Muy buenas. Si no me llega a recordar Ariana que tengo que subir capítulo, ni me hubiera acordado, así que culpadla a ella de poder leer este capítulo (que viene sin corregir porque no me apetece releerlo y son ocho páginas de word, OCHO PÁGINAS DE WORD, así que perdonadme si hay alguna falta grave).

Añadir que sólo subo cuando tengo un par de capítulos más escritos que me sirvan de colchón para que la historia no quede incoherente, y el ocho no está terminado, así que probablemente tarde más aún en llegar que este. O igual le escribo esta noche y le subo mañana, vete tú a saber...

Y eso, que espero que os guste *japi feis*.


Capítulo 7.

Danny

Ay. Ayyy. ¿Alguna vez has bebido tanto que parece que tienes miles de hombrecillos pequeños del tamaño de una pulga celebrando una batukada en el epicentro de tu cerebro, del que parecen escaparse todas tus ideas y provenir ese infernal dolor que hace imposible hasta abrir los ojos e incluso respirar? Pues lo mío es mucho peor. Por el amor de Dios, tengo veinticinco años, no puede ser posible que una borrachera me siente tan mal.

El sol está por todas partes, todo se llena de luz y yo escondo la cabeza bajo la almohada, dispuesto a no salir de aquí ni aunque llegue el fin del mundo, lo cuál parece estar desarrollándose entre las paredes de mi cráneo. Creo que anoche bebí tanto que la materia gris se ha fundido con la blanca y ahora han formado una maraña de nervios inservibles. Que alguien me arranque la cabeza, por favor.

Mery canturrea de un lado para otro, moviendo ropas, maletas y abriendo cajones. ¿Nos vamos ya? ¿De verdad he sido capaz de dormir dos semanas seguidas y no me he dado cuenta? ¿A qué día estamos?

- Meryyyy...- murmuro su nombre con voz arrastrada sintiendo ese molesto y uniforme "pum pum" de mi corazón resonándome contra los tímpanos, y abro un ojo. Mala idea.- ¿Puedes, por favor, dejar de hacer ruido?

- Puedo.

Pero está claro que no quiere. Continúa con lo que Dios quiera esté haciendo y yo meto de nuevo la cabeza bajo la blanca almohada. "Pum pum". Maldito corazón, qué ruido hace. Intento volver a conciliar el sueño y esperar que la madre naturaleza haga su trabajo por sí sola, porque levantarme a buscar una aspirina y bajar la persiana es en estos momentos una autentica proeza para mí, cuando la sábana desaparece de encima de mi cuerpo y seguido de ella, va la almohada.

- A levantar- me insta mi mujer, tirando mi coraza de plumas al suelo para que tenga que levantarme si quiero recogerla.- Si eres mayor para beber, eres mayor para afrontar la resaca.

Y termina su regañina de madre con un "tenemos que aprovechar el día" que le recordaré hasta la saciedad como se le ocurra quedar de nuevo con la mujer del americano.

El americano. Siento que me despierto del todo al pensar en él. Anoche salimos a cenar y luego nos fuimos a un karaoke en el que perdimos un par de horas cantando y haciendo un poco el memo mientras decenas de chupitos descendían en caída libre por mi garganta. Hagamos una simple ecuación. Danny, más chupitos, más persona non grata para él, igual... A desastre. No hace falta saber sumar. En mi vida diaria y ordinaria, es decir, sobrio, suelo ser bastante cobarde, pero dame un par de copas que me convertiré en el ser más deslenguado, maleducado y sincero sobre la faz de la Tierra. Y el americano debe haberse llevado un par de adjetivos descalificativos de mi viperina lengua...

Termino por obedecer a mi mujer y camino hasta la ducha arrastrando los pies y dándome cuenta que llevo aún la camiseta del día anterior, que huele a alcohol, tabaco y perfume de hombre que no es el mío. Me la saco por los hombros y la olisqueo acercándomela a la nariz. Como si se tratase de una película, mi mente rebusca por el baúl de los recuerdos (tremendamente revuelto ahora mismo), y trae ante mí la imagen de un Harry recién duchado plantado en la puerta de mi habitación esperándome para ir a cenar, un Harry saliendo de la tienda de barcos más feliz que un regaliz sonriéndome porque me he tropezado con el escalón, un Harry achispado y divertido cantando Love to Love en falsete en el karaoke a las tres de la madrugada, un Harry besándome en la puerta de mi cuarto.

- ¡Danny!

Suelto la camiseta como si hubiera empezado a arder y me giro para mirar a la puerta, donde Mery está apoyada y lista para ir a la playa. Escondo las manos tras mi espalda, como si tuviera en ellas la prueba del delito y noto como mis mejillas empiezan a adquirir un cada vez más notable rubor que me va a dejar en evidencia.

- ¿Estás bien?- enarca una ceja y da un paso adelante. Lleva un vestido azul claro que realza el tono que ha empezado a coger en estos tres días y se coloca una mano en la cadera.

- P-perfectamente – tartamudeo como un niño y esbozo una sonrisa fingida para que me de un par de minutos de soledad conmigo mismo.

- Te espero en la playa, ¿vale? Pero desayuna antes.

Acorta el espacio que nos separa y deposita un suave beso en mis labios, un simple roce que hace que un flash estalle en mi cabeza. Harry. Me despido de mi mujer y cuando oigo el sonido de la puerta cerrándose, respiro. ¿Qué cojones? ¿No me drogaría anoche, verdad? La única explicación que se me ocurre es que tomé algo de lo que no me acuerdo y mi mente está creando alucinaciones eróticas (¡¿con un tío?!) para castigarme por volver a las andadas. Sí. Tiene que ser eso.

Sacudo la cabeza, como diciéndole a mis recuerdos que se vayan de ahí arriba, y me desprendo del resto de la ropa para darme una ducha y bajar a desayunar. Abro el grifo y me congelo hasta que el agua se regula y puedo relajarme bajo ella. Me apoyo contra las baldosas azules de la pared de la ducha y dejo que mis recuerdos (reales o no), se organicen solos. Después de la cena, a la que nos habíamos visto abocados a ir juntos porque nuestras mujeres nos habían abandonado, acabamos en un bar-karaoke por, creo recordar, idea mía. Estuvimos un rato en la barra hablando y luego nos trasladamos a la zona de canto, donde seguimos hablando y bebiendo.

- A mí me pareces un arrogante presuntuoso que se cree que por tener un buen físico puede juzgar a todo el mundo. Como si fueras superior a los demás. ¿Qué cojones te importa a ti que yo esté con Mery por el dinero? ¿Acaso he juzgado yo tu relación con tu mujer?- bebo de mi vaso hasta vaciarle y miro a Harry, empezando a verle difuso.- Deja de hacer eso con las cejas.

- No estoy haciendo nada con las cejas- se defiende.

- Lo estás haciendo, siempre lo haces. Alzas la ceja izquierda siempre que te digo algo, incluso la hora. ¿Te crees que no me he dado cuenta de que lo haces porque me consideras inferior a ti? Es tu manera de infravalorarme, de hacerme sentir pequeño a tu lado.

- ¿Eso piensas?

- Lo estás haciendo otra vez.

Se ríe, negando con la cabeza y bebe de su copa, mirando al escenario.

- Eres un déspota-le suelto.

- Ya lo sé- me mira fijamente, tanto que creo que le he tocado la moral y que me va a partir la mandíbula por no saber morderme la lengua, y vuelve a alzarla maldita ceja. – Todos tenemos defectos, ¿no?

Luego yo seguí bebiendo, y probablemente confesándole cosas que ahora ni recuerdo por más que me empeñe, y terminamos en el escenario cantando canciones de los 70 y los 80 hasta que el dueño avisó de que tenía que cerrar porque al día siguiente era la fiesta del patrón del pueblo y tendría que estar toda la noche abierto. Harry y yo volvimos al hotel, me tragué un par de esquinas en el trayecto y subimos cada uno a nuestras habitaciones a dormir la mona. "Te estás comiendo recuerdos, Danny, eso es trampa". Le chisto a mi propia conciencia y sigo gastando el agua, que no deja de correr por mi cuerpo y hacerme cosquillas en la espalda y los hombros. Traigo adrede ese momento a mi cabeza y me muero de vergüenza al reconocerme a mí mismo que Harry y yo nos besamos. ¿O le besé yo? ¿O me besó él? ¿Importa eso acaso? El caso es que nos besamos. Estoy tan aturdido que mi mente es incapaz de crear alguna excusa, alguna explicación por la que besar a un hombre estando casado recientemente con la mujer de mi vida.

- Esto es una locura...

Me volteo y agarro la esponja para restregarme el cuerpo con fuerza, enfadado conmigo mismo y mi inconsciencia cuando bebo, y mi mente me traiciona. Veo los carnosos labios de Harry esbozar una sonrisa suave pero traviesa, burlándose de mí; sus ojos azul eléctrico atravesar los míos incluso cerrados, como ahora, colándose en mi cabeza y haciendo que me crea que puede averiguar todo lo que pienso; ese maldito alzamiento de cejas tan típico en él que le hace parecer tan seguro de sí mismo que no puedo sino envidiarle; su complexión fornida y rotunda, que parecer decir "aquí estoy yo", imponente, protectora.

Cuando me doy cuenta, la esponja ha desaparecido de mi mano y mis antebrazos se apoyan contra el escurridizo mármol de la pared, al igual que mi frente, dejando todo mi cuerpo en tensión. Respiro hondo, sintiendo el ambiente cargado que se está generando en la ducha por el agua caliente y abro los ojos relamiéndome el agua de los labios. Un instante después, mi mirada recae un par de centímetros más abajo de mi estómago y se me corta la respiración. Esto... esto no es posible, otra vez no. Muevo el grifo hasta hacer que salga agua completamente fría y caiga a esa parte de mi anatomía que no debería estar así al pensar lo que estaba pensando, y termino por salir de la ducha a trompicones. Me seco rápidamente y me arreglo para ir al restaurante del hotel a desayunar, tratando de dejar la mente en blanco en todo momento, pero a duras penas soy capaz de conseguirlo.

Recojo mis gafas de sol y cierro la puerta con llave, mirando de reojo la que se encuentra justo delante de la nuestra, con miedo a que el americano salga por ella de un momento a otro. "Sí, porque es un psicópata que emborracha a ingleses de vacaciones para violarles a la hora del desayuno, ¿verdad?". Me chisto a mi mismo, lo que parece estar convirtiéndose en una costumbre, y bajo al restaurante por que las tripas ya me rugen. Desde la cena de la noche anterior, a las ocho, no he probado bocado y son casi las once de la mañana.

Como cabía esperar, el restaurante está prácticamente vacío, excepto por una pareja situada en una de las mesas más alejadas de la puerta principal, que consultan algo en un folleto turístico al tiempo que degustan un helado. Me dirijo a la gran mesa surtida de todo tipo de desayunos, y muevo mi mano por encima, indeciso sobre tomar un café acompañado de un croasán o una de esas napolitanas con un yogur de macedonia.

Y justo cuando las pinzas que mi mano sostienen se cierran en torno a la napolitana, aparece él.

- ¡Eh, inglesito!- me da un golpe en la espalda, con demasiada fuerza aunque intentara ser amistoso, y la napolitana cae encima de la fuente del embutido. Genial.- Mala combinación, eh.

- Buenos días- respondo con parquedad, recogiendo mi desayuno, dudando sobre si dejarlo en la fuente con las demás napolitanas, comérmela o tirarla a la basura, porque va a saber a chorizo. Opto por la segunda opción, hay miles de niños muriéndose de hambre en el mundo para que yo tire la comida así como así.

- ¿Una mala noche?- pregunta, sirviéndose un café y paseando su mirada por las bandejas de la bollería.

- Extraña- musito, mirándole de reojo. Él me ignora prácticamente, enfrascado en su decisión culinaria.- Supongo que será por culpa del alcohol, pero... Es igual, déjalo.

- ¿Qué pasa, pecoso?- y ahora sí, me mira a los ojos y veo lo que el alcohol no me dejó ver la noche anterior, la electricidad que ellos transmiten. Y cuando oigo ese "pecoso" salir de sus labios, sé que no fue culpa de la borrachera. Miro para todos lados antes de continuar hablando, y sé que me voy a sentir muy ridículo cuando lo haga.

- Es que... verás... Anoche, cuando volvimos al hotel, tú y yo...- me alza las cejas invitándome a seguir y me humedezco los labios en un gesto puramente nervioso. Achino los ojos, bajando más aún el volumen de mi voz, y acerco mi cara a la suya, para que sólo me oiga él.- ¿Nos... nos besamos?

Una media sonrisa empieza a perfilarse en sus labios y yo aguardo impaciente a que me diga que no, que me lo estoy inventando o que estoy alucinando porque la comida india de anoche no me sentó bien.

- Sí, ¿por qué lo preguntas?

- Buf, tío, es que me he despertado... Espera, ¿sí? - ¡¿ha dicho que sí?!

- Sí, sí, nos besamos. ¿No irás a hacer un drama de esto, no?- se decanta por una napolitana, al igual que yo, y sigue hablando.- Estábamos borrachos, no tiene mayor importancia. ¿O la tiene? – se inclina hacia mi y me hace trastabillar, pillado en falta por su repentina cercanía. Oigo el "pum, pum" de mi corazón resonar contra mis tímpanos a un ritmo desenfrenado y se me seca completamente la boca.

- N-no, no. Claro que no...

- Pues para qué vamos a darle más vueltas- coge su café y su bollo y se dirige a una mesa vacía, cerca de los ventanales que dan directamente a la playa. Sonriendo.

Harry

Me alejo y respiro tranquilo. Empiezo a creer que podría hacer carrera como actor porque se me da de miedo mentir. He dejado al inglés clavado en el sitio y completamente mudo y azorado, he visto el rubor que le ha subido a las mejillas al acercarme a él. A estos guiris se les nota todo en la cara.

Pero la verdad es que el debate interno que me preocupa no es el suyo, sino el mío. Porque le he mentido, tratando al mismo tiempo de mentirme a mí. Por que sí, anoche nos besamos, es más, yo le besé, y él estaría borracho como una cuba, pero yo no. Y si él está confundido consigo mismo, yo no sé cómo explicarme el hecho de que la noche anterior le di un beso a un tío estando recién casado.

Me siento en la mesa y apoyo mi café sobre ella, abriendo una bolsita de azúcar y lo vierto en la taza mirando por la ventana. Kath ha bajado a la playa hace algo menos de una hora, y me está esperando ahora mismo allí. Desde que me he despertado esta mañana he sentido algo extraño con respecto a nosotros, como si la estuviera mintiendo.

Sacudo la cabeza, como si así pudiera espantar mis propios demonios. "Estamos de vacaciones", me digo, "fuera preocupaciones". Remuevo el café con la cucharilla e inconscientemente miro hacia la mesa de los desayunos. El guiri ha terminado de recoger su comida y está plantado en medio del salón, con un yogur en la mano derecha y una napolitana en la izquierda, y se debate sobre dónde sentarse. Parece un niño perdido en medio de unos grandes almacenes, y sigue teniendo la cara completamente roja. Sé que quiere sentarse aquí, o probablemente no quiera, pero lo esté deseando sin saberlo todavía, así que ni le presiono ni le invito. Si quiere venir, terminará haciéndolo.

Y no pasa ni un minuto cuando la silla de enfrente de mí se arrastra por el suelo y él se sienta en ella. Le miro en silencio, observando sus movimientos y advierto que éstos se vuelven (más) torpes bajo mi mirada. Es como si sólo con prestarle atención se pusiera nervioso. Intento no sonreír ante esta reflexión, por lo que me llevo la taza a los labios y empezamos a desayunar en silencio, mirando ambos por la ventana.

- La verdad es que sí tiene mayor importancia- rompo el silencio pasado un par de minutos y le miro de nuevo. Se está tomando su yogur, haciendo ruido con el cristal del recipiente y se le cae la cuchara de la mano cuando hablo.- Yo no estaba borracho.

- ¿Entonces?- pregunta, creo que con miedo.

- No lo sé... Te vi… así, y no pude evitarlo- confieso. No me he preparado lo que decir y no sé cuán sincero voy a ser con él.- Es que te veo con Mery, tan atado a algo que odias, atascado en un matrimonio que te hace infeliz... – troceo una servilleta con el sello del hotel, porque ahora el nervioso soy yo, y me sorprende que ni siquiera intente desmentir mis palabras, dándome de ese modo la razón.- ¿Por qué te casaste con ella si no la quieres?

- Porque ella sí me quiere a mí, y sé que conmigo será feliz.

- ¿Y tu felicidad, qué?

Se encoge de hombros y siento una punzada en el pecho. Está tan resignado que escuece, es como si no se valorase lo más mínimo y se conformase con los restos que la vida le ha dejado, sin el ánimo necesario para buscar lo que de verdad se merece, lo que todas las personas nos merecemos.

- Te veo tan triste, tan malhumorado y tan... perdido- continúo, al ver que no añade nada más. Me pienso mis palabras antes de que salgan por mis labios, porque cuando lo hagan no habrá vuelta atrás.

- ¿Qué?- inquiere. Le miro y veo en sus ojos un brillo que no he visto en los cuatro días que llevamos aquí.

Troceo otra servilleta y hablo mirándome a las manos cuando lo digo.

- Me siento en la obligación de hacerte feliz.