IGNIS FATUUS


QUATTUOR

VERBA PRAEHIBEO


CUATRO

CHARLA


En los días posteriores, Mukuro continuó con sus visitas a la casa de Timoteo. Algunas veces llevaba consigo a Chrome —por lo cual Tsunayoshi se sentía agradecido— y otras iba solo, que era cuando el castaño tenía más cautela.

Sin embargo, a pesar de todas sus precauciones para con el otro muchacho, Tsunayoushi se encontró conversando varias veces con él. Algunas de estas ocasiones disfrutaba de su compañía, otras se quedaba inquieto por las cosas que Mukuro decía y en varias reía por sus ocurrencias.

—Me encanta jugar con los pensamientos de la gente —Mukuro dijo una vez.

Lo sabía —pensó Tsunayoshi mientras desviaba la mirada un poco.

—Es ciertamente increíble —el de ojos avellana le observó cuando continuó con lo que quería decir—. El modo que tiene la gente de creer todo lo que digas basándose en apariencias. Basta con que tus ropas sean ligeramente elegantes y endulces tus palabras un poco.

Tsunayoshi supo que ese era el motivo principal por el que el de cabellos azules le gustaba divertirse a costa de los demás.

—Sin embargo —continuó—, no soy así. Tú tampoco.

El castaño miró a su compañero, esperando que siguiera hablando. En cambio, Mukuro se paseó y se deleitó la vista con las pinturas que había en el salón. Sin duda Timoteo tenía un gusto exquisito al momento de seleccionar obras de arte o de contratar artistas.

—Sherlock Holmes te envidiaría al ser digno de mi compañía —soltó después de un breve silencio impuesto.

—¿Sheru…? —la palabra fue dicha tan rápido que no pudo escuchar del todo su correcta pronunciación.

—Sherlock Holmes —repitió, esta vez más lento—. Un detective ficticio. Tal vez te deleite con la lectura de Estudio en escarlata uno de estos días —le comentó y, posteriormente, añadió en un susurro: —Si es que la paciencia se lo permite, claro está.

Un escalofrío recorrió el cuerpo del castaño pues había escuchado claramente lo último que su acompañante había dicho. Se reprendió un poco por no haber sido lo suficientemente capaz para esconder el nerviosismo que se apoderaba de él cuando estaba con el otro joven; pero era imposible hacerlo porque él tenía algo dentro de sí que le hacía sentirse inseguro, aunque no comprendía muy bien lo que era eso.

Mukuro se empeñó en continuar.

—Holmes sostiene que hasta el más ínfimo detalle puede darte una gran cantidad de información valiosa —pausó un breve instante—. Sin embargo, aunque concuerdo con algunas cosas ahí planteadas, también difiero en otras.

Ante la mirada expectante del castaño sólo pudo sonreír de aquélla forma que, sabía, perturbaría ligeramente al menor. Tsunayoshi esperaba y trataba de tranquilizarse, lo que era casi imposible al tener la mirada azulina sobre él.

Cualquier cosa que alguno de los muchachos pudiera decir quedó interrumpida por la llegada de la ama de llaves, quien les observó durante un par de segundos antes de hablar.

—Mukuro-san, el señor Timoteo le espera.

El chico de cabellos azulinos se dirigió hacia la puerta pero justo antes de abandonar la habitación dirigió unas palabras al muchacho.

—Sólo recuerda, Tsunayoshi, que todo puede ser manipulado.


Después de que Mukuro se hubiera marchado, el clima comenzó a cambiar drásticamente, siendo el claro azul del cielo cubierto por nubes que anunciaban una tormenta; los nimbos oscuros se encargaron de recordarle un par de ojos que, seguramente, le reprocharían su patética actitud. Sonrió, tal vez extrañaba ser insultado para tener un poco de determinación.

Poco después, justo antes de oscurecer, se vio obligado a buscar unas velas con las que pudiese iluminar su habitación. Las encontró pronto en su mesita de noche, las colocó en el candelabro y las encendió, notando cómo la luz que provenía del fuego imponía lentamente su presencia en aquel cuarto oscuro. Le gustaba esa iluminación.

Se recostó en la cama y se mantuvo pensando en nada hasta que su atención fue llamada por alguien que golpeaba ligeramente al otro lado de la puerta.


Tsunayoshi fue convocado para comer antes de lo normal. Dedujo que su abuelo saldría unas horas y que habría querido convivir con él un rato antes de marcharse.

Cuando llegó al comedor, notó que las jovencitas que trabajaban ahí habían comenzado a servir la comida y que, una vez más, no contarían con la presencia de Haru y Hayato. Se dirigió hacia su lugar, quedando a la izquierda de su abuelo.

—¿Ya te has acostumbrado a la vida aquí? —le preguntó una vez estuvo listo.

Después de un suave "itadakimasu" asintió con la cabeza y se dispuso a comer.

—Me alegro —sonrió y continuó con su comida.

El silencio impuso su presencia y después de unos minutos las jóvenes habían comenzaron a conversar en italiano y, por las ligeras risillas, Tsunayoshi supo que se estaban divirtiendo. Timoteo no les reprendió por su comportamiento así que dedujo que estaba bien.

—Abuelo —Tsunayoshi comenzó la conversación después de un rato, aprovechando que las jóvenes estaban enfrascadas en su conversación. Timoteo no evocó palabras pero supo que estaba escuchándole—. Quisiera preguntarte algo.

El anciano acomodó tranquilamente sus cubiertos en su plato, limpió con una servilleta los restos de comida que habían quedado en su boca y bigote y puso su total y entera atención a su nieto.

—Hace unos días vi unas luces que… ¿bailaban? No lo sé muy bien —una breve pausa antes de continuar—. ¿Puedes decirme lo que realmente son?

Fue hasta que terminó de hablar que notó el repentino silencio que se había impuesto en la habitación. Las doncellas que hacía unos momentos reían sobre un chiste que una de ellas contó ahora estaban calladas, petrificadas, observando atentamente el semblante serio de su empleador. Sin embargo, eso fue por poco tiempo, el anciano había puesto nuevamente su expresión amable y se dispuso a continuar con su comida.

—No sé de lo que me estás hablando —respondió con un tono taxativo.

El ambiente se animó ligeramente después de unos minutos de mutismo, después de que el dueño de la casa hubiese terminado y se retirara del comedor. Tsunayoshi cerró los ojos y continuó comiendo, indicó a las jóvenes —en un simple italiano— que se retiraran. Entretanto pensaba, tomando la decisión de recurrir a la persona que menos deseaba.


Recostado en el sillón mientras se deleitaba con un espectáculo musical en solitario, Mukuro se permitió cerrar los ojos y rememorar lo que había conversado con Tsunayoshi. Miraba atentamente a su esposa, cómo movía las manos delicadamente por las cuerdas del violonchelo.

—Le he prometido algo —dijo repentinamente.

—¿El qué? —respondió con otra pregunta sin alterarse, sin dejar de interpretar.

—Leerle "Estudio en escarlata", sólo si la paciencia se lo permite, claro está.

La muchacha sabía de sobra a quién se refería.

—Hablaré con él, no le quedará más remedio que aceptar. Si ocurre algo pediré la ayuda de Espadachín.

Siguió tocando para su marido y pronto se interrumpió al notar cómo un pensamiento se había apoderado de él.

—¿Ocurre algo? —acomodó el instrumento y colocó el arco a un lado, caminó hacia el joven y comenzó a acariciar su cabello.

Mukuro se relajó ante la suavidad y familiaridad de las manos de Chrome y decidió hablar.

—Tendré que ser un poco brusco.

La muchacha pausó su acción por unos momentos antes de retomar su empresa y observó con el único ojo violáceo que poseía aquella mirada desigual que ella adoraba.

—Hazlo —una ligera pausa—. El tiempo se acaba, ¿no es cierto?

Un asentimiento y un pequeño susurro.

—Dos semanas y media.

—Te ayudaré —su voz llena de determinación se hizo presente—. Concéntrate en el nieto del jefe, yo me encargaré de Espadachín y Alodola. Además, ¿desde cuándo te ha preocupado ser "un poco brusco"?

Ella sabía que al hombre frente a él le importaba el castaño, que le había llegado a tener aprecio como el que tenía por sus amigos más cercanos. Si debía ser sincera, a ella también le agradaba Tsunayoshi y, tal como ella lo era, quería que fuera feliz.


Dos días después, cuando llamó a la puerta de la mansión no esperaba que quien le atendiera fuera Tsunayoshi. Le dio una extraña bienvenida, una que Mukuro supo escondía con cortesía la desconfianza que el joven le tenía.

—¿Podríamos conversar?

La interrogante le tomó por sorpresa y la enmascaró con un brillo en la mirada y una sonrisa apenas perceptible.

—¿Y cuál es el motivo que te ha impulsado a preguntarme eso? Si debo ser sincero, la curiosidad me carcome.

—Hay algo que Chrome me dijo cuando nos conocimos. Me gustaría escuchar su historia, la de ambos. Además de platicar contigo.

Aunque había ido a aquella casa sólo para asuntos de negocios, no pudo rechazar la oferta del joven. Sin duda sería una buena charla y no todos los días se podría observar a Sawada Tsunayoshi tomando la iniciativa para iniciar una conversación con él.

—De acuerdo.


Mukuro le relató a Tsunayoshi su problemático pasado. Al ser hijo de un antiguo amigo de Timoteo le habían puesto en la mira distintas familias que querían presentar a sus adoradas hijas. Muñecas sin vida, eso era lo que el jovencito —en aquel entonces de 14 años— pensaba que eran. Se pavoneaban frente a él, preguntándole incansablemente si podían charlar.

El de cabellos azules recordó cómo Xanxus siempre insultaba a esas niñas —porque para él nunca eran señoritas, ni siquiera le importaba que tuvieran su misma edad—, las cuales terminaban por ir llorando junto a sus padres, indignadas, diciendo que el pelinegro era de todo menos un caballero. Xanxus sólo se mofaba y se retiraba hacia alguna mesa dispuesto a seguir comiendo. Decidió hacer lo mismo sólo que, en lugar de verlas con molestia, se encargó de mostrar una mueca disfrazada de sonrisa y les dedicó las palabras más crueles que, dado el momento, podía recordar.

Fue en una fiesta donde Timoteo era el anfitrión que conoció a Chrome, aunque bajo un nombre distinto.

—Mukuro, esta es Nagi. Es hija de un conocido mío, espero se lleven bien.

El anciano tomó la mano de Mukuro y le otorgó la de la más pequeña. Les observó un rato y se retiró del lugar dejando que los niños hablaran cosas que sólo ellos podían comprender, esperando que la timidez de ella aminorara aunque fuese un poco. Cuando la silueta de Timoteo ya no podía ser vista por alguno de los dos, una de las rechazadas comenzó a hablar.

—Ah, pero si es Nagi. Joven Mukuro, no debería entablar conversación alguna con ella. Dicen que la desgracia y la torpeza le persiguen.

Esta vez Mukuro no veía, observaba. El tono violeta del cabello de la niña frente a él; el malva intenso de sus ojos que rezumaban inocencia; las coloradas mejillas que reflejaban claramente su timidez.

—No tiene que ser amable si no quiere.

Ella susurró en una voz apenas audible que, si Mukuro no le hubiera puesto la atención debida, no se hubiese enterado de lo que había dicho. El niño sonrió, sin la frialdad ni el veneno de siempre. Sonrió porque supo que ella era diferente.

Las niñas celosas notaron eso y se preguntaron cómo es que alguien que nunca había estado muchas ocasiones en sociedad —como ellas— podía atraer la atención del joven al que ellas tanto deseaban impresionar. La situación empeoró cuando Xanxus apareció y le habló a Nagi.

—Oh, tú. Ya que estás aquí sirve como mi entretenimiento, estoy aburrido.

Xanxus nunca le dirigía la palabra a alguien y si lo hacía era sólo para decirles "apártate de mi vista, escoria". Ella estaba a punto de responder cuando Mukuro se adelantó.

—Xanxus, no le hables así a mi querida Nagi. Si estás aburrido siempre puedes decirle a aquéllas señoritas que te entretengan.

El de mirada rojiza le dedicó una sonrisa a Mukuro antes de irse junto a un amigo suyo de cabello plateado, a quien dio una patada y dijo algo que le molestó. Entretanto, Mukuro dio un ligero apretón a la mano de Nagi y comenzó a bailar con ella.

Pasó poco tiempo para que él se encontrara completamente embelesado con la actitud de la niña y pronto se vio tratándole como su confidente, la única persona en ese mundo con la que podía ser él; ella se volvió su amiga.

Posteriormente conoció a los padres de Chrome, y pudo vislumbrar en ellos su fingida preocupación hacia ella, supo de sus verdaderas intenciones —que sólo le mantenían con ellos por una herencia— y del desprecio para con la muchacha. Saldrían de viaje, según mencionaron un día, y no volverían hasta que ella cumpliese los trece. Esa noticia le había desagradado pero no podía hacer nada por evitarlo. Dejó que se marcharan.

Cuando la fecha prometida llegó, el de cabellos azules se encaminó hacia la casa donde ella vivía y, con gran emoción, llamó a la puerta. No contaba con que Nagi se negaría a verle. Mukuro, ya de dieciséis años, exigió a los padres de ella una explicación, un motivo a su negativa. Ellos no supieron qué decirle así que forzó su entrada a la casa y se dirigió a la habitación de su amiga. Entró, tras el escandaloso grito de cuán indecente era invadir la recámara de una jovencita, y no pudo evitar el detenerse al ver el rostro de la muchacha, a su confidente, a la persona más importante para él con un ojo inservible.

Nagi escuchó su arribo y sabía que él llegaría hasta ella. Vio que él se acercó y acarició su nívea mejilla con el pulgar, le observaba, a ella, al ojo que seguía con vida. Fue entonces que ambos supieron que ella no aguantaría otro día más ahí. Fue en ese mismo momento que Mukuro dijo a los padres de la muchacha que contraería nupcias con ella.

—¿Cómo puedes pensar en ella de ese modo? Es una inútil. Mírala, no le funciona un ojo. ¿De qué te puede servir así? —la exaltada mujer le gritó.

Mukuro se giró y encaró a los señores de la casa, tomó suavemente la mano de Nagi y le dio un ligero apretón. Quería que confiara en él. Su mirada desigual se posó en la del padrastro de la joven y no se apartó de ella. Entonces el hombre retuvo a su esposa.

—¿La cuidarás tú? —le preguntó, lo que hizo que la mujer volteara bruscamente la cabeza hacia él.

—¿De qué estás hablando? ¿Cuidarla yo? ¿Estás loco? ¡Como si tuviera el tiempo de hacerlo!

—Sabes que yo tampoco tengo tiempo de cuidarla —el tono tranquilo con el que habló exasperó aún más a la mujer.

—¿¡Estás diciendo que yo soy responsable de cuidarla!?

Las palabras pronto se transformaron en gritos y los adultos parecían haber ignorado por completo a Mukuro y Nagi. Estos se miraron entre sí, el de cabellos azules sonriéndole gentilmente a su amiga, perdiéndose en una pequeña ilusión en donde sólo estaban ellos dos. Su ensoñación no duró mucho, la madre de Nagi había salido furiosa de la habitación y su padrastro había soltado un sonoro suspiro. Se acercó a Mukuro y susurró una simple palabra que no tuvo que repetir para que él obedeciera.

—Llévatela.

Sin nada más que lo que llevaban puesto se retiraron de esa horrible casa y juraron no regresar jamás.


—No me gusta mi nombre —había dicho Nagi una semana después de estar juntos. Mukuro apartó la vista del libro que se encontraba leyendo para observar atentamente a la joven —. Escoja uno para mí.

Mukuro supo que ella no dejaría las cosas así, si algo había aprendido era que si ella se empeñaba en algo podía llegar a ser un poco obstinada. Observó a su alrededor y, al notar un trozo de papel sin algo escrito en él, lo tomó. Escribió su propio nombre y comenzó a jugar con las letras. Trató de recordar si había algo que impidiera escoger aquel nombre y, en su lugar, recordó que bien podía tener un significado. Sonrió una vez que terminó.

—Kuromu —respondió—. Chrome.

Extendió el brazo para mostrarle su nuevo nombre recién escrito y alcanzó un diccionario de griego que tenía cerca. Buscó la palabra deseada y le enseñó a la jovencita el significado: color. Al verlo, ella supo que era el nombre perfecto porque, tal como decía en una novela que leyó recientemente, el joven frente a ella había impuesto el color al lienzo que representaba su vida.


Tsunayoshi sólo escuchó el tono que Mukuro empleaba, el cómo medía sus palabras para no alterarse ante los recuerdos. Y cómo, al final, mostraba una auténtica sonrisa que le hizo sonreír también.


Sin darse cuenta de ello, ambos se habían enfrascado en distintos temas de conversación que tenían que ver el uno con el otro.

—El talento, la creación, ambos son cuestiones de bizarría, de interés. Chrome tiene talento, ella fue la valiente; yo sólo le indiqué el inicio del camino que ella quería seguir.

—¿Y qué hay de los artistas? ¿De los creadores actuales?

—El arte, la creación, son algo vital. Todos los que no lo hacen por placer, por bizarría, por aflorar su talento, son enteramente mediocres —enfatizó cada palabra para que Tsunayoshi entendiera su punto—. Sólo están produciendo para conseguir dinero, ¿qué es lo que logras sino hundirte más una vez que rechazan aquello que considerabas "bueno"?

—Te vuelves miserable, incapaz de crear algo que puedas disfrutar. Te presionas más sólo para verte fallar otra vez —Tsunayoshi resumió.

Mukuro sonrió, el joven le había comprendido.

A Tsunayoshi no le gustaría involucrarse más con Mukuro —a pesar de que hubiese disfrutado su conversación— pero al no haber otra persona que pudiese decirle un poco de aquéllas luces, era obvio que su curiosidad le incitara a hablarle al mayor. Se imaginó nuevamente los intentos de conversación con su amigo y abuelo; ellos sabían algo que no deseaban que conociera pero no contaron con que él no iba a quedar por siempre en la ignorancia.

—¿Mukuro?

—¿Tsunayoshi-kun? —dijo en un tono tranquilo y a la vez divertido.

No le gustaba eso, la forma en la que cambiaba su nombre, añadiendo y quitando el "kun". Pensaba que se burlaba de él y de sus costumbres, que sólo lo hacía para molestarle y, ciertamente, le aterraba un poco. Pero pensó que por una vez haría caso y confiaría en Chrome y en la fe que ella tenía en Mukuro.

—Me… me gustaría preguntarte algo.

—¿No ya estábamos en eso?

La expresión de fastidio en el rostro del menor se hizo presente y Mukuro soltó una risilla. Había sido imposible no hacerlo pero se recompuso rápidamente.

—Pregunta lo que quieras —un brillo de emoción se mostró en los ojos desiguales.

Tsunayoshi tomó una bocanada de aire. Se levantó y dirigió hacia la ventana, buscando el punto exacto de la aparición del curioso y —supuso— temido fenómeno. Lo encontró y entonces habló.

—¿Sabes, lo que sea, sobre unas luces?

—¿Luces? —cuestionó con un poco de asombro, el cual se mostró en sus ojos.

—Sí —respondió con la mirada en el piso—. Unas luces pequeñas que se mueven lentamente. Al menos eso parece. Unas son de color azul, otras son púrpura, incluso verdes. Gokudera-kun me ha dicho que me aleje de ellas pero no me ha dicho el por qué. Incluso se molestó. El abuelo tampoco ha querido decirme nada.

Mukuro escuchaba tranquilamente, atento a la breve descripción que le era dicha. Con cada palabra había sonreído más y más y, cuando el nombre del de cabellos plateados surgió, no pudo evitar entrometerse.

—¿Por qué tanto interés en ellas? —parecía que su sonrisa no abandonaría su rostro.

—Curiosidad —dijo rápidamente y sin titubear. Aún no podía decir sus verdaderos motivos—. Además, hay una gran diferencia entre no saber nada y saber que te están ocultando algo.

El joven de cabellos azules sonrió ante las últimas palabras dichas por el joven.

—Confío en que me dirás la verdad cuando termine de decirte todo lo que sé, ¿o me equivoco? —al no recibir respuesta alguna continuó: —Tal vez Xanxus diga que eres un idiota pero la verdad es otra.

El castaño aún no le observaba y mucho menos le interesaba lo que el hombre de ojos rojos pensara sobre él. Lo único que quería era que Mukuro comenzara a decirle lo que sabía.

—Ignis Fatuus.

—¿Perdón? —Tsunayoshi retiró la mirada del suelo y se enfrentó a la de Rokudo.

—Ignis Fatuus. O fuegos fatuos. Eso es lo que son esas luces —disfrutó ver la expresión en el rostro del otro, una mezcla de alivio e incomprensión—. Hay diversas historias sobre ellos pero, hasta ahora, nadie ha podido decir cuál es cierta.

El castaño miró a su alrededor, atento a cualquier movimiento que pudiese indicar que había alguien más en la habitación. Se dijo que estaba siendo precavido. Cuando se aseguró de que sólo estaban ellos dos, decidió acomodarse en el asiento y continuar con la conversación.

—¿Cuáles son esas historias?

Por la mueca que hizo el de cabello índigo supo que éste conocía todas aquellas historias y algo dentro de él le indicó que el otro le contaría, que él no le ocultaría nada. Si era así, él también se sinceraría y diría el por qué de su interés, de lo contrario, le ignoraría. No tendría por qué ser tan difícil. Señaló con su mano al sofá frente a él y Mukuro se sentó en él, se cruzó de piernas y brazos y comenzó preguntando:

—¿Dónde les has visto?

Tsunayoshi señaló hacia alguna parte cerca de los enormes árboles mientras su mirada determinada se quedaba en el punto exacto de su aparición. Mukuro observó el lugar apuntado por el joven y sonrió.

—Hay quienes les han visto y comentan sus experiencias con familiares. Hay quienes se han asustado demasiado y rehúsan el salir sin un acompañante —pausó un momento y fijó sus ojos desiguales con los avellana, los cuales habían volteado a verle cuando había comenzado a hablar—. Incluso hay quienes se han obsesionado persiguiéndoles y jamás han vuelto a aparecer.

Tsunayoshi tragó.

—Se rumora que sólo aparecen cerca de los cementerios —recordó las lápidas de los familiares del dueño de la casa— y que al moverse, o danzar, están tratando de comunicarse con aquéllos que les observan. Otros más aseguran que lo hacen cuando cambian la intensidad de su iluminación. Sin embargo, sólo están ahí por poco tiempo.

»En algunos lugares, la gente dice que los fuegos gustan de extraviar a los viajeros o a cualquiera que les vea. Les conducen hasta pantanos o lagos para que su muerte sea aterradora, duradera y tortuosa —sonrió ligeramente y Tsunayoshi hizo una mueca en la que se expresaban el desagrado y el temor—. En cambio, hay algunos individuos que creen que las luces te llevarán a un tesoro escondido.

Tsunayoshi ahora entendía por qué Mukuro había mencionado la obsesión con la persecución de los fuegos: si la persona tenía carencias, podría solucionarlas con el tesoro que resguardaban aquéllos misteriosos seres. Si es que este existía.

—Otros dicen que si los ves tendrás buena salud, lo cual encuentro absurdo pues la mayoría la pierde. Y, por supuesto, la teoría que menos me gusta es que se trata de hadas —se recargó en el respaldo del sillón e inclinó su cabeza un poco hacia atrás—. Prefiero pensar que se trata de la luz del bastón de un hombre.

El silencio comenzó a envolverles pero esta vez, a diferencia de otras, no se sentía presión. El castaño comenzó a preguntarse cuál de aquellas teorías podría ser cierta mientras notaba que su acompañante ya no hablaría más y estaba a la espera de que algo sucediese. Decidió interrumpir esa tranquilidad que les rodeaba.

—Quisiera preguntarte otra cosa —la mirada del otro, ya fija en él, le pedía que continuase—. En el concierto —comenzó—, las últimas canciones…

—Desde que conocí a esa mujer me ha gustado su voz —interrumpió, ya sabiendo a lo que se refería—. Yo sólo le pedí que participara en el evento; las canciones que interpretó fueron su decisión, no la mía. En cuanto a la última, aquélla con el koto… —sonrió y Tsunayoshi mostró en sus ojos un interés genuino— un ave me habló de ella.

Reprimió una carcajada al ver la decepción en el rostro del de mirada avellana.

—No me lo dirás, ¿cierto?

—Si ya sabes la respuesta, ¿para qué formulas la pregunta?

Tsunayoshi desvió la mirada hacia la ventana. La tonalidad naranja anunciaba el atardecer, y fue cuando comprendió que había pasado todo el día platicando con Mukuro.

—Es tarde —observó.

Mukuro supo a lo que se refería y fue cuando notó que sus recuerdos y los constantes cambios de conversación con el castaño le habían afectado al punto de no ser consciente del tiempo transcurrido. Se levantó y dio dos pasos hacia la salida mientras Tsunayoshi seguía sin verle a él.

—Es hora de retirarme. Un gusto conversar contigo, Tsunayoshi.

La voz era diferente. Tsunayoshi se giró y vio con gran sorpresa, no a Mukuro, sino a Kyoya frente a él. Parpadeó y justo cuando lo hizo el de cabellos azules estaba ahí, como si nada hubiese sucedido.

—Lo mismo digo, Mukuro —respondió, incapaz de recordar alguna otra cosa que le hubiese gustado preguntar al otro.


Unos momentos después de que Mukuro se hubiera retirado, subió a su habitación. Dejó las grandes ventanas abiertas, quería que la noche fresca le relajara un poco mientras rememoraba los trozos de los distintos temas de conversación que había mantenido con el otro muchacho.

—Fuegos fatuos, ¿eh? —susurró.

Un golpe conocido en su puerta le hizo girar y sonreír a Hayato, quien entró cauteloso a la habitación, como si haber ingresado sin un permiso explícito fuese una falta grave. Al menos esta vez no estaba reclamando sobre lo mal amigo que era.

—Décimo, buena noche. Se ve muy distinto de ayer, ¿no es cierto? —preguntó, observando al ahora despejado cielo.

—Es cierto, ayer estaba nublado —respondió, en los últimos días no había estado mucho tiempo con su amigo—. ¿Sabes? —se aventuró a decir y los ojos esmeralda ahora le veían a él—. Recordaba las cosas que hacíamos cuando estábamos en Japón. Como aquélla vez que te invitaron a ese festival y Misaki-san quería bailar contigo —soltó una risilla al ver el rostro avergonzado del otro.

—Por favor Décimo, no diga esas cosas.

—O la vez en que nos dijeron que no fuéramos al río. Yamamoto resbaló y se lastimó un brazo, pero sonrió y dijo que no era nada.

—Eso le pasa por ser un idiota y distraído todo el tiempo —bufó y, a pesar de ello, sonrió y cerró los ojos, como si con ello pudiese vivir una vez más aquel recuerdo.

Y así transcurrió el tiempo, recordando cosas, haciendo bromas, riendo bajo la clara noche y la luz delicada que provenía de la habitación; tiempo en el cual el castaño supo que su acompañante había hecho todo lo posible para alargar esa plática que él deseaba tener en esos momentos. Era uno de sus amigos, ¿cierto? ¿Le juzgaría? ¿Le entendería? ¿Le aceptaría?

—Gokudera-kun —llamó en un tono sereno.

El hombre de los cabellos plateados tembló un poco. Sabía lo que su amigo diría a continuación, había estado evitándolo y supo que ya no podría hacerlo más.

—Sabes… Sabes por qué vine aquí, a Italia, ¿cierto? —los ojos avellana observaban al hombre.

No era una pregunta, Hayato lo supo. Tsunayoshi esperaba una respuesta honesta, tal y como siempre había obtenido. Sacó su pipa sólo para volverla a guardar, calmó sus temblorosas manos y respondió en un tono poco audible.

—Sí.

—Ya veo.

El tono que el castaño empleó hizo que el de la mirada esmeralda voltease a verlo, hizo que en sus ojos se mostrara la conmoción ante el estado en el que su amigo se encontraba: la mirada perdida en algún punto, la sonrisa que expresaba tristeza y resignación, su cuerpo carente de fuerza. Parecía que, de un momento a otro, fuera a caer.

—El abuelo… ¿lo sabe? —el tono insípido con el que preguntó sacó al otro de su estupor.

—No lo sé —fue su escueta respuesta.

Al ver que, tras varios segundos de silencio, el otro no había tratado de moverse o responder, se aventuró a continuar.

—Yo lo imaginé —tras esto, sacó nuevamente su pipa y la encendió. El fumar comenzó a tranquilizarle, de esta manera sentía que podía seguir adelante—. Cuando recibimos el telegrama de Reborn-san lo imaginé. Decía que por un "asunto personal" usted vendría a Italia.

—Pensé que habíamos sido muy cuidadosos, que nadie más sabía.

—Yo lo sabía.

—¿Desde cuándo? —sus ojos estaban llenos de decepción; decepción de sí mismo.

—Antes de que me fuera lo supe. Cuando estaba con él, siempre ponía esa mirada. Primero pensé que me estaba imaginando cosas, que sólo le tenía lástima. Después de todo, la mayoría de los Hibari sólo son dignos de odio —su tono indicaba el rencor que tenía para con el otro joven—. Pero después me di cuenta de que no era así.

—Yamamoto también lo sabe —interrumpió y el otro le observó sorprendido—. Se lo dije —una pausa y un suspiro—. Se alejó de mí; no lo dijo, pero supe que necesitaba tiempo para pensarlo. Pero a los dos días fue a mi casa y pidió hablar conmigo.

Tsunayoushi recordó la reacción del otro chico, como si no hubiese querido creer lo que le habían dicho. La forma en que había susurrado "te veo después, Tsuna" y se había marchado inmediatamente le habían hecho plantearse si había hecho lo correcto o no en decirle sobre su relación con Kyoya.

Takeshi volvió, le pidió perdón, le dijo que había sido un mal amigo y que debió apoyarle inmediatamente. Le juró que no diría nada, ni aunque fuese torturado, lo cual hizo sonreír al castaño y le agradeció por ello. Le agradeció por todas aquéllas veces en las que Iemitsu, su padre, insistía en que se casara y Takeshi respondía en su lugar diciendo "Tsuna aún no encuentra a la persona indicada".

Las salidas a la casa de los Hibari fueron más frecuentes, lo que hizo pensar a sus padres que se estaba viendo con alguien, que vivía un romance. Era cierto, pero en ningún momento mencionó con quién ni quiso aclarar la situación. Se había descuidado, ¿cómo pudo no notar que su padre le seguía? ¿Cómo pudo no desprenderse del sonrojo en sus mejillas y ocultar la felicidad que se expresaba en su rostro? Había sido obvia la decepción de su padre cuando le tomó bruscamente del brazo y le jaló durante todo el camino hasta su casa, no importando si tropezaba.

—Estabas viéndote con el chico Hibari, ¿cierto? —habló, tratando de contener su enojo. Su esposa fue a su encuentro, sorprendida por la forma en la que su marido sostenía del kimono a su hijo, muy cerca de su rostro, levantándole ligeramente del suelo—. ¡Contéstame!

—Sí.

Un golpe en su mejilla fue lo que recibió y cayó en el suelo de madera debido a su nula resistencia.

—¿Qué hacen? ¡Deténganse! —gritó la mujer al notar cómo su marido agarraba nuevamente a su hijo por el cuello e intentaba ponerle en pie para asestarle otro golpe—. ¡Iemitsu!

El rubio se detuvo, se giró para ver a su hermosa Nana preocupada, el delgado brazo de ella en el robusto de él y no hizo más que aligerar el agarre en el kimono de su hijo.

—Sé que ese mocoso es fuerte pero yo lo soy más —se aseguró de que la mirada avellana estuviese en la azulina propia—. Tsuna, si no quieres que nada le suceda tendrás que hacer lo que yo te diga, ¿de acuerdo? Sin réplicas.

Los ojos de Tsunayoshi se habían ampliado y, con temor, asintió. Cuando lo hizo su padre se irguió completamente y pudo percatarse que el agarre en su kimono ya no estaba. Se levantó y, a pesar de las llamadas de su madre, se retiró a su habitación.

—¿Décimo? —la voz de Hayato le sacó de sus pensamientos. Cuando éste estuvo seguro de que su amigo le prestaba atención, continuó: —Debo irme.

Y se marchó de ahí sin decir nada más, al mismo tiempo que la niebla comenzaba a arribar y unas luces en la lejanía comenzaban a danzar.


Notas

Se sabrá que no soy mucho de escribir comentarios a menos que sea algo importante. He estado ocupada, enfrentando cosas, y haciendo y fallando miserablemente en otras. Es por ello que me tardé escribiendo este capítulo, es por ello que me esforcé mucho para escribir este. Al momento de escribir esto me encuentro traduciendo un capítulo de Cómeme Bébeme y también un oneshot titulado Yo Pertenezco Ahí —ambas historias que adoro— y espero sea de su agrado.

Muchísimas gracias a Anvaz y a Yuus —¿está bien si lo escribo así? Para evitarte problemas y así saber que hablamos de ti—, no tengo palabras suficientes para expresar mi gratitud, tal vez luego les prepare un discurso; quién sabe.

Ignis Fatuus está llegando a su final y con ello, mi manía de haber puesto a Tsunayoshi como un chico en desgracia.