Saludos~

En estos poco días que llevo a la prepa ya estoy inundada hasta el cuello de tarea D:, pero lo bueno que tuve este hueco para poder subir este nuevo cap :D

Wooooahhh, que les puedo decir? En verdad estoy emocionadísima!

Durante la semana, en la que empecé a recibir las notificaciones de reviews, no dejé de dar saltos de alegría (si tan sólo me hubieran visto, no cabía en mí de la emoción)... Son 10 reviews, pero yo los siento como si fueran mil! Quiero agradecerles a todos los que comentaron, y mil gracias más a los que me siguen o me pusieron en favoritos, que haya sido aceptada así en verdad me alegra :D

Contesté los comentarios uno por uno. Sí las pudieron ver? Sigo sin entender muy bien la página, con eso de que nadamás venía aquí a leer XD

Y bueno, aquí les dejo un capítulo más. Espero y lo disfruten :)


Capítulo 2: Cicatrices

Unos ojos esmeralda que ya antes había visto, ahora la observaban con un brillo que no habían tenido jamás. El pelo largo y alborotado de azabache era un poco más largo, y en su cabeza ya no había rastro de alguna máscara de hollow. Su piel ya no tenía ese color enfermizo, aunque seguía con un tono pálido no muy común. Sus mejillas ya no tenían esas marcas que asemejaban lágrimas. Fijó la vista en su pecho, esperando ver a través de él, y le impresionó muchísimo darse cuenta de que en él ya no había ningún agujero, y que en su lugar seguramente estaba latiendo un corazón.

Aunque bastante diferente, ese hombre era el Ulquiorra que había conocido casi seis años atrás.

Pero Orihime aún no podía creer que él estuviera ahí. Muchas habían sido las veces que ella se engañó creyendo que él salía de la nada para volver a estar a su lado. También habían sido muchas las ocasiones en las que se pasó por horas, encerrada en su habitación, hablando con la nada el tipo de conversaciones que solía tener, al pendiente de que una voz grave y fría le contestara. Pero nunca lo había imaginado tan real, tan… humano.

No se dio cuenta de cuánto tiempo se quedó mirándolo. Él le sostenía la mirada, con una expresión dolida pero calmada, a la espera de que ella fuera la que reaccionara primero. Insegura, se acercó lentamente, preguntándose si desaparecería cuando estuviera lo suficientemente cerca. Eso no pasó. Cuando hubo llegado a la sala, que era donde estaba él, extendió su mano, a lo que él correspondió haciendo lo mismo. Y cuando por fin se tocaron, terminando con lo que pasó justo antes de que él muriera en Hueco Mundo, supo que era real.

Después de eso, todo se hizo oscuridad.


El capitán de la décima división se encontraba realizando papeleo de rutina en su escritorio, con una notable expresión irritada al ver la torre de documentos que se encontraban a su alrededor. Toshiro Hitsugaya no había cambiado desde la guerra de invierno. Debido al lento paso del tiempo en la sociedad de almas, no había crecido casi nada, lo que le había valido muchas burlas de su teniente. No le importaba mucho, pero la frecuencia con la que lo molestaba siempre terminaba sacándolo de sus casillas. Matsumoto… Suspiró cansinamente y se frotó el puente de la nariz con dos dedos. El silencio en el que se encontraba en ese momento era sofocante. Los gritos y burlas de la rubia le hacían falta por más que no lo quisiera admitir. Aunque bueno… considerando el humor que ella traía por esos días, era casi lo mismo que estuviera como si no.

Sus pensamientos se interrumpieron cuando alguien llamó a la puerta.

—Hinamori —nombró a la teniente de la quinta división a modo de saludo.

—Hitsugaya… El capitán Hirako me manda para decirte que el traslado de Rangiku, Cifer y Kuchiki al mundo real ha sucedido sin complicaciones. —Toshiro volteó inconscientemente a ver el sillón delante de él, el mismo en el que Matsumoto solía dormir durante las horas de trabajo. Tampoco es como que se notara la diferencia a cuando estaba ahí, pues nunca hacía nada. —Y quisiera pedirte que me dejes quedarme aquí por un rato. Mi capitán no deja de ordenarme que le haga mandados.

—Vale, pero ayúdame con el papeleo de Matsumoto. Esa buena para nada se ha ido al mundo real sólo para dejar de trabajar.

— No digas eso Toshiro… Rangiku siempre se esfuerza a su manera. Estoy seguro de que si ella no estuviera por aquí serías más aburrido de lo que ya eres —Momo esquivó la mirada asesina del capitán sentándose en el sofá, de espaldas hacia él.

Toshiro suspiró de cansancio mientras dejaba el papeleo a un lado y miraba a su visita.

Eran vísperas del sexto aniversario del alboroto que causó Aizen Sousuke, cuando se fue a Hueco Mundo después de robar la Hogyoku. La verdad era que el ambiente en el Seireitei cuando se acercaban esos días, solían ser más fríos entre los comandantes y subcomandantes que entre el rukongai en general, pues ellos resultaron ser los más afectados. Matsumoto no era la excepción. Alrededor de esos tiempos, iba a perderse por ahí más de lo acostumbrado y frecuentemente se iba a embriagar a escondidas junto con Kira, además de que no sonreía mucho y dejaba de abrazarlo por atrás mientras lo ahogaba entre sus de por sí ya enormes pechos (aunque eso no era tan malo). Por ese rumbo iban las cosas en esos días.

Aunque en especial, la chica que ahora se encontraba frente a él, intentando huir de la explotación de su superior, era la que había resultado más afectada. Ella no se embriagaba o se perdía, pero acostumbraba ir de aquí para allá con un tono enfermizo en su cara; se le veía claramente deprimida y siempre estaba desconcentrada, incluso algunas veces la había visto con los ojos hinchados. Aunque ella decía que había superado todo eso, todo su ser demostraba lo contrario. Aizen había jugado con Hinamori de igual forma que los demás, pero la adoración que sintió (y tal vez sintiera aún, lo que le tenía preocupado) por él hizo que su traición resultara mucho más desastroso para su alma que cualquier otra herida corporal, que habían sido, en su caso, demasiadas.

¿Cuántas veces la vio en una cama de hospital por aquellos días? Recordó que él mismo la atravesó con su espada, y también recordó todas las veces que fallidamente intentó pedirle disculpas por eso, compensándolo con horas y horas de entrenamiento. Ella ya le había perdonado igual número de veces, pero el que la hubiera lastimado era algo que a duras penas había logrado superar. Ahora ya era lo suficientemente fuerte para proteger su cuerpo. ¿Pero cómo hacerse fuerte para proteger su corazón?

Hinamori se percató de la seria mirada de su amigo.

— ¿Qué sucede? —Le sonrió mientras sentía un leve rubor cubrir sus mejillas.

—Nada. — Respondió, apartando la mirada de la chica.


¿Orihime?

—No puede ser verdad… Es mi imaginación…

Hacía cerca de una hora que la chica se había desvanecido enfrente de Ulquiorra, debido a la repentina ola de sentimientos que se le vinieron encima. El chico la colocó en el sofá, pues creyó que se quedaría en esa condición durante al menos lo que quedaba de la noche, pero cuando la agitó suavemente tomándola de los hombros reaccionó enseguida. Aunque, al verlo de nuevo, comenzó a negar rápidamente y repitió una y otra vez las mismas frases durante todo ese momento hasta ahora.

—Orihime…

—Le he dado demasiadas vueltas y ahora tengo alucinaciones…

No sabía qué hacer. Orihime había caído en un completo estado de negación del que al parecer no saldría pronto. Paseó la vista alrededor intentando encontrar una solución, y vio en el piso el sartén que ella amablemente le había arrojado como recibimiento.

—Lo siento.

Con la esperanza de que su idea diera efecto, junto con un placentero sentimiento de venganza, azotó el instrumento de cocina contra la cabeza de la chica…

…Era increíble que Orihime tuviera la cabeza tan dura, ya que el sartén se dobló amoldando su contorno. ¿Qué podía hacer ahora?

Se estaba preguntando donde estaría la fuente de agua más cercana, cuando se percató de que Orihime había tomado la cazuela de su mano, lo miraba fijamente, y luego lo volteaba a ver a él.

—Has… arruinado mi sartén…

—… — Esa era una buena reacción. Se sentó junto a ella en el sofá y volteó a ver al televisor apagado. —Lo siento.

—No… No importa —Se originó un silencio un tanto incómodo, en el que Orihime lo seguía observando.

Su cuerpo y sus sentidos ya habían caído en cuenta de que el hombre que estaba sentado a su lado no era ningún producto de su imaginación, la prueba estaba en el trozo de metal deforme que sostenía en sus manos. Sin embrago, su mente aún no podía procesarlo por completo, pues el recuerdo de él que ella guardaba celosamente en su memoria era de un ser inexpresivo y estoico que había muerto como algo más parecido a una sombra que a una persona. Verlo ahí, como un humano cualquiera, disculpándose por haberla golpeado con un objeto inusual era ciertamente desconcertante.

Sintió que la cabeza le daba vueltas de nuevo, así que antes de que se desmayara otra vez, tenía que saberlo.

— ¿Cómo es que estás aquí?

Ulquiorra la miró. La explicación sería sencilla, pero lo que vendría luego era totalmente incierto.


Hasta aquí!

Este capítulo ha estado un poco corto, lo sé. Pero en el que sigue les soltaré más explicaciones, se los juro! Lo que quería hacer en éste principalmente era introducir a los shinigamis en la sociedad de almas, ya que en este otro barrio se desarrollará otra parte importante de la historia (chan chan chan)

¿Qué les ha parecido? Recuerden que comentando animan a los autores a que escriban mejor. *Lanza indirectas*

Bueno, me despido por hoy, y espero actualizar la próxima semana.

Saludos a todos y muchas gracias de nuevo por leer.

¡Byeeee!