Inglaterra, 1806
Querida señorita Andrew,
Le ruego que me perdone por tener el atrevimiento de ponerme en contacto con usted de un modo tan poco convencional…
—Dígame, señorita White, ¿tiene alguna experiencia?- En algún lugar de la extensa mansión jacobina sonó un golpe tremendo. Aunque el corpulento mayordomo que estaba realizando la entrevista se encogió y el ama de llaves que permanecía atenta junto a la mesita de té soltó un chillido audible, Candice ni siquiera parpadeó. Lo que hizo fue sacar un taco de papeles del bolsillo lateral de la desgastada maleta de cuero que tenía a sus pies con uno de sus guantes blancos.
—Estoy segura de que encontrará mis cartas de referencia en orden, señor Johnson.- Aunque era mediodía, en el modesto salón había una luz abismal. Los rayos de sol que entraban por las rendijas de las gruesas cortinas de terciopelo se reflejaban en la suntuosa alfombra turca de color rubí. Las velas esparcidas por las mesas llenaban las esquinas de sombras temblorosas.
La habitación olía a cerrado, como si no la hubieran ventilado durante siglos. De no haber sido por la ausencia de festones negros sobre las ventanas y los espejos, Candice habría jurado que una persona muy querida había muerto recientemente.
El mayordomo cogió los papeles y los desplegó. Mientras el ama de llaves estiraba su largo cuello para mirar por encima de su hombro, Candice rezó para que la débil luz jugara a su favor y les impidiera ver bien las firmas garabateadas. La señora Elroy era una mujer atractiva de edad indeterminada, tan elegante y delgada como redondo era el mayordomo. Aunque no tenía arrugas en la cara, el moño negro que llevaba en la nuca estaba cubierto de canas.
—Como puede ver, trabajé durante dos años como institutriz para lord y lady Leegan —le informó Candice mientras el señor Johnson hojeaba rápidamente los papeles—. Cuando continuó la guerra, me uní a otras institutrices como voluntaria para atender a los marineros y los soldados que volvían heridos del mar o del frente. El ama de llaves apretó un poco los labios. Candice sabía que aún había gente que creía que las mujeres que cuidaban a los soldados eran poco más que cantineras. Criaturas indecentes que ni siquiera se ruborizaban al ver a un desconocido desnudo. Al sentir que el calor le subía por la cara, Candice levantó un poco más la barbilla.
El señor Johnson la examinó por encima de sus gafas de montura metálica.
—Debo confesar, señorita White, que es un poco más joven de lo que habíamos pensado. Un trabajo tan arduo requiere más… madurez. Quizá una de las otras aspirantes… —Se detuvo al ver que Candice arqueaba las cejas.
—Yo no veo ninguna otra aspirante, señor Johnson—señaló ajustándose las gafas en la nariz con un dedo—. Con el generoso sueldo que ofrecían en el anuncio, esperaba ver fuera una larga cola- Entonces se oyó otro golpe, más cerca aún que el último, que sonó como si una especie de bestia fuera hacia su guarida. La señora Elroy rodeó rápidamente la silla haciendo crujir sus enaguas almidonadas.
— ¿Un poco más de té, querida?- Al inclinar la tetera de porcelana le temblaba tanto la mano que el té se derramó en el plato de Candice y cayó sobre su regazo.
—Gracias —murmuró frotando la mancha con el guante subrepticiamente.
El suelo se estremeció visiblemente bajo sus pies, al igual que la señora Elroy. El rugido amortiguado que siguió fue aderezado con una retahíla de juramentos incomprensibles. Ya no había ninguna duda. Alguien —o algo— se estaba acercando.
Lanzando una mirada de pánico a la doble puerta dorada que conducía a la cámara contigua, el señor Johnson se puso de pie con su frente prominente brillando de sudor.
—Puede que no sea el momento más oportuno…- Mientras le devolvía a Candice las cartas de referencia, la señora Elroy le quitó la taza y el plato de la otra mano y los depositó en el carrito del té con un ruidoso repiqueteo.
—Johnson tiene razón, querida. Tendrá que perdonarnos. Es posible que nos hayamos precipitado… —La mujer obligó a Candice a levantarse e intentó alejarla de la puerta empujándola hacia los ventanales que conducían a la terraza, que estaban cubiertos por unas gruesas cortinas.
—¡Mi bolsa! —protestó Candice lanzando una mirada de impotencia a la maleta por encima del hombro.
—No se preocupe —le aseguró la señora Elroy rechinando los dientes en una amable sonrisa —.Uno de los criados la llevará a su coche-
Mientras crecía el estruendo de los golpes y las blasfemias, la mujer clavó las uñas en la resistente lana marrón de la manga de Candice para que se moviera. El señor Johnson las rodeó rápidamente y abrió uno de los balcones, inundando la penumbra con el radiante sol de abril. Pero antes de que la señora Elroy pudiera hacer salir a Candice cesó el misterioso alboroto. Los tres se volvieron a la vez para mirar las puertas doradas al otro lado de la habitación.
Durante un momento no se oyó nada excepto el suave tictac del reloj francés que había sobre la chimenea. Luego llegó un ruido muy extraño, como si hubiera algo arañando las puertas. Algo grande. Y furioso. Candice dio un paso involuntario hacia atrás; el ama de llaves y el mayordomo intercambiaron una mirada aprensiva. Al abrirse las puertas dieron un fuerte golpe a las paredes opuestas. Pero enmarcado por ellas no había una bestia, sino un hombre, o lo que quedaba de él después de deshacerse de la capa de barniz de la distinción social. El pelo oscuro y desaliñado le caía por debajo de los hombros. Hombros que casi llenaban la anchura de la puerta. De sus estrechas caderas colgaban unos pantalones de ante que marcaban todas las curvas de sus musculosas piernas. Su mandíbula estaba ensombrecida por una barba de varios días que le daba un aire de pirata. Si hubiera tenido un machete entre los dientes, Candice habría huido de la casa temiendo por su honor.
Llevaba calcetines, pero sin botas. Alrededor del cuello tenía un pañuelo flojo y arrugado, como si alguien hubiera intentado anudarlo varias veces y se hubiera dado por vencido. A su camisa de lino le faltaban la mitad de los botones, revelando un trozo de pecho bien musculado con un fino vello castaño.
Allí plantado en el umbral de la puerta, inclinó la cabeza en un ángulo extraño, como si estuviera escuchando algo que sólo él podía oír, aleteando su aristocrática nariz, Candice sintió un hormigueo en la nuca. No podía librarse de la sensación de que lo que estaba buscando era su olor. Cuando casi se había convencido de que era ridículo empezó a caminar hacia delante con la gracia de un depredador natural, derecho hacia ella.
Pero un banco abarrotado de cosas se interpuso en su camino. Aunque intentó lanzar un grito de advertencia, se tropezó con el banco y cayó al suelo. Mucho peor que la caída fue cómo se quedó allí tumbado, como si no tuviera ningún sentido especial levantarse. Nunca.
Candice se quedó paralizada mientras Johnson corría a su lado.
— ¡Señor! ¡Pensábamos que estaba echando una siesta!
—Siento decepcionaros —dijo el conde de Grandchester con la voz amortiguada por la alfombra—. A alguien se le ha debido olvidar arroparme- Mientras se libraba de su sirviente y se levantaba tambaleándose, el sol que entraba por la ventana abierta le dio de lleno en la cara. Candice se quedó boquiabierta.
Una cicatriz reciente, aún enrojecida, dividía en dos la esquina de su ojo izquierdo y bajaba por su mejilla como un rayo, tensando la piel a su alrededor. Había sido la cara de un ángel, con esa belleza masculina reservada para los príncipes y los serafines. Pero ahora estaba marcada para siempre con el sello del diablo. Ella pensó que quizá no fuese el diablo, sino Dios que tenía celos de que un simple humano pudiese ser tan perfecto. Sabía que debería parecerle repulsivo, pero no podía apartar la vista. Su belleza truncada era más irresistible que su perfección. Llevaba su desfiguración como una máscara, escondiendo detrás de ella cualquier signo de vulnerabilidad. Pero no podía hacer nada para ocultar el persistente desconcierto de sus ojos azules como la espuma del mar, con los que estaba atravesando a Candice. Aleteó de nuevo las ventanillas de su nariz.
—Aquí hay una mujer —anunció totalmente convencido.
—Sí, señor— dijo animadamente la señora Elroy—. Johnson y yo estábamos tomando el té en un pequeño descanso.-
El ama de llaves volvió a tirar a Candice del brazo, suplicándole en silencio que escapara. Pero la mirada ciega de Terrence Grandchester la había dejado clavada al suelo. Empezó a moverse hacia ella, ahora más despacio pero con la misma determinación que antes. En ese momento Candice se dio cuenta de que era una tontería interpretar su prudencia como un signo de debilidad. Su desesperación le hacía aún más peligroso, sobre todo con ella. Continuó avanzando con tanta resolución que incluso la señora Elroy se refugió en las sombras, dejándola a ella sola frente a él. Aunque su primer impulso fue irse de allí se obligó a quedarse con la cabeza alta. El temor inicial de que podría abalanzarse sobre ella estaba infundado.
Con una misteriosa percepción, se paró a tan sólo un metro de ella olfateando el aire con cautela. Candice no podía imaginar que la fresca fragancia de limón que se había puesto detrás de las orejas pudiera atraer tanto a un hombre. Pero la expresión de su cara mientras llenaba los pulmones con su perfume hizo que se sintiera como en un harén esperando el placer del sultán, y su piel se estremeció como si estuviera tocándola por todas partes sin levantar un dedo.
Cuando empezó a rodearla giró con él, siguiendo un instinto primitivo que no confiaba en que estuviera detrás de ella. Por fin se detuvo, tan cerca que pudo sentir el calor animal que irradiaba de su piel y contar cada una de las pestañas de punta castaña que bordeaban esos ojos extraordinarios.
— ¿Quién es ella? —preguntó mirando justo por encima de su hombro izquierdo—. Y ¿qué quiere?
Antes de que alguno de los sirvientes pudiera articular una respuesta, Candice dijo con firmeza:
—Ella, señor, es la señorita Candice White, y ha venido a solicitar el puesto de enfermera- El conde desvió su mirada vacía hacia abajo, frunciendo los labios como si le pareciese divertido que su presa fuera tan pequeña.
—¿Quiere decir niñera? ¿Alguien que pueda cantarme para que me
duerma, me dé de comer en la boca y me limpie… —vaciló el tiempo suficiente para que los dos criados se encogieran de miedo—… la barbilla si se me cae la baba?
—No tengo voz para cantar nanas, y estoy segura de que es perfectamente capaz de limpiarse la barbilla —respondió Candice tranquilamente—. Mi trabajo consistiría en ayudarle a adaptarse a sus nuevas circunstancias.- Él se acercó a ella aún más.
—¿Y si no quiero adaptarme? ¿Y si quiero que me dejen solo para que pueda pudrirme en paz?- La señora Elroy se quedó boquiabierta, pero Candice se negó a escandalizarse.
—No tiene que ruborizarse por mí, señora Elroy. Puedo asegurarle que estoy acostumbrada a los arrebatos infantiles. Cuando trabajaba como institutriz a mis pupilos les gustaba probar los límites de mi paciencia cogiendo rabietas cuando no se salían con la suya.- Al ser comparado con un niño de tres años, el conde bajó la voz hasta que se convirtió en un gruñido amenazador.
— ¿Y debo suponer que les quitó ese hábito?-
—Con el tiempo adecuado y paciencia, parece que en este momento tenemos esas dos cosas.- Cuando se volvió de repente hacia el señor Johnson y la señora Elroy Candice se asustó.
—¿Qué les hace pensar que ésta será distinta de las otras?
—¿Las otras? —repitió Candice arqueando una ceja. El mayordomo y el ama de llaves intercambiaron una mirada de culpabilidad.
El conde se dio la vuelta de nuevo. —Supongo que no le han hablado de sus predecesoras. Veamos, la primera fue la vieja Grey. Estaba casi tan sorda como yo ciego. Hacíamos una buena pareja. Me pasaba la mayor parte del tiempo buscando a tientas su trompetilla para hablarle por ella. Si no me falla la memoria, creo que duró menos de quince días.-
Empezó a pasearse de un lado a otro por delante de Candice dando exactamente cuatro pasos hacia delante y cuatro pasos hacia atrás con sus largas zancadas. Resultaba fácil imaginarle paseando por la cubierta de un barco con ese dominio, su pelo pardo al viento y su mirada penetrante fija en el horizonte.
—Luego vino esa muchacha de Lancashire. Era tan tímida que apenas hablaba susurrando. Ni siquiera se molestó en cobrar su sueldo o en recoger sus cosas cuando se marchó. Se fue gritando en mitad de la noche como si la persiguiera un loco.
—Me lo imagino —murmuró Candice. Tras una breve pausa continuó paseándose.
—Y la semana pasada perdimos a la querida viuda Margaret. Parecía más fuerte y más inteligente que las otras. Antes de salir de aquí muy enfadada le recomendó a Johnson que contratara a un cuidador de animales, porque era evidente que su amo debía estar en una jaula- Candice se alegró de que no pudiera ver que estaba torciendo los labios.
—Ya ve, señorita White, que soy un caso perdido. Así que puede volver a la escuela o la guardería de donde vino. No hace falta que pierda más su precioso tiempo. Ni el mío.
— ¡Señor! —Protestó Johnson—. No es necesario que sea rudo con la joven dama.
—¿Joven dama? ¡Ja! —Al extender una mano el conde estuvo a punto de decapitar un ficus que parecía que no habían regado en más de una década—. Puedo decir por su voz que es una criatura avinagrada sin una pizca de dulzura femenina. Si hubieseis querido buscarme una mujer, en Fleet Street podríais haber encontrado una mejor. ¡No necesito una enfermera! Lo que necesito es un buen…
—¡Señor! —gritó la señora Elroy. Puede que su amo fuese ciego, pero no estaba sordo. Su súplica escandalizada le hizo callarse con más eficacia que un golpe. Con el fantasma de un encanto que debía haber sido su segunda naturaleza, giró sobre un talón e hizo una reverencia a un orejero justo a la izquierda de donde estaba Candice.
—Le ruego que me perdone por mi arrebato infantil, señorita. Le deseo un buen día, y una buena vida.- Reorientándose hacia las puertas del salón, avanzó hacia delante negándose a andar más despacio o ir tanteando su camino. Podría haber alcanzado su destino si no se hubiera golpeado la rodilla con la esquina de una mesa de caoba con tanta fuerza que Candice hizo un gesto de compasión. Lanzando un juramento, dio a la mesa una violenta patada y la estrelló contra la pared. Le costó tres intentos encontrar los pomos de marfil, pero por fin consiguió cerrar las puertas detrás de él con un golpe impresionante.
Mientras se retiraba a las profundidades de la casa, los ruidos y las blasfemias esporádicas se fueron desvaneciendo. Tras cerrar suavemente la ventana, la señora Elroy volvió al carrito y se sirvió una taza de té. Luego se sentó en el borde del sofá como si fuera una invitada, entrechocando ruidosamente la taza contra el plato. El señor Johnson se hundió pesadamente a su lado. Sacando un pañuelo almidonado del bolsillo de su chaleco, se secó el sudor de la frente antes de lanzar a Candice una mirada contrita.
—Me temo que le debemos una disculpa, señorita White. No hemos sido del todo sinceros.-
Candice se acomodó en el orejero y cruzó las manos enguantadas sobre su regazo, sorprendida al descubrir que también ella estaba temblando. Agradecida por el refugio que proporcionaban las sombras, dijo:
—Bueno, el conde no es el pobre inválido que describían en su anuncio.-
—No ha sido él mismo desde que volvió de esa maldita batalla. Si le hubiera conocido antes… —La señora Elroy tragó saliva con sus ojos grises llenos de lágrimas. Johnson le dio su pañuelo.
—Mary tiene razón. Era todo un caballero, un auténtico príncipe. A veces pienso que el golpe que le dejó ciego también le afectó a la mente.-
—Al menos a sus modales —dijo Candice secamente—. Su ingenio no parece haber sufrido ningún daño.- El ama de llaves se pasó el pañuelo por su estrecha nariz.
—Era un chico brillante, siempre tan rápido con los números y las respuestas. Era raro verle sin un libro debajo del brazo. Cuando era pequeño tenía que quitarle la vela a la hora de acostarle por miedo a que metiera un libro en la cama y quemara las mantas.-
Candice se estremeció al darse cuenta de que también le habían privado de ese placer. Era difícil imaginar una vida sin el consuelo que podían proporcionar los libros. Johnson asintió con los ojos brillantes por los recuerdos de tiempos mejores.
—Era la alegría y el orgullo de sus padres. Cuando se le ocurrió la absurda idea de alistarse en la Marina Real, su madre y sus hermanas se pusieron histéricas y le suplicaron que no fuera, y su padre, el marqués, le amenazó con desheredarle. Pero cuando llegó el momento de embarcar se reunieron todos en el muelle para darle su bendición y despedirse de él. Candice estiró uno de sus guantes.
—No es muy frecuente que un noble, sobre todo siendo el primogénito, decida hacer una carrera naval, ¿verdad? Pensaba que el ejército atraía a los ricos y a los que tenían títulos nobiliarios, mientras que la marina era el refugio de los pobres y los ambiciosos.
—No dio ninguna explicación —intervino la señora Elroy—. Sólo dijo que tenía que seguir a su corazón dondequiera que le llevara. Se negó a comprar un rango como hacía la mayoría de la gente, e insistió en llegar ahí por sus propios méritos. Cuando recibieron la noticia de que le habían ascendido a teniente a bordo del Victory su madre lloró de alegría, y su padre estaba tan orgulloso que estuvo a punto de reventar los botones de su chaleco.
—El Victory —murmuró Candice. El nombre de ese barco había sido profético. Con la ayuda de otras naves derrotó a la armada de Napoleón en Trafalgar, destruyendo el sueño del emperador de dominar los mares. Pero el precio de la victoria fue muy elevado. El almirante William ganó la batalla, pero perdió su vida, como muchos de los jóvenes que lucharon valerosamente a su lado. Sus deudas estaban saldadas, pero Terrence Grandchester seguiría pagando el resto de su vida. Candice sintió un arrebato de ira.
—Si tiene una familia tan fiel, ¿dónde están ahora?-
—Viajando por el extranjero.-
—En su residencia de Londres.-
Después de responder al unísono, los sirvientes intercambiaron una mirada de vergüenza. La señora Elroy suspiró.
—El conde pasó la mayor parte de su juventud en Fairchild Park. De todas las propiedades de su padre, siempre fue su favorita. Tiene una casa en Londres, por supuesto, pero teniendo en cuenta la crueldad de sus heridas, su familia pensó que sería más fácil que se recuperara en el hogar de su infancia, alejado de la curiosidad de la sociedad.
— ¿Más fácil para quién? ¿Para él o para ellos?- Johnson apartó la vista.
—En su defensa debo decir que la última vez que vinieron a verle los echó de la finca. Por un momento temí que ordenara al guarda que les soltara a los perros.-
—Dudo que fuera tan difícil librarse de ellos. —Candice cerró un momento los ojos e hizo un esfuerzo para recuperar la compostura. No tenía ningún derecho a juzgar a su familia por su falta de lealtad—. Han pasado más de cinco meses desde que resultó herido. ¿Le ha dado su médico alguna esperanza de que pueda recuperar algún día la vista? El mayordomo movió la cabeza con tristeza.
—Muy pocas. Sólo hay uno o dos casos documentados en los que se ha logrado subsanar una pérdida tan grande. Candice inclinó la cabeza.
El señor Johnson se levantó. Con sus mejillas carnosas y su expresión abatida parecía un bulldog melancólico.
—Espero que nos perdone por malgastar su tiempo, señorita White. Sé que ha tenido que alquilar un coche para venir aquí. Y estaré encantado de pagar de mi bolsillo su regreso a la ciudad. Ella se puso de pie.
—Eso no será necesario, señor Johnson. De momento no voy a volver a Londres. El mayordomo intercambió una mirada de desconcierto con la señora Elroy.
—¿Disculpe? Candice se acercó a la silla que había ocupado en un principio y cogió su maleta.
—Me quedaré aquí. Acepto el puesto de enfermera del conde. Ahora, si son tan amables de pedir a uno de los criados que recoja mi baúl del coche y mostrarme mi habitación, me prepararé para comenzar con mis obligaciones.
Aún podía olerla.
Como si quisiera torturarle recordándole lo que había perdido, el sentido del olfato de Terrence se había agudizado en los últimos meses. Cuando pasaba por las cocinas podía decir al instante si André, el cocinero francés, estaba preparando un fricandó de ternera o una cremosa besamel para tentar su apetito. El mínimo rastro de humo le informaba si el fuego de la desierta biblioteca había sido avivado recientemente o estaba apagándose. Mientras se derrumbaba en la cama en la habitación que se había convertido en una
guarida más que en una alcoba, le asaltó el rancio olor de su propio sudor pegado a las sábanas arrugadas.
Era allí adonde había regresado para curar sus heridas, donde daba vueltas por las noches, que sólo se distinguían de los días por su silencio sofocante. Entre el crepúsculo y el amanecer a veces se sentía como si fuera el único ser vivo en el mundo. Terrence apoyó el dorso de la mano sobre su frente y cerró los ojos siguiendo un viejo hábito. Al entrar en el salón identificó inmediatamente el agua de lavanda que usaba la señora Elroy y la loción capilar de almizcle que se echaba Johnson en el poco pelo que le quedaba. Pero no reconoció la fresca fragancia que perfumaba el aire. Era un aroma dulce y agrio, suave y atrevido a la vez.
La señorita White no olía como una enfermera. La vieja Grey olía a naftalina, y la viuda Margaret a las almendras amargas que tanto le gustaban. Pero la señorita White tampoco olía a la solterona marchita que parecía cuando hablaba. Si el tono de su voz era indicativo, sus poros deberían emanar una mezcla venenosa de col podrida y cenizas.
Al acercarse a ella descubrió algo más sorprendente aún. Bajo ese limpio aroma cítrico había un olor que le volvía loco y nublaba lo poco que le quedaba de sus sentidos y de su buen juicio. Olía a mujer.
Terrence gruñó apretando los dientes. No había sentido ningún deseo desde que se despertó en ese hospital de Londres y descubrió que su mundo se había vuelto oscuro. Sin embargo, el dulce olor de la señorita White le había hecho evocar una confusa mezcla de vagos recuerdos: besos robados en un jardín iluminado por la luna, roncos murmullos, la piel satinada de una mujer bajo sus labios. Todos los placeres que nunca volvería a conocer.
Cuando abrió los ojos descubrió que el mundo seguía envuelto en sombras. Puede que lo que le había dicho a Johnson fuese cierto. Puede que necesitara los servicios de otro tipo de mujer. Si le pagaba lo suficiente es posible que fuese capaz de mirar su cara destrozada sin sentir repugnancia. Pero ¿qué más daba que lo hiciera?, pensó Terrence soltando una ruda carcajada. Nunca lo sabría. Mientras cerraba los ojos y se imaginaba que era el caballero de sus sueños, él podía suponer que era el tipo de mujer que susurraría su nombre y le haría promesas de lealtad eterna. Promesas que no tenía ninguna intención de cumplir. Terrence se levantó de la cama. ¡Esa maldita mujer! No tenía derecho a tentarle tan amargamente y a oler tan bien. Menos mal que había ordenado a Johnson que la echara. Así no tendría que volver a preocuparse por ella.
