...
SEX
IGNIS FATUUS
SEIS
FUEGOS FATUOS
La puerta de la biblioteca se abrió nuevamente y el de cabellos azules encontró las hojas perfectamente acomodadas en la mesa. Kyoya esperaba sentado, con los ojos cerrados, a que el recién llegado hablara.
—¿Lo has leído todo? —un asentimiento por parte del pelinegro—. Perfecto. Nos iremos en unos momentos —añadió y el hombre ahora le veía intensamente—. Tienes veinte minutos para prepararte.
Mukuro se hizo a un lado al ver cómo el hombre se levantaba tranquilamente y se dirigía hacia su habitación. Sonrió. Esta noche sería un poco entretenida.
La muchacha se dirigió hacia el cuarto de Takeshi una vez que su marido regresó a la habitación y comenzó a prepararse. Dos toques a la puerta fueron suficientes para anunciar su presencia pues, desde que habían llegado a esa casa, había dicho que esa era la forma en la que llamaba y así sus invitados y familiares podían saber que era ella. El muchacho abrió la puerta y, cuando Chrome le observó, notó que llevaba las mismas ropas que el día que le había conocido.
—¿Estás listo? —ella preguntó.
Takeshi asintió y afianzó fuertemente su bastón antes de abandonar, con una pequeña maleta en la otra mano, lo que había sido su habitación durante un corto tiempo.
El joven le ofreció su brazo a la muchacha, ésta lo tomó y a pasos cortos pero firmes se dirigieron hacia la recepción. Recorrieron los pasillos de aquella mansión en silencio y, entretanto, Takeshi veía las pinturas que adornaban los muros. Cuando llegaron a la escalera notaron que tanto Mukuro como Kyoya ya se encontraban junto a la puerta, esperándoles pacientemente.
Mukuro fue el primero en avanzar hacia ellos. En sus brazos llevaba un abrigo.
—Mi dulce Chrome —extendió la mano hacia la muchacha.
Takeshi tomó la mano de Chrome —lo que molestó ligeramente a Mukuro— y la depositó en la extendida del hombre con los ojos desiguales. Les sonrió a ambos y se dirigió hacia donde estaba su compañero de viaje.
—¿Estás nervioso? —Takeshi preguntó y, al mismo tiempo, pudo escuchar cómo su anfitrión le dirigía unas palabras a la muchacha y le colocaba en la pequeña espalda el abrigo que antes llevaba en las manos.
Kyoya lucía igual que siempre. Serio. Distante.
—Como si alguna vez fuera a estarlo, herbívoro.
La risa del muchacho atrajo la atención de los otros dos, quienes avanzaron hacia ellos y, segundos después, se encontraron abordando los carruajes que les llevarían a su destino.
Los caballos se detuvieron después de haberlos llevado durante una tortuosa hora. Mukuro se había bajado del coche en el que iba y se dirigió hacia aquel que era conducido por otro de sus ayudantes. Abrió la puerta del carruaje y notó el tenso ambiente en el interior.
—Es hora de irnos, Ave-kun —le llamó con sorna a la vez que sonreía—. Yamamoto Takeshi —se dirigió al otro—, ¿podrías hacerle compañía a Chrome en el otro carruaje? Creo que se encontrará tranquila con tu presencia mientras estamos ausentes.
—Claro.
Los dos japoneses se bajaron del carruaje y, mientras Takeshi cerraba la puerta para dirigirse al otro coche, Mukuro y Kyoya se veían envueltos en una niebla y rodeados por unas peculiares luces.
Abrió los ojos cuando algo dentro de él se lo ordenó. Lo primero que vio fue cómo el muro frente a él estaba siendo iluminado y el primer pensamiento que cruzó su mente fue que había amanecido… hasta que notó cómo la luz en la pared cambiaba de color. Si seguía en la misma posición —con la espalda hacia la ventana— no podría averiguar qué era. Al cabo de unos segundos resolvió que no podía seguir así, sintiendo que algo le observaba, así que se giró. Sus ojos se abrieron desmesuradamente cuando finalmente les vio. Eran esas pequeñas luces que había visto aquella noche que habían vuelto del concierto, cuando Gokudera tocaba el piano, sólo que ahora flotaban fuera de su ventana, subiendo y bajando, acercándose y alejándose de ella.
Tsunayoshi, un poco dudoso, abandonó su cama y a pasos lentos y cortos se dirigió hacia las luces. Una vez que estuvo lo suficientemente cerca, estas se alejaron, bajando. Cuando él hizo amago de retroceder, las luces se volvieron a acercar.
Los fuegos de múltiples colores estaban danzando, invitándole a dejar su tibia morada. Brillando aún más para que, de esta manera, se concentrara en ellos.
Entonces recordó las alertas de Gokudera y la negativa de su abuelo, el cómo Mukuro le había hablado de ellos y, no queriendo vivir sabiendo que le ocultaban algo, decidió seguir a aquellos seres.
Se vistió rápidamente, volteando de cuando en cuando para verificar que las luces seguían ahí, esperándole, mientras estas atenuaban su brillo. Poco después abandonó su habitación y procuró hacer el menor ruido posible dado que alguien podría despertar e impedir su salida. Cuando hubo bajado las escaleras y llegado a la puerta principal, echó un último vistazo a sus espaldas y, comprobando que no había nadie que le observara, salió de la enorme mansión.
Los fuegos fatuos esperaban por él a una distancia considerable y, una vez que estuvo a punto de tocar uno de ellos, iniciaron nuevamente su danza irregular, alejándose lo suficiente para que él les siguiera.
Y así lo hizo, pues su intuición le indicaba que no debía regresar.
En uno de los carruajes mientras esperaban a que la misión se completara, Takeshi sonreía y, con ello, había despertado la curiosidad de la chica del cabello violeta.
—¿Sucede algo? —preguntó al fin.
—¿Eh? —Takeshi abandonó su ensimismamiento para expresar en voz alta lo que había rememorado—. No, nada. Recordaba la vez que Xanxus llegó a ver a Mukuro y terminé peleando con él.
Chrome susurró un "oh" e inmediatamente sonrió. Xanxus, quien solo les visitaba por negocios, se había enterado de que Mukuro iría a visitar a su padre, Timoteo, y fue ahí para exigirle el porqué de ello. Grande fue su molestia cuando la dueña de la casa le dijo que el de cabellos azules se encontraba ocupado y por el momento no saldría a recibir a nadie, ni siquiera a él. El hombre se alteró en demasía y, al escuchar el alboroto, Takeshi se dirigió rápidamente hacia la muchacha (para ver si necesitaba ayuda) pero el hombre de las cicatrices le vio y no pudo evitar sonreír. Xanxus había sentido que la escoria frente a él podría entretenerle un rato, al menos lo suficiente para que aquel desperdicio saliera de su escondite.
El de ojos rojos no consideró que su oponente fuera alguien con habilidades decentes —jamás admitiría que eran más que eso— así que optó por no deshacerse de ninguna de sus prendas, después de todo, aquella lección no duraría más que unos segundos.
Había estado muy equivocado.
Pelearon hasta que, después de unos treinta minutos, el japonés le asestó a Xanxus un golpe tan fuerte en la quijada —con aquel bastón que siempre llevaba— que le había derrumbado y su labio terminó sangrando. Sentado, en el suelo y meditando lo que había pasado, Xanxus se percató de que una gota de sangre se había quedado impresa en su camisa.
Después del alboroto, Mukuro apareció y simplemente suspiró al observar los desastres que, tanto su residente como su no invitado, habían hecho. Tomó su chaqueta y se dirigió hacia la puerta, no sin antes decirle a Xanxus que se dirigía hacia la mansión de Timoteo, esperando que aquel hombre no se quejara en el camino.
—Creo que nunca había visto a alguien más pelear así contra Xanxus —la chica comentó aún sin dejar de sonreír ante el recuerdo.
—Lamento haber causado tantos desastres.
—No tiene por qué preocuparse, nuestros familiares han hecho peores cosas.
Takeshi soltó una carcajada.
—Me alegro de que no haya sido Hibari. Si hubiera sido él quién sabe qué podría haber sucedido —miró hacia afuera, notando cómo el clima comenzaba a cambiar. Esperó unos segundos antes de continuar—. ¿Crees que todo estará bien?
Chrome asintió.
—Según Mukuro-sama, la mano derecha del jefe ha estado saliendo últimamente, dudo que haya problema alguno.
Eso era lo que Takeshi deseaba.
En silencio se dedicaron a esperar, atentos a cualquier ruido que proviniera del exterior del carruaje.
Después de haber caminado por más de una hora, los fuegos fatuos a su alrededor se habían detenido completamente. Él les imitó e inmediatamente la niebla llegó y les engulló. La temperatura comenzó a descender.
Y ahí estaba él, anhelando que lo bueno de todas aquellas leyendas contadas por Mukuro fuese real; esperando al lado de una tumba, deseando que las luces le hubiesen llevado no a un tesoro, no a su muerte, sino al lado de la persona que más amaba.
Sin embargo, su ser racional le indicaba que aquello no era más que una estupidez, que era un idiota por pensar siquiera en ello. Súbitamente —e interrumpiendo su dilema—, los fuegos se extinguieron, dejándole únicamente con la niebla que se negaba a dispersarse. El frío comenzaba a envolverle y, como acto reflejo, comenzó a frotarse los brazos. Estuvo así durante varios minutos hasta que decidió que estaba muy cansado y regresaría a la mansión.
—Tsunayoshi.
Su nombre había sido pronunciado con esa voz tan conocida para él. Su cuerpo se tulló debido a la sorpresa.
—Herbívoro.
Le llamaron una vez más, esta vez con el apodo con el que se había dirigido a él durante tanto tiempo. No podía ser, ¿o sí? Finalmente, su cuerpo comenzó a moverse y Tsunayoshi trató de tranquilizarse, de normalizar su respiración. Se giró y, al hacerlo, se encontró con una silueta familiar. Un hombre alto, de cabello negro y ojos grises estaba frente a él, siendo ligeramente iluminado por luces blancas, moradas y azules.
Tsunayoshi avanzó hacia él y se detuvo cuando se encontró lo suficientemente cerca como para poder ver los rasgos de su rostro. Le observó por unos cuantos segundos, preguntándole con la mirada si podía tocarle. Los fuegos fatuos les rodearon e iluminaron de un ligero tono azul el rostro de Kyoya. Él sonrió —de esa manera tan suya que le volvía loco— y fue todo lo que necesitó para llevar sus manos a ambos lados del pálido rostro.
Kyoya se acercó al rostro del castaño, sus labios aproximándose a los contrarios, desviándose hacia la comisura y deteniéndose ahí sólo un momento para después deslizarse suavemente por una de sus mejillas. Pausó una vez más cuando llegó a su oreja, soltó un suspiro seguido de tres palabras que erizaron la piel del más bajo.
—Soy real, Tsunayoshi.
El susurro hizo que su cuerpo entero se estremeciera y que algo dentro de él comenzara a dudar. Decía que era él, ¿era cierto? Durante días estuvo viéndole en lugares y momentos en los que era imposible que el otro estuviese ahí. Pero podía sentir su respiración, le había tocado, le había dicho que era real.
Entonces, el pelinegro dijo algo en su oído que, sinceramente, había jurado nunca jamás volvería a escuchar.
—Parfois je me fâche avec toi, autres fois tu fais disparaître mes inquiétudes et quelques fois je me deviens fou avec t'entêtement.
Esas palabras —dichas con la misma seguridad y tono que la primera vez que les escuchó— hicieron que al fin admitiera que el verdadero Hibari Kyoya estaba ahí. Que, de alguna manera, se las había arreglado para alcanzarle y seguirle hasta Italia.
—¿Sabes hablar francés? —recibió un asentimiento por parte del otro. Se tornó un poco nervioso pero, aunque le "mordiera hasta la muerte" como castigo, quería hacer una petición—. ¿Puedes decirme algo? —Kyoya le miró impertérrito ante sus palabras—. Lo que sea, sólo quiero escucharte hablar.
Retiró las manos del rostro del más alto y se alejó ligeramente, lo suficiente como para mirarle directamente a los ojos. Sin que el castaño saliera de su estupor, continuó.
—Mais, si je ne t'aimais pas comme je le fais, mon monde ne se convertirait en abîme chaque fois que tu n'es pas.
—«Algunas veces me enojo contigo, otras haces desaparecer mis inquietudes y algunas más me vuelvo loco con tu terquedad» —Tsunayoshi recitó de memoria lo que Kyoya le dijo hacía tiempo, en la habitación del pelinegro—. Pero… pero…
Al ver que era incapaz de proseguir, Kyoya decidió hacerlo por él.
—«Pero, si no te quisiera como lo hago, mi mundo se convertiría en un abismo cada vez que no estás».
—Pero… ¿cómo? ¿Cómo es que…?
Había tantas cosas que quería preguntarle: ¿cómo te enteraste?, ¿cómo llegaste aquí?, ¿cómo me encontraste?; pero su boca no dejaba salir ninguna de esas cuestiones. Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que una risa conocida se hiciera presente y atrajera la entera atención de los dos.
—Tsunayoshi-kun —Mukuro apareció y la niebla fue dispersándose poco a poco. Kyoya se enderezó y dio un paso hacia atrás, lo que aumentó la distancia entre ellos—. Pareciera que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos, pero sólo han sido unas pocas horas.
A Kyoya aún no le agradaba aquel hombre —el cual era muy diferente a Chrome, de quien incluso había llegado a apreciar su compañía— y no pudo evitar ponerse en guardia. Tsunayoshi notó esto y decidió encarar y cuestionar a Mukuro, después de todo, aún había demasiado que debía ser aclarado. Le miró y con ello el de cabellos azules reaccionó y se puso en marcha.
—Vamos —les dijo—. Aún les queda mucho tiempo de viaje.
—¿Viaje? —las palabras del de cabellos azules habían interrumpido cualquier cosa que estuviera a punto de decir— ¿De qué estás hablando? ¿Esto es real? —el muchacho lo creía pero se decía que nunca estaba de más asegurarse.
Mukuro se giró.
—Pensé que había quedado claro que era real —hizo ademán de tocar una de las luces a su alrededor—, ¿no te habías encargado de eso, Ave-kun? —dijo con una sonrisa socarrona, empero, decidió cambiar el tema a lo que de verdad importaba—. Oh, pero si deseas quedarte aquí, con tu abuelo, habrás rechazado a la alondra y a tu amigo. Y mira que han venido desde tan lejos para poder encontrarte.
El joven de los ojos desiguales movió el brazo y giró la mano, posteriormente señaló un lugar. Los fuegos fatuos que habían estado rodeándoles comenzaron a danzar hacia la dirección que Mukuro había señalado, dejándoles así a oscuras y en la compañía de una densa niebla. Comenzó a caminar.
Kyoya permaneció donde estaba, sólo que ahora miraba el punto por el que Mukuro había desaparecido, dándole la espalda a Tsunayoshi. Esperaba su decisión.
El castaño, por otro lado, supo que no tenía nada qué pensar. Había sido un tonto al creer que Kyoya no sería capaz de llegar al punto de ir por él a una tierra desconocida. Sí, había sido difícil para el hombre —más aún cuando el pelinegro amaba su país— pero su orgullo y el amor que le había profesado eran más grandes. Y, ahora que lo pensaba, si alguna vez Kyoya desaparecía, él haría lo mismo, le buscaría hasta encontrarlo y pediría ayuda a Takeshi y a Hayato —éste, un poco renuente, le apoyaría—. Avanzó los pocos pasos que lo separaban del de la mirada acerada y cuando llegó a él se recargó levemente en su hombro, siendo incapaz de ver la sonrisa que se había impuesto en el rostro del más alto.
—Vámonos—susurró Tsunayoshi al mismo tiempo que acariciaba la mano del otro con la propia.
Kyoya tocó de manera fugaz los dedos de Tsunayoshi, evitando entrelazarlos. Dejó que el muchacho avanzara por sí solo antes de comenzar su andar a una corta distancia de él.
Vieron nuevamente a Mukuro unos metros más adelante, quien se encontraba analizando su mano enguantada bajo la oscuridad total de la noche. Tsunayoshi iba a decir algo pero la mano en su hombro le indicó que no debía, ese hombre era un misterio y aunque Kyoya había "convivido" con él, seguía sin comprenderle. Tal vez la única que llegaría a hacerlo en su totalidad era Chrome.
—Veo que has tomado tu decisión —dijo el de cabellos azules y Tsunayoshi asintió—. En ese caso, te pido nos acompañes.
Caminaron en silencio por unos momentos antes de que Tsunayoshi decidiera hablar.
—Esas luces… ¿te obedecen?
Las palabras llegaron de forma clara a oídos del muchacho.
—Tsunayoshi-kun —empezó. El castaño pensó que iba a evadir la pregunta—, ¿recuerdas cuando te dije que me gustaba jugar con los pensamientos de la gente? —sorprendido, el menor dejó salir un "sí" —. No sólo me gusta jugar con sus pensamientos sino con sus realidades… A veces esa es la única forma en la que puedes estar a salvo de los demás.
El castaño simplemente le miró, recordando lo que Mukuro le había confesado de su pasado. El cómo todas esas personas le habían tratado a él y a Chrome —especialmente a ella— le había convertido en el hombre que era y Tsunayoshi dudaba que algún día fuera a cambiar. Aún si no le agradaban del todo los métodos del joven, tenía que admitir que algunas veces las personas podían llevar su crueldad a extremos inimaginables.
Continuaron lo que Tsunayoshi percibió como horas —tal vez era su nerviosismo oculto al pensar que alguien descubriría su ausencia— y pensó que tal vez se habían perdido. Sin embargo, al ver a Kyoya caminar de forma tan segura, supo que iban en la dirección correcta.
Observó al pelinegro lo que la oscuridad le permitió. Se veía muy distinto con ropa occidental, con ese traje que dudaba quisiera volver a ponerse. Bajó la mirada hacia sus manos y pensó que quería ser acariciado nuevamente por ellas. Se sentía frustrado. Si Mukuro no le hubiera interrumpido… Suspiró. Decidió acercarse hacia Kyoya, lo suficiente como para caminar hombro a hombro, lo suficiente como para que, al andar, sus dedos estuvieran rozándose.
Kyoya sonrió.
Entonces Tsunayoshi recordó que Mukuro había mencionado algo sobre un amigo. Empero, cuando estaba a punto de mencionarlo, fue interrumpido nuevamente.
—Hemos llegado —el hombre con heterocromía anunció.
La niebla que se aglomeraba frente a ellos comenzó a desvanecerse poco a poco, dándole paso a una luz tenue que le permitió ver claramente un par de carruajes oscuros. Uno de ellos tenía adornos grabados en color dorado —Tsunayoshi lo conocía pues Mukuro había ido en él en múltiples ocasiones— y el otro carecía de decoraciones. El de cabello azul se dirigió hacia el primer carruaje y dio un ligero toque. La puerta se abrió, revelando con ello la silueta delgada de la esposa del joven. El castaño se dirigía hacia ella cuando la muchacha volteó y ordenó a alguien dentro del carruaje que saliera.
La sorpresa en los ojos de Tsunayoshi fue tal que, una vez más, pensó que todo aquello no era más que un sueño.
—Hola, Tsuna —Takeshi se encaminó hacia él y le dio un fuerte abrazo—. Creo que no esperabas verme —rió—. Es bueno ver que estás bien.
Tsunayoshi devolvió el abrazo con fuerza, si no se esperaba ver a Kyoya, mucho menos esperaba que Takeshi hubiera ido también hasta Italia.
—Muchas cosas pasaron —dijo Yamamoto a la vez que se separaba de su amigo—, pero todo eso lo sabrás después —asintió en dirección al de cabellos azules.
—Birds —Mukuro llamó al otro chófer que les acompañaba—. Asegúrate de que lleguen bien —se dirigió hacia el que consideraba un extraño par—. Alguien llamado Chikusa les estará esperando.
—Tengan cuidado —dijo Chrome a la vez que daba un abrazo afectuoso a Tsunayoshi y, cuando se separaron, le sonrió.
Kyoya se metió en el carruaje y, cuando el castaño estaba a punto de hacerlo, este notó que Takeshi no se había movido de su lugar. Tsunayoshi le observó durante unos segundos antes de vocear una pregunta cuya respuesta ya conocía.
—Yamamoto, ¿no vienes?
El pelinegro le miró y negó con la cabeza; avanzó hacia él. Le tendió la maleta que había preparado antes y, cuando un dubitativo Tsunayoshi la tomó, le abrazó nuevamente, esta vez más fuerte.
—Cuídate, Tsuna —dijo y se separó—. Tú también, Hibari. Algún día espero volver a verles. ¿De acuerdo?
Mukuro le tendió un papel doblado en el que estaba escrita una dirección y los nombres de las personas a las que deberían buscar. Sonrió y Tsunayoshi pudo ver que esta vez era diferente, que esta era una sonrisa verdadera. En sus ojos desiguales había una pregunta y él consideró apropiado el responderla.
—Estaré… no… estaremos bien.
Tsuayoshi abordó el carruaje y cerró la puerta. Birds se puso en marcha y los otros tres les vieron marchar de forma tranquila mientras los sonidos del coche disminuían hasta quedar en completo silencio. Mukuro pensaba que al fin todo había terminado, Chrome esperaba que llegaran con bien a su destino y Takeshi deseaba que el dinero y objetos valiosos —cortesía del par peculiar de anfitriones— que había en la maleta les sirvieran de algo.
Se subieron al coche que Lancia conducía y partieron hacia la mansión.
Sentado y escuchando nada más que las pisadas de los caballos, Tsunayoshi decidió arriesgarse y pasó su brazo por la espalda de Kyoya, sujetándole de la cintura. Había querido preguntar muchas cosas, desde el cómo se había enterado que estaba ahí hasta cuán difícil había sido vivir con el hombre que alteraba sus sentidos. Sin embargo, decidió que lo mejor era aprovechar esa oportunidad que se les había dado. Kyoya, en lugar de alejarse o devolver el gesto con un golpe, hizo que su brazo reposara en los hombros del castaño y, acto seguido, acarició su cabello. No les importaba que estuvieran en una posición un poco incómoda, ambos habían querido estar así desde hacía tiempo y ahora podían hacerlo.
—¿Hibari-san? —Tsunayoshi llamó.
Al ver hacia arriba y encontrarse con la mirada acerada, Tsunayoshi se separó levemente del muchacho y tocó su rostro. Acarició levemente la pálida mejilla y notó cómo el mayor se relajaba ante su toque. Sonrió y continuó.
—¿Sabes? Todo este tiempo no podía hacer otra cosa más que pensar en ti —susurró.
Se acercó y dio un rápido beso en la comisura de los labios de aquel que tanto adoraba. Kyoya se mostró sorprendido y le atrajo hacia sí, abrazándole fuertemente mientras pensaba que era su turno. Asió firmemente la barbilla del castaño y puso sus labios en los contrarios. Tsunayoshi respiró fuertemente, cerró los ojos y se acomodó, sin separarse, en una forma en la que ambos estuvieran cómodos. Un estremecimiento recorrió su cuerpo entero y su ritmo cardíaco aumentó ligeramente. El calor subió por su todo su rostro.
El beso terminó después de pocos segundos y, al abrir los ojos, Tsunayoshi no pudo quitar la mirada del rojo que adornaba las orejas de Kyoya. Iba a hacer un comentario burlón al respecto, después de todo, no todos los días se podía ver esa faceta del muchacho frente a él. Sin embargo, antes de que pudiese decir algo, el pelinegro se recostó en el asiento del carruaje y le jaló, llevándole consigo.
Tsunayoshi no ahora no le veía, pero estaba seguro de que el otro había adivinado su intención y ahora era él quien se reía. El castaño respiró y el aroma a lavanda le inundó los sentidos, permitiéndole relajarse completamente.
Cada uno encontró la comodidad y poco a poco sus ojos se fueron cerrando, pensando en las personas de las que no pudieron despedirse y deseando que las palabras que Tsunayoshi dijo antes de marcharse se cumplieran.
