías olvidado al pasar un buen rato bajo el sol, volvió. Te pusiste alerta y miraste para todos lados, preparándote para rogar pr tu vida frente Castiel si era necesario, no querías morir.
Al menos no virgen y sin novio.
Sucrette notó tu cara de espanto y rió.
-Si quieres trataré de defenderte.
-Por favor, se mi caballero, noble Sucrette. – Okey, las bromas nunca estaban de más, también eran válidas si estabas a punto de ser apaleado, todo es mejor con una sonrisa. ¿… No?
-Perímetro despejado.
Bueno, no.
Aceptabas morir de una golpiza, pero no de un paro cardiaco. Aún eras muy joven.
Te llevaste la mano al pecho y Su grilló cuando Armin salió detrás de los arbustos que estaban a nuestro costado. Tenía una sonrisa en la cara, una libreta en una mano y su PSP en la otra. Detrás de él estaba parado Lysandro, que negaba lentamente con la cabeza.
-No está bien asustar a las personas.
-No seas aguafiestas, ya es mucho que te ayudé a buscarlos. – se encogió de hombros, y caminó hasta quedar a tu lado, para sentarse y mirarte. Lysandro se agachó en cuclillas, al lado de Sucrette y le sonrió. Ella se sonrojó. – Tengo buenas noticias, hermanito.
Le miraste con los ojos bien abiertos, era sorprendente que pisara el jardín por voluntad propia, pero después frunciste el ceño por completo.
-Casi me da un infarto. – Dijiste, molesto. Armin sólo ensanchó la sonrisa. – Y tampoco me levantaste. Llegue tarde por tu culpa.
-¿Preferías llegar temprano y verlos a todos después de lo que hizo Peggy?
Abriste la boca para refutarle, pero callaste inmediatamente.
-Cómo lo suponía. – Dijo – Pero, al menos tengo algo bueno para decirte. – Agitó la libreta que tenía en las manos con entusiasmo y la abrió.
-¿Qué es e-?
-Shhh – Armin puso un dedo sobre tu boca callándote y volvió a lo suyo, buscando algo entre las hojas de esa libreta. – ¡Aquí está!
Cuando al fin lo encontró, leyó de arriba lo que decía aquella hoja, y luego te miró.
-Nathaniel no está molesto contigo, y Castiel no te matará. – Habló, y sostuvo la libreta frente a tu rostro para leer una mini-lista que había en ella. – Sólo si consigues lo que hay acá.
Miraste la lista, y una vena apareció en tu frente, ¿Esto… era en serio? Era una lista de cosas por hacer. Eran varias. Comprarle una punta nueva, limpiar su guitarra, parear a Demonio por una semana, comprarle papas fritas todos los viernes por dos meses, y hacer la tarea que él no entendiera.
-…Prefiero que me golpee. – susurraste, leyendo cada uno de los puntos de ella, de nuevo.
-Deberías al menos darle las gracias a Armin, estuvo negociando con él desde que llegó al Instituto. – Su habló, y te tocó el hombro para darte ánimos.
Le sonreíste, y luego miraste a Lysandro.
Se quedaron mirando por unos minutos, esperaste que el dijera algo, pero no lo hizo. Eso era buena señal. Tampoco estaba enojado, o simplemente había olvidado toda la conmoción. Lo más probable.
-Bueno, gracias hermanito. – dijiste, y le revolviste el cabello, y él, que no era como Sucrette en absoluto, intentó apartarte ariscamente.
-Déjame. – se apartó unos cuando centímetros de tu cuerpo y Su rió ante esto. Lysandro también dejó salir una silenciosa carcajada.
Pero entonces, algo que habías olvidado llegó a tu cabeza.
Kentin.
-¿Y no has visto a Kentin? – preguntaste, e inmediatamente te sentiste perturbado. Armin había puesto mala cara.
-… No sé.
-¿No sabes?
-¡No me mires así! Traté de hablar con él, sabes, pero me ignoró completamente. Está muy irritado.
-¿Irritado?
Un hueco se te formó en el estómago. Una acidez subió por tu garganta.
-Ah, esta mañana… – habló Su entre susurros – Le saludé como siempre, pero él pasó por mi lado sin decirme nada. Pensé que no me había escuchado, pero ahora que lo dices. Sí parecía irritado.
Desviaste la mirada hacia el pasto y las hormigas que caminaban sobre el suelo.
Escuchar que Kentin estaba molesto, por tu culpa, te hacía sentir malestar.
Ya que, él era el que más se acercaba a una persona que podría llegar a gustarte. Y para nada te agradaba la idea de que alguien se sintiera mal por tu culpa. Bueno… ¿Qué puedo hacer? Kentin no tenía por qué haberse molestado. No dijiste nada ofensivo hacia él… Quizá sea homofóbico. El pensamiento rondó tu cabeza, y de pronto tuvo mucho sentido. Kentin era un militar, su familia debía tenerlo a raja tabla, y debió haber tenido una crianza correcta.
Pero, de nuevo, un balde de agua fría te cayó encima.
¿Y si su padre se hubiera enterado por alguna razón sobre eso? ¿Le había causado problemas serios a Kentin?
Y el mundo se le vino abajo.
¿Y sí… le habían pegado, por su culpa?
No.
Eso no podía ser así. Pero la duda le carcomía. Entonces, lo que le quedaba era…
-¿Dónde está él? – te paraste, y miraste a Armin esperando su respuesta.
-¿Eh…? Creo que debe estar en el aula, seguro. Quizás en los baños. – Armin se encontraba vacilando, pero era vaga respuesta fue todo lo que necesitabas.
-¡Gracias!
-¿¡A-Alexy!? – Su te llamó, pero ya te encontraste corriendo fuera del jardín – ¡Tu chaqueta!
-¡Cuídala por mí, Su!
Tengo algo más importante que hacer.
Capítulo II. Más importante.
No me maten.
Sé que tardé mucho.
Pero no volverá a pasar.
Se los prometo :c ¡Agradezco de todo corazón esos dos lindos reviews que me dejarón! También los follows y favs, no hacen lo feliz que me hacen. ~~
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