Maldito juguete.
Era un hermoso día Domingo en la madriguera y, como en cada uno de ellos, los Weasleys estaban reunidos para pasarlo en familia. Risas, charlas, juegos y variados alimentos era lo que adornaba aquel lugar, como cada semana. Había llegado el momento en que, luego de un abundante y delicioso almuerzo, los adultos conversaban mientras los niños correteaban por el jardín, persiguiendo gnomos o compitiendo por quien hacía una magia más novedosa -a escondidas de sus padres, claro-.
Eran pocas cosas las que diferenciaban cada reunión de la otra, como el alimento elegido, tal vez la vestimenta, pero el resto siempre era más de lo mismo: Percy contando sobre sus logros laborales mientras Audrey, su esposa, asentía orgullosa; Bill ensalzando a su bella e inteligente hija, la cual era "tan parecida a su mujer", mientras ésta replicaba que la joven era en realidad "aún más hegmosa que ella"; Harry relatando sucesos de su trabajo de auror; Ginny contándoles la última travesura de James y sobre cómo se parecían Albus y su padre; Ron afirmando las palabras de Harry y acompañándolo en sus anécdotas y George siempre soltando alguna broma al respecto o mostrando su último invento; Hermione hablando también sobre casos de su trabajo o intercambiando datos sobre la crianza de los hijos con sus cuñadas y hasta a veces, recetas para alimentar a su glotones maridos. Otra diferencia radicaba también en que a veces estaba Charlie presente y otras no; este caso era uno en que estaba ausente, pero el resto era siempre igual.
Arthur y Molly se las ingeniaban para atender y responder a cada uno de ellos, aunque les hablaran todos al mismo tiempo. Como siempre decían, eran padres de seis hijos y por ello, estaban acostumbrados a escuchar, entender y responder a varias voces a la vez. El momento en que Molly dejaba la mesa para ir a limpiar o buscar algo era el que generalmente su esposo aprovechaba para contarle a su familia la última adquisición que había logrado para su "tesoro de artilugios muggles" —porque, aunque lo habían ascendido y ya no se encargaba del departamento contra el uso incorrecto de objetos muggles, de vez en cuando "ayudaba" a algún compañero sólo para poder acrecentar su colección— y ese día justamente, había adquirido una especie de aparato muy peculiar, que llamaba mucho su atención y que moría por saber de qué se trataba. Pero ese día, Molly parecía no tener ganas de levantarse… y su paciencia empezaba a agotarse.
Arthur era como un pequeño en vísperas de la navidad: Cuando quería realmente algo, la ansiedad lo dominaba a tal punto que llegaba a la desesperación. Molly lo conocía demasiado como para saber que su marido estaba impaciente por algo, ya que miraba sus manos con nerviosismo cada vez que empezaba un tema nuevo de conversación y la observaba más de la cuenta; a veces, le preguntaba si quería ir a descansar un poco o le sugería alguna actividad que la sacara de la mesa. Pero fue a la tercera vez que su esposo le pidió que encendiera la radio cuando terminó por asegurarse de que definitivamente, quería sacarla de allí… Y eso significaba una sola cosa.
—¡¿Volviste a traer uno de esos cacharros muggles, verdad?! —soltó, levantándose de la mesa y observándolo con los brazos en jarras y ojos acusadores.
Arthur empalideció e hizo una pequeña y tímida sonrisa que hizo que su esposa resoplara fastidiada y el resto de la mesa riera con ganas. Sabía lo que continuaría a eso… Estaba perdido…
—¡¿Cuántas veces debo decirte Arthur Weasley que no quiero esas porquerías en mi casa?! ¡No sabes el peligro que puede suponer el que traigas objetos que no conocemos y que…!
El regaño continuó por varios minutos, mientras el hombre bajaba cada vez más su cabeza y arrugaba el ceño en cada palabra vociferada por su esposa. Era tanto el bochorno del jefe de familia que sus hijos se apenaron y decidieron mejor dejar de reírse y tratar de ayudarlo.
—¡… peligre nuestra vida o la de los que estén cerca, pero nooo, tu no me escuchas y haces siempre…!
—Mamá… —se escuchó muy despacio, como un suave murmullo a lo lejos.
—¡… lo que quieres! ¡¿Recuerdas aquél palo de madera que era, según tú, "una inofensiva herramienta para jugar un deporte muggle" pero terminó siendo el causante del quiebre de dos de mis macetas?!
—¡Oh… el palo de gold! —rememoró George con una sonrisa.
—¿No será… golf? —preguntó tímidamente Hermione.
—¡Sí, sí, eso! —coincidió el gemelo, riendo —recuerdo que cuando averiguamos para qué servía, nos llevamos una decepción… ¡Qué aburridos pueden ser los muggles a veces! Así que con Fred decidimos cambiar la pelotita por unos gnomos y se hizo más entretenido —contó, ignorando el gesto de reprimenda de la castaña —. Eso sí, debo admitir que costaba más meter un gnomo dentro de un pequeño agujero que una pelota… pero era más entretenido —concluyó, intentando defenderse del gesto de acusación de su cuñada.
—Pero no era el palo lo peligroso Molly, sino los gemelos —acotó Arthur, intentando defenderse, mientras Bill, Ron y Ginny asentían.
—Créame señora Weasley que esos palos son inofensivos… Mis padres jugaban siempre al golf —comentó la castaña, intentando convencer a su suegra.
—Lamento decirte que tus padres son aburridos Hermione —bromeó George.
—¡El golf no es un deporte aburrido! —sentenció la chica, arrugando el ceño.
—Pego de todas manegas —habló Fleur, intentando pasar por encima de la discusión —Haggy y Hegmione están aquí, ¿no? Ellos sabgan si el apagatejo es maligno o no…
Bill sonrió complacido y abrazó a su esposa. Amaba cuando lograba dejar sin palabras a su madre.
Molly sólo pudo resoplar, vencida, sentándose mientras murmuraba muy por lo bajo: "Haz lo que quieras".
Luego de eso, corrió en busca de su última posesión, como niño yendo a buscar su regalo navideño al árbol. Todos esperaban expectantes, a excepción de Molly que torció la boca y se cruzó de brazos, fastidiada.
A los pocos minutos, Arthur regresó con el objeto en alto, para que todos pudieran verlo. Ginny y Harry se observaron con los ojos como platos, Hermione empalideció y el rostro de Ron se volvió de un rojo casi confundible con su pelo, aunque nadie se animó a decir una sola palabra. El señor Weasley enseñaba su adquisición con orgullo, mientras Fleur lo observaba con curiosidad: Era un objeto blanco, que parecía una especie de vela pero bastante más ancha, con una punta un tanto redondeada, cuya base parecía tener una pequeña tapa —que ambas parejas sorprendidas sabían bien, que era para colocarle pilas—.
—¿Acaso eso no es un…?
—Shh, no digas nada —rogó Ron a su esposa, intentando simular su violento sonrojo.
—¿Qué creen que pueda ser esto? —Curioseó Arthur, observando detenidamente el artilugio. Lo pasó de mano en mano, lo sacudió, lo miró de lejos y de cerca y luego se lo llevó a la nariz para olerlo, rozándolo suavemente por sus fosas nasales, sin ver los gestos de repulsión que hicieron Harry y Ron.
Molly —que no había podido evitar fijar su vista en aquel aparato—, llevó su mirada hacia Harry y Hermione, preguntándole sin palabras si aquello era seguro. Ante el asentimiento de su nuera, que fingía una sonrisa alentadora —aunque no sabía realmente si echarse a llorar o reír—, lo tomó con sus manos y comenzó a examinarlo de manera parecida a su marido.
—Me pregunto que será esto… —curioseó, tocando un pequeño botón que había encontrado.
El aparato, como bien temieron ambas parejas que conocían eso, comenzó a vibrar, asustando a la señora Weasley que soltó un pequeño grito y arrojó el objeto sobre la mesa, que empezó a moverse y hacer un molesto ruido sobre el mueble de madera. Ninguno se animó a agarrarlo —ni quienes conocían eso, ni el resto que mostraba algo de miedo también— pero al ver que Molly estaba aterrada, Harry pensó que tal vez debía tomar el suficiente valor y explicarles —dentro de lo posible— lo que suponía aquello.
—Quédese tranquila señora Weasley, no es peligroso… Sólo debe apagar el aparato para que… bueno… deje de vibrar —sentía como se le cerraba la garganta y no mejoró, cuando Ginny dejó escapar una pequeña risita.
—¿Pero entonces sabes lo que es esto? —preguntó su suegra.
—Eh… bueno… eso creo… —Harry miró a su esposa y a sus dos mejores amigos en busca de ayuda, pero Ginny sólo río un poco más, Ron negó con su cabezo y le hizo un gesto de "olvídalo camarada" y Hermione se mordió el labio, mirándose las manos, avergonzada.
—¡Yo se lo que es! —soltó Fleur de pronto, con esa emoción que a uno lo embarga cuando recuerda algo de repente —¡Lo vi en la televisión muggle! Recuerdo que lo estaba usando una mujer…
Ginny dejó de reír al instante; Harry se puso blanco como el papel; Ron volvió a enrojecer, llegando casi a quedar morado y Hermione cerró los ojos, llevándose ambas manos a la boca.
—¿Lo usaba una mujer? —Curioseó George — ¿Es un aparato para mujeres o también podemos utilizarlo nosotros?
—Cgeo que en un momento lo utilizó un hombge también —intentaba recordar la francesa, mientras Harry y Ron se miraban entre sí, espantados —. No entiendo muy bien pog que, pego pgimego estaba usando sus manos y luego cogió ese apagato y lo guemplazó… Guecuegdo que aquello la hizo muy feliz…
A esa altura, ninguno de los cuatro se había desmayado ni salido corriendo simplemente porque estaban paralizados, pensando de qué manera se salvarían de aquello. Cada palabra que decía la rubia hacía que temblaran un poco más… ¡Por Merlín que no especificara cual era el uso de ese aparato!
—Pero no entiendo… ¿Para qué sirve? —Indagó de pronto Percy, que hasta el momento sólo se había dedicado a observar todo sin involucrarse, pero ya la curiosidad lo había embargado por completo.
—Ah, ¿No lo dije? —preguntó, llevándose una mano a la frente y sonriendo —Que tonta soy… sigve paga…
—¿Es realmente importante eso? —interrumpió Ron, desesperado —. Creo que deberíamos ir a ver a los niños Hermione, creo que se están portando mal —le pidió, casi en un ruego, ignorando la mirada acusadora de Ginny y Harry, que le reprochaban el que quisiera huir de allí.
—Los niños se están pogtando pegfectamente —soltó Fleur, impasible —. Cgeo que tu quiegues llevagte a Hegmione pogque temes que te pida que lo uses —bromeó.
—¡Yo jamás usaría eso! —Ron había saltado de su silla.
—Uff, que flojo eres hermanito… Te compadezco, Hermione —sentenció la pelirroja, ignorando el leve codazo de Harry.
—No entiendo nada —murmuró Audrey, que también se había mantenido a un lado de todo ese embrollo hasta el momento.
—Ni yo —comentó Arthur, que hasta entonces había estado con el seño fruncido en estado de total confusión.
—¿Pero por qué estabas viendo televisión muggle? —curioseó Bill de pronto.
—Estaba abuguida pogque tú no estabas y los niños dogmían, entonces yo…
—¡¿Pueden decir de una buna vez para que sirve esa cosa?! —vociferó la señora Weasley.
Todos enmudecieron por un instante. Cuando Molly resopló cansinamente y volvió a sentarse, Fleur continuó.
—Sirve para mezclar alimentos.
—¡¿Qué?! —soltaron todos a la vez.
—Eso mismo… La señoga de la televisión estaba guevolviendo unas cosas y luego sacó un apagato paguecido a este que hizo que se mezclaga todo más gápido —detalló.
—¿Te refieres a… una batidora manual? —preguntó la castaña.
—Eso, sí… batidoga, eso es —puntualizó.
—¡Pero qué cosa absurda! —Comentó Molly —¡Mis batidoras no son así!
—No te olvides que ellos no usan magia mamá, por lo tanto necesitan algún mecanismo que las haga moverse por su cuenta —informó Percy, dándose importancia por su agudeza.
—Ahora que recuerdo… Yo tengo una amiga muggle que tiene algo parecido… tiene otra forma, pero vibra también —comentó Audrey, dirigiéndose luego a Harry —¿Existen de otras formas aparte de esta?
—Eh… Sí, creo que sí —respondió, sin atreverse a mirarla.
—¿Para qué se usa? —inquirió George.
—Es para el cuerpo y según mi amiga es muy placentero —Ron saltó de su silla nuevamente pero Hermione lo volvió a sentar, tirando de su brazo —. Es un… ¿Cómo se llamaba? —Audrey pensó por un instante hasta que sus ojos se iluminaron —¡Masajeador! Sí, sí… Es para masajear el cuerpo.
Todos la observaron extrañados, pero al instante la esposa de Percy comenzó a explicarles cómo se utilizaba… y fue ahí cuando todo se fue de control: Cada uno de ellos comenzó a pasarse aquel objeto por el cuello y la espalda, mientras reían y se alegraban de poder saber definitivamente para qué servía, a excepción de Ron, Harry, Hermione y Ginny que ni siquiera se atrevieron a tocarlo.
Llegó finalmente el momento en que cada uno se iba a su casa. Harry, Ginny, Ron y Hermione, a pesar de tener aún la impresión y el desagradable recuerdo en sus mentes de haber tenido que ver a casi toda su familia pasándose varias partes del cuerpo, un aparato que sabría Merlín en donde había estado anteriormente, aún así, estaban bastante aliviados de poder haber salido casi airosamente de todo aquello. Se despidieron, apenas mirándose, con la vergüenza todavía reflejada en sus rostros y partieron cada uno a su hogar.
Luego de acostar a los niños, Hermione fue a su habitación dispuesta a dormir y nada más que eso —ya que, además, estaba completamente segura de que su marido querría hacer lo mismo, al menos esa noche— y tal como pensaba, Ron ya estaba con sus ojos cerrados, fingiendo dormir, lo que le decía que ni siquiera quería conversar… seguramente temiendo que saliera ese tema —.
A la mañana siguiente, Ron despertó de buen humor. Se había dado cuenta de que estaba exagerando, después de todo, sus padres nunca habían podido averiguar el verdadero uso de aquel artilugio del demonio. Se arrimó a su esposa y comenzó a besar su cuello, mientras sus manos acariciaban sus piernas y comenzaban un lento camino hacia arriba.
—Mmm… veo que te has despertado de mejor humor —bromeó la castaña, devolviéndole el beso a su marido y colocándose sobre él, dispuesta a comenzar la mañana de la mejor manera.
Unos ruidos constantes empezaron a escucharse en la ventana. Hermione se viró hacia ella y comprobó que, efectivamente, se trataba de la lechuza de sus suegros. Se levantó para ir a buscar el recado —sabiendo que si no lo hacía, el animal continuaría con ese torturante sonido —y se sorprendió al ver que se trataba de una carta del señor Weasley, para Ron.
El pelirrojo la tomó, extrañado y se dispuso a abrir el sobre, mientras su mujer repartía pequeños besos por su rostro y bajaba sutilmente su mano hacia el cordón del pantalón piyama, para desatarlo. Intentando ignorarla —algo que se le estaba haciendo demasiado difícil— se dispuso a leer, en voz alta:
Querido Ron: Quería contarte lo que descubrí anoche cuando se fueron. Observé mejor el masajeador y resulta ser que la punta es bastante parecida a una parte de nuestra anatomía, (sabes a cual me refiero, ¿no?). Entonces (y espero que lo tomes como un adulto y no te enojes conmigo por esto) decidí comprobar qué pasaba si masajeaba en otros lugares más "íntimos" ¡Y funcionó de maravillas! Así que, ya sabes que puedes regalarle a Hermione para su cumpleaños…
—No puedo leer más —gimió el pelirrojo, dejando la carta a un lado.
Quitó a su esposa de encima y se llevó ambas manos a la cara, soltando, casi en un sollozo:
—¡Maldita sea! ¡Arruinaron mi vida!
Hermione, suspirando resignada, tomó la carta para quitarla de la vista de Ron y la llevó directo al tacho de basura, leyendo antes de tirarla:
PD: Ahora tu madre ama los aparatos muggles.
