Orgullo

No era la primera vez que lo hacía —ni mucho menos sería la última— pero tanto estas como las anteriores —y las futuras— siempre a escondidas. Y no es que no disfrutaba con su marido —porque, definitivamente, lo hacía, se repetía mentalmente una y otra vez— pero sin él también así que, ¿Por qué dejar de hacerlo? Siempre que llegaba, luego de que los temblores cesaban y sus gemidos se ahogaban por completo, caía en esa patética duda de si en realidad no se lo pasaba mejor sin él… Pero al instante negaba rotundamente, rechazando por completo ese pensamiento… Y no porque quisiera hacerlo sentir mejor a él, no… porque él no lo sabía. ¿Si se engañaba a si misma? Tal vez… pero nunca lo aceptaría. Lo único que tenía por certeza es que Percy jamás debería saberlo. Su orgullo no lo soportaría… ¿Cómo decirle a un hombre como él, que desde niño se sintió tan perfecto, tan importante y tan capaz, una cosa como esa? ¿Cómo hacerle entender que no era por él, sino por ella misma? Imposible, todo tenía que ver con él. Siempre había sido así y jamás cambiaría.

Su vida sexual en el matrimonio estaba bien… No era tampoco que tocaba el cielo con las manos, incluso, a veces tenía que fingir el orgasmo —¿Quién no lo había hecho alguna vez?— pero era buena… o aceptable… pero eso sí, ella necesitaba aquello. No tenía intensiones de dejarlo. Desde que era una adolescente que lo hacía y no iba a dejar de hacerlo porque estuviera casada, claro que no. Pero él no podía saberlo, no lo soportaría… No Percy, su Percy.

Y allí estaba ahora, rehaciendo la cama, escondiendo a su fiel amigo, "borrando las huellas del crímen" antes de que llegara su marido. A veces se imaginaba que él volvía más temprano del trabajo y la encontraba "con las manos en la masa" y sus reacciones variaban: a veces se escandalizaba, otras simplemente se hacía el desentendido; algunas veces se excitaba y se unía a su labor… No importaba cual fuera el desenlace, todas las variantes la ponían tan caliente a un punto tal que volvía a empezar su solitario y estimulante juego y acababa más fuerte que nunca. Entonces, si aquella idea la hacía sentir tan jodidamente bien, ¿Por qué no lo hacía realidad? Y era ahí cuando caía en la cuenta de cuan orgulloso era su marido… Percy no lo soportaría.

Por eso, cuando la habitación matrimonial estuvo "decente" nuevamente, se dirigió a la cocina y comenzó a preparar las galletas preferidas de su marido, imaginando con una sincera y soñadora sonrisa la reacción que tendría él cuando gustara de ellas. Y así fue; Percy llegó y luego de quitarse la túnica y colgarla adecuadamente para evitar que se ensuciara y se arrugara, besó la frente de su esposa y se sentó, feliz como niño con escoba nueva, a degustar aquel delicioso manjar. Audrey, como cada tarde, lo acompañó, sonriendo amablemente en cada exclamación de placer de su marido, sonrojándose cuando imaginaba que aquellos gemidos de placer se trataban de ella y no de unas galletas.

—Querida, no me canso de decirlo, estás galletas son fabulosas —repetía una y otra vez, con ese tono de voz orgulloso y aristocrático —. Eres la esposa perfecta.

—Me alegra que lo disfrutes cariño.

Y cuando el momento de la merienda finalizó, Percy se encaminó al baño para ducharse, mientras su esposa se disponía a limpiar la cocina, quitando con cuidado el sucio mantel, sin poder evitar imaginarse que era él el que lo hacía pero de un tirón, arrojándolo al suelo, para luego tomarla a ella y depositarla sobre esa, ahora, desnuda mesa y hacerle el amor de manera furiosa. Y otra vez comenzaba a sentir humedad en su intimidad y enrojecimiento en sus mejillas, por lo que apartaba esos pensamientos y continuaba con aquella labor de "esposa perfecta".

Y en el baño, las manos de Percy habían interrumpido el aseo y se habían detenido en aquella palpitante erección, que reclamaba ser acariciada urgentemente. Y así lo hizo, suavemente primero, urgentemente después, mordiéndose el labio y haciendo un esfuerzo sobrehumano para ahogar el estruendoso gemido que amenazaba con escapar de su boca… Si tan sólo lo liberara, para que su esposa lo escuchara y corriera hacía allí… Y lo viera en ese momento. Con sólo imaginarse aquella sensual escena, volvía a ponerse duro al instante. Pero no, no podía hacer eso… Audrey no era esa clase de mujer, no su Audrey.

Y la cena transcurrió tranquilamente, como cada noche. Y como cada noche, llegó el momento de acostarse a dormir, despidiéndose con un suave y tierno beso que continuó con él acostándose sobre ella, abriendo luego sus piernas con gentileza para, una vez más, hacer el amor con dulzura y delicadeza, mientras Percy fantaseaba con una mano enjabonada femenina y Audey deseaba ser una galleta.