IGNIS FATUUS


SEPTEM

IN AETERNUM


SIETE

EN LA ETERNIDAD


Las puertas fueron abiertas de par en par para permitirle la entrada a aquel enigmático hombre. Sus pasos eran ligeros, su andar elegante. Se acomodó un poco el cuello de la camisa y después llevó una de sus manos a su bolsillo, sacó el reloj que estaba ahí y notó que faltaba un minuto para la hora acordada. Sonrió.

—Por aquí, caballero —una mucama le recibió y abrió la puerta para él mientras intentaba evadir su oscura mirada. ¿Qué podía hacer? Las personas siempre tenían esa reacción con él.

Entró en la habitación que se suponía era la recepción, echó un vistazo y pudo notar que su amigo aún no había llegado. Justo cuando estaba a punto de corroborar la hora, alguien habló.

—Tú siempre tan puntual, Reborn.

El hombre se dio media vuelta y levantó un poco su sombrero a modo de saludo.

—Veo que aún tienes esas extrañas patillas.

—Por supuesto, Timoteo. Son mi punto encantador.

El anciano soltó una risa e instó a Reborn a tomar asiento. Éste lo hizo y esperó a que su anfitrión también lo hiciera. Inmediatamente, una mujer castaña llegó y preguntó algo a Timoteo. Éste respondió y la muchacha se retiró, no sin antes asegurarse de no dejar abiertas las puertas.

—¿Cómo has estado? —el anciano preguntó mientras se servía el té—. Hace mucho tiempo que no venías de visita.

Reborn esperó a que el té estuviera del todo servido y, cuando la taza estuvo frente a él, decidió tomar un sorbo y responder.

—Bien. He ido de aquí para allá.

Como era costumbre, el hombre prefería mantener como un misterio lo que hacía —al menos la mayoría de sus acciones—. Sonrió al recordar a un emocionado Hayato al haberle comentado que su adorado "Décimo" iría a Italia. Al notar la mirada de Timoteo sobre él, dejó que sus ojos se encontraran con los del anciano y pensó que no tenía más sentido el postergar aquello para lo que se habían reunido.

—Me sorprendió —soltó de repente.

—¿El qué? —Timoteo no apartó la vista de aquellos profundos ojos oscuros.

—Que Gokudera haya llegado y me haya dicho que Tsuna no estaba —hizo una pausa antes de continuar—. Ya ha pasado un mes, ¿no es así?

Timoteo sabía que el muchacho de cabello plateado seguía realizando algunos trabajos para Reborn pero no pensaba que informara sobre todo lo que sucedía en su hogar. Aunque debía admitir que eso no le molestaba, es más, hasta le reconfortaba un poco.

—Sí. Aún no hemos podido encontrar nada —suspiró de forma cansina, cerrando sus ojos y cubriéndose un poco el rostro con su arrugada mano—. ¿Cómo está él?

—¿Iemitsu? —el otro asintió. Reborn recordó las palabras que había intercambiado días antes con el hombre—. Está tranquilo.

El anciano apartó la mano de su rostro y dejó ver cómo un destello de incredulidad se había impuesto en sus ojos.

—¿En serio?

—Sí. Sabe que su hijo se ha ido —sonrió mientras ocultaba su mirada bajo el ala de su sombrero—. Me dijo que no le importa que le odie.

Iemitsu era un hombre muy duro y, a diferencia de otros, sabía respetar las decisiones que su hijo tomaba, aunque éste no lo viera así. Eran muy pocos aquellos que en realidad conocían las intenciones del rubio una vez que éste se proponía a hacer algo; entre ellos se encontraban Timoteo —quien siempre le miraba de una forma reprobatoria— y Reborn.

—Debe ser difícil para él —Timoteo comentó mientras daba otro sorbo a su té.

—Ser parte de un grupo que impone orden nunca es fácil. En especial si viste la ejecución pública de dos amantes.

Una emoción parecida al odio iba apareciéndose en los ojos oscuros al recordar la escena que, junto con Iemitsu, había presenciado. Gracias a la influencia de los extranjeros, aquellos cuyo amor había sido una vez envidiado por muchos era ahora despreciado. La mayoría tenían cuidado, al punto de convertir esa cautela en una obsesión. Sin embargo, un día, un par de muchachos —muy jóvenes si se les comparaba con Reborn— fue descubierto en una de las citas que habían acordado.

Les habían juzgado de una forma tan cruel que pareciese que el amarse era peor que asesinar a alguien.

Poco después les habían quitado la vida.

—Es obvio que no querrías que eso le sucediera a tu hijo.

—¿Interrumpo algo?

La nueva voz era un poco desconocida para Reborn, pero no para Timoteo. Mukuro había ingresado en la habitación y ninguno de los hombres se había dado cuenta de ello.

—Al contrario —el anciano respondió e inmediatamente cambió su semblante; animó al muchacho a tomar asiento. Éste obedeció —, llegas en buen momento. Reborn —se dirigió hacia el pelinegro frente a él—, este es Mukuro Rokudo, un socio y amigo mío —al notar la mirada inquisidora de Reborn, se encargó de aclarar la situación—. Le he pedido que me ayudara con la búsqueda de Tsunayoshi.

Los ojos negros escudriñaban sin disimulo al recién llegado: su cabello amarrado en una coleta baja, su traje negro y camisa blanca; sus ojos desiguales y enigmáticos, el símbolo extraño que uno de estos parecía tener. Tras deliberar unos cuantos segundos más, Reborn consideró que Rokudo no era de fiar pero confiaría en Timoteo y en su buena intuición.

Mukuro cruzó la pierna y mantuvo su mirada fija en el otro hombre. Sabía que debía cuidarse de él. Éste no era ingenuo como Gokudera.

—¿Has encontrado algo? —el dueño de la mansión preguntó.

El de cabellos azules entonces se giró hacia el pelinegro, adoptando una postura que le haga parecer superior al otro. Sonríe de una forma juguetona, expresando mucho y a la vez nada.

—Tal vez le interese decirle a ese amigo suyo que un ave me envió un mensaje —insinuó al recordar que había interrumpido la conversación sobre el padre de Tsunayoshi y, al mismo tiempo, las palabras que el muchacho les había dicho antes de partir acudieron a su mente—, "Tsunayoshi estará bien, es feliz".

—¿Alguno de tus hombres le vio?

Mukuro asintió.

—Al sur del país, en un puerto.

—¿Iba solo?

Otro asentimiento por parte del de cabellos azules y la duda aumentando por parte de Reborn. Los ojos del conocido de Timoteo brillaban de una forma incitante, juguetona. Reborn era muy bueno juzgando a las personas y muchas veces había oído decir que él nunca se equivocaba, si esto era cierto, el muchacho de cabellos azules no les estaba diciendo toda la verdad.


Hayato recordaba mientras esperaba a que los hombres encerrados en aquella habitación terminaran de hablar. Recordaba el haber abandonado la mansión poco tiempo después de haber hablado con Tsunayoshi. Aún no sabía por qué había cometido tal estupidez pero sabía que debía aclarar su mente un poco. Estaba molesto y, al mismo tiempo, preocupado. Su amigo había decidido sincerarse con él, había confirmado lo que él ya sospechaba.

Pero, ¿por qué se sentía traicionado? ¿Porque no le había dicho primero a él?

Recordó cuando habían sido niños, cuando Tsunayoshi, aún con todo el miedo que tenía, se había enfrentado a un perro para que dejase de molestar al de ojos color esmeralda.

Y, con la misma emoción que le había embargado cuando el otro le llamó su amigo, se había alegrado una vez que el telegrama de Reborn llegó anunciando el viaje del Décimo a Italia.

Se torturaba, lo sabía, pero no podía dejar de darle vueltas a lo que había pasado esa noche.

—Te tardaste —Haru le había recibido tranquila, sin alterarse en lo absoluto—. Esperaba a que llegaras, si no lo hacías, hubiera avisado al señor Timoteo para que me ayudara a buscarte.

La mujer siempre se preocupaba por cosas tan sencillas que lograba exasperarle.

—Oye, Haru.

Ella puso entera atención a lo que el de cabellos plateados estuviera a punto de decirle. Rara vez le llamaba por su nombre y, cuando lo hacía, significaba que quería comentarle algo importante.

—Dime.

—¿Crees en el amor?

La castaña debía admitir que aquella pregunta no era la que se esperaba y menos de la persona que la había formulado.

—¿Se trata de Tsuna-san? —le había respondido con otra pregunta.

Aunque Hayato comúnmente le decía que era una tonta, sabía que ella no lo era en lo absoluto. Tal vez Hayato era fácil de entender o tal vez era que ella se había vuelto muy observadora y había madurado con el tiempo. Tal vez era por esto último que, después de un matrimonio arreglado y varias discusiones, había aprendido a quererla con el tiempo.

—Eres su amigo —no esperó a que el otro dijese su respuesta—. Creo que es comprensible que te sientas así, sientes que le debes mucho y quieres protegerlo. Pero sabes cómo es esto —se levantó de su asiento y caminó hacia él. Le acarició levemente la mejilla y jugueteó un poco con un mechón de cabellos plateados—. Sabes que alguien siempre saldrá herido y que siempre se necesita apoyo de alguien más. ¿No fue así con nosotros?

Hayato suspiró. Tomó la mano de la muchacha entre las suyas, las apretó ligeramente.

—Tengo que irme. Luego regresaré.

Había regresado inmediatamente a la mansión, regañándose por no tener en consideración la hora a la que iba de visita, pero este era un asunto que debía resolver inmediatamente. Si no lo hacía, sentía que sería demasiado tarde. Sin embargo, su sorpresa fue grande cuando encontró la cama vacía, sin rastro de su amigo. Sus ruidosos pasos despertaron a los demás.

Se pusieron a buscarle por toda la mansión y sus alrededores pero no le encontraron.

—Gokudera.

Aquella voz le devolvió al presente y, ciertamente, no estaba preparado para ver a la versión adulta de aquel chico idiota que era parte del trío de su juventud. Traía el cabello muy corto, más de lo que recordaba —aunque se reprendió pues no había visto al otro en años— y sus ojos cafés no expresaban nada más que sorpresa.

—¿Qué haces aquí? —Hayato espetó, la incredulidad se mostraba en sus ojos color esmeralda.

En ese instante, Timoteo, Reborn y Mukuro habían decidido que ese era el momento apropiado para terminar su reunión, abandonando así la habitación en la que se habían encontrado hacía unos momentos. El de los ojos desiguales se adelantó a los otros y antes de que hubiesen escuchado la pregunta dicha por el de cabellos plateados, se dirigió hacia el muchacho de cabello negro que estaba a una prudente distancia del protegido de Reborn.

—Timoteo, Reborn —llamó a los presentes— me gustaría presentarles a Takeshi —Mukuro se encargó de mirar directamente a los ojos de los otros hombres, deteniéndose especialmente en los color esmeralda de Hayato—. Es un amigo de mi esposa.

La antipatía que Reborn tenía para aquel hombre no hizo más que aumentar y se preguntó si acaso eso era posible. El nombre del pelinegro le resultaba familiar. Se giró hacia Gokudera y, por la expresión de este, supo que el muchacho le conocía.

—¿Un amigo de Chrome? —el anciano preguntó—. Sin ofender, pero no sabía que su esposa tenía conocidos que eran de Japón.

—No hay por qué ofenderse —respodió Mukuro con un gesto de su mano, restándole así importancia al asunto—. Takeshi y un camarada suyo salvaron a mi dulce Chrome de ser asaltada, no es como si ella no hubiera podido sola contra el malhechor —añadió.

Timoteo se rio ligeramente mientras Reborn se encargaba de observar al muchacho con heterocromía. Hayato simplemente fruncía el ceño.

—Lamentablemente —prosiguió—, su viaje terminó. Desconozco el lugar al que pudo haberse dirigido después de que nuestros caminos tomaran rumbos distintos.

Hayato le observaba mientras escuchaba atentamente las palabras dichas por el hombre de cabellos azules. Años de haber convivido con él le habían enseñado que era un hombre que gustaba de jugar con los pensamientos de los demás, dejando escapar trozos de mentiras mezcladas con fragmentos de verdades al punto de que su interlocutor no pudiese distinguir la una de la otra. Sin embargo, parecía que Mukuro aún quería decir más, sólo que no sería en la presencia de Reborn o del de iris esmeraldas.

—Creo que es hora de retirarme —el de cabellos azules anunció—. Sin embargo, me encantaría que uno de estos días nos acompañase a cenar, Timoteo. Tenemos muchas cosas de las que hablar.

Mukuro se dirigió hacia Timoteo y le dio un caluroso abrazo al mismo tiempo que, sin que los demás pudiesen percatarse, deslizaba un sobre en uno de los bolsillos del saco que portaba el anciano. Éste, por supuesto, lo notó pero no hizo comentario alguno al respecto. Simplemente se preocupó en responder a lo dicho anteriormente por el joven.

—Será un honor.

El de cabellos azules sonrió y se dirigió hacia el otro caballero.

—Un gusto conocerle, Reborn —el susodicho simplemente asintió con la cabeza—. Nos vemos… Gokudera-kun —se despidió del menor y se dirigió hacia la salida, Takeshi siguiendo sus pasos.

Lentamente, al escucharle hablar así, Hayato lo comprendió. Que Tsunayoshi no había desaparecido, sino que se había ido por voluntad propia y Mukuro le había ayudado. Timoteo y Reborn se dirigieron hacia el comedor y él, con pasos apresurados, salió de la mansión, tratando de alcanzar a Mukuro.

—Tú tuviste algo que ver —dijo una vez le alcanzó. No era una pregunta. Hayato estaba molesto y no se preocupó en disimular el veneno en sus palabras.

Mukuro y Takeshi detuvieron sus pasos pero el primero no se tomó la molestia en girarse para ver al otro, cosa que el pelinegro sí hizo.

—No sé de lo que me estás hablando.

Hayato no podía verle el rostro pero sabía que el maldito estaba sonriendo.

—Por cierto, un ave me envió un mensaje para ti. Una alondra —Mukuro hizo una ligera pausa que para el de cabellos plateados se sintió eterna.

—¿Cuál es el mensaje? —las palabras fueron un poco confusas gracias a que se mantenía apretando sus dientes, su mandíbula firme, tratando de controlarse para no lanzarse y destrozar a golpes el rostro que tanto le molestaba.

—Lo he olvidado —su vocecilla divertida estaba volviendo loco a Gokudera y Mukuro disfrutaba de ello—. Pero hay una palabra que recuerdo —Mukuro se giró para poder encontrar con su mirada desigual a la esmeralda que rebosaba de ira, una sonrisa sabihonda se dibujó en su rostro y se encargó de disfrutar de la expresión del otro cuando, sin más, finalizó—: herbívoro.

Hayato no pudo hacer otra cosa más que observar la espalda de Yamamoto y del hombre que les había engañado a todos hasta que una fina niebla comenzó a envolverles, haciendo que pronto desaparecieran, como si les hubiese devorado.


FIN


Notas:

No me queda más que agradecer a quienquiera que haya leído esta historia, en serio, ¡muchísimas gracias!

Sé que hay algunos "huecos", que unas cosas sucedieron demasiado rápido; que debí haber investigado más, profundizado en otros temas... en fin, son cosas que espero arreglar con el tiempo, una vez que esta historia no esté "fresca" en mi cabeza. Cuando esto suceda, la corregiré, después de todo, no puedo dejar que la primera historia que hago con más de un capítulo quede así.

Anvaz, Yuuscath y Cyan Reed, muchas gracias por leer los capítulos de esta extrañeza y comentarlos, sus palabras me animaron en demasía y ayudaron a seguir con esta historia a pesar de todas las dificultades que, debo decir, fueron bastantes. Realmente lo aprecio.

Sobre la carta que Mukuro entregó a Timoteo: sí, la escribió Tsunayoshi. El contenido lo dejo a su imaginación.

Una vez más, muchas gracias.