Se me ha ido la olla escribiendo este nuevo capitulo, y dejé que las emociones me secuestraran. En este capitulo he añadido una especie de poesía que se me ocurrió en el váter mientras oía en el otro cuarto de baño a alguien ducharse. Creo que era mi hermano
Día 7 Mes Febrero Año 20XX Hora 10:30 AM
Ludwig había hecho una maleta pequeña para que le cupiese todo lo necesario que seguramente necesitaría en el viaje que iba a emprender. Estuvo hablando con sus amigos, pidiendo consejos a todo el que pudiera y ha haciendo listas y horarios de lo que tendría que hacer nada más llegar a Venecia, aparte de buscar un mapa y poder encontrar la dirección en la que vivía. Increíblemente, y dada la inmadurez de Isabel, consiguió tranquilizarle. A pesar de todo, sus consejos solían funcionar bien, por lo que no la cuestionó. El problema fue que no sabía descifrar su último mensaje. Era demasiado raro, y no parecía una metáfora.
'En medio de una tormenta no puedes volver atrás, y miles de gotas te debilitarán.
No es necesario ser un genio para saber que
si sigues emprendiendo el camino algo será capaz de matarte.
Solo confía en encontrar a una flor que cuidar'
Dejó de darle vueltas al asunto y empezó a prepararlo todo. Las cartas que necesitaba (Seguramente) para llegar allí. A parte de que la mitad de trayecto seria en coche y desde Lugano hasta Venecia iría en tren. El ojiazul sabe que este itinerario es una pérdida de tiempo y dinero, que sería más fácil y rápido entrar por Innsbruck, pero claro, dicha ciudad se encuentra en Austria, país enemigo. No iba a cuestionárselo. De todos modos lo más duro fue las despedidas. No porque fuere triste no poder volver a verle en meses o quizás que nunca regresara (lo que le hizo plantearse a Ludwig si su padre le quería tanto como para dejarle que se perdiera en Italia sin tener remordimientos).
No, lo peor era el pollo que estaban montando por su marcha. El discurso poético de Isabel (Se le está hiendo la olla), la sensual foto de Gilbert en calzoncillos para que no olvidara su asombrosidad (¿Quién hace eso?), la ametralladora favorita de Vash para protegerse (¡Quién lo diría, tiene corazón!), un lacito de papiroflexia de Lily, una flor de loto de Sakura, una chapa con una estrella de Alfred, un condón de Francis (¿¡Qué!?), un insulto y una amenaza de parte de Lovino y el que más le extrañó. Su padre le había entregado. Lo abriría luego, si eso.
- *snif* Mein bruder se está haciendo todo un hombre, y no ha necesitado que le haga la vida imposible para ello. ¡Francis, maricón, necesito un pañuelo, joder!
- Il n'ya pas, Gilbert. Los has gastado todos en los últimos diez minutos. 'Miento, Je ne me regrette rien'
- Scheisse, ¡PUES VE A BUSCAR!
-Eres suficiente mayor para buscarte los pañuelitos tu solo, Gilbo
- Oye, Fran, ¿está Gil borracho?
- Ni idea…
- ¡Gilbo! ¿Estás borracho?
-No lo sé… Pero solo sé que me acabe el alcohol… Y también el de las heridas… Esa mierda era buena.
-WAS!? ¿¡Estabais bebiendo alcohol!? ¿¡HICE UNA JODIDA LEY SECA EN ELL CAMPAMENTO PARA QUE OS LA PASEIS POR EL FORRO!?
- Anda, General, no se enfade. Que aparte su hijo se marcha y hay una pequeña posibilidad de que no lo volveremos a ver en mucho tiempo. Yo creo que no es normal preocuparse por el alcool. ¿Es que quieres quitarle protagonismo a Ludwig?
-De hecho yo no quiero protagonismo…
-Calla, que es tu día especial.
No, si al final le iba a entrar depresión y todo ¿Por qué tenía una familia y amigos así? Literalmente, se consideraba imbécil. Quizá tendrá tiempo para reflexionar. Todo esto mientras iba de camino a Lugano en un coche que él no podía conducir, claro, porque tenía 17 años; y sus conocidos llorando por detrás. Gracias que no había muerto, que si no…
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Tras lo que habían parecido siete horas con un margen de tres minutos, Ludwig se encontraba en un vagón del tren, que seguramente el viaje en tren serian seis horas haciendo escala en otros dos trenes, más los descansos, estaría en Venecia a las dos menos cuarto. Y no quería pensar en lo que le costaría encontrar a Felicia, porque, según le habían advertido, la chica solía tener bastante confianza con los desconocidos y era bastante probable de que la hayan engañado. Y que tenía muy buena mano con los postres, porque según le habían contado para prepararse para esta misión, llevaba haciéndolos desde que terminó tercero de primaria. Era posible que aquella chica fuera la que cantara en italiano y le diera el abrazo. Pero mientras Ludwig hurgaba en las esquinas más recónditas de su mente, empezó a ver circunstancias que por completo olvidó.
Recordaba cuando bailó con ella en el baile de invierno, o cuando la ayudó a limpiar para que no le echaran la bronca, y las tardes que pasaban juntos en el parque. Era su mejor amiga, pero sentía un cosquilleo cuando la miraba, pensaba sobre ella o hablaba con susodicha. También recordaba la conversación que tuvo con ella antes de marcharse. El prometió que le daría el regalo más importante para el que ella pudiera tener, y ella, ella le prometió que prepararía muchos postres para su regreso. El ojiazul sintió un pinchazo en el pecho. Tenía pruebas de que la misma Felicia que va a buscar para llevarla con su familia ¿Se acordará de él? Quién sabe. A lo mejor sí. Pero si ella se acordaba del teutón y ha estado preparando dulces para su regreso, el tendría que darle algo de gran valor sentimental. Pero no tenía nada. Ludwig se sentía como una mierda. No puedes aparecer después de ocho años diciendo que te has acordado de todo pero que te importa un pimiento. Ludwig no es tan de Tacto Frio, no como su padre. Como dicen, dale tiempo al tiempo.
De hecho, ahora que lo recuerda, no había abierto el regalo de su padre. Una caja roja atada con unos lazos negro y amarillo. A lo mejor era importante. No puedes esperarte nada coherente del viejo Beilschmidt. Con delicadeza, desenvolvió los lazos. Al abrir la caja, encontró un paño plateado envolviendo algo, que al quitar el pañuelo, se encontró con dos cruces de hierro y una nota ¿Dos cruces? ¿Por qué dos cruces? Espera, que no ha leído la nota:
''Ludwig, sé que esto es una tontería pero escúchame bien. Tú tienes menos probabilidades de espantar a las chicas que Gilbert, así que quiero que continúes si puedes la raza Beilschmidt. No importa que la encuentres ahora, pero entrégale uno a la chica que te robe el corazón y te corresponda. Incluso existe la posibilidad de que Gilbert encuentre a alguien, pero ¿Con tal ego seria dable? Haz lo posible y consigue que este viejo chocho sea feliz.
Saludos, German Beilschmidt''
Bueno, ya había encontrado respuesta al regalo de Felicia. Solo podía verla feliz, con los ojitos cerrados y las mejillas sonrojadas. No se estaba dando cuenta, pero mientras él se estaba durmiendo, sus sentimientos iban despertando. Solo podía ver las facciones de la muchacha, sus ojos ámbar, su pelo color cobrizo, su piel tan blanca como la bechamel. Y tan delicada, tan pequeña…como si estuviera hecha de mármol ¿Qué digo? ¡De porcelana! Daba gracias a que le hubieran asignado esta misión. Podría volver a ver a su preciada gema de oro. Y todo se volvió negro.
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Lo sabía. Llegó exactamente a las dos menos cuarto. Tras un viaje de diez minutos, llego a la plaza de San Marcos, según la nota que le dio Augusto, Felicia debía vivir en la calle Vallaresso…No…¡EL MUY IMBECIL NO LE HABIA PUESTO NI EL EDIFICIO NI EL NUMERO! Vamos, que va a tener que revivir las dos primeras semanas de entrenamiento. Precioso. No habían ganas. Cogió su bolsa, metió la cajita roja en un bolsillo, coloco su rifle en la espalda junto la mochila y comenzó a andar con el mapa en la mano izquierda y la dirección en la derecha. No había ni un alma en la plaza y la única iluminación que tenía era la luna y las farolas. Podía escuchar la laguna de Venecia de fondo. Era tranquilizante, siendo sinceros. Nada podía romper aquel silencio
De repente se oyó una sirena muy rara. Era muy seguida, con pequeñas variaciones, mientras se volvía más y más aguda. Era raro. Paro de sonar unos momentos y volvió a sonar, pero con más intensidad ¿De qué iba esto? Llegaba con una tranquilidad siniestra, de repente sonaba una sirena que no parecía una sirena sino un tono de móvil, y encima otaba algo raro en los pies. A Ludwig se le ocurrió la rápida idea de mirar abajo por solo un segundo. Tenía los pies mojados, sin decir de que toda la plaza se había inundado diez centímetros en una velocidad increíble. Si seguía a esta velocidad acabaría nadando en cinco minutos, y, seguramente, Felicia podría sufrir secuelas de la inundación.
Además Augusto le advirtió de que esto podría pasar, y que se vería fomentado por la luna llena, baja presión atmosférica y por el viento de mar Adriático. Se cumplían las tres condiciones. Empezó a correr, mientras el agua subía moderadamente, pero suficiente como para alarmarse. Daba gracias de que la calle estuviese tan cerca de la plaza, pero aun así era difícil avanzar. Tuvo que dar la vuelta porque no podía pasar por una zona, y tuvo que ir corriendo con todas sus fuerzas hacia Riva degli Schiavoni, porque era la única manera de llegar a la calle. Pero el agua le llegaba a las rodillas. Moverse ya era difícil de por sí, pues correr se llevaba la palma. Se supone que hay unas pasarelas subidas dos metros para que los turistas o la gente puedan pasear sin que el agua las moleste ¿Dónde estaban? En ese momento, Ludwig deseaba que los políticos no hubieran manipulados los fondos del proyecto MOSES. Sería una gran ayuda, dado que las inundaciones eran cada vez peores, pero ninguna llegaba a compararse con la de 1966. Apenas había llegado a un parque que había. 'Solo dos manzanas más y podré encontrarla'. Error. El agua le llegaba hasta la cintura. Empezó a desesperarse. Correr ya no le ayudaba, pero podría nadar. Inmediatamente descartó la idea porque habría más viabilidades de que se le mojaran los documentos oficiales que transportaba para entregar a Felicia y pudiera regresarla a su familia.
Tras pasar el parque el agua le llegaba hasta el ombligo. Estaba desesperado, agobiado, pesado y dolorido ¿Y si Felicia no estaba allí? ¿Y si se había enterado de que su abuelo y hermano estaban en Leverkusen y decidió seguirles? ¿Y si le odia después de todo este tiempo?
Gritó. Ya nada le importaba. Se olvidó de la misión por completo. Ya no era devolverla sana y salva con su única familia, o cumplir su promesa. Ahora era rescatar a su antigua amada. Sentía como su corazón latía a mil por hora, por la adrenalina y por Felicia. Sabía que las calles de Venecia eran pequeñas, y que la más grande llegaba a medir dos metros de ancho. Y le tocó pasar por una calle que por su juicio debía medir poco más de un metro. Intentaba correr, temía por ella.
Hubo una pequeña bajada de agua que le permitió esprintar hacia el fin de la calle. Pero sintió dolor. Y empezó a cojear. No era un dolor tradicional como agujetas o cuando corres por demasiado tiempo, no. Ludwig dirigió una rápida mirada hacia su muslo y vio lo que pasó. Un pincho de metal de veinte centímetros que estaba rota (Eradeunantirrobosdemetaldeunaventanabaja) había herido su pierna. Veía como la sangre emanaba de su muslo. Era incomodo, y si no se daba prisa, se infectaría. Por fin llego a la calle Vallaresso. Con el corazón a mil, le faltaba el alienta, estaba herido, y desesperado por Felicia, sin contar de que volvía a subir el agua. Se acordó de los papeles, y también de que estaban resguardados con una cubierta que los protegería del agua.
'Felicia'
Sentía que se iba a ahogar en cualquier momento, y que no sería capaz de nadar para mantenerse vivo por la herida, que era de siete centímetros de largo y un centímetro de profundo. Era obvio, necesitaba atención médica. Si Gilbert supiera que su hermano pequeño se heriría de tal manera, hubiera puesto el grito en el cielo, y movido cielo y tierra para evitar que fuera
-'¿Ludwig?'
Reconoció la voz de inmediato. Era dulce y suave, pero estaba mezclada con preocupación y algo de esperanza. Era como si esa voz la meciera. Era demasiado agraciada. Como un hechizo, como el de las sirenas de las que habla la Odisea.
-¡VE! ¡Ludwig, estás sangrando, ven conmigo!
El teutón dirigió su mirada a donde provenía la voz. Y la vio. Estaba en su balcón, cogiendo una escalera de cuerda torpemente, y a su lado había un caballete. La italiana ató dos puntas de la escalera a su balcón para luego lanzar la escalera donde el militar esperaba, sonrojado. Ludwig se apresuró a sacar fuerzas de donde antes no la tenia para trepar por la escalera.
El agua estaba subiendo de manera rápida. Ya había llegado al metro ochenta, es decir, ocupó un 78% de la ciudad. Cuando llegó a arriba del todo, intento seguir sacando fuerzas pero estaba fatigado, y Felicia pretendía ayudarle, pero con su tan poca fuerza, solo conseguía tirar un poco del uniforme. Al subir el balcón, se tiro al suelo de este, agotado, con una mano en muslo intentando que dejara de sangrar, mientras su otra mano en el peco, intentándolo tranquilizar.
-Ve… ¡Luddy, aquí traigo una venda, necesito que estés quieto para que te vende!, ¿sí?
-Was…?Uhm, Ja…
-Deberías tener más cuidado…
-Sí, pero…Aún recuerdo nuestra promesa
Heh. Me he superado. Este es el capitulo mas largo que habréis visto salir de mi. Seguramente(?)
Reviews:
Guest: ¡Increible! ¡Me hiciste promoción! A un amigo, pero que más da. Y sí, el culo de Lovino es como un peluche, de facciones redondas y perfectas, y blandito.
Voy a tener que trabajarme la relación de Ludwig y Felicia, no(?) Tschüss!
