Aquí estoy con el primer capítulo. Gracias por los comentarios en la introducción, espero que vayáis pillándole el sentido a la historia y que os guste y todas esas cositas.

Capítulo 1.

Danny.

- Te dije que era mejor el viaje a Santorini...

Le digo a Mery, intentando cerrar su maleta, sentándome en ella y aplastándola con todas mis fuerzas, tirando de la cremallera con ahínco pero con miedo a que se rompa y resoplando mientras ella se echa unos toques de perfume en el cuello y las muñecas. Ser el hombre de la pareja realmente apesta.

- Mery, ¿qué cojones llevas aquí? Que nos vamos dos semanas, no cinco meses- me quejo, y no me falta razón. Yo apenas si llevo dos vaqueros, tres bermudas, un par de camisetas, otro de calzoncillos, un bañador y las chanclas. Por el contrario mi mujer debe haber cogido medio armario para llevarse a la otra punta del mundo.

- El viaje a Santorini era demasiado cutre, cariño- me dice, besándome en la mejilla para hacerme la pelota y que no me enfade más.- Además, la reserva era sospechosa.

- ¿Qué tiene de sospechoso que te suban el desayuno a la cama?- pregunto, bajándome de la maleta, que parece que va a estallar de un momento a otro.

- ¿Y si nos envenenan la comida? A mi me gusta prepararme lo que como.

- Si nos envenenan no tendremos que volver a empaquetar toda tu ropa para cuando tengamos que volver.

Mery ríe con esa delicadeza que le caracteriza y se pone un sombrerito de paja en la cabeza, cubriendo un poco su pelo rubio. Se coloca las gafas de sol, adquiriendo la típica estética de guiri, y sale del dormitorio cargando su bolso, su bolsa de mano, y un abanico que no necesita porque todavía estamos en Londres.

Mientras, el pobre de mí, tiene que bajar la maleta de su mujer de la cama y ésta cae contra el suelo con un golpe sordo y amenaza con abrirse, pero gracias a Dios no lo hace, y puedo bajar a la primera planta para abandonar nuestra casa y partir hacia Isla Mauricio, una pequeña isla perdida en medio del Océano Índico.

Nos montamos en el coche, donde nos espera Keith para hacernos de chófer. Mery se sitúa en el asiento trasero y yo en el conductor mientras que mi amigo ocupa el puesto del copiloto. Vamos a estar dos semanas de luna de miel y tengo que dejarle mi preciosidad a alguien, y no hay en quien más confíe que en él. Si pudiera llevármelo al otro lado del océano, ten por seguro que el Lamborgini se vendría conmigo, pero no puede ser.

Conduzco con cuidado y lentitud hacia el aeropuerto, disfrutando la última conducción mientras Mery suspira con languidez.

- ¿Ya echas de menos tu casa?- pregunta Keith con una sonrisa divertida, mirándola a través del espejo retrovisor.

- Siempre que emprendo algún viaje tengo la sensación de que nada será igual cuando regrese a casa- dice mi esposa, en tono emotivo.

- Pero si te has despedido hasta de las plantas- le echo en cara. A veces tiene cosas que no son normales.- Todo va a ser exactamente igual cuando volvamos, ya lo verás.

Mery suspira con nostalgia y yo sigo conduciendo sin hacer caso a sus repentinos ataques de tristeza. Puede que sea la única mujer sobre la faz de la Tierra que eche de menos su casa en medio del bullicio de Londres en vez de pensar que le esperan dos semanas en uno de los parajes naturales más increíbles del mundo. Además, va conmigo. Van a ser dos semanas perfectas.

Finalmente, y tras retrasarlo lo más posible, llegamos al aeropuerto de Heathrow y a Keith se le iluminan los ojos cuando le tiendo las llaves.

- Protégelo con tu vida, como vea algún rayón cuando vuelva te juro que no vas a conseguir trabajo en veinte años- le amenazo, aunque sabe que estoy "en broma", porque sonríe y nos damos un abrazo.

- Pásatelo bien, hermano- me dice, golpeándome enérgicamente la espalda.- Nada mucho, duerme mucho, y folla mucho.

- Eso lo hago siempre.

Me pega un golpecito en el hombro con esa expresión en su cara de "jodido Jones" que todo el mundo me ha dedicado alguna vez a lo largo de toda mi vida, y abraza también a Mery para después ayudarme a desmontar las maletas mientras ella trae un carrito del interior de la terminal. Nos vamos dos semanas, DOS, y llevamos ropa para un regimiento...

Cargamos las maletas en el carrito metálico y nos volvemos a despedir de él, que se lleva una mirada inquisitiva de mi parte y el aviso de Mery de que avisaremos a nuestras familias cuando nos establezcamos en el hotel y se nos pase el jet lag.

Y caminamos hacia nuestra terminal entrelazando nuestros brazos y con la mirada brillante. Dos semanas en Isla Mauricio. Debe ser como ir al paraíso y luego no querer volver. Por que cuando volvamos, todo seguirá igual que siempre.

Harry.

- Isla Mauricio es una pequeña isla perdida en medio del Océano Índico que destaca por sus lagunas donde los distintos tonos de azul ilustran los fondos marinos y...- leo en voz alta el folleto de nuestro destino turístico mientras mi mujer ríe por enésima vez y trata de quitármelo de las manos, a lo que me resisto sin dejar de reír.- ...y el coral se confunde con...

- Harry, me lo has leído ya quinientas veces- me dice Kathy, que ha conseguido quitarme el tríptico de las manos y meterlo en su bolso mientras el taxista nos mira por el espejo retrovisor y reprime una sonrisa. Seguro que está pensando en él y su mujer recién casados. – Y no por más que me lo leas vamos a llegar antes.

- Menos mal, sino ya deberíamos estar allí.

Sonrío y le paso un brazo por los hombros, acercándola a mi cuerpo musculoso y sintiendo que dejamos atrás el calor asfixiante de California para dirigirnos a la pacífica calma de una luna de miel que se me antoja perfecta.

Estoy deseando llegar allí y poder alejarnos de la cotidianidad de nuestras vidas. No es que tengan nada malo o que quiera cambiar, pero la rutina siempre desgasta a una pareja y lo primero que me prometí al pedirle matrimonio a mi chica era que haría que cada día de su vida fuera diferente al anterior, que nunca se aburriese a mi lado. Y estas dos semanas podían ser un buen inicio, ¿no?

Un par de minutos después, el coche aparca en el sitio reservado para taxis del aeropuerto principal de California y me falta tiempo para pagarle, dejándole incluso una propina demasiado generosa, y recoger el escaso equipaje que llevamos para nuestra estancia de dos semanas en un paraje de ensueño. Cargo a mi espalda una mochila y arrastro la maleta grande en la que hemos compartido espacio para que no nos salga tan cara la facturación y mi esposa recoge los pasaportes y la bolsa de mano. La miro un instante y entramos al aeropuerto.

Caminamos un tanto desorientados hasta nuestra terminal, mirando sin cesar los pasaportes, los billetes y las tablas de embarque que cambian cada dos minutos y que se encuentran repartidas por todas las paredes metálicas de aquél lugar, y nos colocamos en nuestra fila, esperando a nuestro turno.

Tenemos las manos entrelazadas en un gesto instintivo, y aunque ella no se da cuenta porque no deja de morderse las uñas compulsivamente y mirarlo todo con sus grandes ojos verdes, sé que varias personas nos miran como si fuéramos los que somos, una pareja joven a punto de comenzar sus vidas. Qué cursi todo, ¿verdad? Pero estamos tan ilusionados que no podemos ocultarlo.

- Haz, prométeme una cosa- me dice, sonriéndome incluso con los ojos y abrazándose a mi cuello.

- Lo siento, los domingos son días de básquet, eso es sagrado- bromeo, haciéndome el digno y arrancándola una carcajada.

- No es eso, gil- me mira seria, pero no puede aguantarlo ni dos segundos y vuelve a sonreír. Es como un hada, se mueve a chispazos.- Prométeme que no me dejarás embarazada hasta dentro de un par de años.

- ¿Qué clase de promesa es esa?-pregunto sin dejar de reír y mirando a todos lados por si alguien puede haberla oído.

- En serio, que yo no quiero hijos todavía. Tengo veintitrés años- y esboza una carita que simula ser el gato de Shrek, con los ojos muy abiertos para darme pena.

- Y yo veinticinco, ¿y? ¿Cómo es posible que tenga más instinto maternal yo que tú?

Se ríe, pero no me responde, porque nos toca facturar y dejamos la pregunta en el aire. Es algo que ni siquiera hemos hablado o nos hemos planteado aún. Todo seguirá igual cuando volvamos de Isla Mauricio.

Muahahahaha. Junes everywhere.