¡Buenas!
No me desharé en excusas porque más me vale para este momento tener al menos la mitad del siguiente capítulo para compensar la gran majadería que cometí al decir que iba a publicar hace ya más de tres meses (por Dios y que el tiempo pasa cuando te revuelcas en la procrastinación).
El capítulo de hoy está más leve, porque los últimos dos fueron unos dramas tremendos y tampoco hay que andar por ahí revolcándose en el dolor (?)
Un abrazo a todos los que siguen por ahí a pesar de mi irresponsabilidad. Los amo -3-
Capítulo 10: Después del atardecer
Después de que las almas modificadas se fueran despavoridas en el auto de Rukia, Ulquiorra siguió a Orihime a una distancia prudente, poniendo especial atención a todas las cosa con las que se encontraba en el camino y las cuales no había podido ver a detalle debido a que por las situaciones y por el tipo de gente que lo rodeaba, no se dio la oportunidad de ver con tranquilidad. Hizo un pequeño inventario de lo que iba viendo: las luces, la gran cantidad de cables eléctricos sobre sus cabezas, las señales, las casas, las personas. Todo era novedoso e increíble para él, ya que ahí, en la ciudad, todo estaba en constante movimiento, a diferencia de la Sociedad de Almas, que solía ser tranquilo; y de Hueco Mundo, que era totalmente desértico e inamovible.
Inoue, en ese momento, caminaba tranquilamente hacia la estación, y entre vistazo y vistazo hacia atrás, Ulquiorra podía notar que ella tenía una amable sonrisa en su rostro.
Una vez llegando a la estación, la chica compró un par de boletos y le entregó uno a Ulquiorra, sin decirle nada. Al llegar a la entrada del lugar donde se tomaba el tren, ella actuó lentamente para que él viera e hiciera lo mismo que ella. Ambos esperaron pacientemente a que el tren llegara. Cuando lo hizo, abriendo sus puertas y revelando en su interior a una cantidad enorme de gente en su interior, Orihime suspiró con fuerza y se volteó para mirar a Ulquiorra. Y, por primera vez desde que salieron de la casa, habló y dijo:
– Ulquiorra, bienvenido a la ciudad.
Entonces, hizo un ademán con la cabeza y se adentró en el vagón con Ulquiorra detrás.
"Hace calor"… Fue lo primero que llegó a pensar… Lo único en realidad, porque lo siguiente que sintió fue la sensación de varios cuerpos violando su espacio personal para acomodarse mejor. Y uno de ellos era el de Orihime, que siendo consciente de eso, susurró un agitado "lo siento" con la cara toda roja. Ulquiorra no supo cómo reaccionar, porque "raro" no era la palabra exacta para describir lo que sentía. Así que, con dificultad, se escurrió entre la gente y logró colocarse a un lado de la chica.
Ninguno de los dos hizo algún otro comentario hasta que bajaron del tren; tampoco cuando caminaron hasta la universidad o cuando esperaron a que llegaran sus profesores. A la hora del descanso, ambos comieron sin pronunciar palabra, y además, con la mirada de los estudiantes encima –dado que estaban separados de los demás –. Voltearon a ver la mesa donde se suponía que estaban sus "compañeros": en ella se encontraban Aya, Eli y Kon ocupando los respectivos cuerpos de sus "amos", riendo con ganas y gastando bromas a costa de Ishida –que no se había dado cuenta de los otros dos, porque tenía la cara de alguien que quería ser salvado inmediatamente por cualquiera que se apiadara de él–, con el que al aparecer habían tomado maña porque fue la primera persona que encontraron a falta de la presencia de Ulquiorra y Orihime. Ambos se miraron por un momento y ella se permitió sonreír con un poco de pena por usar a su amigo como chivo expiatorio; él le devolvió la sonrisa con un poco más de reserva.
El resto del día pasó tan tranquilo que no parecía real, y tras despedir a las almas modificadas, estas arrancaron en el auto con rumbo a casa de Ichigo. Uryuu salió casi corriendo una vez liberado de aquellos tres. Orihime carraspeó para llamar la atención de Ulquiorra.
–Bueno… Debido a que ustedes habían llegado tuve que pedir un permiso en el trabajo para que las cosas se acomodaran, pero ahora que acabó tengo que volver a trabajar – el chico la miró expectante, pero al ver que no respondía, ella se puso nerviosa–. T-tu… ¿Quieres ir conmigo o regresarás a casa?... Y por favor, no me mires así.
Ulquiorra sonrió un poco y luego hizo el ademán de toser para mirar hacia otra parte.
–Lo siento… Es la costumbre. Yo… Iré contigo –luego de un momento, añadió con un tono ligeramente alegre–: quiero ver más cosas.
Así que ambos se volvieron a encaminar hacia la estación. Orihime guió a Ulquiorra hacia un lugar cerca de su casa; era una especie plaza comercial en donde las personas del vecindario podían acercarse para comprar cosas de diario sin que necesitaran ir a un lugar más grande. Orihime se dirigió alegremente hacia una panadería.
–Por favor, si te aburres, no dudes en regresar a casa. Sólo mándame un mensaje y saldré para darte la llave, ¿Si? Nos vemos.
Orihime se despidió con una mano y le dio la espalda. Ulquiorra se sentó en una barca cercana de donde podía mirar al negocio. Pero viendo que no sería muy educando estar mirando a cada rato a la chica, decidió ponerse a leer.
Las horas pasaron perezosamente, y Ulquiorra a veces volteaba a mirar a la panadería por si veía a Orihime. En una ocasión, para su sorpresa, pudo ver a la chica, pero en vez de la ropa que traía cuando entró, llevaba puesto un uniforme muy curioso: una especie de traje de criada azul con blanco, de un vestido muy corto y un gran moño rosa en el cuello.
El chico se permitió verla con un poco más de atención, y se percató de que ahí, atendiendo a la gente sonriente y paseando de aquí para allá con su distintivo uniforme, ella se desenvolvía como era realmente: alegre y entusiasta por servir a las demás personas. Ahí se dio cuenta de que ella en realidad no había cambiado mucho, así que asumió que esa actitud de tensión constante que había tenido en los días que llevaban juntos, era debido a todo lo que pasaba, y tal vez a que precisamente ellos estaban por ahí. Después de todo, que ella fuera amiga de Matsumoto y Rukia no significaba que ella no se ponía de los nervios por todo lo que ellas eran capaces de hacer.
Ulquiorra dio un largo y relajante suspiro antes de buscar algo de comer, guardando en su memoria todo eso que estaba pensando, junto a la imagen de Orihime con su peculiar ropa de trabajo puesta, y que no podía negar: le quedaba demasiado bien… como todo lo que en su tiempo de conocerla le había visto usar.
El tiempo siguió pasando a su tranquilo ritmo y un rato después de que se ocultara el sol en el horizonte y se encendieran las luces de la plaza con un resplandor blanco, Orihime salió de la tienda con un par de bolsas de más en las manos y una cálida sonrisa en el rostro.
– Perdona por la espera. ¿Te aburriste mucho? –La chica tomó asiento a un lado de Ulquiorra y se acomodó los zapatos mientras formulaba la pregunta.
–No lo suficiente –el chico se encogió de hombros y ella rió suavemente.
–¿Encontraste algo interesante que ver?
Ante tal comentario, Ulquiorra desvió la mirada hacia otra parte y asintió convencido, sintiendo un extraño calorcillo en las orejas. No iba a mencionar que era ella a lo que más atención le había puesto durante toda la tarde.
Debido a la respuesta del chico y al subsecuente silencio, Orihime también volteó hacia otras partes, distrayéndose con la gente que pasaba y con las tiendas que aún seguían abiertas. De pronto, recordó algo y tomó una de las bolsas con las que había llegado. Ulquiorra volvió a posar sus ojos en ella.
–¿Quieres un poco de pan? Al parecer mi jefe estaba feliz de que regresara, pues siempre me dice que gracias a mí hay más clientes en la tienda –Orihime rió avergonzada y un poco de rubor tiñó sus mejillas. – Tampoco es como si todo fuera mérito mío. El pan en realidad está muy bueno.
–Es inevitable que la gente se sienta atraída por las cosas bellas, pero si no se encuentran con un trato amable, el encanto no les durará mucho… A mi parecer, haces un buen trabajo.
Orihime tuvo que parpadear varias veces y sacudir la cabeza para procesar lo que acababa de escuchar. Ulquiorra, en un ya familiar arranque de honestidad, había usado la palabra "bella" en una oración que la implicaba a ella, así que no supo si debía sentirse agradecida por el cumplido, o abochornarse más por la naturaleza del mismo. Poco a poco el rubor que ya tenía se intensificó, y soltando una risita nerviosa, siguió hablando.
–G-gracias, supongo. Yo… Toma algo de pan.
La chica atravesó la bolsa que llevaba entre Ulquiorra y ella, evitando el contacto visual. Ulquiorra se sintió incómodo también y siguiéndole la corriente a Orihime, tomó un pan de la bolsa y se lo empezó a comer, al igual que ella.
Se volvieron a quedar en silencio, mientras veían a las familias y a las parejas pasar frente a ellos. Luego de un rato, Ulquiorra añadió:
– No te había visto tan tranquila desde que llegamos aquí.
Orihime suspiró, ya no tan alterada, antes de contestarle:
–¿Se nota demasiado? –Ulquiorra asintió y ella rió levemente, apenada–. La verdad es que sí. Han pasado muchas cosas. La escuela, el trabajo, lo que pasa en la sociedad de almas, los hollows, los menos grande… A Rukia y a Rangiku no las había visto en más de dos años. Además, a ellas nunca les pude seguir el ritmo.
Él rio cansadamente.
–Yo tampoco puedo hacerlo. Y eso que, haciendo cuentas, ya llevo más tiempo con ellas que tú.
–¡Oye! Eso fue bajo.
Orihime no pudo hacer más que reír junto a él ante semejante comentario, admitiendo que tenía razón. Pero luego de un momento, una sensación de estar fuera de lugar la llenó por completo, y volvió a quedarse en silencio.
– ¿Qué sucede?
– Sé que ya lo he repetido hasta el cansancio. Pero en serio… en serio… Me parece muy extraño que estés aquí, conmigo, hablando de cosas tan simples como esta mientras comemos pan –después, avergonzada, habló en un tono más bajo –es demasiado bueno para que sea verdad.
–¿Qué?
–Lo que quiero decir es... –Orihime se removió en la banca, sacó una botella de agua de una de las bolsas y le dio un trago para aclararse la garganta antes de continuar. – Desde que llegaste aquí no he dejado de portarme extraña alrededor de ti. He sido demasiado maleducada e incluso ha parecido que no te quiero a mi alrededor. Te juro que no soy así. Es sólo que… Pasaron varios años en los que pensé que en verdad estabas muerto… Y verte llegar así de repente, tan normal, tan humano, pero también siendo un shinigami y al mismo tiempo tan… tú… –La chica movió las manos con más énfasis, a medida que aumentaba la velocidad de sus palabras–. Tan tú que varias veces en estos días me han dado ganas de darte otra bofetada. ¡Eres la única persona en toda mi vida que ha logrado sacarme así de mis casillas! Y la única que he golpeado también. En serio creí que se me botaría un tornillo, así que mientras intenté adaptarme a mi realidad, olvidé decirte lo más importante…
Orihime suspiró después de haber soltado la última parte de su discurso demasiado rápido. Miró al chico a los ojos, se tomó un momento para respirar un poco más, y mientras sonreía por enésima vez en ese día, dijo:
–… Ulquiorra, estoy muy feliz de que estés vivo.
Ulquiorra le sostuvo la mirada a Orihime y se sintió igual que en días atrás, cuando ella lo había retado después de vencer por su cuenta a quién sabe cuántos hollows. El calor de un rato atrás se le volvió a subir a las orejas y se sintió inquieto, pero eso sólo lo dejó más frustrado, porque todo eso que tenía en su cabeza, todo lo que pensaba y sentía sobre ella, simplemente no tomaba forma para que pudiera ser nombrado de ninguna manera… o tal vez, debido a que por la fuerza quería que su infalible lógica le hallara sentido a todo eso era por lo que terminaba aún más enredado. Recordó lo que una vez le había dicho Ukitake de que los sentimientos no entendían de razones. Así que decidió que simplemente se dejaría llevar como cualquier humano lo haría…
Suavemente acercó su mano a la de Orihime, para ver si era ella, la causa de sus líos, la que le diera respuestas. Inmediatamente sintió cómo la respiración de la chica se agitaba con nerviosismo, y al levantar la mirada de nuevo, vio que se había sonrojado completamente.
Las palabras comenzaban a tomar forma en su garganta…
…Cuando su teléfono empezó a sonar con fuerza.
Orihime, completamente avergonzada, dio un brinquito en su asiento y recobró la compostura.
–¿Qué sucede?
Ulquiorra sacó el celular del bolsillo y miró la pantalla.
–Al parecer han aparecido unos cuantos hollows al otro lado de la ciudad. No hay menos grandes, así que con uno de nosotros será suficiente para acabar con esto –frente a su respuesta, Orihime se mostró dispuesta para irse a tal misión, pero Ulquiorra la interrumpió–. Tú no puedes ir –la chica, ahora indignada, lo miró casi con odio; pero él, riendo, le dijo–: Estamos en un lugar público. Si sales volando la gente se volverá loca y causaremos un lío.
Orihime se quedó conforme con su respuesta, pero siguió estando seria. Ulquiorra le entregó el guante para separar almas de sus cuerpos.
–Olvidé el alma modificada en tu casa. ¿Me podrías ayudar?
Orihime se puso el guante y le dio un golpe en la cabeza a Ulquiorra, sacando su alma del Gigai. Una vez afuera, ambos se miraron con reproche.
–Te espero en casa.
Ulquiorra asintió y se fue sin decir más; Orihime resopló con mal humor. Y el Gigai, ya sin alma alguna, se tambaleó antes de caer de cara en el regazo de la chica.
Miró la cara sin sentido del gigai de Ulquiorra; una de las expresiones que, junto a la sonrisa coqueta del alma modificada, jamás provendría del propietario en sí. Sintió la temperatura corporal del cuerpo y, recordando lo que acababa de pasar, se volvió a sonrojar, porque no tenía idea de lo que pudiera haber pasado después si no hubiera sonado el dichoso celular.
O, más bien, tenía demasiadas ideas sobre eso.
A su vez, se sentía liberada de haber soltado por fin eso que quería decir. Pero también tenía miedo de todo lo que podía pasar de ahora en adelante. Decidiendo no preocuparse mucho por el momento, porque si no podría a volver a hacer y decir cosas raras, se distrajo acomodando la cabeza de Ulquiorra en una mejor posición en sus piernas, para luego pasar sus dedos entre su cabello de color azabache.
Luego de que sucedieran los encuentros con Aizen y el comandante Yamamoto, los días que siguieron en la sociedad de Almas se mantuvieron en algo parecido a un letargo para los shinigamis involucrados, ya que cada uno se mantenía pensando en infinidad de cosas. Tanto que, cuando Toshiro encontró de vuelta a Matsumoto en su cuartel, ni siquiera pudo sorprenderse por el hecho de que ella no lo recibió efusivamente. Se limitaron a quedarse sentados en el mismo sillón, viendo a la nada, antes de que ambos se pusieran a trabajar en su respectivo papeleo sin decir palabra. Rukia e Ichigo permanecieron en la mansión de la chica formulando teorías junto a Renji y cualquiera de sus compañeros que los visitaban, sobre lo que podría hacer Aizen ahora que ya "sabía" que pasaba algo en el mundo humano, sobre las razones por las que no dejaban de aparecer tantos hollows en Karakura, o sobre qué relación existía entre Hueco Mundo, la Hogyoku y la situación actual.
Por otro lado, aunque no se notara demasiado dadas sus personalidades, Urahara y Hirako se mantuvieron en constante tensión sobre la orden que les había asignado el comandante General. Se reunieron un par de veces, intentando planear sus acciones a futuro sobre Ulquiorra y Hinamori, llegando a la conclusión de que, si bien Yamamoto estaba tomándose las cosas un poco precipitadas respecto a la posibilidad de que otro traidor surgiera entre ellos, no iba a estar de más que observaran de cerca a ambos shinigamis, aunque no estaban seguros de que realmente podrían llegar a algo tan extremo como quitarles la vida por si las cosas se ponían mal.
Pero, finalmente, para todos ellos todo quedaba en meras suposiciones, y al fin y al cabo, no pasaba nada. Y por eso mismo, una atmósfera de estrés y expectativas empezaba a colarse en todos, llevándolos a un estado de alerta permanente. Así, no les quedó más que esperar a que restablecieran su energía por completo para poder volver al mundo humano e intentar hacer otra cosa.
Luego de que pasara una semana, Rangiku, que se había desgastado menos en la batalla, se recuperó por completo y en el cuartel de Urahara le volvieron a poner el límite a su reiatsu para poder salir del Seireitei.
–Me asignaron para ir a ver a Harribel en Hueco Mundo; mañana, luego de eso, volveré al mundo humano– le dijo a Hitsugaya después de volver a su cuartel.
El capitán mantuvo la vista en su escritorio –ahora vacío porque por el momento ya no había más trabajo que hacer– y asintió con desgana.
–Está bien.
Matsumoto cruzó los brazos, mirándolo molesta.
–¿Eso es todo lo que me vas a decir? Llevas una semana sin soltar nada desde que bajaste a la prisión. ¿Acaso Aizen usó uno de sus jueguitos mentales y te lavó el cerebro?
Hitsugaya levantó la vista y la miró con mal humor.
–Diablos, no.
–¿Entonces qué pasó?
Toshiro no dijo nada. Matsumoto, molesta, se acercó al escritorio y tomó las mejillas de su comandante, jalándolas y aplastándolas. Se dejó manosear por un par de segundos antes de apartarla con furia.
–¡No pasó nada! Déjame en paz.
Rangiku resopló, irritada también, sabiendo que Toshiro jamás le diría abiertamente la naturaleza de sus preocupaciones. Miró hacia la ventana, que le daba un tono rojizo a la habitación debido a que ya se acercaba el atardecer. Entonces, algo en su cabeza se encendió y empezó a sonreír con malicia.
–Está bien. Vámonos.
–¿Qué? ¿A dón- ¡Matsumoto, suéltame!
Rangiku ignoró al chico que, al sentir que lo jalaba del brazo, comenzó a resistirse. Ella pensó que en cualquier momento se soltaría, porque aunque ella era mucho más alta, Hitsugaya era más fuerte. A pesar de ello, y luego de un momento, sintió cómo la resistencia de su amigo bajaba a medida que salían del cuartel de su división y se alejaban de él. Cuando volteó, vio que Hitsugaya la seguía –aún sostenido del brazo– cabizbajo y sin ganas. Lo arrastró un par de calles más antes de asegurarse de que no escaparía y entonces lo soltó. Justo después se encontraron con Rukia e Ichigo.
–Hey. ¿Qué sucede Rangiku?
–Neh, nada en especial. Sólo nos dirigíamos a beber algo antes de que me marche mañana. ¿Quieren venir?
Rukia vio a Toshiro, que claramente no tenía ganas de nada. Rangiku les guiñó un ojo y les sonrió, y Rukia, captando la indirecta, tomó a Ichigo del brazo, que comenzó a quejarse puesto que no había entendido nada.
–Sí, qué diablos.
Así, ambas shinigamis terminaron arrastrando a sus compañeros camino al bar más cercano.
…
– ¿Y por qué demonios tenía que ser Ulquiorra el que se convirtió en tu teniente? Dios… Si hubiera sido Grimmjow, al menos nos hubiéramos golpeado lo suficiente como para tomarnos confianza –Ichigo, arrastrando las palabras y hablando con un tono cantado, se tomó completo el contenido del pequeño vaso que tenía frente a él.
Rukia, con una mano apoyando su la mejilla y la otra rellenando el vaso de Ichigo, jamás pensó que él tendría tan poco aguante con el alcohol; el tipo era demasiado joven, apenas había bebido en su vida, y el lugar en el que terminaron estaba acostumbrado a dar bebidas bastante cargadas. Fue bastante divertido al principio, pues empezó a dar tumbos por ahí y a decir cosas sin sentido por aquí y por allá antes de volverse a sentar. Sin embargo, en la última media hora se la había pasando quejándose de todo, lo que se volvió bastante molesto por ese tono que había adquirido al hablar. Así que Rukia, con la esperanza de que terminara en el suelo más tarde que temprano, había decidido llenarlo completamente de sake hasta que se desmayara encima de la barra.
– ¿Otra vez con eso? Ya te había dejado en claro que yo confiaba en él. Me salvó la vida un par de veces estando en servicio.
– Ya sé, ya sé… Pero es que no puedo acabar de fiarme de él… Es que… ¿Acaso no has visto las miradas que le echa a Inoue? Parece que se la quisiera secuestrar de nuevo. No debimos haberlos dejado solos.
Rukia se interrumpió a medio bostezo para mirar a Ichigo con sorpresa.
– ¿Cómo que dejarlos solos?
– ¿Acaso tú crees que las almas modificadas van a andar tras de ellos teniendo tu auto?
– No, la verdad no. – Entonces, dándose cuenta de algo, Rukia se puso al ataque – ¿Acaso estás celoso de él?
Ichigo rio de torpemente.
– ¡Claro que no! Inoue es como una hermana para mí – entonces, cambió a una expresión más sombría–, es solo que ese tipo le causó una impresión muy fuerte. No me gustaría que le volviera a pasar algo tan horrible. Pero confío en ella. No se va a dejar chantajear así como así. Aunque nunca está de más estar alerta.
Rukia sonrió maléficamente; de todas formas, a ella también se le estaba subiendo el alcohol.
–Pero a él sí le gusta Orihime, ¿eso no te afecta en nada?
Ichigo se atragantó con el sake que estaba bebiendo, y viendo con ojos llorosos a Rukia, le reclamó furioso:
–¡Eso es mentira! Me quieres cabrear.
–¡Claro que no!
Un poco más lejos de donde se encontraban ellos dos, Matsumoto y Hitsugaya conversaban, también entrados en copas. Para ese momento, en el que Rangiku ya empezaba a ver doble, intentaba con todas sus fuerzas seguir consciente para poder escuchar lo que su capitán tenía que decirle.
Más a la fuerza que por voluntad propia, Toshiro fue arrastrado a tomar copa tras copa hasta que por obra del alcohol comenzó a hablar. Así, Matsumoto se enteró de lo que había pasado abajo en la prisión: lo que dijo Aizen, lo que dijo Hirako y lo que pasó con Hinamori justo después. Conteniéndose para no burlarse de él sobre su caballerosidad, ni cuando le dijo que la había abrazado, poco a poco comenzó a escuchar las preocupaciones de su capitán, dichas de una manera torpe, ya que él raramente hablaba sobre sus sentimientos.
–¿Y no has vuelto a hablar con ella desde entonces?
–No. Y si lo intentara, no sabría que decirle. Lo que me dijo en verdad me confundió. Admitió que en serio lo quería –al decirlo, Toshiro se estremeció–, y pesar de que en mi mente pensé "te lo dije", a la vez no creía creerlo. Porque la Momo que vi irse del Rukongai y la Momo teniente de la quinta división son dos personas distintas.
–¿Y quieres que aquella Hinamori vuelva?
Toshiro frunció el ceño, frustrado.
– No lo sé. La de antes era mucho más llorona y quejica. Ahora, a pesar de todo lo que ha pasado, sé que es más fuerte… Pero se perdió algo en el camino. Algo que hacía que sus ojos bri– Toshiro se sonrojó al momento y puso una cara de "no sé qué diablos estuve a punto de decir" desviando la mirada a cualquier parte. Matsumoto también apartó la mirada y se mordió la mano en un esfuerzo por no reírse, pero no pudo evitar convulsionarse un poco por la risa.
La atmósfera se vio interrumpida desde lejos, cuando Rukia, aprovechando que sólo estaban ellos cuatro en el bar además de los encargados, le gritó desde el otro lado del bar.
–¡Rangiku! ¡¿Quién le gusta a Ulquiorra?!
–¡Orihime!
Tanto Matsumoto como Toshiro se distrajeron un rato cuando Rukia le dijo a Ichigo "¿Lo ves? Lo que pasa es que si no te diste cuenta de que Orihime, que era tan obvia, te quería, nunca te ibas a dar cuenta de que a alguien como Ulquiorra le gustara una persona, aunque fueras tú.", y después empezaron a discutir. Eso calmó las cosas entre ellos.
–¿Y bien?
–¿Qué? Pues ahora que me ha dicho que tiene miedo de lo que pueda hacer, me ha entrado miedo a mí también. Pero lo único que puedo hacer es estar ahí para ayudarla cuando lo necesite.
Rangiku sonrió ante las palabras de su capitán.
–Eso, Toshiro, es lo mejor que puedes hacer por ella.
Luego de eso, Toshiro ya no quiso decir nada más y se dejó llevar por las conversaciones aleatorias por las que le llevaba Rangiku. Pero después de un rato, y antes de lo que Matsumoto se esperaba, Toshiro se quedó dormido sobre la mesa en la que estaban, ya completamente borracho. Por ello, lo montó sobre sí misma y se lo llevó a cuestas de vuelta al cuartel.
A medida que caminaba por las calles ya oscuras del Seireitei, Rangiku, más ebria que sobria, se acordó de los tiempos –antes de la guerra de invierno y mucho antes de que siquiera pasara lo de la ejecución de Rukia– en los que salió a beber tantas veces con Gin, y cómo la mayoría de ellas era ella la que tenía que ser llevada a cuestas a su propio cuartel. Una pequeña sonrisa asomó de sus labios, al recordar aquellos días relativamente felices en los que no había que preocuparse por nada más.
–¿Entonces, cómo es que logramos llegar a esto? –Susurró para sí misma mientras el eco de sus sandalias retumbaba por la calle.
Recordó la última sonrisa que vio de él, medio muerto, y sumergido dentro de un charco de sangre. Aquella vez había intentado disculparse por todo.
–Te la hubiera creído si al final te hubieras muerto. Pero en cambio, estás por ahí, de descarado, dando vueltas… Idiota.
Fue lo último que dijo, antes de dar vuelta en una esquina y desaparecer en la oscuridad de la calle.
Después de intentar en vano cargar con el cuerpo inconsciente de Ulquiorra –que le sorprendió que pesara tanto aunque apenas era unos centímetros más alto que ella– Orihime, llena de pena, tuvo que llamar a un taxi para poder ir a su casa, además de pedirle al conductor que la ayudara a subirlo al auto, evitando a toda costa hacer contacto visual con él para evadir cualquier posible pregunta. Sin embargo, con el encargado del edificio no podía hacer lo mismo. Así que, con la cara toda roja y riendo nerviosamente, lo convenció de que Ulquiorra estaba demasiado borracho –a pesar de que no olía en absoluto a alcohol– y le pidió que la ayudara a llevarlo a su apartamento.
Una vez hecho, le agradeció la ayuda dándole un poco del pan que le regalaban en su trabajo, y sintiéndose incapaz de arrastrar el cuerpo del chico por más que ella quisiera, decidió dejarlo sentado junto al compartimiento de los zapatos en la entrada. Suspiró sonoramente y fue por un vaso de agua a la cocina, antes de comenzar a buscar en la sala el empaque de dulce del alma de Ulquiorra, y cuando lo encontró, se preguntó porque no había hecho eso en primer lugar para evitar cargar el pesado gigai por las escaleras dos pisos arriba.
Dejó caer los hombros, rendida, y se encaminó de nuevo a la entrada para revivir el gigai, cuando recordó que un día antes Urahara le había dejado el gigai "sin forma" para que pudiera ir a su antojo de aquí para allá.
–Bien – dijo mientras se encaminaba al armario de la entrada, en vez del pasillo, que era donde lo habían dejado – sirve de que acabamos de una vez con todo el misterio que se carga Ulquiorra. Además, se cabreará de nuevo si cenamos usando su cuerpo.
Abrió el armario y encendió el foco de dentro. Vio la figura del gigai falso. No difería mucho de los maniquís que usaban en las clases de medicina. Ubicó la abertura de la boca, apretó la cabeza del pato y dejó que la pastilla callera dentro. En el momento que pareció ser tragada, el cuerpo completo comenzó a vibrar, como si estuviera parado encima de una lavadora en proceso de centrifugación. Poco a poco, lo que parecía plástico cobró la textura de la piel, y cada rincón del cuerpo parecía adquirir los rasgos propios de un cuerpo normal. De pronto, le entró la idea de que seguramente el alma se encontraría desnuda, así que corrió a la sala para tomar algo de la ropa de Ulquiorra, la aventó dentro del armario, y lo cerró. Desde fuera, se seguía escuchando el sonido de vibración, y cuando comenzó a menguar, llamaron a la puerta.
Orihime vio por el mirador, y allí estaba Ulquiorra.
–¿Qué no puedes entrar atravesando la pared, como Rukia? –fue lo primero que le dijo al abrir, distraída, mientras seguía al pendiente de lo que sucedía en el armario. El zumbido había dejado de sonar.
–Cuando hice eso me golpeaste con un sartén; no me voy a arriesgar. –Le contestó el chico, volteando en la misma dirección que ella – ¿qué tienes en el armario?
Orihime se encogió de hombros, pasando de su queja y se giró hacia Ulquiorra.
–Es sólo el alma modificada. Lo puse en el gigai que nos dio Urahara para que me ayudara a hacer la cena.
Ulquiorra abrió los ojos de sorpresa, aunque solo un poco, antes de apartar a Orihime del camino y meterse a su propio cuerpo, tirado a medio pasillo. Luego se dirigió al armario y lo abrió con cuidado, sin dejar a la vista quién estaba adentro. Para sorpresa de la chica, vio los hombros de Ulquiorra bajar cansinamente mientras soltaba un suspiro y decía:
– En serio pensé que Urahara te estaba jugando una broma. ¿Te das cuenta de lo que va a hacer Matsumoto cuando se entere?
Orihime se extrañó ante la reacción de Ulquiorra y se dirigió con prisas a donde estaban.
Cuando abrió la puerta del armario, se encontró con Gin Ichimaru, que vestido con una sudadera y shorts, la saludaba contento.
De nuevo quiero agradecerles a aquellos que han seguido la historia. Espero que les haya gustado el capítulo. Cualquier cosa, tengan la confianza de dejar un review. La autora que no actualiza no merece piedad.
Paiito: ¡Tía! Te agradezco en sobremanera que sigas al pendiente. Y sólo puedo disculparme con más capítulos. Espero que te haya gustado. ¡Un saludo y un beso!
Nikita: ¡Muchas gracias por comentar! Y me hace feliz que te haga feliz una actualización (?) … Qué bueno que te guste la historia. Me estoy quebrando la cabeza para que sea mejor.
Y antes de terminar, quisiera dejarles algunas sugerencias que mi amada beta dio para el título del capítulo. Un par me hicieron reír un buen rato y soltar una que otra lágrima.
-El día del pan
-Pan al atardecer
-Pan con Ulquiorra
-Gin sale al final
-Te amo, Toshiro
-Aizen es una verga loca
-El pan que Aizen no puede comer
-Momo, ¿qué te pasó? Antes eras chévere
-"Ya no me pegues con el sartén"
-El sartén duele, toca la puerta
-Sartenes y panes
-El uniforme de Orihime
Como siempre mil gracias por sus reviews, follows y favoritos. ¡Nos leemos más temprano que tarde!
