Hola. Odio este capítulo. Porque me ha quedado muy empalogoso, muy purpurina, muy algodón de azúcar, muy vomitivo, en resumen. Os prometo que yo no soy de escribir cosas así (creo u.u) y que recuperaré el drama en cuanto pueda (es decir, en el 14 jejeje). Eeeeeeeen fin. Perdón por no subir la semana pasada pero no le tenía terminado porque me estaba quedando tan tan taaaaaaaan cursi que le dejé de lado como si esperase que se arreglara solo. Wrong fail, no lo hizo, así que le terminé el otro día así un poco de esta manera para quitármelo de encima. Espero que no os haga vomitar, really (el 14 ya está en camino, supongo que no tendréis que esperar tanto :))
Capítulo 13.
Harry
Agradezco que Danny sea tan corto de reflejos, lo agradezco y mucho cuando me separo de él. Nuestros labios pierden el contacto lentamente, como si no quisieran hacerlo y es cuando agradezco que sea más lento mentalmente que para arreglarse para salir, que ya es decir. Por eso soy más rápido que él y, al detener ese beso (detener, que no cortar, porque deseo, de un modo que me avergüenza reconocer, que se vuelva a repetir), puedo observar su rostro y las emociones que cruzan por él. Sus labios están aún un tanto hinchados, en una postura un tanto ridícula, como si sacara morritos y sus ojos aún permanecen cerrados, con las cejas alzadas como si el beso le hubiera venido por sorpresa (lo cuál sería totalmente comprensible, no suelo ir besando gente así cómo así...). Pero me detengo en el hecho de que sus ojos están cerrados, que los ha cerrado para besarme. Todo el mundo sabe que un beso con ojos abiertos no significa nada bueno, no es sincero. Pero cerrados... ¿Quién decía que las mejores cosas ocurren con los ojos cerrados? Fuera quien fuese, tenía razón.
Y como es corto de reflejos, puedo soltar una risita que me libera de toda la tensión que conlleva este momento. No le he soltado la mano y no tengo pensado hacerlo a menos que me lo pida, cosa que veo que no va a hacer cuando abre los ojos por fin y los clava en mí, cargados de vergüenza y de confusión. Se le empiezan a colorear las mejillas y boquea en silencio, tratando de decir algo ingenioso, como si tuviera miedo de que mi beso se hubiera llevado su inventiva, pero no le da tiempo a hacerlo, porque un nuevo disparo nos indica que la regata ha terminado, por fin, y él deja de mirarme para comprobar si es cien dólares más rico y si me toca pagar la comida. Y sí.
- ¡HE GANADO!- grita, dándome un golpe en el hombro con la mano libre y sonriendo de oreja a oreja, con una alegría tan completa que parece mentira en él.- ¡Te toca pagar!
- Ya, ya, ya, no te jactes- le digo, no pienso dejar que me humille. La gente empieza a irse una vez que el show ha terminado y el puerto se va vaciando paulatinamente, desoprimiéndonos a Danny y a mí.- Has tenido suerte, nada más.
- ¡Vamos! ¡Has apostado al peor barco! ¡Ha llegado último!
- ¿Tengo yo la culpa de que el piloto sea un paquete?
- ¿Qué piloto? ¡El Capitán!- se echa a reír ante mi falta de cultura naval y yo sólo le observo en su ataque de risa. Echa la cabeza para atrás y su mandíbula se bate rápidamente, sus ojos a punto de llorar, apretados con fuerza bajo los rayos del sol. Cuando un par de minutos después, deja de reír y se seca las pestañas de unas casi inexistentes lágrimas, gime por culpa del ataque y me mira, con una sonrisilla tonta en los labios.- Te toca pagar de todas form...
He dicho que no iba a dejar que me humillara, y la única manera que se me ocurre para que no lo haga es callándole. Callándole a besos, si hace falta. Además, ahora que ya he roto el "hielo", siento como si no pudiera parar, como si tuviera imán con él, sus labios a los míos, como dos polos opuestos que se atraen aunque traten de repelerse con todas sus fuerzas.
Pero ahora no puedo ser tan sutil como en el anterior, porque ya no le pilla por sorpresa, ni se queda estático esperando que sea yo el que marque el ritmo, decide participar, y soy como un niño pequeño, que le das la mano y te coge hasta el brazo, porque necesito más. Es raro besar a un hombre, en cierto modo. La rugosidad de su barbilla comparada con la delicadeza de la de Kath, o el sabor casi inexistente de sus labios comparado con el carmín de la barra de labios de turno de mi mujer que tanto odio porque luego siempre me deja marca y parezco un travesti. Aunque sigue siendo un beso, siguen siendo labios, y lo más importante, sigue siendo amor. Me entretengo en mordisquear sus labios con mis dientes pero cuando noto su mano apoyarse en mi pecho casi con miedo, como si necesitara un punto de apoyo o simplemente, tocarme, me olvido de que estamos rodeados de medio pueblo y decido besarle como me hubiera gustado hacer desde hace un par de días.
Diría que le estoy invadiendo, que el movimiento apremiante de mi lengua le roba el aliento, pero tampoco es como que él se esté quejando. Le suelto la mejilla sólo para pasar mi brazo tras su cuello y apretarle más a mí, sometiéndole un poco a mi fuerza, en un enlace tan nuevo como perfecto. Me doy cuenta de que esto es lo que él también quería cuando le siento sonreír bajo mis labios al ser consciente de mi posesivo abrazo.
- Ya sé que me toca pagar- le espeto, dejando de besarle pero sin soltarle un solo segundo, ni apartarle de mi un milímetro. Su cara aún a dos escasos centímetros de la mía y sus ojos azules más grandes que nunca.- Deja de reírte de mí o te enveneno el postre.
- Has perdido, envenéname si quieres, pero has perdido- sonríe, humillándome, y alzando las cejas como diciendo "es lo que hay". Le dedico una mirada que trata de infundarle miedo, completamente seria, pero se chafa un segundo después y lo que consigo es que se ría. Deposito un suave roce sobre sus labios (el imán, que me hace ser más romántico de lo que soy de verdad), y le suelto, tomándole de la mano y tirando de él hacia la caseta de las apuestas para que recoja su maldito dinero.
- Recoge tu dinero y vamos a comer, anda.
Encontramos (o más bien, encuentro, por que él sigue sin saber leer los mapas) un restaurante con buena pinta y le miro un segundo, indicándole así si este le parece bien. Después de recoger sus cien dólares, me los ha paseado por los ojos para restregármelos y se los ha guardado en el bolsillo del pantalón, echando a andar hacia el pueblo diciendo que estaba hambriento y que esperaba que hubiera venido con dinero suficiente para comprar comida para un regimiento. Hemos callejeado por un par de calles con las manos entrelazadas como si no fuéramos conscientes de lo que estábamos haciendo y de lo que eso suponía, o como si lo fuéramos pero lo ignorásemos por miedo a que el otro decidiera que aquello estaba mal y se soltase de la mano.
- Este está bien- dice, mirando el letrero. Parece un sitio informal, casi de comida rápida, aunque el menú que cuelga de la puerta de cristal diga que sirven comida autóctona. – Vas a pagar tú, así que...
- ¿Te quieres callar? Al final te meto el servilletero por el culo.
- ¿No tienes nada más grande que meterme?- y se echa a reír. No sé qué coño le habrá pasado al levantarse, pero parece que hoy todo le hace gracia, ¿estará drogado? Decido morderme la lengua y no decirle ese algo más grande que tengo para meterle por el culo, porque estamos en un sitio público y sería poco respetuoso.
Nos sentamos en una mesa, uno al lado del otro, y ojeo la carta de bebidas. Tengo mucha sed y no me había dado cuenta hasta ahora. Danny se entretiene mirando los menús haciendo tiempo hasta que el camarero venga a tomarnos nota.
- En serio, ¿cómo sabías que iba a ganar ese?- pregunto cuando no puedo aguantarme más.
- ¿No te he dicho nunca que me apasiona la vela? Has ido a apostar al barco más nuevo, no tiene rodaje, aún no está bien engrasado. Es como en un hipódromo. Nunca apuestes al caballo más joven.
- Debería correr más...
- Pero no tiene experiencia. La experiencia es fundamental en algunos temas- alza las cejas, y aparta los menús, mirando hacia la barra y esperando que alguien nos atienda.
- En otros no. A veces es mejor tirarse a la piscina y dejar que las cosas vayan rodando solas- y ya no estoy hablando de caballos, hasta él y su escasa agilidad mental se dan cuenta. Me mira en silencio y me arrepiento de haberlo dicho. ¿En qué mierdas estás pensando, Harry?
- Cierto, pero no cuando te apuestas una comida con un amigo.
Ríe y posa sus ojos en la camarera que se acerca a servirnos. ¿Tenía que ser una camarera? ¿O sería peor que hubiera sido un tío? ¿Qué le gusta a Danny, la carne o el pescado?
Pedimos nuestras comidas, y la chica se aleja haciéndome ojitos. Yo la ignoro descaradamente y dejo que se vaya por donde ha venido sin mirarla siquiera. Hacerme ojitos a mí, por favor, ¿es que no ha visto que estoy casado?
- Creo que has tenido suerte- dice Danny, pinchando una hoja de lechuga de su ensalada.- Si la miras un poco más y le sonríes, te puede salir gratis la comida.
- No digas tonterías- troceo mi filete y me meto una porción en la boca; Danny niega con la cabeza y me apunta con el tenedor.
- En serio, ¿o es que no has visto cómo te ha mirado?
- Pues no. Te estaba mirando a ti.
Alza la mirada de su plato y me mira con los ojos un tanto abiertos, al igual que la boca, gracias a Dios vacía. Y luego empieza a sonreír con malicia.
- No me mires así y come. Se te va a enfriar- se ríe (de mí), y yo finjo que mi filete es lo más interesante del mundo. Qué adolescente me siento, por el amor de Dios.
- ¿La ensalada se va a enfriar?
- Trae el servilletero.
Echa mano a él y le aparta de mí, alzándole sobre su cabeza sin dejar de reír pero ahora yo le acompaño. Esta situación es tan extraña y al mismo tiempo incómoda que no sé cómo reaccionar para que mi dignidad no se vea dañada. Aunque creo que ya es un poco tarde para eso teniendo en cuenta lo cariñoso que he estado con él en el puerto.
Comemos un par de minutos en silencio, degustando la comida porque de verdad que estamos hambrientos, y no sé él, pero yo le doy vueltas a la cabeza. No se me olvidan la conversación de la playa y del comedor de esta misma mañana, ni finjo que no existen. Sé que están ahí, y sé lo que piensa y lo que siente, pero no puedo evitar tratar de cambiarlas. Como si tuviera miedo a que se repitieran, a que Danny decida dejar de fingir que no estamos actuando mal y vuelva al modo "te quiero pero no puedo estar contigo" de la noche anterior. Aunque bien mirado, es el único modo disponible para nosotros. Yo he adoptado el modo "te quiero y no me da la gana seguir ocultándolo", pero sé que no puedo seguir siempre así, que tendremos que pasar al "hago que prácticamente no te conozco" para evitar caer en un "estoy deseando que mi mujer se vaya con la tuya para poder estar contigo". Ese sería el modo más peligroso que podríamos adoptar, aparte de que era inviable. ¿Qué pasaría cuando nos separásemos? En ese caso sólo habría un modo, "te echo mucho de menos", y no podía permitírmelo.
Danny parece muy entretenido en su ensalada, con sus tomatitos picados y su maíz, ajeno a mi debate interior, y me pregunto si por su cabeza estarán pasando las mismas reflexiones, así que decido averiguarlo.
- ¿Crees que está mal lo que estamos haciendo?- levanta la mirada de su plato, pillado en falta, y me habla con la boca llena de comida.
- ¿Comer? No. Vale que muchos niños no tengan nada que...
- No, idiota- ¿por qué tiene que ser tan corto de entendederas? ¿Me va a hacer decirlo con todas las letras?- Me refiero a... a esto. A ti y a mí...- respiro hondo y bajo un poquito la voz.- A nosotros.
- ¿Por qué bajas la voz? ¿Te avergüenzas?- manda huevos, y eso que lo he hecho por él.
- ¿Te avergüenzas tú? – replico, que es lo que me interesa. Se toma un par de minutos para responder y suelta los cubiertos antes de hacerlo, juntando las manos y metiéndolas entre las piernas en un gesto tímido, sin mirarme a los ojos cuando empieza a hablar.
- No lo sé- admite. – Es extraño. Extraño en el sentido de que... A ver, yo nunca me había besado con un tío, ni... había ido con él por la calle de la mano.
- ¿Entonces te avergüenzas? ¿Por qué no me has soltado?
- Porque no quería.
- ¿Entonces no te avergüenzas?
- ¡Que no lo sé, cojones!- bufa, mirándome mal, y decido no ser tan insistente.- Es difícil, ¿vale? Esta mañana me he despedido de ti dispuesto a ignorarte el resto de la semana y ahora estoy aquí comiendo contigo como si tal cosa. Y encima me besas. Y me coges de la mano. Y por si fuera poco, me encanta que lo hagas.
- ¿Pero?
- Pero sigue siendo extraño.
- ¿Tienes miedo de darte cuenta que eres gay?- abre mucho los ojos y mira hacia los lados, cerciorándose de que alguien me haya podido oír.
- Yo no soy gay- susurra, y se señala el anillo.- Estoy casado, ¿recuerdas? Además no soy yo quien va besando a la gente.
- Pero te gusta que lo haga.
- Entonces el gay eres tú- me acusa. Parecemos niños de parvulitos.
- Puede. Pero sólo por ti.
- ¿Yo te he vuelto gay?- pregunta señalándose a sí mismo, como si le hubiera ofendido, y la verdad es que a mí me hace gracia.
- Sí. Entre los dos, eres la mujer de la relación.
- De eso nada, chaval, yo soy el que trae el dinero a casa, tú haces la cena.
- Sigo siendo yo el que manda en la relación de todas maneras- me río y le descoloco todas las réplicas que tuviera preparadas. Chista, mirándome con indignación, chista de nuevo, yo me río y él chista por tercera vez. Es tan tonto y tan enfadica que resulta adorable.
Terminamos de comer y la misma camarera de antes se acerca a traernos el postre, que no es otra cosa que una copa enorme de helado (con lo que luego cuesta deshacerse de tanta caloría), y compruebo que Danny tiene razón porque la tipa me mira y se sonríe al dejar las copas sobre nuestra mesa, y decido no ser demasiado descortés con ella (y trato de poner celoso a Jones) por lo que le devuelvo una sonrisa. Cuando se aleja, Danny me da un tortazo en el brazo y me mira con gesto enfadado.
- Menos miradas que a este paso te pone el condón con la cuenta- bien, objetivo conseguido.
- ¿Estás celoso?- inquiero. Esto puede ser divertido. Aparto un poco mi copa y él se atora en cuanto acorto el espacio que nos separa y acerco mucho mi rostro al suyo, como si fuera a besarle de nuevo. Farfulla algo sin sentido y se mete la cuchara llena hasta los topes de chocolate en la boca.
- ¿Celoso? ¿De una camarera? ¡Venga, por favor! He visto putas con menos silicona que esa camarera.
- Estás celoso- sentencio, viendo como se le enrojecen las orejas y patalea en el sitio cual niño de cinco años.
- ¡Que no estoy celoso!
Y como si diera la conversación por terminada, se vuelve a meter la cuchara en la boca y traga el helado sin volver a mirarme, pero lo sé. Lo está.
Danny
¿Celoso yo? ¿De verdad? ¿De una camarera? ¿Es que acaso no se ha dado cuenta de que tiene las tetas operadas? Y por favor, debería darse el tinte de nuevo porque las raíces las puede ver hasta un ciego. Decirme a mí que estoy celoso, pero qué poco me conoce. Tsé.
Sigo comiéndome el helado en silencio, ignorándole deliberadamente, pero soy consciente de que no me quita ojo de encima. Me siento observado y no me gusta, y sé que en su fuero interno se está riendo de mí, porque le encanta reírse de mí. Debe ser muy divertido hacerme enrojecer, o dejarme sin palabras, porque si no, no lo entiendo. Hay veces que le odio, y le metería la cuchara en un ojo para que dejara de ser tan completamente seductor. En el fondo es eso lo que me molesta de él, que siempre es más ágil, más rápido y más malicioso que yo, y me deja mal. Pero que conste que no estoy celoso de la camarera siliconada con andares de pato desplumado. Para nada.
- Danny- me llama, alargando la "y", metiéndose la cuchara en la boca y sin dejar de mirarme.
- ¿Qué?
- No te pongas celoso, hombre- y aunque intente ocultarla, oigo una risita de rata escaparse de sus labios. ¿Veis? Debe ser muy gracioso.
- Trae el servilletero- le digo yo ahora a él.- Que te le voy a meter por el culo para que te calles de una puta vez.
- Yo es que soy más de meter que de que me metan, disculpa- se carcajea y yo me mancho toda la barbilla de chocolate. Menos mal que el restaurante está prácticamente vacío o haría el ridículo más dulce de mi vida.- No te pongas nerviosa, princesa.
Ladeo la cara y le dedico una mirada de odio que ni su sonrisa divertida consigue suavizar. Harry Judd, te odio.
Él se encarga de coger una servilleta (ya que se ha adueñado de ellas), y arrastra su silla hasta pegarla a la mía con un movimiento de cadera, para después pasar el brazo derecho por detrás de mi espalda y me limpia los restos del chocolate de la barbilla, como si fuera un niño pequeño, mirándome fijamente a los ojos y confundiéndome con tanta cercanía. A veces tengo miedo de que sea capaz de escuchar cómo se me acelera el corazón cuando se acerca.
Se entretiene un rato con la servilletita y yo no soy capaz de añadir nada para intentar levantar un poco mi dignidad del suelo, aplastada por el peso pesado del ego de Judd. Suelta el papelito, manchado de chocolate, por la mesa y sin siquiera apartarse de mí, coge mi cuchara, la carga de helado, y me la acerca a la boca. ¿Será una broma, no?
- ¿Te estás quedando conmigo?- pregunto, aunque la respuesta es clara.
- Un poco, pero es muy divertido, no lo estropees- acerca la cuchara y yo aparto la cara hacia el lado contrario, como si fuera un jarabe.
- Te puedes ir a tomarle el pelo a tu padre, capullo- se ríe en mi cara, tomándoselo todo con deportividad, y antes de que me deje alejarle la mano, o quitarle la cuchara para poder terminarme mi postre a gusto, estampa el chocolate contra mis labios, como si la cuchara se estrellara contra ellos.
Su mandíbula se bate en una risa incontrolable y el chocolate resbala por mi cara hasta la camiseta, poniéndola perdida mientras yo trato de procesar todo aquello. ¡ACABA DE EMBADURNARME DE CHOCOLATE!
- Te queda un poquito aquí... – coge otra servilleta y me la acerca, pero se la arranco de las manos y me limpio yo solito, taladrándole con los ojos. De verdad, que alguien me diga qué he hecho para merecer esto. QUE ALGUIEN ME LO DIGA.- No, ahí no.
Se acerca a mí y suspiro resignado. No tengo ningún espejo y prefiero que me limpie él antes que ir con la cara manchada de chocolate, bastante tengo con llevar la camiseta con ese feo lamparón. Me quita la servilleta y la tira sobre la mesa, ante mi gesto confuso, y tarde, como siempre, me doy cuenta de lo que pretende. Acerca su cara a la mía y me lame el labio inferior con sutileza y ferocidad al mismo tiempo, y consigue encenderme en una milésima de segundo. Sonríe, satisfecho con mi reacción, supongo, y lo repite, resiguiendo la línea de la mandíbula aunque estoy completamente seguro de que ahí no hay helado, pero me dejo hacer. Me dejo hacer, Dios mío, qué mal suena esa expresión, pero es verdad. Repite el camino pero a la inversa y atrapa mi labio inferior, completamente limpio gracias a su lengua, y me besa. No sé porqué tanto rodeo si esta era su intención, y tampoco es como si me fuera a negar. Harry besa demasiado bien como para decirle que no. Presiona su lengua contra mis dientes, y su lengua se encuentra con la mía, que debe saber a chocolate. En menos de dos segundos, siento esa escasa ferocidad antes mencionada multiplicarse por mil, y el beso volverse un poco más apremiante. Adoro demasiado la carnosidad de sus labios y me vuelve loco cuando hace según qué cosas con la lengua. Y yo me creía que besaba bien...
Se aparta de mí cuando ya no me queda más aire (ni dignidad, hombría, orgullo o voluntad) y se relame los labios con una sugerente sonrisa en ellos. Dios, que vuelva a repetir eso, por favor.
- Ahora sí- musita en voz baja, tan cerca aún que su aliento se entrelaza al mío.- ¿Quieres probar el mío?
- Depende de dónde vayas a echártelo- se ríe ante mi "inocencia", y yo le sigo. Harry niega con la cabeza y me besa de nuevo, y para qué nos vamos a engañar, me encanta cuando lo hace. Consigue que no me preocupe de todo eso que me quita el sueño, y casi casi, consigue que me crea que tenemos una oportunidad juntos. No sé cómo decirle que no me avergüenzo de esto, ni de que me bese, ni de querer besarle yo pero ser demasiado cobarde para hacerlo, ni de haberme enamorado de él. No puedo avergonzarme de algo que se siente tan bien.
Le sigo el beso hasta que empieza a adquirir ese grado en que deja de ser un simple beso y se convierte en algo tan íntimo y profundo que hacerlo en público puede ser catalogado como escándalo. Le voy a apartar de mi cuando me muerde de nuevo el labios, con un poco más de fuerza esta vez, y siento su mano posarse sobre mi muslo izquierdo. No sé qué pretende, pero me gusta. Me gusta tanto que no puedo evitar soltar un lascivo jadeo que se pierde por su boca.
- Dis-disculpen- identifico la voz como la de la camarera oxigenada y trato de apartar de nuevo a Harry, que se recrea un par de segundos más, y se separa de mí repasando mi labio inferior con su pulgar, para luego lamérselo. ¡Harry, por Dios, que estamos en público!
- ¿Sí?- contesta él, como si tal cosa. La camarera está completamente roja y parece querer desaparecer de allí cuanto antes.
- L-l-la cuenta- deja un platito encima de la mesa, con un papel sobre él, y Harry asiente, sacándose la cartera y depositando el importe que dice el ticket, más un par de dólares de propina.- Gra-cias.
Y se aleja con el platito. Harry sigue con su mirada el bamboleo de su falda y cuando la perdemos de vista, puedo empezar a reír a carcajada limpia. ¿Qué acaba de pasar aquí? Me siento como una de esas mujeres de las películas americanas, sibilinas como serpientes, que compiten por llevarse al hombre a su terreno.
Y bueno, al parecer, esta ronda, la he ganado yo.
Y eso. Espero no haberos liado mucho con tanto "modo" como dice Harry. Aunque bien pensado, un poco de romanticismo entre tanto drama no está mal, ¿no? Feliz finde :)
