Capítulo 3.
Harry.
La primera señal de que cuando una pareja va de luna de miel, va de luna de miel, es que no es estrictamente necesario que entable relación con otra pareja que no volverá a ver en su vida, como es mi caso.
Siguiendo la propuesta de Kath, nos montamos todos en el mismo coche tras cargar el equipaje en el maletero lo más apretujado posible para no tener que emplear la baca y perder tiempo atando las maletas para asegurar al vehículo. La mujer inglesa ha sido más rápida y más lista que los demás y ha tomado asiento junto al conductor, en el sitio del copiloto, y al resto nos ha tocado atrás, igual de apretujados que las maletas.
- Bueno...- dice Kath para romper el silencio, sentada junto a la ventanilla, yo en medio, y el hombre inglés a mi lado, mordiéndose los padrastros de los dedos.- ¿Cuándo os casasteis vosotros?
- El 14 de junio- responde él, mirando por su ventanilla también. Al parecer compartir taxi no le ha hecho mucha gracia.
- ¡El 15!- replica su mujer, girándose ofendida y reprendiéndole con la mirada. ¿A qué clase de persona se le olvida el día de su boda?
- ¡Nosotros también!- exclamo ahora yo. Es como si llevásemos vidas paralelas pero a kilómetros de distancia.
- Qué fantástico, ¿no?- ironiza Danny y le miro divertido.
- Tú estás muy tenso para estar de luna de miel, eh- le palmeo la rodilla con camaradería y gira súbitamente la cara para mirarme, con el gesto contraído. Me coge del dedo índice y aparta mi mano de él.
- Es el jet lag- gruñe.
- Ah, el jet lag...
Aguanto una risita y miro a mi mujer, intercambiando una mirada que parece decir: "menuda panda de pijos", y dejamos que el resto de la conducción se haga en silencio. A veces es mejor cerrar el pico que hablar y meter la pata, así que me limito a mirar el paisaje que vamos cruzando y jugar con los dedos de Kath entre mis manos.
Pasado un poco más de un cuarto de hora, el taxi se detiene frente a nuestro hotel. Es una edificación de piedra con la fachada cubierta casi enteramente por enredaderas en la que las ventanas parecen vistas al paraíso que se esconde dentro. Un cartel de cristal de distintas densidades indica su nombre con letra elegante, y tras la puerta de cristal se advierte la recepción.
El primero en bajar del coche es Danny, que parece que le pica el culo como si tuviera chinches, y se estira de un modo casi maleducado mirando la fachada. Da una cómica palmada y se pone manos a la obra mientras nosotros salimos también y repetimos su gesto. El conductor nos ayuda a sacar el equipaje del maletero y colocamos primero las maletas de los ingleses en un carrito del hotel, ya que son más numerosas y pesan más.
Sin darnos tiempo a reaccionar, cogen su carro y caminan hacia la puerta con él, agarrados del brazo y sin despedirse y, ni mucho menos, interesarse por el precio del viaje.
- Son 45 libras- dice el taxista en un inglés muy precario, tendiendo una mano con la palma hacia arriba y mostrando una sonrisa a la que le faltan un par de dientes.
- Hay que joderse- me quejo, sacando la cartera del bolsillo trasero y viendo cómo los guiris esos hacen vida por su cuenta.- Nos toca pagarlo todo a nosotros.
- No se habrán dado cuenta- dice Kath acariciándome el brazo y mirando a todos lados; sé que está ansiosa por empezar a disfrutar de esa luna de miel.
- Se han dado cuenta, Kath, claro que se han dado cuenta. Lo que pasa es que son unos ricachones roñosos. Esos se mueren de hambre antes que gastarse el dinero.
- Que les den por saco, nada nos va a amargar las vacaciones, ¿de acuerdo?- me coge de los mofletes y a duras penas puedo asentir con la cabeza antes de recibir su beso emocionado. – Vamos adentro.
Pago al taxista y arrastramos nuestro carrito hasta la entrada. Los ingleses siguen en el mostrador de recepción y en lugar de esperar nuestro turno, me posiciono a su lado y pico la campanita para que nos atiendan también a nosotros.
Un par de minutos después aparece un chico rubio y menudo, de ojos claros (y con el brazo derecho totalmente tatuado) y que apenas si llega al mostrador y nos mira a los cuatro desconcertado y un poco abrumado. La chapita que cuelga del bolsillo de su camisa dice que se llama Doug.
- Esperen un momento a que salga el director- les dice a los ingleses, que al parecer tienen problemas con la reserva.- ¿Querían algo?
- Sí, hicimos una reserva a nombre de Harry Judd hará unas dos semanas- asiente enérgicamente con la cabeza y teclea algo en el ordenador. Está sudoroso y se le ve muy nervioso, debe estar en prácticas.
- ¿Puede repetirme el nombre?- pide achinando los ojos.
- Harry Judd. Con dos 'd'.
- Oiga, perdone, ¿va a tardar mucho en salir el director?- exige el inglés, golpeando el mármol del mostrador con sus enormes y deformes dedos.
- ¿Problemas con la reserva?- pregunto esbozando una sonrisa pedante e hincándole el codo en las costillas porque al parecer el contacto físico le asquea.- Hay que pedir con tiempo...
- Pedimos con tiempo, ¿vale?- contraataca, mirándome como si fuera la cosa más odiosa del mundo.- Debe haber algún error.
- Será el jet lag- respondo, cachondeándome un poco a su costa.
- Señor- dice el recepcionista, y Danny y yo le miramos, pero él se dirige a mí y me tiende una tarjeta.- Su llave. Habitación 4. Que tengan una feliz estancia.
Esboza una sonrisa casi profesional y tomo la tarjeta de su mano suspirando teatralmente, para darle envidia a los ingleses.
-La tendremos, muchas gracias- le devuelvo la sonrisa y me giro hacia Danny.- Y suerte.
Agarro las maletas y Kath y yo nos dirigimos a nuestra habitación, a empezar a disfrutar el uno del otro.
Danny.
- ¿Pediste con tiempo o no?- me pregunta Mery una vez los yanquis se han alejado con sus sonrisitas y sus cursilerías de recién casados.
-Hice la reserva después de la boda. ¿Una semana te parece poco?
- Pues sí, tenías que haberla hecho a principios de junio, tal y como te dije- ya empezamos con las órdenes...
- Está bien hecha la reserva, ¿de acuerdo? Dí el número de tarjeta y me cobraron la señal, joder- exclamo, empezando a enervarme de verdad.
- Vale, tranquilicémonos, que empezamos bien la luna de miel.
Ni que lo diga. Sigo tamborileando con las yemas de los dedos el mármol blanco del mostrador y el chiquillo rubio reaparece, acompañado por el que supongo y espero, es el director del hotel. Es también rubio pero más alto y con ganas negras de pasta fina. Viste una camisa blanca de algodón y pantalones claros. ¿Y la corbata? ¿Y la chaqueta? ¿Qué seriedad es esta?
De cualquier manera, se acerca a nosotros fuera del mostrador y tiende una mano fina y blanca, esbozando una sonrisa. No tiene pinta de director.
- Tom Fletcher, para servirles- se la estrecho y nos olvidamos del muchacho.- Tengo entendido que han tenido contratiempos.
- Contratiempos no, es que según su... recepcionista, no hay reserva- le digo, tratando de controlar los nervios.
- Pero usted la hizo, ¿correcto?
- Correcto.
- Entonces debe haber habido algún problema de trámites ajeno a ustedes. ¿Cuándo hicieron la reserva?
- La semana del quince de julio- asiente profesionalmente y se rasca la barbilla.
- Revisaremos los cuadernos, no se preocupen. Por el momento, pueden hospedarse en cualquiera de nuestras habitaciones libres. Si hay cualquier otro contratiempo, nosotros mismos se lo solucionaremos- la seriedad que transmite consigue que me calme un poco y asiento esta vez yo, respirando hondo. Nos acercamos de nuevo al mostrador y se dirige al chico rubio.- Dougie, asígnales cualquiera de las habitaciones que tengamos disponibles.
- Como usted diga- Dougie se apresura en teclear en el ordenador y el señor Fletcher desaparece por la puerta de su despacho tras repetirnos que lo solucionarán todo en el menor tiempo posible. El recepcionista nos entrega una tarjeta con una sonrisa de libro.
- Habitación 6. Que tengan una feliz estancia.
Mery la toma de sus manos y me digo a mí mismo que eso espero, ya que al perecer empezamos con el pie izquierdo. Enfilamos el pasillo que comunica con la parte de las habitaciones y arrastro el carrito hasta nuestro cuarto. La puerta es de madera clara y la habitación espaciosa y muy luminosa. Consta de una cama de matrimonio enorme, perfectamente hecha y de sábanas blancas, decorada con cojines en tonos celestes y un par de sillones distribuidos casi por cada esquina. Una tele de plasma situada frente al colchón, un escritorio de madera pegado a la pared, y dos puertas, una para el baño y otra para el armario. Una de las cuatro paredes es enteramente de cristal, un enorme ventanal, a través del cuál puede verse el Océano Índico. Estamos tan cerca que parece que colgamos prácticamente por encima de él, como si sólo con salir a la terraza, pudiéramos tirarnos a sus aguas.
- Guau- digo con la boca abierta cuando acomodo el carrito en una esquina de la habitación.
Mery abre las puertas del balcón y el olor a salitre se cuela instantáneamente en la alcoba, acompañado por una suave brisa que hacer mover los visillos. Sonrío casi sin pretenderlo, este sitio es el paraíso.
- Más que guau- dice ella, saliendo de la alcoba y ojeando la terraza, que también es enorme. Se apoya contra la balaustrada de piedra y acudo junto a ella, pasando mis brazos por su cadera y apretándola contra mi espalda, acomodándonos el uno en el otro para disfrutar por primera vez de esas vistas. Es realmente impresionante.
- Va a ser una luna de miel perfecta- le susurro al oído, besando su lóbulo con delicadeza.- Ya lo verás.
Siento cómo sonríe y se gira, con esa luz en sus ojos castaños. Está más guapa cuando sonríe que cuando se queja por todo. Pasa sus brazos por mi cuello y me besa juguetona, apretándose contra mí, y le capto las intenciones. ¿Qué mejor manera de empezar una luna de miel que probando la cama?
Resulta que hay más gente Junes de lo que yo pensaba. Si queréis que os avise cuando suba, ponédmelo en un comentario :)
