IGNIS FATUUS


TRĒS

LUDICRUM ET SOMNIUM


TRES

ESPECTÁCULO Y ENSUEÑO


Mukuro no hizo acto de presencia sino hasta una semana antes del concierto. Sucedió cuando su abuelo estaba a punto de salir por negocios y él iba a despedirle. Un toque a la gran puerta fue escuchado y el mismo anciano atendió. El hombre estaba de pie, vestido elegantemente con un traje negro, camisa blanca y unas botas altas; su cabello permanecía igual, atado en una coleta baja que reposaba en su espalda. Fue entonces que se dio cuenta de que iba acompañado al igual que la primera vez que Tsunayoshi le vio, pero esta ocasión se trataba de una jovencita que se parecía mucho a él.

—Oh, Mukuro, bienvenido seas —se hizo a un lado para dejar pasar a los recién llegados—. Veo que has traído a tu hermosa esposa —comentó, sonriendo como siempre y cerrando la puerta una vez estuvieron dentro.

—Así es, aunque preferiría no compartir su belleza con nadie —respondió el joven y ante sus palabras la muchacha se sonrojó.

Ambos habían hablado en japonés, lo que hizo pensar a Tsunayoshi que tal vez el de cabellos azulinos y su abuelo habían acordado en ello.

—Querida —Mukuro comenzó— quisiera presentarte al nieto de Timoteo, Sawada Tsunayoshi.

Una vez que la chica dio un paso adelante y se inclinó ligeramente, Tsunayoshi pudo verle con más detalle. Su vestido era de color verde en una tonalidad opaca combinado con encajes blancos en las orillas, llevaba su largo cabello morado recogido con peinetas blancas. Su rostro redondo, pequeño y con color en sus mejillas indicaba que ella no tendría más allá de 18 años. Uno de sus ojos estaba cubierto con una tela gruesa, un parche, mientras el otro y de un vívido color violeta estaba a la vista, mostrando su nerviosismo.

—Tsunayoshi-kun, ella es Chrome, mi linda Chrome —los ojos de Mukuro brillaron de una forma que Tsunayoshi no pudo describir bien pero su intuición le indicaba que tuviera cuidado.

—Mucho gusto nieto del jefe —la voz tranquila de la joven se hizo presente, su mirada en el piso aún después de erguirse.

¿Nieto del jefe? Aunque tal vez se viera como una falta de respeto hacia los presentes el castaño no pudo evitar pensar que otra persona extraña había llegado a su vida.

—¿A qué debo el placer de su visita? —el anciano preguntó.

—Perdón por importunarle —explicó Mukuro—, si gusta puedo volver otro día —añadió al notar que Timoteo llevaba en mano sombrero de copa, bastón y abrigo.

—No, no. Si quieres podemos hablar en mi oficina —llamó a uno de los mayordomos y le tendió sus cosas, indicándole que las colocara en el perchero cercano a la puerta.

Timoteo hizo un gesto hacia Mukuro indicando que le siguiera y Tsunayoshi sólo pudo observar cómo éste le susurraba algo a su esposa, haciendo que ella sólo asintiera y acto seguido se retiró para seguir los pasos que su abuelo había dado.


Mientras Mukuro y Timoteo conversaban, Tsunayoshi preguntó a la invitada si había un lugar en específico de la mansión que le gustaría ver. Pensó que, a pesar de que la chica fuese tímida no sería correcto que él simplemente se marchara y dejara ahí a la joven, esperando por quién sabe cuánto tiempo.

Después de recibir una respuesta negativa por parte de Chrome, decidió que tal vez no debía importunarle más. La muchacha notó el cambio en el ambiente y recordó la conversación que había tenido con su marido días antes, una de la que el castaño que estaba a su lado había sido protagonista.

—Hay… —comenzó— ¿hay algún lugar que le gustaría mostrarme?

Chrome se alegró cuando pudo notar la sonrisa calma que el otro le brindaba. Supo que el joven había estado preocupado por ella y por tratar de ser un buen anfitrión, además, Chrome debía apegarse a lo que su marido y ella habían comentado recientemente. Debía ser más accesible.

—¿Le gustaría ver el jardín? —cuestionó tranquilamente, empero, su mirada traicionaba sus palabras, estaba emocionado.

—Sí.

—Sígame por favor… —dejó inconclusa la oración, preguntando con esa interrupción cuál sería la forma de dirigirse a la joven.

—Chrome está bien. No necesita ser tan formal conmigo —su mirada nunca abandonó el suelo.

Tsunayoshi entonces recordó las reglas del país, flexionó su brazo izquierdo y miró a Chrome, no sin antes sonreírle. Ella se sonrojó levemente y cruzó su brazo con el del castaño. Él colocó su mano contraria en la de Chrome y se dirigieron al jardín.


Los jóvenes estaban sentados en una de las bancas que se encontraban en el amplio jardín. Chrome le había comentado diversas cosas a Tsunayoshi, entre ellas el tipo de música de su agrado y la comida que más degustaba. También le habló sobre su familia, conformada por unos chicos cuyos nombres eran Chikusa y Ken, además de un pequeño niño llamado Fran.

A pesar de haberse visto hacía pocas horas, Tsunayoshi podía decir que ella era digna de confianza y estaba seguro que Chrome pensaba lo mismo, de lo contrario no le hubiese revelado cosas tan personales.

—¿Le gusta leer? —la voz tranquila de Chrome preguntó al joven junto a ella.

—No mucho —contestó—, pero es lo único que puedo y me dejan hacer aquí. ¿Y a ti, Chrome?

La jovencita dejó salir un suspiro antes de conversar un poco sobre lo que había vivido, algo que sólo sabían su familia y Mukuro. Pensó que sería buena idea dejar saber sobre ello al muchacho.

—Durante mucho tiempo no me permitieron hacerlo. Mis padres eran muy conservadores y se negaban a un cambio —pausó un momento y luego continuó—. Creían que mi deber era ser útil a mi futuro marido, no interesaba lo demás. La escuela no era una necesidad, decían que sólo era una excusa y que, como mujer, debía olvidarme de toda esa "palabrería".

A Tsunayoshi no le gustaba aquello. Algunas veces había sido testigo de acciones imperdonables, de ofensas hacia las mujeres, cómo algunos hombres les habían mirado con desprecio y nunca entendió el porqué. No alcanzaba a comprender cómo era que un ser humano era merecedor de tanto menosprecio, a sus ojos todos eran iguales no importaba si eran hombres o mujeres.

—A mi señor Mukuro no le agradan esas reglas, nunca lo hicieron y me dijo que, si realmente quería estudiar, él me daría los medios para hacerlo —Chrome le miró intensamente, su ojo brillando y tratando de convencer al otro de que aquéllas palabras eran verdaderas, mostrando en él que Mukuro mismo se había encargado de enseñarle—. No creo que la educación, de cualquier tipo, nos deba ser negada.

Y Tsunayoshi se encontró en completo acuerdo con el final de su pequeño discurso. Tal vez ahora entendía por qué su abuelo le tenía tanto aprecio a Mukuro, por qué le gustaba conversar con él. Aunque al castaño aún le desagradaba la idea de quedarse a solas con el chico de los ojos desiguales. Súbitamente, una pregunta asaltó su mente.

—¿Chrome?

—¿Sí? —dijo para incitar al otro a continuar.

—¿Por qué… —comenzó inseguro pero decidió terminar— por qué te casaste con Mukuro?

Tsunayoshi lo preguntó porque, a pesar de que no había conocido mucho tiempo al joven, sabía que era misterioso y disfrutaba el jugar con las personas, al menos eso había sentido la primera vez que le vio. Pero tal vez se equivocaba, tal vez no era así, y ese pensamiento fue gracias a lo comentado anteriormente y a la determinación que notó en el ojo violeta, pues éstas y su intuición le indicaron que ella no mintió cuando respondió:

—Porque es el único que realmente se interesa por mí.


Poco después llegó uno de los mayordomos, llamándoles para que regresaran a la casa pues aseguró que la conversación entre los señores había terminado. Tsunayoshi agradeció y pidió una disculpa a la chica de cabellos violetas, pues había fungido como traductora para él y se había avergonzado sobremanera.

Cuando entraron a la habitación, una pequeña sala de estar que tenía puertas de cristal con vista al jardín, notaron que Timoteo y Mukuro estaban esperándoles, ambos charlando animosamente. Chrome se dirigió hacia su esposo, colocándose a su izquierda mientras éste le tendía el brazo para que ella depositara su mano en la de él. Tsunayoshi también se acercó y se detuvo junto a su abuelo.

—Y dígame señora Rokudo —empezó Timoteo haciendo que Chrome se girara hacia él y se sobresaltara un poco, aún no estaba acostumbrada a ser llamada de tal manera—. ¿Usted vendrá al concierto?

—No, no lo creo —respondió amablemente—. Debo encargarme de un asunto familiar.

Los cuatro comenzaron a dirigirse hacia la entrada principal.

—Ya veo, ¿será algún problema en el que pueda ayudarle?

Chrome sonrió tímidamente y dijo: —Nada de lo que deba preocuparse.

—Lamentamos interrumpirle cuando estaba a punto de salir —Mukuro interrumpió sonriendo. A Tsunayoshi le dio la impresión de que no lo sentía, en absoluto.

Los cuatro estaban ya junto a la entrada principal, uno dispuesto a despedirles, los tres restantes a punto de irse.

—Para nada, ya sabes que no es una molestia tenerles en casa —Timoteo comentó—, aunque me hubiese gustado que se quedaran a comer.

—Lamentablemente no podemos aceptar su oferta. Aún debo afinar unos detalles para el evento además de que no sería correcto comer sin usted presente. Oh, y los niños se impacientan cuando no estamos ahí —la sonrisa del de cabellos azules se empeñaba en no abandonar su rostro.

—También lo hacen cuando estamos presentes —la joven añadió.

Timoteo rió ante esto pues conocía las peculiaridades de aquélla familia. Hizo un asentimiento de cabeza hacia su mayordomo y éste abrió la puerta, dejando que un ligero viento otoñal se colara dentro del recibidor de la mansión.

Chrome hizo una ligera reverencia, despidiéndose con ella de Tsunayoshi y se retiró, Timoteo le dijo a su nieto un suave "Después regreso" y alcanzó a la joven. Pero Rokudo seguía ahí. Éste le observó fijamente y fue entonces que el castaño se dio cuenta de que su rostro era serio, desprovisto de emoción alguna. Justo cuando dio un paso hacia atrás, el invitado habló.

—Nos veremos en una semana —dijo Mukuro, sus ojos brillando mientras una sonrisa socarrona se iba dibujando en su rostro—. Hasta entonces —hizo una ligera reverencia, se colocó el sombrero de copa y se dirigió hacia su esposa y el anciano mientras el mayordomo cerraba la puerta suavemente.

Tsunayoshi no pudo evitar pensar que, tal como lo imaginaba, Mukuro era un hombre muy extraño y, probablemente, éste le odiaba.


En el camino podían vislumbrarse más carruajes que llegaban al teatro para poder asistir al concierto. Mujeres de todas las edades podían ser vistas acompañadas de sus maridos o familias, sus coloridos y llamativos vestidos estaban arreglados de manera tal que resaltaban su belleza. Los caballeros iban formales y, a diferencia de las damas, sus trajes sólo iban del gris al negro en diversas tonalidades. Todos iban subiendo las enormes escaleras que daban a la entrada del lugar en el que se llevaría a cabo el concierto.

Cada conjunto iba enfrascado en su propia conversación, éstas siendo interrumpidas de vez en cuando por un recién llegado para que después se retomaran. El idioma variaba y Tsunayoshi no pudo decir con exactitud en qué momento cambiaban del italiano al latín.

Mientras subía las escaleras escuchaba el murmullo de las notas musicales siendo opacadas casi en su totalidad por las conversaciones de las personas, en especial de las risas estruendosas de los caballeros; las damas eran más discretas.

Súbitamente, la voz de Hayato le sacó de sus cavilaciones.

—No se preocupe, Décimo —dijo—. Yo traduciré para usted cualquier cosa que digan —estaba entusiasmado, feliz de acompañar a su amigo en su primer concierto.

Hayato había observado a Tsunayoshi los últimos días, notó cómo ponía empeño en aprender italiano y latín. Si bien algunas cosas las aprendía fácilmente otras aún se le complicaban. Pero era mejor así, de esa manera podría enfocarse en otras cosas y no pensar en lo innecesario.

—Hayato, Tsunayoshi-kun, no se atrasen, no queremos que se pierdan entre esta multitud.

Ambos jóvenes se dirigieron hacia el anciano quien iba acompañado de Haru y ya estaban a la mitad de la escalinata. Se apresuraron y pronto les dieron alcance.


Mukuro sonrió al ver a los recién llegados mientras recordaba cómo los últimos preparativos ya estaban listos. Tras haber conversado con la atracción principal, decidió que debía ir a mostrar su rostro a la persona que le había contratado para llevar a cabo tan magnífico evento. Abandonó la habitación en la que estaba y emprendió la marcha hacia la entrada principal, aquélla en la que recibiría a sus invitados de una manera adecuada.


Cuando llegaron a la entrada, Timoteo se encontró con un hombre muy joven —tal vez de la misma edad que Mukuro— y comenzó a charlar con él. Tsunayoshi no prestó mayor atención a lo que podrían estar hablando y dio un paso hacia adelante, entrando al edificio.

Pudo admirar el recibidor perfectamente iluminado, un candelabro aún más grande se mantenía en el centro de la enorme habitación. Los cristales que le adornaban se aglomeraban unos con otros, lo que impedía ver exactamente de dónde provenía la luz. El mármol a sus pies relucía y podía ver su reflejo en él. Pudo notar también que algunas mesas estaban colocadas a los lados, por lo que pensó que aquello no sería un simple concierto.

Hayato se unió a él en cuestión de segundos.

—El cabeza de piña se tomó muy en serio lo de la celebración —la voz irritada de Gokudera le apartó de su observación.

—No deberías decirle así a Mukuro-san, ¿sabes? ¿Qué tal si te escucha él o alguno de sus invitados? —Haru le reprendió y antes de que pudiera contestar continuó—. Además, tú no eres el que queda mal ante los demás, sino Timoteo-sama y Tsuna-san.

Las palabras hicieron eco en la mente del de cabellos plateados, avergonzándose de sí mismo pues su comportamiento perjudicaba a dos de las personas que más admiraba y apreciaba.

—¿Haru? —llamó Tsunayoshi— ¿Por qué me incluyes a mí? —no le importaba lo que dijeran los demás de él, pero sí lo que dijesen de su abuelo.

—Oh, es porque Timoteo-sama le está presentando como su nieto.

Antes de que cualquier otra palabra pudiera ser dicha, el organizador del espectáculo se encontraba caminando hacia ellos con pasos elegantes y una postura muy recta. Mukuro se dirigía hacia ellos en especial, ignorando cualquier intento de conversación que otra persona pudiera o quisiera iniciar.

Timoteo pronto llegó junto al trío de jóvenes y esperó pacientemente a que el de cabellos azules llegase a ellos. Una vez sucedido esto, el anciano fue el primero en hablar.

—Oh Mukuro, qué alegría verte.

—Es lo que yo debería decir, he estado esperando su llegada por un largo rato —nuevamente esa sonrisa muy suya que se encargaba de enmascararle—. Como tardaban creí que ya no vendrían.

—Para nada Mukuro-san, es sólo que tuvimos que dejar algunos asuntos arreglados antes de venir, eso es todo —la forma en la que Haru habló sorprendió hasta el mismo Hayato pues no se imaginaba que ella tuviera tratos con ese hombre despreciable—. Empero, hemos llegado y pedimos una sincera disculpa —y para probarlo hizo una ligera reverencia.

Mukuro observó a la mujer e hizo un ademán para que se detuviese, indicando con ello que no había mayor problema y el asunto estaba resuelto. Se giró para ver a Hayato molesto, a punto de lanzarse sobre él, y a Tsunayoshi, quien tenía puesta la mirada en su ojo escarlata.

—¿Sucede algo, Tsunayoshi-kun? —añadió un poco de burla al agregar el honorífico que ellos utilizaban.

Tsunayoshi sólo le observó fijamente, extrañado porque claramente había visto algo en el ojo del muchacho. Se dijo a sí mismo que tal vez era su imaginación.

—No, no pasa nada.

Mukuro únicamente siguió sonriendo y se dirigió una vez más hacia Timoteo.

—Por supuesto, tal y como debería ser, he reservado los mejores lugares para ustedes. Si hacen favor de seguirme —el joven comenzó a caminar y los otros tres hicieron lo que se les había indicado.

Mukuro evadía personas y, en cuanto éstas vieron a Timoteo, supieron por qué lo hacía. Dejaron de importunarle y decidieron que lo mejor sería hablar con el joven después, en la fiesta que, según había prometido, se llevaría a cabo después del concierto.

Con pasos un tanto apresurados, pronto llegaron a uno de los palcos en los que podía vislumbrarse el escenario entero así como algunos de los asientos que estaban en la parte de abajo. Era un lugar privado, un lugar exclusivo para ellos. Sin embargo, notaron que sólo había dos asientos disponibles ahí.

—Aquí estarán dos de ustedes —dijo Mukuro a Timoteo—, usted decida quiénes y los otros dos estarán en aquel —señaló a la distancia el otro palco disponible—. Cuanto antes mejor —añadió y salió del pequeño lugarcillo para poder dejar pensar a los otros.

No hubo mayor problema pues Timoteo sabía que Hayato quería estar con Tsunayoshi, así que se decidió que ellos se quedarían ahí y él y Haru se dirigirían al otro. Si dejaba solos a la muchacha y a de ojos esmeraldas no sabía qué podría pasar.

Llamó a Mukuro y voceó su decisión y, mientras ellos se dirigían hacia sus lugares, Tsunayoshi y Hayato tomaron asiento, esperando pacientemente a que el evento diera inicio.


Las melodías que sonaban encandilaban al público de una manera casi indescriptible. Cada uno perdido en su propio mundo y pensamientos a la vez que la música les acompañaba en cada uno de ellos. Las melodías iban de las suaves y lentas que arrancaban algunas lágrimas a las damas, hasta las fuertes e imponentes que hacía que algunos caballeros fruncieran el entrecejo. Parecía que jugaba con sus emociones y todos ellos lo permitían.

Mukuro apareció después de que se corriera el telón por primera vez, su postura elegante y derecha exigía la total atención de los presentes. Comenzó a hablar.

—Buena noche tengan todos ustedes —la voz de Hayato fue escuchada al lado derecho de Tsunayoshi—. Este es un evento que, en conjunto, hemos preparado Timoteo, líder actual de Vongola, y su apreciable servidor —comenzó a traducirle las palabras que conformaban el discurso de Mukuro—.

»Hemos querido traer ante ustedes la música que tanto nos apasiona y provoca que nos perdamos en nuestras ensoñaciones —una ligera pausa—. Es por ello que me he aventurado a deleitarles con la presencia de una dama que, sin duda, les encantará con su hermosa voz.

»Disfruten del concierto —sonrió y extendió los brazos— porque aún falta mucho por escuchar.

Las palabras hicieron que el público comenzara a aplaudir y estas ovaciones continuaron hasta que Mukuro desapareció completamente de la vista de los espectadores y el telón comenzaba a subir lentamente.

Inmediatamente, la música que comenzó a sonar en esos momentos era fuerte, trataba de imponerse y de llegar a todos los que le escuchaban. Una mujer con un vestido negro y largo estaba de pie, en el centro de los músicos que interpretaban la canción de la que ella estaba a punto de pronunciar las palabras que le componían.

Comenzó a cantar y su voz proveía de mayor fuerza y énfasis a la música, sin embargo, una vez más las palabras fueron desconocidas para él. Tal como lo prometió, Hayato se encargaría de susurrárselas en su idioma natal.

—Supongo que esto podía ser libertad de mí para ti, y con tal vista distorsionada de la vida y de lo que hacemos… —comenzó a traducir, con lo que adquirió la entera atención del joven junto a él.

»Tus formas de persuadirme en lo que mi memoria es forzada a desvanecer…

Tsunayoshi notó cómo su vista iba nublándose, los recuerdos de la discusión mantenida con sus padres antes de partir hacia Italia se imponían y negaban a dejarle olvidar. Rememoró todo, desde que abandonó la enorme casa hasta que le llevaron rápidamente a la propia.

«Y qué si despierto con el sonido de otra ilusión rota…»

El calor en su mejilla regresó, como si hubiese recibido el golpe una vez más. Rememoró la escena una y otra vez, las palabras que se dijeron, su juramento de obediencia.

«Lo mantendré encerrado para siempre, sellado para siempre, encerrado para siempre… y así nadie lo sabrá.»

El sonido de los aplausos le devolvió a la realidad, la cantante hizo una reverencia mostrando su gratitud y se preparó para la siguiente canción. A su lado llegó un caballero que aparentaba tener sólo unos años más que ella, tal vez era su esposo, tal vez su compañero musical.

Tsunayoshi trató de que su respiración no se viera afectada por las cosas que acababa de recordar y, aunque le llevó un poco de tiempo, le ayudó el hecho de que Hayato estuviera encantado con la interpretación que se acababa de realizar.

El resto del acto siguió sin algún otro percance, sin alguna otra cosa que le perturbara. Se dijo a sí mismo que debía dejar de pensar en ello, de concentrarse en el evento, de que su mente estuviera donde se suponía que debía estar. Trató de mantener un pensamiento optimista sin embargo, el último número, la última puesta de escena le recordaría que no había manera de que pudiera olvidar.

Un hombre con un kimono con hermosos bordados hizo acto de presencia en el escenario. Se dirigió a la parte trasera del centro y, cuando los músicos se reacomodaron, Tsunayoshi pudo observar un koto exponiéndose ante sus ojos. Otro hombre apareció y ocupó el lugar en el que antes había estado la cantante. Abrió la boca y comenzó a cantar.

«El deseo que en ti se precipita, suavemente atraviesa la tristeza…»

Tsunayoshi estaba atónito. Conocía esa canción a la perfección, el idioma japonés que se encargaba de perforar su corazón con tales palabras hizo que fuese imposible para él seguir escuchando. Mukuro había arreglado el evento, ¿cierto? ¿Cómo era posible que conociera aquélla canción, aquéllas notas que eran interpretadas magníficamente por el koto?

Decidió alejarse de ahí, aunque fuese por un momento.

—Yo… tengo que salir. Ahora vuelvo —dijo e inmediatamente abandonó el lugar, ignorando las protestas de Hayato por acompañarle.

Bajó corriendo las escaleras que le habían llevado hasta el palco y no se preocupó porque fuera a caerse, la gente aún estaba en sus lugares así que no notarían nada. No verían cuán patética era su expresión en esos momentos, no verían que su respiración estaba a punto de fallar, que su cuerpo estaba a punto de colapsar.


Hayato no supo si debía seguir a su amigo pero, tras pensarlo unos cuantos segundos, consideró oportuno no hacerlo. Si bien se preocupaba por él, debía darle su espacio. Confiaba en que, en algún momento, Tsunayoshi le confesara cómo se sentía.


Llegó al salón, el cual estaba casi vacío, sólo había unas cuantas personas que le observaron extrañados. Miró a su alrededor y notó que las grandes ventanas eran puertas que permitían la salida hacia unos pequeños balcones. Se dirigió hacia una de esas puertas y la cerró tras sentir el aire frío en su rostro.

¿Cuántas veces más nos volverán a inundar? —recitó y se acercó a la orilla del balcón, recargando sus brazos en el barandal de piedra.

Después de un largo rato la gente comenzó a salir, indicando con ello que el concierto había terminado. Pronto el salón se llenó de personas y conversaciones animadas y Tsunayoshi deseó que nadie llegase a salir a uno de los balcones contiguos y le observara ahí, asustado de las canciones que había escuchado.

—Qué patético —susurró para sí.

—¿Qué es patético? Claro, si es que puede ser de conocimiento público —la vocecita burlona de Mukuro se hizo presente, sobresaltando un poco al castaño.

—¿Qué haces aquí? —decidió responder.

—Timoteo está preocupado gracias a que un histérico joven comenzó a decir que "el Décimo salió corriendo y no ha vuelto" —hizo una ligera pausa mientras soltó una pequeña risa, recordando cómo había estado Hayato—. He convencido a tu abuelo de que me dejase buscarte.

Tsunayoshi no dijo palabra alguna y, en su lugar, observó a las personas que estaban adentro, bailando o charlando. Entonces notó algo, todos los invitados se detuvieron al mismo tiempo. Pasó a un lado de Mukuro y entró al salón. Parecían estatuas y a pesar de ello los murmullos podían ser escuchados claramente. ¿Cómo? Si no podían moverse. No podían hablar.

Se percató de que el chico de cabellos azules había entrado también en el salón y que una ligera niebla había comenzado a instalarse en la habitación; cuando le observó directamente a los ojos, Mukuro dijo algo que le erizó la piel.

—Feliz cumpleaños, Tsunayoshi.

La niebla empeoró. Los ojos de Mukuro brillaron, no parecía ser él. Sentía cómo esa ligera niebla les apartaba del mundo poco a poco, mientras se espesaba más y más hasta el punto de engullirles; le hizo creer que ellos dos eran los únicos que existían. Unas luces tenues aparecieron y llamaron su entera atención y, tan pronto como volvió a dirigir la mirada hacia su acompañante pudo notar que ya no estaba ahí, Mukuro no se encontraba ahí. En su lugar había un hombre cuyo cabello negro y lacio resaltaba con el pálido color de su piel; la sonrisa que dibujaba le mostró su superioridad, su alegría, sus ganas de golpearle. Cuando los ojos del color del acero observaron a los avellana la niebla espesó aún más, rodeándoles, como si no quisiera que salieran de ahí jamás.

—¿Hibari-san? —llamó en un susurro.

La niebla desapareció.

—¿Decías algo? —la voz juguetona de Mukuro le hizo respingar.

El ruido y las luces regresaron, las conversaciones ajenas llegaron rápidamente y le devolvieron al mundo real. Buscó desesperadamente con la mirada al de cabellos azabaches pero fue en vano, no le encontró. Se había esfumado al igual que la niebla.

—¿Buscas a alguien? —preguntó Mukuro al notar que el castaño seguía observando los pequeños grupos de personas a su alrededor.

Tal vez estaba imaginando cosas, aquélla canción le había afectado mucho. Se pasó la mano por el rostro y respiró profundamente; cuando volvió la vista al otro notó que el de cabellos azules seguía observándole.

—¿Qué? —dijo. Su voz sonó cansada, molesta. Entonces notó algo en el ojo rojo de Mukuro, un grabado, el kanji del número uno—. ¿Siempre ha estado ahí? —pensó.

Justo cuando estaba a punto de preguntarle por ello Haru apareció a su lado.

—Tsuna-san, ¿está bien? —la preocupación de la chica se demostró en sus ojos y sus palabras, entonces se dirigió hacia Mukuro—. Muchas gracias, Mukuro-san —hizo una ligera reverencia para acompañar su agradecimiento.

—Fue un placer —respondió a la castaña—. Será mejor que te lleves a Tsunayoshi-kun, no parece sentirse muy bien.

Ella asintió y se despidió de Mukuro mientras llevaba al joven castaño por el brazo.

Mukuro les vio dirigirse hacia el anciano, conversar un poco y, acto seguido, que Hayato y Tsunayoshi se retiraron del lugar. Sonrió. La velada había sido maravillosa.


Una vez que Mukuro despidió a todos los presentes y se encargó de terminar las negociaciones con el dueño del lugar, Timoteo se acercó para pedirle disculpas.

—En serio lamento que mi nieto no pudiese quedarse hasta el final.

—No se preocupe, nosotros nunca sabremos el momento en el que estaremos indispuestos. Aún así, espero que haya disfrutado del concierto —su tono era tranquilo, el mismo que siempre ocupaba cuando hablaba con el anciano.

—Fue un gran evento —comentó el anciano—. Me alegró que consideraras a todas esas personas que participaron. Inclusive en japonés. Qué canción tan maravillosa.

—Estoy completamente de acuerdo, uno de mis conocidos me habló de ella y, al ser del mismo país del que proviene Tsunayoshi pensé que le agradaría escucharla —Mukuro se dio cuenta un poco tarde de que había quitado el honorífico al nombre del joven, por lo que se apresuró en hablar—. Tal parece que no terminaré de acostumbrarme a los honoríficos que los japoneses usan.

Timoteo sonrió, comprendiendo al joven. Él también había sufrido un poco al tratar de acostumbrarse a ellos.


Cuando Tsunayoshi llegó a la mansión de su abuelo, decidió que lo mejor sería ir a dormir. Tal vez no evitaría los pensamientos que ahora tenía, pero podría aplazar su tortura unas horas más. Cuando Gokudera le preguntó nuevamente si se encontraba bien, respondió que sólo estaba cansado y necesitaba dormir. El otro le dejó al pie de las escaleras pero no retiró su vista de él hasta que hubo desaparecido por el pasillo que le conduciría a su habitación.

Entró a la oscura recámara y, sin desvestirse, se arrojó sobre la cama y pronto cerró los ojos y se olvidó de lo que pasaba a su alrededor.


Tsunayoshi estaba corriendo pero no sabía por qué. Luces aparecían a sus costados y una música extraña comenzó a sonar y parecía que no terminaría jamás, la velocidad de sus pasos aumentaba o disminuía según el compás de la tonada que podía escuchar.

El lugar cambió y ahora se encontraba en una casa antigua similar a la de su abuelo. Los muros de color gris parecían abandonados, ninguna pintura o adorno se encontraba colgado en ellos. Hacía frío y observó el vaho salir de su boca.

De la nada, una puerta apareció frente a él. Le rodeó y observó que sólo estaba ahí, detenida como si no llevara a ningún lugar. Se colocó nuevamente frente a ella y abrió la puerta para, posteriormente, entrar a la habitación iluminada que había tras ella.

La habitación en la que se encontraba tenía una decoración que él conocía de sobra. El ligero sonido del arroyo del jardín podía ser escuchado y cuando distinguió la palabra "Hibari" que provenía de una vocecilla en particular, corrió hacia la puerta que daba al jardín, la deslizó y se encontró con un par de ojos acerados que le miraban fijamente y desentrañaban lo más profundo de su ser; le dejaron completamente inmóvil. O tal vez era que él no quería moverse, tal vez quería quedarse donde pudiese ser capaz de observar esa mirada, de no perderla jamás.

Una ráfaga de viento le golpeó completamente, trayendo consigo todas las palabras que habían intercambiado desde que se conocieron hasta el momento en el que se separaron. Todas al mismo tiempo y él siendo incapaz de distinguirlas y siendo distraído por los cortes que algo dejaba en su piel.

El sonido del piano le llegó como si una tonada de salvación y tranquilidad se tratase. Se despertó confundido, aún lleno con imágenes que no quería ver, con recuerdos que quería olvidar, con un sentimiento que no quería tener… hasta que se percató de dicha melodía. Se levantó y se dirigió hacia la puerta, justo para abandonar la habitación y que la bella tonada se hiciera más fuerte. Recordaba las notas, las había escuchado anteriormente. Apresuró el paso y continuó por el pasillo hasta que llegó el momento de descender las escaleras. Dio un suspiro, preparándose para cualquier cosa, y continuó su empresa.

Giró hacia la derecha y apenas si se asomó por el resquicio de la puerta, sólo para encontrar a un entusiasmado Hayato interpretando el Claro de Luna, aquélla sonata de Beethoven, en una noche fría y llena de espesa niebla.

Decidió llamar, no quería que el otro hombre estuviese ahí sin percatarse de su presencia. Empujó ligeramente la puerta y un rechinido fue escuchado.

La música se detuvo instantáneamente y pronto se encontró cara a cara con Hayato, quien mostró una mirada de molestia hasta que éste pudo darse cuenta de la identidad del que había osado interrumpirle.

—¿Gokudera-kun?

—Buenas noches, Décimo —la brusquedad con la que se había levantado del asiento casi hizo que derribara el pequeño mueble—. ¿Le he despertado?

Tras unos segundos de pensarlo un poco, decidió que hablaría con la verdad al hombre de cabello de plata.

—Sí… pero fue algo bueno —añadió antes de que el otro comenzara a disculparse y a insultarse a sí mismo por el mal amigo que era—. Me has salvado de una pesadilla. Por cierto, ¿por qué estabas tocando Quasi una Fantasia?

—Estaba de humor para hacerlo.

—¿Algún motivo en especial? —Tsunayoshi sabía que estaba abusando de su suerte y de la confianza del hombre. Pero esa melodía no era del estilo de Gokudera, lo había conocido durante mucho tiempo como para poder aseverarlo.

Le recordaba tanto a él.

—Ninguno —dijo cortante. Se reprimió mentalmente por ello e intentó compensar su grave falta—. ¿Quiere que la toque nuevamente para usted?

—Por favor —un susurro suplicante tomó la forma de estas dos palabras. Necesitaba escucharle.

Hayato comenzó nuevamente, pasando los dedos por las finas teclas del instrumento. Tsunayoshi cerró los ojos y sintió cómo la música iba recorriéndole con cada nota transcurrida. La nostalgia le invadió, recordándole que estaba a kilómetros de aquél lugar al que llamaba hogar. La música siguió y siguió, las notas expresando tristeza, nostalgia, alegría, conformismo, molestia que se transformaba en ira.

Cuando el eco de la última nota se hizo presente fue cuando les vio. Desde lo lejos venían acercándose unas pequeñas luces, danzando dispares para después alejarse. Guardaban su distancia de la vieja mansión, como si supieran que estaba fuera de los límites permitidos.

—¿Qué es eso? —preguntó, no notando que lo había hecho en voz alta.

El hombre de cabello plateado observó a Tsunayoshi y siguió la mirada de éste. Sus ojos se abrieron sorprendidos, pero sólo ligeramente puesto que apartó la vista casi inmediatamente. Esas cosas no eran de buena suerte, venían acompañadas de malas noticias.

—Le aconsejo que no se acerque a ellos, aléjese lo más que pueda —respondió Gokudera, ignorando la verdadera pregunta.

Recién percatándose de que expresó sus pensamientos, decidió vocear su siguiente pregunta.

—¿Y por qué debería alejarme? —volteó a ver a aquél hombre que, sabía, trataba de evadir el contacto con aquéllas luces y estaba concentrándose en su mirada avellana.

—Sólo hágalo.

Y Tsunayoshi no volvió a preguntar. Simplemente se quedó ahí, encontrándose con los ojos esmeralda que ponían énfasis en su petición: no acercarse, alejarse lo más que pudiese de ellas. Hayato siguió observando a su amigo, hasta que el imponente reloj anunció la hora con tres imitaciones de campanadas. Se levantó y comenzó a caminar, no sin detenerse junto al castaño y simplemente decirle:

—Que descanse, Décimo.

Abandonó la habitación y Tsunayoshi observó cómo las luces se desvanecían completamente, siendo engullidas poco a poco por la niebla, como si nunca hubiesen estado ahí en primer lugar.


—¿Cómo fue todo? —una voz dulce y tranquila preguntó al recién llegado.

Mukuro se quitó su abrigo, saco y sombrero y posteriormente saludó a la mujer frente a él. La jovencita se veía diferente, pues ahora dejaba que su cabello largo cayese por su espalda; usaba un largo camisón de encaje blanco que le hacía parecer como una muñeca de fina porcelana. El joven sonrió y se acercó a ella, se quitó uno de los guantes y acarició su mejilla suavemente, queriendo demostrarle con ese gesto que le había extrañado y tenido presente durante todo el día.

—De maravilla mi querida Chrome —sus ojos desiguales se encargaron de observar directamente a los ojos de su esposa, uno color violeta, brillando con intensidad y el otro carente de vida—. ¿Qué tal tu día?

—Igual que los anteriores.

—¿Todo tranquilo? —preguntó sólo para recibir como respuesta un asentimiento de cabeza.

Mukuro no pensó que el evento hubiese salido perfecto, que aquéllas canciones hubiesen logrado el cometido para lo que habían sido preparadas. Había hecho bien en escuchar a Chrome para que le indicase que el chico de cabellos plateados serviría como traductor para Tsunayoshi. El rostro cambiante del castaño había sido placentero pues estaba seguro que, de ahora en adelante, estaría preguntándose continuamente si estaba imaginando cosas, si en algún momento había sucumbido ante la locura.

—Llegas tarde —el silencio fue alejado con las palabras de Chrome.

—Tuve que encargarme de algunos detalles —extendió sus brazos y la acercó hacia él, recargando ligeramente su cabeza sobre la de ella—. Gracias —susurró—. Esto no hubiera sido posible sin tu ayuda —ella correspondió su abrazo y respiró profundamente—. Sólo hay algo que quisiera saber, ¿qué hiciste para que Alodola te enseñara esa canción?

—Le dije que le faltaba un poco de autocontrol —Mukuro asintió, había pensado lo mismo—. Eso y que hasta los carnívoros podían esperar pacientemente.

Mukuro sonrió. Le hubiese gustado ver el rostro que el hombre había puesto cuando su esposa dijo esas palabras.

—Quería ir a verle —Chrome continuó, pensando en ese par de hombres que había llegado hacía pocas semanas a su casa y en la manera extraña en que le alegraban—. No me lo dijo pero fue muy obvio. Por eso le mencioné lo de la canción. Le dije que, aunque fuera un mensaje que tal vez no podría interpretar, le indicaría que estaba ahí presente. Espadachín también me ayudó a convencerle.

Mukuro escuchó atentamente cada palabra dicha por ella y notó el tono de cansancio con el que había hablado. Tal vez había estado esperándole hasta que llegara.

—Vamos a dormir, luces agotada —más que una orden, formuló una petición.

Ella asintió, se separó de él y le tomó del brazo. Ambos se dirigieron hacia su habitación pensando en que, de ahora en adelante, las cosas serían un poco diferentes.


Notas:
Wedding march for a bullet (C) Diablo Swing Orchestra.
Utakata (C) kagrra,