¿Recordáis que cuando subí el capítulo anterior dije que no subiría hasta que tuviera capítulos colchón? Pues olvidadlo, porque estoy subiendo este sin tener ni una línea del siguiente. Yay. Veremos a ver cómo queda la historia, no prometo nada. Este capítulo es un poco jujujuju y termina un poco yayayayay, ya me entendéis (? y sino, lo veréis en cuanto lo leáis. Hope you like it!


Capítulo 8.

Harry

Sé que no es una situación graciosa, que de hecho, debería estar preocupado por las palabras que acaban de salir por mis labios, muy preocupado, porque acabo de decirle a un tío que quiero hacerle feliz. Sé que no es el momento, pero la cara de pánfilo que se le queda a Danny me hace verdadera gracia.

Dejo que pasen un par de segundos para que mis palabras le calen en ese cerebro espeso que Dios le ha dado, y que le busque el significado verdadero.

Y sólo se le ocurre decir:

- ¿Por qué?

- ¿Por qué no?- contraataco.

- ¿Por qué sí?- inquiere él de nuevo, aturdido.

- No lo sé, no tengo un porqué. Simplemente sé que quiero.

- No me conoces de nada.

- Te conozco más de lo que piensas, eres totalmente transparente.

Tuerce el gesto y baja la mirada a su yogur inacabado, y lo remueve hasta que le hace líquido. Su mirada se pierde por el mantel de cenefas azules y por primera vez en estos escasos cuatro días, no sé por donde me va a salir. No sé si me va a decir que estoy loco, que él no necesita a nadie que le haga "feliz", o si me va a tirar el resto de su desayuno a la cara e increparme con calificativos tan bonitos y tan adecuados a esta situación como pueden ser "maricón" o "sarasa".

Yo me limito a observarle, porque no se me ocurre qué otra cosa hacer, y me detengo en sus detalles. Tiene ambos brazos cubiertos por pecas de diferentes tamaños y tonalidades, cubriendo desde sus hombros hasta los dorsos de las manos. En los días de piscina y playa que hemos compartido, he podido observar que no son sólo los brazos, sino que tiene todo el cuerpo bañado por esas manchitas marrones, es como si fuera un dálmata pero con pecas. Incluso en las piernas y los pies tiene pecas. Me pregunto si tendrá pecas también en la...

Le observo el rostro y encuentro más de lo mismo, la nariz, las mejillas, toda la frente. Tiene las pestañas muy largas y los ojos muy azules, y tengo que refrenar el impulso de acariciarle la mejilla y que me mire. Cierro la mano en un puño, con tanta fuerza que me clavo las uñas en las palmas. No sé qué cojones me está pasando, pero a duras penas puedo controlar mis impulsos cuando le tengo delante.

- Sabes que esto no es normal, ¿no?- dice, al cabo del tiempo.- Ni lo que me estás diciendo ni el hecho de que yo me esté replanteando tus palabras.

- Lo sé- sonrío ante la idea de que se está replanteando lo que le he dicho, y veo que él sonríe también.

- Nadie se ha interesado nunca por mi verdadera felicidad- confiesa.- Mery es guapa, lista, cariñosa, así que todo el mundo ha dado siempre por sentado que soy feliz a su lado, incluso ella misma. Cualquier persona querría alguien como ella, pero yo no. La primera vez que os vi a tu mujer y a ti, os envidié, sabía que lo que vosotros teníais era lo que yo quería para mí mismo.

- ¿Y por qué diste el "sí quiero", entonces?

- Porque tenía la esperanza de que mi relación con Mery se convertiría algún día en algo verdadero, con sentimientos reales, y no proyecciones. Pero llevamos casi un mes casados y... Tienes razón, siento que me ahogo.

Se encoge de hombros al tiempo que esboza una sonrisa triste, y ahí está de nuevo el impulso de tocarle, de quitarle esa sonrisa por una de verdad. Y esta vez no soy capaz de contenerme.

Extiendo mi mano derecha y la coloco sobre la suya izquierda. En cuanto entran en contacto, siento que su piel quema la mía como si hubiera alguna explicación lógica. Él me mira sorprendido, y puede que un poco asustado, pero en ningún momento me devuelve el gesto, sino que mira para todos lados como si quisiera cerciorarse de que nadie nos está mirando. La verdad es que el salón se ha quedado completamente vacío, sólo estamos él y yo, pero su precaución es acertada, así que retiro la mano, carraspeando y volviendo a la tierra.

- No me apetece bajar a la playa- murmura, mirando a través del ventanal. – No me apetece estar con Mery.

- ¿Quieres que demos una vuelta por el pueblo?- le sugiero. ¿Nunca habéis tenido un familiar con depresión, o bajo de ánimo, o triste por alguna pérdida y os sentíais obligados a despejarles, a tirar de ellos para sacarlos del pozo? Yo necesito sacarle de aquí.

- ¿Te importa?

- Si me importara no te lo propondría.

Le sonrío y nos ponemos en pie, recogiendo los restos de nuestros desayunos y los dejamos en la mesa reservada para los desperdicios, en la esquina opuesta a la mesa de la comida. Después él me indica que espere un momento en la recepción, y sube a su habitación, por lo que me entretengo mirando las verdosas hojas de las plantas para hacer tiempo, sintiendo los ojos del recepcionista clavados en mi nuca.

Un par de minutos después, el inglesito regresa y trae con él un pequeño bolso de cuero marrón con las iniciales "D&G" grabadas en lo que parece ser oro en la parte anterior.

- ¿Tienes algo que no sea de marca?- pregunto bromeando. Sus gafas de sol son Ray-Ban, su polo de Lacoste y me juego el cuello a que las bermudas son de Tommy Hilfiguer.

- Los calzoncillos son del Tescos- contesta con una sonrisa, señalándome la tira que asoma por sus pantalones.- Tescos es la cadena de supermercados de Inglaterra.

- Ah, mira, como los plebeyos.

Nos reímos y salimos del hotel. Una vez ponemos un pie fuera, me doy cuenta de que es conveniente que avisemos a nuestras respectivas esposas de que no bajaremos con ellas a la playa. No lo sabemos a ciencia cierta, pero es casi seguro que se encuentran juntas; parecen haber hecho buenas migas y según Kath, tenían pensado repetir la salida del día anterior.

Le mando un mensaje a mi mujer sobre el cambio de planes y espero a que Danny haga lo mismo. Una vez ha guardado el Iphone en el bolsillo de su bermudas, miro hacia delante, entornando los ojos por culpa del radiante sol que nos enfoca de lleno, y pongo los brazos en jarras.

- ¿Dónde vamos?

Un par de horas después, tras visitar la práctica totalidad de las tiendas de souvenir del pueblo, las tripas empiezan a rugirme como si tuviera leones hambrientos enjaulados ahí dentro. Hemos hecho varias compras, todas para la familia que ambos tenemos en nuestros países. Me ha sorprendido mucho ver cómo se decantaba por unas medias de leopardo y las llevaba con él hasta el mostrador.

- Son para mi hermana, Vicky- dice cuando salimos de la enésima tienda.- Tiene un gusto muy... peculiar.

- ¿Es mayor que tú?

Y casi sin darme cuenta, y mucho menos, sin pretenderlo, me descubro preguntándole toda su vida.

Su hermana es dos años mayor, y excepto ella no tiene más hermanos. Su madre se llama Kathy y su padre Alan, pero están divorciados y ella tiene ahora otra pareja, la que él siente como un verdadero padre. Aunque no profundiza en esa parte, parece que no guarda muy buena relación con su padre verdadero.

Vamos caminando con paso vago por las calles, encontrándonos con un par de nativos que nos miran de arriba abajo. Nuestras pieles, incluso con el tono que hemos ido adquiriendo en estos días de sol, son mucho más claras que las suyas, y eso parece llamarles la atención.

- ¿Y tú?- me dice, golpeándome en las costillas con el codo.

Le cuento muy por encima sobre mi familia: dos hermanos, varios sobrinos, dos padres, como todo el mundo y una infancia completamente perfecta, por lo que no puedo quejar. No quiero que su cabeza haga lo mismo que ha hecho la mía, y compare ambas vidas, pero lo hace.

- Vaya- murmura achinando los ojos y mirándome.- Te envidio. Al parecer tienes una vida perfecta.

Me limito a sonreír con parquedad y encogerme de hombros; es una situación muy extraña y un poco violenta. No quiero que piense que estoy presumiendo de lo que la vida me ha dado, porque aunque me encanta fardar de lo que tengo, sé que con él no es buena idea.

Nos decantamos por dejarnos de compras (empezamos a parecernos a nuestras mujeres), y buscamos un lugar para comer. La noche anterior eligió él, esa asquerosa comida india, por lo que en esta ocasión le conduzco hasta el primer restaurante de comida rápida que me encuentro, que no es otro que un Pans and Company.

- Adoro los bocadillos de pechuga que ponen aquí- dijo, empezándose a hacérseme la boca agua. Entro al local y sólo hay dos personas esperando para ser atendidas.

- ¿Cómo es posible que comiendo tanto, te mantengas... así?- señala mis músculos, como si no lo entendiera, y uno de los clientes recoge su pedido y se marcha, haciendo avanzar la fila.

- Gimnasio, inglesito, gimnasio- me hace momios, creyéndose que no le veo, y le pego un empujón inofensivo que le hace trastabillar hasta perder casi el equilibrio.- Esta tarde te vienes conmigo.

- Sí, no tengo yo cosa mejor que hacer que deporte en vacaciones...

- Ya lo veo- le levanto la camiseta le pico con el dedo los abdominales perdidos que se le marcan en la tripa. Él me pega un manotazo y restablece su camiseta, mirando a las dependientas, que se ríen y se sonrojan.- He dicho que te vienes.

- Que no voy a ir cont...

- ¿Coca-cola o fanta?

Danny

Regresamos al hotel cerca de las cuatro de la tarde, la hora perfecta para echarse una siesta. Hemos estado toda la mañana caminando de un lado para otro por el pueblo, y los pies notan el cansancio, por no hablar de la espalda.

- ¿Necesitas otro masaje?- me sugiere mientras esperamos el ascensor para subir un solo piso hasta nuestros dormitorios. Tenemos el estómago lleno de comida y nos estamos volviendo muy sedentarios los dos. No me va a quedar más remedio que hacerle caso e ir mañana con él al gimnasio.

- No, gracias- digo, recordando la vez anterior y las consecuencias, y él parece recordarlo a su vez y se ríe, apoyando la cabeza en el espejo del ascensor, con las manos entrelazadas tras la espalda. Me sonrojo, cosa que odio, y le miro un instante antes de que él también me mire a mí y me pille observándolo.

- ¿Qué?

- Nada.

Las puertas se cierran al no detectar más entradas y yo vuelvo a las miradas furtivas. Harry parece un cúmulo de excesos. Tiene la nariz demasiado grande en proporción con el tamaño de su cara, los labios muy voluminosos y carnosos, los ojos muy azules, los brazos muy musculosos, y una sonrisa demasiado perfecta. Incluso son dientes son perfectos, blanquísimos y rectos. Y tiene una sonrisa muy bonita, cosa que envidio; yo tengo que conformarme con mis paletos ladeados e imperfectos.

Menos de treinta segundos después, las puertas se vuelven a abrir y tratamos de salir ambos a la vez, por lo que nos paramos en seco dejando que el otro lo haga primero, y así hasta dos veces, hasta que él se planta, da un paso atrás, y me indica con una mano que salga yo primero. Le falta decir "las damas primero". Saco la tarjeta magnética del bolso de cuero y Harry hace lo propio, metiéndola en la ranura, y antes de entrar, se vuelve y me mira.

- Te espero aquí a las seis listo con ropa deportiva y una toalla.

- Harry, que no...

- Te espero- repite.

Sonríe, alzándome una ceja y entra a su dormitorio. Guay. Si no era poco incómodo pasar tiempo con él, más aún después de esa conversación durante el desayuno, ahora encima voy a tener que hacer el ridículo en un gimnasio intentando ponerme en forma en un día. No es que esté obeso, pero seamos realistas, el ritmo físico que seguro que él lleva a la hora de hacer deporte va a ser muy superior al mío... Lo más probable es que termine incluso vomitando. Guay.

Opto por entrar a mi dormitorio porque no pinto nada plantado en sólo medio del pasillo con la mano sobre el pomo de la puerta y mirando a la nada, y me encuentro con Mery en él, tumbada sobre la cama haciendo zapping con el mando a distancia en una mano y el teléfono móvil en la otra. Gira la cabeza y me saluda con una sonrisa que me hace sentir casi como si le estuviera siendo infiel. Camino hasta la cama y me dejo caer a su lado, depositando un beso casi por compromiso en su mejilla y apoyo mi cabeza en su hombro, mirando también al televisor.

- ¿Qué tal con Harry? –pregunta con el único interés de saber qué tal me ha ido el día, pero repito, me siento como si estuviera siéndole infiel y me pongo nervioso a la hora de contestar, fuera de toda lógica. Sólo hemos estado de turismo, comiendo y hablando. ¿Por qué se me acelera tanto el pulso entonces? "Puede que porque te hayas sentido mejor con él en cuatro horas que con tu mujer en dos semanas de casado", me recuerda mi voz interior. Muchas gracias, bocazas. "De nada".

- Bien, hemos estado paseando por el pueblo, ya sabes... Turismo. Le he comprado algo a Vicky.

- Leopardo, seguro- adivina. Conoce muy bien a Vicky, y tienen casi mejor relación entre ellas que yo con alguna de ambas. Son algo así como mejores amigas, aunque sean totalmente opuestas. Asiento simplemente con la cabeza y trato de dormir un poco hasta que lleguen las seis de la tarde y tenga que ir al maldito gimnasio con el maldito americano. – Por cierto, esta tarde he quedado con el americano para ir al gimnasio.

- ¿Al gimnasio? ¿Tú?- inquiere esbozando una sonrisa irónica y divertida.

- Se ha empeñado en que le acompañe. Creo que quiere humillarme.

- Es gracioso, ¿sabes?- ¿gracioso? ¿Qué me humille haciendo deporte?- Antes te quejabas porque quisiera hacer "cosas de chicas" con Kath y ahora pasas más tiempo con Harry que conmigo. Es curioso.

Curioso y extraño, porque tiene razón. Permanezco un par de segundos pensativo, sintiendo sus palabras dar tumbos por mi cabeza y retumbar contra mi cráneo, haciendo eco para impregnarse en él. "Ahora pasas más tiempo con Harry que conmigo". Es cierto que en las últimas veinticuatro horas apenas si he visto a mi mujer, y en cambio al americano no me le despego ni con espátula. Tampoco es como si quisiera hacerlo, y eso es lo que más extraño, curioso y preocupante me resulta. Empiezo a pensar que tiene que haber algún componente químico que algunas personas llevan en su ADN y otras no para ser capaces de hacer a los que están a su alrededor felices con cualquier cosa. Harry le lleva, indudablemente. Recuerdo haberme reído esta mañana incluso por algunas bromas que no entendía, pero sólo ver cómo se dejaba la garganta con esas carcajadas graves y descontroladas que salían de sus voluminosos labios, conseguía hacerme reír a mí. Es como si un aura los recubriera y los hiciera irresistibles, como una especie de diablillos escondidos entre la población humana normal y corriente como yo que aparecen en tu vida para demostrarte que la auténtica felicidad existe y que todos tenemos derecho de acceder a ella.

Lo malo es que tengo la sensación de que ni Mery ni yo llevamos ese componente, y que no seremos capaces de proporcionarnos esa felicidad ni aunque lo intentemos de todo corazón.

- Es agradable- termino diciendo.- Poder hablar de cosas de tíos en tu idioma en esta isla perdida de la mano de Dios con todo el mundo hablando lenguas extrañas.

Ahora es ella quien se encoge de hombros y la televisión se apaga automáticamente por el botón a distancia, indicándome que quiere dormir un rato de siesta, y nos acurrucamos uno contra el otro sin molestarnos ni darnos calor gracias al aire acondicionado.

Mery enseguida concilia el sueño, y noto cómo su pecho sube y baja en una cadencia tranquila, sus párpados moviéndose suavemente abrazada por Morfeo, que decide no abrazarme a mí. No soy capaz de quedarme dormido por más que cierre los ojos; siento una especie de hombrecitos diminutos saltándome en el estómago y me descubro a mi mismo mirando repetidas veces el reloj contando los minutos para que lleguen las seis de la tarde. ¿Puedo resultar más patético incluso para mí mismo? Parezco una adolescente atontada por el chico que domina sus sueños y que empieza a arreglarse dos horas antes de su cita con él. Y no lo soy, ¿vale? Pero Harry sigue teniendo ese algo que me pone nervioso, y aún no confío en él del todo. Además, sé que me va a hacer papilla en el gimnasio. Motivos no me faltan...

A las seis menos cuarto de la tarde, Mery sigue dormida y yo me levanto de su lado escurriéndome fuera de la cama con cuidado de no despertarla. No sé qué planes tiene para esa tarde, pero seguramente sea hacer algo con la mujer de Harry, cuyo nombre siempre se me olvida.

Hurgo en la maleta hasta encontrar el único pantalón de chándal que he traído a Isla Mauricio, como si mi subconsciente ya hubiese planeado todo esto, y me calzo adecuadamente para bajar al gimnasio. Cojo la toalla, el teléfono, y salgo del dormitorio tras dejarle a Mery una notita junto a su mesita de noche de dónde me encuentro.

Cuando abro la puerta, mirándome las deportivas y reflexionando sobre lo ridículo que me siento así vestido, alzo los ojos y me topo con Harry al otro lado, haciendo que mi autoestima vuelva a caer. Su ropa ni siquiera es de marca y le queda mejor que a mí.

- Vaya, puntualidad inglesa- se mofa, mirando su reloj digital y separándose de su puerta.- ¿Tantas ganas tienes de que te machaque?

- ¿Sabes que ser tan arrogante es pecado?- le respondo entornando los ojos. Me saca de mis casillas cuando su ego sube a esos niveles, pero tiene razón. Me va a dar una paliza.

- ¿Quién te ha dicho a ti que yo quiera ir al cielo?- alza la ceja derecha y esboza una sonrisa ladeada, sugerente y que intenta jugar conmigo. Odio reconocerme a mí mismo que lo consigue, porque se me revuelve el estómago ante semejante gesto de dominación por su parte.- Yo prefiero el infierno.

Estoy replanteándome lo atractiva que se ha vuelto la idea de ir al infierno con Harry cuando me toma de la muñeca y tira de mí para acceder al ascensor que se encuentra al otro lado del pasillo. Incluso en gestos tan simples como eso, desprende fuerza por cada poro de su americana piel.

Llegamos al gimnasio tres minutos después. Se encuentra dos pisos más debajo de nuestros dormitorios, y mi cabeza se hace un plano general del hotel porque incluso descendiendo dos pisos, no estamos bajo tierra. Este debe ser uno de esos hoteles encallados en las rocas del acantilado de la playa. Harry abre la puerta y me deja pasar primero de nuevo, riéndose. Me dan ganas de molerle a palos para que deje de tratarme así, pero me contengo. No quiero perder energías antes de tiempo.

El gimnasio es una sala mediana, limpia y amplia. Tres de las cuatro paredes son de cristal, dejando unas vistas incluso mejores que las que hay desde mi dormitorio y reforzando mi teoría sobre la construcción de este hotel. Hay dos escasas personas usando dos bicicletas estáticas y el resto de máquinas están apagadas y vacías. Junto a la puerta de entrada hay un hombre de aspecto aburrido ojeando una revista de cotilleos con los auriculares puestos y al fondo, en la única pared sólida de las cuatro, se distingue una puerta bajo un letrero que reza "servicios".

Harry me golpea el codo tras mi escrutinio a la sala y me indica por dónde vamos a empezar.

- ¿Te parece que empecemos calentando un poco?- pregunta de modo profesional, señalando las cintas para correr, situadas justo enfrente de la pared principal, con vistas al mar. – Imagínate que corres por el agua.

Le dejo que me dirija porque es quien sabe de esto de los dos, no en vano, trabaja en un gimnasio. Estamos cerca de quince minutos haciendo series de cinco minutos a distintas velocidades, y voy notando como mi ritmo cardíaco aumente y me priva la respiración. Y eso que esto es el calentamiento...

- Vale, vamos a ir trabajando los grupos musculares, ¿de acuerdo?- me informa al bajarnos de las cintas. Él respira como si tal cosa y a mi está a punto de entrarme flato. Asiento, respirando hondo y nos situamos en lo que según él me dice, se llama "abductor" por el músculo que trabbaja, esos aparatos para trabajar los muslos en los que tienes que colocar cada pierna en cada lateral y cerrarlas superando la resistencia de la máquina. – Quita esa cara de circunstancias, inglesito. Luego me lo agradecerás.

- Cuando me duela todo el cuerpo, ¿no?

- Gracias a mí vas a mejorar hasta en la cama. Seguro que al primer orgasmo te quedas hecho polvo, nunca mejor dicho.

Se echa a reír y se sitúa en la máquina conjunta a la mía. No puedo responderle nada porque estoy demasiado ocupado luchando contra el abductor, apretando incluso los dientes y agarrándome fuertemente al asiento. Parece que me voy a hacer caca encima de un momento a otro.

- Esto es imposible...-me quejo, hablando entre dientes y sudando la gota gorda. Miro a Harry y le veo respirando hondo, concentrado en su actividad, tensando cada músculo de su cuerpo, que empieza a estar cubierto de una fina capa de sudor, iluminándole la piel. Se le hincha una vena en la sien y se le abren las aletas de la nariz con hombría, los músculos de los brazos a punto de estallar. Me mira, rompiendo su rítmica respiración.

- Lo estás haciendo mal.

Ya decía yo... Se levanta de su máquina y se acerca a la mía, toqueteando algunas teclas del cuerpo metálico trasero de mi abductor y noto cómo la resistencia cede un poco.

- ¿Quién te crees que eres? ¿Hulk?- chasqueo la lengua y veo cómo se arrodilla entre mis piernas. Me pongo nervioso en menos de un segundo ante esa proximidad peligrosa que acaba de crear entre nosotros (espero que de manera inconsciente o se tragará la toalla), y trato de controlar mi agitada respiración cuando pone sus manos en mis rodillas. Doy un respingo hacia atrás y él vuelve a levantar una ceja. – No te pongas nerviosa, princesa.

- ¿Qué cojones haces?- le espeto fingiendo enfado, pero es que necesito que se levante de ahí.

Me coloca las piernas correctamente en los almohadones del abductor y me indica dónde y cómo apoyar los pies. Y cuando tiene que levantarse, no lo hace. Deja las manos sobre mis rodillas y me acaricia los muslos introduciéndolas un poco por debajo del pantalón, sin mirarme a los ojos. Luego levanta la cabeza, ladeándola, y esbozando esa sonrisa que me tortura. Se pasa la lengua por los labios y yo siento un violento tirón en la entrepierna y una bola de fuego instalarse en mi bajo estómago al ver cómo acerca más aún su cara a mí. En serio, ¿qué cojones pretende?

- ¿Tú qué crees?- y vuelve a alzar esa ceja.


¿Me entendéis ahora? :)