IGNIS FATUUS


QUINQUE

PRAEDICTUM


CINCO

CONVENIO


Supo que se trataba de un sueño cuando se observó a sí mismo en su habitación, tocando el koto en compañía del herbívoro.

—Hibari-san es todo lo que yo no seré —dijo. En su voz se notaba un tono de tristeza. Kyoya sonrió ligera y fugazmente al recordar aquella "conversación"—. Eres fuerte, independiente, leal.

—Las personas me temen —indicó sin dejar de tocar, lo que hizo que el otro se girara a verle inmediatamente.

—Pero aún así confían en ti. Creen en ti. ¿Quién puede esperar algo de un inútil como yo?

—Eres fuerte, pero tu forma de pensar es patética. Es por eso que no dejas de ser un herbívoro.

Las palabras tomaron por sorpresa al castaño, quien sonrió mientras el calor se aglomeraba en sus mejillas. Nadie le había dicho algo similar, nadie le había mencionado que era fuerte y justo ahora Kyoya lo había hecho —a su extraña manera—. Era inevitable el que se sintiese feliz.

Cuando se concentró nuevamente en la melodía, su curiosidad se presentó.

—¿Es una canción? ¿O sólo es una melodía?

Kyoya dejó de tocar y observó al castaño, quien ahora se encontraba observando sus manos para ver si retomaría su empresa.

—Una canción —respondió.

—¿Puedes enseñármela?

Tras pensarlo unos segundos, decidió recitarla.

—«El deseo que en ti se precipita, suavemente atraviesa la tristeza…»

Y el sueño cambió, como sucede siempre cuando el que estás presenciando es uno muy agradable.


Takeshi —en la habitación que había sido dispuesta para él— rememoraba la llegada de su viaje tres días después de haberlo anunciado y el ansia tan grande de ver a su amigo. Cuando llegó a casa de este supo que algo no estaba bien. Nana le había recibido con una mirada intranquila y, viendo a sus espaldas, le había invitado a pasar.

El pelinegro esperó pacientemente por la mujer pero en su lugar llegó su marido. Iemitsu estaba más serio que de costumbre y tomó asiento justo frente a él, con la espalda recta y los ojos azules fijos en los suyos.

—Takeshi-kun, hay algo que me gustaría preguntarte. Tiene que ver con Tsuna —añadió inmediatamente y, al ver que el muchacho no respondía, prosiguió—. Me gustaría saber, dado que has sido su amigo desde antes, si es que Tsuna se estaba viendo con alguien. Alguien con quien no debería. Si es que sabes a lo que me refiero.

Takeshi comprendió en ese momento lo que el padre de su amigo insinuaba y, como el amigo que era y por la promesa que había hecho, fingió sorpresa; simuló el estar herido por las palabras que habían abandonado la boca del mayor. Bajó la mirada y la puso en sus manos.

—Tsuna no me contó nada de eso. ¿Acaso hizo algo malo? —sus palabras fueron adornadas con un tono triste acorde a la situación—. Él sólo me decía que no se podía casar porque no encontraba a la persona adecuada y le creí. Tsuna no miente.

El suspiro del más alto le confirmó que confiaba en él.

—No sé qué es lo que tenía Tsuna en la cabeza para verse con alguien indebido —se relajó—. Pero ahora estoy seguro que podrá reflexionar sobre lo que ha hecho, después de todo, ya no está aquí.

—¿Qué quiere decir? —Takeshi ahora observaba fijamente a Iemitsu.

—Tsuna ha ido con un conocido mío, a Italia. Creo que un cambio de ambiente le hará entrar en razón, me prometió comportarse.

El tono de su voz alertó al muchacho pero, como buen mentiroso que era, no dejó que se mostrara ápice de preocupación en su rostro. Iemitsu comenzó a beber sin detenerse, tanto que Takeshi pensó que pronto se ahogaría en alcohol. No sucedió, sin embargo, el hombre no tardó en comenzar a decirle que habían dicho que su hijo estaba enfermo y por eso no podía salir de casa. Eso y que en unos días más iría de viaje para visitar a unos familiares —lo cual era una parte de la verdad—.

Y el tema de conversación cambió súbitamente. Se mantuvieron charlando hasta el anochecer antes de que el más joven anunciara su retirada, diciendo que recién había llegado de su viaje y aún faltaba que se encontrara con su padre. Iemitsu sonrió mientras el calor en su rostro aumentaba, tratando de convencer inútilmente al muchacho para que tomase otro trago de sake antes de marcharse.

Takeshi abandonó el lugar y, una vez estuvo afuera, la cara alegre se esfumó, dejando tras ella una llena de preocupación, molestia y determinación de encontrarse en esos momentos con Hibari Kyoya. Se alejó del camino principal y se dirigió hacia un sendero, aquél que le escondería de las miradas curiosas de la gente que pudiese estar afuera de sus casas a esas horas.

Llegó más tarde de lo que pensaba. La entrada era enorme, con un letrero en la cima que rezaba "Hibari"; Takeshi hubiese jurado que se trataba de un templo. Se acercó decidido, con pasos ligeros y llegó hasta la puerta deslizante de madera que le separaba de su verdadero objetivo. Sin embargo, antes de que pudiese llamar, Kusakabe Tetsuya —el subordinado de Hibari—, apareció frente a él.

—Yamamoto Takeshi, ¿qué haces aquí? —fue lo primero que dijo con una ronca voz. Echó un vistazo hacia atrás, esperando que su jefe no estuviese ahí.

—Necesito hablar con Hibari. Es algo urgente —y anticipándose a cualquier cosa que el otro pudiera decir, continuó—. Se trata de Tsuna.

Al ver la cara de preocupación, Tetsuya indicó al más joven que pasara y le siguiera. Recorrieron algunos pasillos y pronto se detuvieron ante una puerta detrás de la cual se podía escuchar a un ave cantar.

—Kyo-san —llamó el mayor—. Yamamoto Takeshi ha venido, dice que es algo importante y que involucra a Sawada Tsunayoshi.

—Que pase.

Tetsuya deslizó la puerta corrediza e indicó a Takeshi con un movimiento de cabeza que continuara. Éste tragó y una vez entró la puerta se cerró. Por unos segundos lo único que podía escucharse era el sonido de unos pasos que se alejaban cada vez más. Volteó su mirada hacia el hombre que su amigo amaba y en sus ojos grises pudo notar cómo le ordenaba que expresara el por qué de su visita. Decidió ir directo al punto.

—Tsuna no está. Le han enviado a Italia —la sorpresa apareció en los ojos acerados y se esfumó pronto. Takeshi consideró prudente el tomar asiento y recitó todo lo que había obtenido de su conversación previa con el padre de su amigo.

Kyoya no dijo palabra alguna por un rato.

—¿Cuándo fue la última vez que le viste? —el más joven se aventuró a preguntar—. Me fui hace tres días.

—Ese día en la noche —evitó la mirada del más joven.

—Su padre me confesó que Tsuna le prometió comportarse y, por la forma en que lo dijo, tal vez hasta le haya amenazado…

Sus palabras se vieron interrumpidas por Kyoya, quien se había levantado abruptamente, dirigiéndose hacia la habitación contigua. Takeshi no supo si seguirlo o no pero, dado que escuchó muchos ruidos, decidió levantarse y hacerlo. Cuando encontró al hombre de mirada grisácea encontró que sus ropas habían sido cambiadas por unas enteramente distintas. Había reemplazado su yukata con un traje occidental de color negro y una camisa blanca que resaltaban sus rasgos.

El ruido también había atraído a Tetsuya.

—Kyo-san, ¿qué está haciendo?

—Iré por Tsunayoshi —fue su respuesta. Y antes de que Yamamoto pudiese decir algo más, continuó—. Iré hasta allá, le diré lo patético que ha sido y le morderé hasta la muerte.

Salió de la habitación y se encaminó hacia la salida de su hogar. Takeshi salió de su estupor y se apresuró en alcanzarle.

—¡Espera! —le llamó—. ¡Iré contigo!

Takeshi dejó de recordar y decidió dormir pero al intentarlo y no poder conseguirlo, abandonó su habitación y se dirigió hacia la biblioteca del lugar.


Chrome tenía un libro entre sus manos pero desde hacía rato le era imposible comprender la oración que intentaba leer. Estaba distraída recordando cómo había encontrado a su peculiar par de huéspedes cuando se había ido a visitar a uno de los colaboradores y amigo de su esposo. Ella no era débil pero parecía que el bandido que le hubo seguido desde que abandonó una tienda de sombreros pensaba lo contrario.

El ladrón se acercó hacia ella y le tomó del brazo bruscamente. Chrome estaba a punto de defenderse cuando algo —supuso que era un bastón— golpeó elegantemente un punto en el cuello del hombre.

—Creo que me pasé un poco.

La muchacha reconoció aquel idioma. Japonés. Su marido le había enseñado hace algunos años a hablarlo y a leerlo —por petición suya—. Pero el acento era ligeramente distinto al que ella y Mukuro poseían, posiblemente aquella fuese la lengua nativa del desconocido.

—¿Estás bien? —preguntó—. Oh, se me había olvidado que no puedes entenderme.

—Comprendo muy bien lo que dice —se vio en la necesidad de interrumpirle.

El muchacho de ojos color café se vio impresionado al notar que la joven le había hablado. Tal vez eso había sucedido porque a quienquiera que habían tratado de dirigirle la palabra les había ignorado completamente. En cambio, ella mantenía su ojo violeta en él, estudiando sus movimientos, atenta a cualquier acción que pudiera desencadenarse.

—Mi compañero y yo estamos perdidos —se escuchó un gruñido de la parte de atrás que sobresaltó un poco a la chica—. Venimos buscando a alguien pero no sabemos con exactitud el lugar en el que está. Si pudieras guiarnos con alguna persona que pueda entendernos y ayudarnos sería maravilloso. Y de gran utilidad.

Chrome escuchó las palabras de Takeshi y decidió que le interrogaría. Si algo salía mal, estaba segura de que podría defenderse.

—He viajado muchas veces en este país y, ciertamente, conozco a mucha gente —comenzó—. Si tuviera la amabilidad de decirme el nombre de la persona que busca y por qué lo hace, posiblemente pueda ayudarle.

—¿En serio? —el tono de su voz era alegre y aliviado—. Pero he sido muy grosero, permíteme presentarme. Mi nombre es Yamamoto Takeshi y mi compañero es Hibari Kyoya.

El pelinegro avanzó hasta ellos y dio una ligera reverencia, tal vez no le gustaran las multitudes pero el mostrarse educado era algo indispensable. No lo admitiría, pero había sido muy imprudente al salir de casa sin pensar en la situación en la que se encontrarían y, el que esa extraña mujer se haya decidido a ayudarles le reconfortaba un poco.

—Mucho gusto, yo soy Rokudo Chrome —se inclinó un poco, respondiendo al saludo previamente hecho por Kyoya—. Y… ¿quién es la persona a la que buscan? —preguntó después de haber observado detenidamente a ambos jóvenes frente a ella, supuso que no serían mayores que Mukuro.

—Oh, tal vez sea un poco difícil de encontrar. Es japonés, al igual que nosotros…

—Se llama Sawada Tsunayoshi —Kyoya interrumpió.

La sorpresa se mostró en el ojo violeta de Chrome, ese nombre era el del nieto de uno de los socios de Mukuro, él se lo había dicho. Ellos se dieron cuenta de su reacción, por lo que no tuvo más opción que hablar.

—Sé quién es —les dio la espalda y comenzó a caminar hacia su carruaje.

—¿En serio? —Takeshi preguntó y, al no obtener respuesta, caminó detrás de la mujer que no se detenía e instó al mayor a que hiciese lo mismo.

Cuando llegaron a su destino —un carruaje un tanto elegante—, el chófer se bajó y abrió la puertecilla mientras inclinaba ligeramente su cabeza. Una vez que Chrome estuvo dentro del coche, se giró hacia los dos extraños. Antes de que pudiese encararles algo, la muchacha le dijo que eran sus invitados y no había nada de qué preocuparse.

El hombre, un poco reticente, accedió a dejarlos subir y, tan pronto como estuvieron dentro, se dispuso a marchar hacia el hotel donde se hospedaban. El trayecto no duró más de veinte minutos y una vez llegaron al lugar —uno que ella consideraba seguro para hablar—, Chrome confesó que aún no le conocía en persona pero lo haría. Para prevenir su impaciencia, agregó que su marido era el que sabía exactamente quién era el muchacho y el lugar en el que este se encontraba. Reveló parcialmente la relación de trabajo que Mukuro tenía con Timoteo y se negó a decir más hasta que le hablaran con la verdad.

Kyoya se rehusó completamente y Takeshi suspiró. Comenzó a relatarle toda la historia, sin dejar algún detalle, desde el momento en el que Tsunayoshi le había confesado que se veía con Kyoya, hasta el momento en el que se habían bajado de un tren, continuando su trayecto por mero instinto. Rió en la parte en la que habían abandonado su país sin siquiera saber exactamente a dónde se dirigían pero la seriedad regresó a él una vez que comentó que harían lo que fuera necesario para traer de vuelta a su amigo, en especial él ya que le había herido antes con su rechazo.

Después de unos minutos de silencio, Chrome habló, decidida.

—Les ayudaré. Partiremos mañana por la mañana, si no tienen inconvenientes. Vayan a comer algo, yo me encargaré de pagar.


Los dos días en carruaje hasta su hogar le fueron entretenidos con un chico sonriente contándole cada cosa acerca de su país de origen y de un hombre que se negaba a dirigirle más de dos palabras. Cuando vio que estaba cerca de su hogar, se lo hizo saber a sus acompañantes, advirtiendo que tal vez su esposo no estuviera en casa pero que, sin duda alguna, accedería a ayudarles.

Grande fue su sorpresa al notar que no sólo Mukuro estaba en casa, si no que le estaba esperando con la puerta principal abierta.

El joven caminó hacia ella, con una sonrisa amplia en su rostro, sus ojos brillaban mientras ponían especial atención a los movimientos de aquel par de hombres que se encontraban atrás de su esposa.

—Mi querida y linda Chrome, creo recordar tu negativa a mi petición sobre un guardián que pudiese protegerte —comenzó mientras extendía su mano hacia ella—. Y ahora me encuentro con que no es uno, sino dos.

—Necesito hablar contigo —interrumpió. Su tono de voz fue apenas audible, pero Mukuro le escuchó claramente—. Por favor —añadió suplicante.

Le observó detenidamente y asintió, entrando a su hogar, no sin antes decir un "vigílalos" a Lancia, el chófer.


Chrome iba relatando poco a poco lo que sus compañeros de viaje —más uno que el otro— le habían confiado. Entonces, Mukuro lo notó, una luz especial en su único ojo, una luz que no había visto desde que conoció a sus amigos Chikusa y Ken, que había estado ausente después de que habían "adoptado" al pequeño y ruidoso Fran.

—¿Por qué quieres ayudarles? —preguntó con auténtica curiosidad.

La muchacha desvió su mirada y comenzó a moverse, intranquila, pero decidiendo revelar sus pensamientos.

—No… no tengo un motivo en especial. Sólo pensé me gustaría que ellos fueran felices… igual que yo.

No teniendo otra opción, Mukuro voceó su decisión.

—De acuerdo —dijo con un suspiro—. Les ayudaremos.

Y justo cuando pensaba en qué obtendría de todo aquello, las mejillas de la jovencita se sonrojaron, una amplia sonrisa adornó su rostro y una pequeña lágrima hizo acto de presencia; Mukuro también sonrió. Para él no había recompensa más grande que la felicidad de ella.


Tras anunciar su respuesta final, los japoneses no pudieron evitar sentirse un poco extrañados. ¿Realmente ese par de desconocidos les ayudarían así, sin ofrecer nada a cambio?

Al ver la postura nada relajada de sus huéspedes, Mukuro quiso dejar muy en claro lo que pensaba.

—A cambio de ayudarles, espero que puedan proteger a mi linda Chrome de cualquier cosa que pueda pasar.

—¿Eso es todo? —Takeshi preguntó incrédulo.

—Sí.

—¿No hay alguna ilusión o trampa en eso?

Al escuchar esa pregunta, Mukuro sonrió, no habría ilusiones, al menos no para ellos.

—No. Eso es todo. ¿Están de acuerdo?

Ambos intercambiaron miradas, Kyoya salió de esa habitación y ambiente sofocante y Takeshi se permitió contestar.

—De acuerdo. No rompas tu palabra.

Y él también abandonó el lugar, listo para que le mostraran la habitación en la que se hospedaría y dejando atrás a un Mukuro con una amplia sonrisa y un brillo extraño en sus ojos.

—No lo haré.


Esa misma tarde, en la biblioteca, cuando discutían los detalles del plan, el ambiente comenzó a ponerse un poco hostil. Kyoya se había molestado pues, según él, no recibiría órdenes de nadie; esto había enfurecido un poco al de cabellos azules.

—Que no se te olvide, pequeña ave, que estoy haciéndote este favor porque mi linda Chrome así lo desea.

—Nadie te pidió nada —Kyoya espetó.

Para evitar un enfrentamiento que sólo destruiría su casa y preocuparía a la muchacha, el joven de cabellos azules abandonó la habitación. Chrome se dirigió hacia el pelinegro.

—¿Sabes? Tú y Mukuro-sama se parecen mucho —dijo, causando que Takeshi riera y que Kyoya le observara como si estuviera a punto de golpearle. Ella, impertérrita ante la situación, continuó—. Ambos son capaces de hacer lo que sea por las personas que aprecian.

La risa de Takeshi murió y un brillo desconocido se mostró en los ojos acerados. El ojo violeta estaba clavado en los suyos, como si con ello quisiera sostener lo que había dicho.

—Tal vez —continuó— esa sea la razón por la que se detestan; pero no hay otra forma de hacer esto. Ten paciencia y el nieto del jefe pronto estará junto a ti. Te doy mi palabra.

Unos instantes más de silencio fue lo que ella necesitó para hacer que el hombre se doblegara ante sus palabras honestas porque, a diferencia del pasado, Kyoya no se equivocaba cuando observaba la mirada de las personas.

Asintió.

—¿Hay algo que sólo tú y Tsunayoshi conozcan? —al recibir una mirada de furia decidió que lo mejor era guardar ese secreto de su marido (temporalmente)—. No te preocupes, no le diré nada a Mukuro-sama.

No duda al hablar, después de todo, su ojo brilla de la misma forma que los de Tsunayoshi.

—Hay una canción…


—¿No puedes dormir?

Una voz alegre hizo que se sobresaltara un poco, arrancándole de sus pensamientos y recuerdos y alejando su mirada del libro que tenía en su regazo. El joven japonés de mirada avellana le observaba atento, sonriendo a modo de disculpa por haberle interrumpido.

—Estaba tratando de leer —respondió quedamente.

—¿Preocupada por Mukuro? —preguntó; él sabía cuánto la chica extrañaba a su marido cuando él no estaba.

—Un poco —admitió—. Pero confío en que regresará sano y salvo. Siempre lo ha hecho.

Takeshi se dirigió hacia el sofá frente a ella, tomó asiento y se relajó un poco. Por un momento sólo se escuchaban los ritmos diferentes de sus respiraciones hasta que Chrome volvió a hablar.

—Mukuro-sama me dijo que sería un poco brusco —ella supo que eso había atraído su total y entera atención—. No tienen por qué preocuparse, sólo aceleraremos las cosas.

Antes de que ella pudiera decir otra cosa o que el muchacho objetara, Kyoya entró en la biblioteca, sorprendido de verles a los dos ahí. Echó un vistazo a la habitación —asegurándose de que nadie más que ellos estuviera presente— y tomó asiento en un lugar alejado de los otros dos.

—Rokudo Chrome —Kyoya habló—. Si hay algo que pueda hacer por ti, sólo dilo.

Ambos se sorprendieron. Aquel hombre distante y estoico había puesto su mirada gris sobre ella, esperando por una respuesta que no llegó; aclaró lo que había querido decir.

—No me gusta quedar en deuda con alguien.

—¿Sabes? —interrumpió Takeshi, ganándose una mirada furiosa de parte del mayor—. Recordé el día que llegamos aquí. Hibari tiene razón; si hay algo que podamos hacer por ti, sólo dilo. Ustedes ya han hecho mucho por nosotros.

Takeshi le sonrió a la muchacha y esta se sorprendió un poco al descubrir que sus acompañantes también habían recordado el pasado.

—Gracias —dijo y sonrió.

—¿Mi señora? —una voz masculina se escuchó del otro lado de la puerta a la vez que daba unos golpes ligeros—. El señor Mukuro ha llegado.

Chrome se levantó en seguida y Takeshi le siguió. Kyoya se quedó ahí, esperando y pensando en que aprovecharía su insomnio para leer algo.


Cuando Chrome y Takeshi llegaron al recibidor, Mukuro se encontraba de pie junto a la ventana, con la mirada perdida hacia afuera. En cuanto este vio el reflejo de ambos en el cristal, se giró.

—Lo haremos esta noche —fue lo primero que dijo—. ¿Dónde está él? —añadió al ver que el otro ni siquiera había aparecido.

—En la biblioteca —Takeshi respondió y el de cabellos azules se dirigió hacia ahí.

—Será mejor que vayas a prepararte. Iré a verte en cuanto todo esté listo —Chrome le aseguró.

Y ambos partieron hacia sus respectivas habitaciones, la chica preocupada, el muchacho ansioso.


—¿No te cansas de estar encerrado? Oh, lo olvidaba, las multitudes son algo horroroso para ti —Mukuro dijo burlonamente mientras cerraba lentamente la puerta de la biblioteca—. Me temo que, a este paso, acabarás con mi colección —comentó tras haber visto la pila de libros que estaban perfectamente acomodados en la mesita frente a Kyoya.

Los ojos acerados sólo podían ver con ira a aquellos que tenían el escarlata y el azul en ellos. La compañía de la herbívora, Chrome, era tolerable hasta cierto punto dado que se mantenía en silencio cada vez que entraba a la habitación y sólo le molestaba para pedirle que le diera un libro de algún estante que para ella era imposible de alcanzar. Además le había recomendado uno muy interesante y que estaba en francés. Había extrañado leer en aquel idioma.

Mukuro seguía observándole, importándole poco el desafío que se imponía en la mirada de Kyoya. Entonces decidió caminar hacia una de las mesas que tenía en la habitación y sacó varias hojas sueltas de uno de los cajones. Leyó su contenido de manera rápida, ojeándole nada más, corroborando que esos fueran los papeles que había estado buscando. Caminó nuevamente con pasos silenciosos y se detuvo frente a Kyoya quien sólo podía verle molesto cuando notó los papeles a milímetros de su rostro.

—"Hasta los más esforzados y valerosos samuráis desfallecen frente al amor; porque el amor es el más fuerte de todos los poderes y es él quien gobierna al mundo" —citó seriamente, la burla que había estado en su mirada hacía unos momentos fue desplazada por determinación.

Kyoya, curioso por el cambio súbito de actitud, tomó las hojas y notó por el color del papel que eran muy antiguas y, de alguna forma, aún eran legibles. Los kanji se leían perfectamente, como si se hubieran escrito recién en un papel muy viejo. Cuando los tomó Mukuro dio media vuelta, dispuesto a marcharse. Abrió la puerta de la habitación y le dijo sin girar a verle:

—Muchos han considerado el harakiri pero no es tu estilo y, ciertamente, tampoco el de Tsunayoshi. Sin embargo… —pausó sólo para asegurarse que cuando dijera lo siguiente sus ojos se encontraran con los contarios— sé que eres muy orgulloso y que ambos son hombres de honor.

Entonces salió y la puerta se hizo cargo de separarles lenta y completamente. Kyoya observó la puerta y gracias a las palabras de aquél hombre que tanto detestaba comenzó a leer lo que le habían confiado.


—¿Le dio aquéllas historias? —Chrome preguntó incrédula pues el de cabellos azules jamás había compartido esos escritos con nadie más a excepción de ella.

—Sí —respondió relajado mientras la chica seguía acariciándole el cabello, desenredándole lentamente con sus finos dedos—. Creo que hubieras hecho lo mismo que yo.

—¿Por qué cree eso? —cuestionó inmediatamente.

—En esas historias se interponen dos cosas —hizo ademán de moverse, con lo que Chrome detuvo su empresa, y palmeó el lugar libre a su lado, indicándole a la jovencita que se sentara junto a él—: el amor y el código de honor. ¿Qué haces cuando tu código de honor, tu ley impuesta, se opone a lo que más te hace feliz? —preguntó mientras sonreía a la vez que Chrome se acercaba.

Ella respondió sin dudar.

—Si eres muy orgulloso tratas de mantener las dos —su ojo violáceo brilló ligeramente gracias a la luz de la habitación—. Quiero decir, si eres orgulloso piensas que puedes resolver cualquier situación que se te imponga por el hecho de ser tú, y si ese amor aumenta tu orgullo estás más que dispuesto a protegerlo.

—¿Y si se interpone alguien con una posición mayor que tú? Digamos, por ejemplo, ¿un simple conde a las órdenes de un gran rey?

—Comprendo —dijo Chrome—. En ese caso, tal como las historias, no quedaría más que el suicidio.

—La única forma de mostrar que uno aún conserva su honor y libertad —Mukuro habló con voz queda, como si lo que estaba diciendo fuera un secreto del que no quería que nadie más se enterase—. No obstante, en este caso, ambos aprecian la vida y difícilmente cometerían tal acto.

—Si eso es lo que le ha querido decir entonces estará en un dilema.

—No lo creo así… —sonrió una vez más y ante la mirada expectante de la muchacha decidió continuar— después de todo, hablamos de Hibari Kyoya.

—Y, aunque no sea un samurái, Yamamoto Takeshi está dispuesto a sacrificar su honor por el bien de ambos —completó Chrome.

Mukuro sonrió porque su esposa estaba en lo correcto. Si no fuera así, ¿cómo podría explicarse la presencia del joven con aquel que detestaba la compañía? ¿Cómo podría decir de alguna forma que negara su complicidad las acciones que había realizado?

Chrome recordó lo que Takeshi le había dicho, cómo Tsunayoshi le había ayudado y cómo él estaba dispuesto a hacer lo mismo.

—Tal como su padre, el chico posee el espíritu de un samurái —las palabras de Mukuro indicaban que éste había comprendido en su totalidad el mensaje de la chica y, también, demostraban que él sabía lo que ella pensaba.

—¿Qué es lo que hará, Mukuro-sama? —ella preguntó después de un rato.

El muchacho suspiró, parecía que difícilmente se le quitaría el hábito de llamarle así.

—Le daré una hora —tomó la mano de ella entre las suyas y les dio un ligero apretón—. Que lea y aprenda de ellas lo que pueda en ese tiempo. Después pasaré a buscar al otro. Pero, ahora —añadió—, quiero estar unos instantes contigo.


Notas:
La cita hecha por Mukuro es de Historias de amor entre samuráis de Saikaku Ihara.

Comentarios:
Antes que nada, ofrezco una disculpa por la demora, pasaron muchas cosas. No estoy muy contenta con este capítulo, sé que dejo muchas cosas aún y que puede ser muy confuso, aunque algunas de ellas se aclararán en los próximos dos capítulos (los últimos de esta historia).